TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos al blog de los participantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace siete años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS).
Aquí damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos. Pero también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.
Muchas gracias por leernos y por compartir con nosotros este espacio.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)
Rabat, febrero de 2017.

En el taller...

En el taller...
Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

IMÁGENES DEL TALLER
Comentando un cuento...

miércoles, 19 de mayo de 2010

CÍRCULOS DE NIEVE de FATINE SEBTI



La blancura es infinita y deslumbrante. Arriba, un sol frío, indiferente y tan lejano y, abajo, una alfombra de nieve sin principio ni final. Caminamos, todos juntos, casi codo a codo, como si faltara espacio, como si temiéramos perdernos. Y es que al acercarnos nos sentimos menos vulnerables frente a la augusta inmensidad tan vacía. Y el calor humano, aunque tímido y vacilante, se muestra valiente, o quizás ingenuo, e intenta una lucha injusta contra el frío insostenible.
Caminamos sobre un suelo esponjoso, a cada paso los pies se hunden hasta las rodillas en una nieve que parece llegar hasta los lugares más recónditos de la tierra. Nos cuesta sacar el pie, que a penas liberado, cae otra vez prisionero de la tierra inmaculada. Y otra vez. Y otra y otra. Los jóvenes todavía caminan con un ritmo regular, van a la cabeza del grupo que forma la tribu. No veo a Mandoo ni a Kovú, pero seguramente están en primera línea. Siempre los primeros en todo. Incluso en pelearse.
Caminamos desde hace cinco días, y ya hemos perdido a un niño y a dos viejas. Los hay que no lo soportan. Caminamos en silencio, como tras un duelo por los que se fueron, y por los que no vinieron con nosotros, por todo lo que hemos dejado atrás… En silencio, como con angustia por los que nos abandonarán a medio camino. Sólo se oye el contacto de las botas con la nieve y a veces el ladrillo de los perros que transportan en trineo los equipajes, los viejos y los muy cansados. Llevamos el peso de la catástrofe. Y el tiempo se dilata, o quizás se para. Todo se repite. Que hastío.
De repente Utkart se pone a llorar, y el sonido humano parece como una consolación. Como un permiso para volver a la vida. Y entonces los niños se ponen a gritar, a correr, a reír y se echan bolas de nieve a la cara, las mujeres los riñen sin convencimiento, contentas de oír a su propia voz de nuevo. Las viejas de Chantú se quejan y reclaman sus turnos en los trineos. “Eh, jovencitos, premiaremos con una sopa caliente a quien lleve a su tía Chantú más tiempo” “¡Y con dos porciones…! ¡Venga, niños! ¿No os acordáis de lo mucho que os cargábamos nosotras?”. Los que la oyen van corriendo y se ríen. “¿Empezamos? ¿Te crees capaz? ¿Con esos brazos de señoritas?” Risas, burlas. A mí no se me ocurre intentarlo.
Una voz dulce y fuerte resuena, la reconozco, todo el mundo la reconoce. Canta una canción muy popular y todos empiezan a cantar con ella. A Mitcha le sale una voz de ruiseñores. Y menos mal, porque estos últimos jamás aparecen por aquí. “Montañas, montañas majestuosas salvadnos de vuestra ira, sólo buscamos una tierra y una vida llena de paz….” Ya no siento mis pies. Se han vuelto seguramente palos de nieve. Me vuelvo. Tinga ha agrupado a los niños y les cuenta un cuento de hadas y de duendes con grandes gestos y transforma la voz a cada instante para impresionarles. Muranga y Lan han cogido cacerolas y cucharas, y las usan como si se tratara de baterías y de baquetas, pero provocando más ruido que música.
Cerca de mí, Urga está ocupada en rascarse la nariz, y los Dum, casi borrachos de tanto beber vodka, dicen tonterías y caminan cada vez con más dificultad. Más a la izquierda, un grupo de mujeres hablan de negocios, las oigo hablando de calcetines, de precios, de intercambios. Los ruidos se hacen cada vez más altos y heterogéneos. Un regreso a la vida. Más atrás, los perros ladran ahora incesablemente y con furia. Los encargados de transportar los equipajes les pegan para acelerar el ritmo. El paisaje no cambia, sigue igualito, la misma blancura infinita y el mismo frío congelándonos hasta el alma. Y nosotros caminamos, ahora casi alegres, charlando, cantado, quejumbrosos, cansados, hambrientos. No es de alegría. Más bien es una lucha contra el desánimo que, unido al desierto blanco, acaba matando a cualquiera. El ruido nos rodea, nos protege del abismo del vacío y del silencio.
Pero a ti no te veo. Acelero el paso para ver si estas más adelante. Grito tu nombre pero se pierde entre las conversaciones, las risas y el frío. Quiero que me tomes de la mano como Ludra a Mansú. Tendré menos frío y la caminata resultará agradable a tu lado. ¿Pero dónde estás? Me abro camino entre la gente buscándote. Grito otra vez tu nombre, pero el ruido se traga mi voz. Percibo tu cabellera negra entre todas las cabelleras y salta mi corazón en el pecho. Corro hasta ti y te tomo por los hombros. Te vuelves. Perdone, señorita, me equivoqué… “De las equivocaciones se aprende, rubiales, guapooo”. Y con su gran boca me pide permiso para apoyarse en mí puesto que le duele mucho el pie. Y, al hacerlo, con los ojos me hace la promesa de algo que me hace enrojecer. Yo me escapo balbuceando algo ininteligible.
Todo mi cuerpo me duele de tanto caminar, de tanto frío, de tanta nieve.
Extraño las primaveras de mi tierra. Sus soles ardientes, sus jardines tan coloreados, sus ríos anchos, sus pájaros enamorados… Extraño sus inviernos clementes y sus lluvias que nos lavaban hasta el corazón. Daría media vida por aquel vaso de leche tan caliente que me quemaba la boca, aquel mismo vaso que bebía a pesar mío, diciéndole a mi madre que yo ya era un hombre. Y que los hombres beben café. Que tonto era.
Parecen tan lejanos aquellos días… Días en los que solo me importaban las matemáticas, el ajedrez y las competiciones y los concursos de ambos. Me acuerdo de que era muy dotado, que las cifras no tenían ningún secreto para mí y de que la mesa del ajedrez era mi terreno más personal. Me acuerdo del orgullo de mis padres cuando yo ganaba. Y yo haciendo como que si no me emocionara mientras la alegría no me cabía en el pecho. Ellos siempre me animaron, incluso en aquella ocasión en que el premio del concurso de matemáticas consistía en “Participar en una expedición científica al Himalaya” y me acuerdo de que sus caras habían cambiado de color. Se habían vuelto casi blancas.
Ahora odio el color blanco. Mis ojos ya se han cansado. Mi cuerpo también. Caminamos, nos movemos pero a pesar de todo, el frío triunfa. Cansados, congelados, bajamos el ritmo cada vez más. Y las protestas, las quejas empiezan. Ya no se canta. Los niños ya no tienen fuerzas para jugar. Los hay que duermen en los brazos de sus padres. “¡Estamos hartos! ¡Tenemos que descansar un rato y comer! ¿Nos quieren matar?” Los perros ladran desesperadamente. El jefe de la tribu levanta la mano y poco a poco la gente se calla, hasta que se hace un silencio absoluto. Tres horas de caminata para llegar a nuestro destino. Un alto de dos horas para comer y descansar.
Las madres oyen las mismas preguntas por centésima vez. “¿Adónde vamos mamá?” “A un nuevo pueblo cariño” “¿Y está todavía lejos? Y en ese pueblo, ¿no hay avalanchas que lo destruyen todo?” “¡Eh, tía Longa, tengo hambre!” Llantos. Llantos y frío.
Todavía no te veo. ¿Estas escondiéndote? ¿Acaso atrasas el momento del encuentro para que sea más intenso? Pero ya es mucho, no te he visto desde hace días. Basta ya, déjate ver y ven a mi lado. Abrázame fuerte, que te necesito. Ven, para que juntos venzamos al frío, el cansancio y la nieve. Te quiero.
Comemos lo mínimo para poder ponernos de pie. Todo el mundo se apoya contra los equipajes para no sentarse sobre la nieve. Todo el mundo entiende que lo mejor es irnos para llegar y descansar tal y como es debido ya allí, en Tokom. Aún más cansados que antes de pararnos, con los miembros doloridos, el frío desbrozándonos los huesos, volvemos a caminar por la nieve infinita y amenazadora. Me siento entre los míos. Parece irreal que haga tan sólo un año que no conocía a nadie… Y que no entendía ni una palabra de vuestro idioma. Me parece que hace de eso una eternidad.
Imagino a mis padres ya viejos, pues un año aquí debe ser el equivalente de mil años allí, en mi país… El recuerdo de sus caras al despedirse de mí me viene de otro mundo, de otra época. Y un cariño infinito me invade el pecho. Los echo de menos.
Mi madre llora, me abraza con todas sus fuerzas, y me dice que todavía puedo cambiar de opinión. Mi padre pálido pero controlándose me da recomendaciones prácticas. Yo no sé cómo me siento. Me parece irreal que yo viaje tan lejos, para tanto tiempo, y además por un motivo profesional que nunca hubiera soñado. Con mi maleta verde y una impaciencia cándida me voy a ese otro mundo. El vuelo dura toda una vida.
Al llegar, una blancura impresionante me da la bienvenida, y un frío como nunca he sentido me advierte de que el sol de aquí es diferente de los que yo conozco. Tengo dos compañeros mayores y un profesor. El primer problema es la lengua. Nos dicen que es obligatorio tomar clases para poder comunicarnos con la población de ese pueblo perdido entre las entrañas blancas y heladas del Himalaya. Al día siguiente nos presentan al profesor e intérprete que se encargará de la tarea. Allí te veo por primera vez. Tu cara tiene algo tierno y atractivo. Tengo ganas de tocar tu pelo largo y liso. Pero es tu mano lo que me tiendes. Una mano extrañamente caliente. Los cursos los hacemos en grupos de cuatro. Yo cada día me siento más atraído por ti. Bebo tus palabras. Y aprendo la lengua muy rápidamente. Pretexto tener dificultades para quedarme contigo después de las clases. Tú pareces tener mucha simpatía por mí, pero tus comportamiento nunca excede la amabilidad y lo puramente profesional. ¿Serán tus veintiséis años? ¿O más bien mis veinte?
Pasan dos meses. Estoy completamente enamorado de ti. Sólo espero el momento de verte, ya las matemáticas no me importan, tampoco el ajedrez. Me obsesionas. Provoco coincidencias. Te encuentro fuera de clase. Te propongo enseñarte a jugar al ajedrez. Aceptas. Te doy clases.
Un día, ya la nieve se transforma en hierba verde, el cielo se vuelve muy azul, el sol me parece ya caliente y las moscas se convierten mariposas. Y es que me has besado en los labios. Y mis manos por fin han entrado en tu pelo de seda.
Ha pasado una hora. Nos sentimos mejor, quizás porque nos acercamos ya. Es algo extraño, pero reaccionamos todos como una sola persona. Los niños vuelven a jugar y a correr, las charlas de las mujeres empiezan de nuevo, los hombres fuman cigarrillos y hablan de no sé qué asuntos que a mí me importan poco… Las botas hacen más ruido al chocar con la nieve espesa. Ahora las botellas de vodka circulan entre todos, lo más difícil ha pasado. Dos horitas de camino más y llegamos. “¡Mitcha, niña! ¡Que nos cantes una canción alegre con tu voz de ángel! ¡Venga!” Y ella canta, los otros la siguen, aplauden con las manos. Las mujeres bailan, y los niños se mueren de risa y las imitan. Todo el mundo parece haber recuperado fuerzas, físicas o psíquicas no importa, salvo las viejas Chantú que pierden su energía en quejarse más que otra cosa. ¿La memoria humana es realmente tan corta? Todo el mundo parece haber olvidado lo que ha pasado, ha olvidado el motivo de este largo e interminable viaje. Debe ser el instinto de supervivencia. Sí, seguramente. El movimiento general se acelera de nuevo. Los perros se animan. Y ladran casi alegremente. Y el cortejo avanza desafiando el frío, la nieve y la blancura deslumbrante. Me parece haber oído tu dulce voz llamándome. Me vuelvo y Comán me sonríe. Le quedan solo tres dientes.
Pienso en ti. Día y noche. Cuando trabajo, cuando duermo, cuando respiro. Me inicias en el arte del amor. Te quiero. Tú también, pero distintamente. Pasan los meses. El frío es insoportable para un mediterráneo como yo. Pero tu amor me calienta. Pienso ya en vivir el resto de mi vida aquí contigo. Ya me imagino padre de tus hijos. Pero nos vemos a escondidas. Vengo a tu habitación tarde y entro por la ventana. No me expliques por qué. Y yo no pregunto. Me basta estar contigo. Pasan ocho meses de una felicidad constante y casi irreal. El trabajo está casi terminado y yo no quiero volver. Mi país es el tuyo y mi patria eres tú. La última experiencia científica tenemos que hacerla a unos kilómetros del pueblo. Me ausento tres días. Y antes de irme ya te echo de menos.
Pasan como tres siglos. Vuelvo sediento de ti. A la entrada del pueblo comprendemos que algo ha sucedido. Algo malo, catastrófico. Hay nieve por todas partes, muchas casas han desaparecido bajo el polvo blanco. La gente corre por todas partes. Pienso en ti y el miedo me hiela el corazón. Pregunto por ti a todo ser humano que encuentro, corro como un loco. Nadie sabe nada. Hay que esperar el día siguiente para saberlo. Me dejan entrar. La habitación está bastante caliente. Yo transpiro de tanto correr. Estás sola, tendida en una cama. Pareces dormir tranquilamente, me acerco. Mi mano tiembla no sé por qué. Te quito la sabana blanca. Estás desnuda, pero muy fría. Me quito la ropa. Y me tiendo sobre ti para darte el calor de mi cuerpo, te abrazo con todas mis fuerzas. Y no sé por qué me pongo a llorar. Desesperadamente. Mis lágrimas caen sobre tus ojos. Y no sé si son las mías o las tuyas. Quiero transmitirte mi aliento, mi vida… Pero no me dejan el tiempo suficiente. Me apartan de ti y me tratan de loco. Ellos no comprenden nada, no saben nada. Idiotas. Nada más.
No te vuelvo a ver. Y dos días después toda la tribu se pone en marcha. Reúnen lo que les queda de hombres, objetos y de comida y se preparan para dirigirse al pueblo más cercano en donde se pueda retomar contacto con el mundo. Aquí ya no hay medio de comunicación ninguno. Aquí ya no se puede vivir. La avalancha lo ha destruido casi todo.
Caminamos, todos juntos, casi codo a codo. Pero sigo sin verte. Sigo buscándote. Sigo llamándote, pero el ruido y la masa me separan de ti…

Fatine Sebti
Con el alma en Rabat, 14 de mayo de 2010.
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

REFLEJO DE LA NIÑEZ de RKIA OKMENNI



Nos veremos, niña,
en cualquier lugar.
Nos veremos, niña,
y veré en ti otra niña,
con sus trenzas largas,
cargando su pesada mochila,
bromeando o callada.
A veces recitando de memoria
diversos textos o recitaciones,
o, tal vez, multiplicaciones.
Nos veremos, niña,
yo con mucha nostalgia,
tú con indeferencia.
Yo con mis arrugas,
mi cabello teñido
y el peso de los años.
Tú con tu niñez,
tu frescura, tu inocencia,
corriendo, saltando,
cantando, riéndote
y esperando…
Nos veremos, niña,
reflejo de mi niñez,
niña, nos veremos
en cualquier lugar.

Rkia Okmenni
Rabat, mayo de 2010.
(Escrito mientras pensaba en mi niñez…)

EL CÓLICO de RKIA OKMENNI



Quedan casi veinte minutos para salir de clase. Salimos a las cinco. Yo no puedo ni concentrarme ni seguir las explicaciones del maestro; tampoco puedo aguantar ese dolor tan peculiar que provoca el hambre en el estómago. Nos llega el sonido de la campanilla y el ruido de los pies y de los libros que se cierran y de las sillas que se mueven. El maestro recobra la voz y nos indica que salgamos despacio y en orden. De camino a casa y con mi amiga Zahra, siento todavía la necesidad insistente, urgente, de comer algo, cualquier alimento que pueda ponerse entre los dientes para masticarlo y luego tragarlo. Veo a grupos de niños y niñas gritando y riendo como de costumbre. Están saltando para arrancar los albaricoques verdes de los árboles cuyas ramas sobrepasan los muros de las huertas del camino. Sin decirme nada, Zahra me deja en medio de la acera y corre a sacudir ella también las ramas de un árbol, como los demás. No me atrevo a acercarme y, a pesar de que algunos frutos caen rodando hasta mis pies, yo insisto en volver la cabeza y en mirar hacia otra dirección.
-“¡Vámonos Zahra! Por favor, date prisa. Sabes que mi madre me castigará si llego tarde a casa. ¡Por favor!”
Finalmente mi amiga decide venir conmigo. Los bolsillos de su guardapolvo rosa están casi llenos de albaricoques. Ambas empezamos a andar. De vez en cuando, oigo el ruido seco que hace con sus dientes cuando come un nuevo fruto. Aquel ruido se va intensificando en mi oído y dentro de mi cabeza. Y sé que, otra vez, voy a compartir con ella el contenido de sus bolsillos. Sé que, por culpa del hambre, voy a comer dos, tres o quizás muchos más y que esa noche tendré cólico y diarrea. Dormiré poco. Mi madre me obligará a tragar la infusión de orégano y esta me provocará vómitos…
-“Ten, cómete unos cuantos. Tienen muy buen gusto y tengo muchos. ¡Mira en mis bolsillos! Seguro que hoy no se te va a repetir lo de ayer. He cambiado de árbol. En clase dicen que cuando están maduros se pueden comer incluso sus huesos. Ten, pruébalos, están muy buenos.”
Sin hablar, extiendo mi mano hacia Zahra. Se me pone la piel de gallina al sentir el contacto rugoso del fruto verde sobre mi lengua. Mi boca segrega una gran cantidad de saliva. Cierro mis ojos al sentir la acidez. Al morder, mis dientes hacen el mismo ruido que había oído un momento antes…
De repente, todos los frutos se recomponen dentro de mi barriga. Se infiltran por todas las partes de mi cuerpo y me transforman en un árbol de albaricoques. Una muchedumbre de niños empieza a sacudirme para hacer caer los frutos. Se me suben encima, tiran de mis ramas, me zarandean. Y, mientras grito para impedir que se me acerquen porque me hacen daño, abro mis ojos y descubro a mi madre. Intenta despertarme y me repite que debo desayunar e ir a la escuela. Salgo de casa, con mi mochila en la espalda y totalmente convencida de mi decisión: esta tarde cambiaré de camino y, como Zahra es mi mejor amiga, estoy segura de que me seguirá.

Rkia Okmenni
Rabat, 10 de mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

viernes, 14 de mayo de 2010

EL ALCARAVÁN Y YO de MARIBEL ANDRADE



En la cama, junto a mi abuela, le escuchaba por quinta vez el cuento del Alcaraván (pájaro astuto, de ojos amarillos y a mi entender de entonces, enorme):
- “Alcaraván comí y no me morí, alcaraván comí y no me morí”- cantaba un pájaro que se creía más listo que el alcaraván.
-“A otro, pero no a mí. jJa, ja ja!” - respondía éste, elevando el vuelo henchido de orgullo al ver que había engañado a otro pájaro, pues se dedicaba a engañar a otros pájaros ya que era lo que más le gustaba.
En aquel preciso momento apareció allí, en mi habitación, en mi cama. Yo aterrorizada comencé a preguntarle a mi abuela qué hacía allí el alcaraván, pero mi abuela se limitaba a mirar. Yo quería saltar de la cama, pero mi abuela no me dejaba. Quería gritar, pero el terror impedía que mi voz saliera. Yo no entendía nada. Mi abuela dejó su sitio al alcaraván y al instante estábamos solos en la cama el alcaraván y yo. Sus alas extendidas me tapaban en lugar de la manta. Se giró hacia mí. Y, sintiéndome bocado exquisito de aquellos ojos amarillos, comencé a transpirar, volví a intentar saltar de la cama, pero sentí que me agarraba con su pico por la espalda. De repente, mi voz salió como si rompiera la barrera del sonido, atronando en la habitación… Mi abuela me preguntaba qué me pasaba y yo no entendía que mi abuela me preguntara aquello… ¿Es que no estaba claro? ¡Había un monstruo en mi cama¡ Y ella comenzó a reírse…

Maribel Andrade.
Rabat, 12 de mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

RECUERDO de MARYAM BENCHEKROUN



Ese día de verano fuimos a la playa más o menos pronto, pero permanecimos hasta el anochecer. Y allí el orgullo, la soberbia…
Me cautivaba el panorama de la puesta del sol. Me encantaba el espectáculo al sentir el aire yodado mezclado con el olor a algas. Me fascinaba la unificación del cielo y del mar, el hundimiento y la asfixia del sol en el mar.
Mi entusiasmo fue ya muy grande durante la bajamar. Escribí, dibujé y anduve sobre la arena empapada. Me alejé y vigilé las olas, una tras otra, ya que borraban gradualmente y con cierta vacilación mis huellas.
Fue un momento espléndido, gocé de un paisaje majestuoso.
Para comprobarlo usted mismo, vaya a la playa cualquier tarde de este verano y convénzase directamente de lo que le digo.

Maryam.
Rabat, mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

jueves, 13 de mayo de 2010

EL CABALLO ÁRABE de MARYAM BENCHEKROUN

Gris, moreno, blanco o negro.
Brillante, alto y bello.
Valiente, suave y grato.
Soberbio y magnífico.
Pelo frondoso y largo.
Cola larga y orgullosa.
Cuerpo musculoso.
Patas altas y flexibles.
En los campos, manso.
En las guerras, bravo.
Enérgico y fogoso.
Caballo árabe, caballo…

Maryam Benchekroun
Rabat, abril de 2010-04-12
(Ejercicio basado en “Ejercitar versos y versificación”)

LA ÚLTIMA NOCHE de ABDERRAOUF SBIHI



El siete de septiembre de mil novecientos setenta fue un día memorable desde el punto de vista negativo. Me iba al extranjero a cursar mis estudios y dejaba tras de mí una vida animada y llena que de buenos recuerdos.
La noche del seis al siete no pude cerrar mis ojos pasando la película de mi vida anterior. No sabía dónde dormiría la noche siguiente y dejé mi ventana abierta desde siempre frente al mar. Mi caña de pescar colgaba al lado de mi antiguo escritorio y yo fui perdiendo el ruido de las olas que acompañan mis sueños y que atenuaban mis ansias.
Por eso la mente empezó a oscilar entre las emociones del deporte, del ambiente del barrio, de la familia numerosa y sobre todo del intenso amor que sentía por mi novia, mientras fluía el deseo de querer asegurarme algo y de querer agarrarlo para siempre. Cada recuerdo me sacudía un poco la garganta. Todo eso debía olvidarlo por una soledad que jamás antes podría haber imaginado, por un cielo más cercano que nunca había visto el sol, por ventanas encajadas unas frente a otras, por caras plagadas de anillos de arrugas.
A lo largo de aquella noche interminable, sufrí un dilema: ¿Cómo escapar de aquella situación? Era imposible… Me dije a mí mismo: No hay atajos en la vida... Para consolarme, me añadí que debía seguir consultándolo con mi almohada, pero no encontré situaciones irreductibles. Me era imposible imaginar que en los días venideros me sería imposible ver la sonrisa de mi madre o sentir el fuerte abrazo de mi novia. Eso era lo que yo iba a echar de menos.
Llegó el amanecer: ya no había salida alguna. Me levanté y miré con responsabilidad las fotos colgadas en frente del escritorio y me dije a mí mismo: Tal vez no sea tan malo lo que el futuro me reserva… De repente, el despertador rompió el silencio. Yo evité las miradas emocionales murmurando un mínimo de palabras porque los ojos y la voz falseaban el contexto. Y me fui -sin catar el último desayuno de mi madre- solo al puerto, tal y como había decidido.

Abderraouf
Rabat, mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

martes, 11 de mayo de 2010

SAID de MARYAM BENCHEKROUN



Cada noche y después de un duro día, Said iba a la plaza Navona y a la fuente de Neptuno. Comía un sándwich y contemplaba la fuente, a la gente, a los enamorados, a los niños contentos que jugaban y rodeaban a sus padres. Así se acordaba enseguida de su ángel “Sanae”, de su ropa heredada de su prima, de su biberón de plástico vacío o con mucha agua y poca leche... Arrojaba un suspiro y afirmaba fuertemente y con mucha convicción que seguiría siendo fiel a su nombre (en árabe, “said” significa feliz).
Said era marroquí, de estatura normal, de pelo y ojos negros, o sea, se hallaba dotado de un físico perfectamente marroquí. Estaba casado y tenía una hija de un año.
Había llegado a Italia clandestinamente. Cada mañana buscaba un trabajo de cualquier índole para arrancar su comida del día esperando que fuera el definitivo y que le permitiera realizar sus sueños. Por eso, cada mañana antes de salir, solía rezar y le pedía ayuda a Dios: “Dios mío, ayúdame a mejorar mi vida, a ahorrar para regresar con mi hija, mi mujer, mi madre; a regresar con mi fortuna y a echar adelante mi propio proyecto. Dios mío así podría comprar leche y vestidos nuevos a esa inocente Sanae, y comida y ropa a su madre y a la mía”.
Pasaron unos meses en esta situación. Una mañana, se despertó entre rumores, empujones, prisas de gente y golpes de la policía. Se trataba de una acción policial contra los inmigrantes sin papeles. Le cogió por sorpresa. Temor y miedo, no sabía qué hacer ni adónde ir. Una persona alta, robusta y de apariencia firme estaba allí, observando aquella escena. Ésta se acercó a Said, lo tranquilizó y le dijo: “No te preocupes, voy a salvarte. Cálmate y ven conmigo”. Said, con los latidos del corazón más que acelerados, la boca seca y la lengua áspera le siguió sin mover los labios.
Entraron en un piso simple y modesto; le enseñó a Said el frigorífico lleno de comida, frutas y bebidas; le mostró su cama y le aconsejó bañarse y descansar. Volvería por la tarde y hablarían de su nuevo trabajo.
Efectivamente, Said se dedicó todo el día a relajarse y a prepararse: se bañó, comió, durmió, esperando que el tiempo pasara rápidamente para poder empezar en su trabajo cuanto antes. Cuando el hombre robusto llegó, le pidió su pasaporte bajo el pretexto de arreglarle su situación y su residencia. El inmigrante, aunque tuvo un momento de duda y titubeó, finalmente se lo dio. Después, el hombre le enseñó a Said una maleta y le explicó el objetivo de la misión que tenía que cumplir.
Pasaron tres meses durante los cuales Said obedecía las órdenes del hombre y le pedía de vez en cuando sus papeles. Vivía en un piso tranquilo, comía, se vestía y dormía bien. Además, ganaba bastante dinero para poder ahorrar. Sin embargo, no sentía seguridad ni tranquilidad, sobre todo cuando la respuesta del robusto era: “No es necesario tener papeles, ya que estás trabajando conmigo, olvídate de eso…”.
Aquella noche, mientras llevaba la maleta, vio a un antiguo compatriota, Murad. Se abrazaron fuertemente, charlaron un momento y Said se excusó diciendo que tenía que ser puntual. Así que quedaron al día siguiente por la mañana. Murad enseguida sospechó acerca de la naturaleza del trabajo de Said. Por eso lo siguió. Al ver a la persona a la que Said le daba la maleta, entendió de quién se trataba, pero no se atrevió hacer nada. Esperó su cita con impaciencia. Una vez que se vieron, Murad le sonsacó a Said más detalles acerca de su trabajo y, al final, le hizo comprender que las personas con quienes trabajaba eran mafiosos y que tenía que abandonar inmediatamente aquel trabajo. “Oye, no te preocupes, voy a ayudarte. Ahora vete y quédate tranquilo. Cuando tenga algo nuevo, me cruzaré en tu camino y tiraré un papelito sucio. Cógelo y haz ver que lo tiras a la basura, pero sobre todo no lo leas hasta que estés en el cuarto de baño”. Al cabo de cinco días, que para el pobre Said fueron como cinco meses o más (cada hora la había vivido como una pesadilla increíble: al oír la sirena de la policía sentía pánico y su corazón le amenazaba siempre con detenerse) vio en su camino a Murad y siguió el plan acordado.
Una vez en su piso se fue directamente al cuarto de baño y leyó el papel: “Una ONG propone un billete de ida al país de todo inmigrante que lo desee, más una cantidad de dinero al llegar a su destino. Si eso te interesa, no cojas nada aparte de tu dinero ahorrado y escóndetelo lo mejor posible. Trata de ir perfectamente normal, no lleves nada en las manos, ve a tus lugares de siempre y luego a esta dirección (…) Una vez que entres allí, luego ya ni intentes volver a tu piso ni salgas de la oficina de la ONG. Allí les contarás todo lo que te ha ocurrido y ellos se encargarán de todo.”
No pasaron más de dos días cuando Said se encontró, de repente, entre sus seres queridos. No con la gran fortuna que él había soñado, pero sí salvo y sano y con una cierta suma entre sus manos que le permitió montar un muy pequeño negocio.

Maryam Benchekroun
Rabat, marzo-abril de 2010
(Ejercicio inspirado en el cuento “Una equivocación” de Juan Madrid)

“UNA PUNTA DE MENOS” DE ABDELLAH EL HASSOUNI



Empezar un salchichón seco cortándole la punta inaugura un festín para todos, salvo para mí ¡Esto siempre me recuerda el día de mi circuncisión! Lo habían organizado todo: acudir a los servicios del mejor barbero de la ciudad, disponer de todas los dulces y las azucareras necesarias, invitar a los familiares con una total discreción y sobre todo raptarme, tal y como reza la tradición, es decir, sin despertar sospechas en mis padres. ¡La tradición mandaba además que el mayor fuera el futuro portador del nombre familiar y de todos los secretos ancestrales, por lo que debía esperar su séptimo año para verse honrado de este modo! Me hubiera gustado sufrir esta ablación a una edad mucho más temprana para no haber padecido aquel martirio ni haberlo grabado tan fielmente en mi memoria, pero no podemos decidirlo todo.

Y aunque el gesto de nuestro barbero-cirujano había sido preciso y el corte rápido, la burla era demasiado pesada, más fuerte que el dolor físico. Por entre los barrotes de la ventana de la habitación en donde me habían acostado con las piernas abiertas, los otros niños, primos y primas, me interpelaban: "te han cortado una parte muy gruesa", "tendrás un pajarito muy pequeño", "no mearás más", "yo ya no te amo; no podrás servirme de marido" " déjame ver y te……".

Yo también habría deseado verlo, asegurarme de que simplemente me estaban engañando, pero aquella endiablada venda blanca ya manchada de sangre me impedía evaluar por mí mismo los daños. Así que pretexté una necesidad urgente. Pero no hallé ningún indicio ni nada concreto. Ante la vigilancia de los adultos, ningún contacto visual era posible. ¡Qué frustración! ¡Qué angustia!

Jamás había tenido tantas ganas de llorar. Pero un chico no tenía el derecho de llorar, al contrario de las chicas. Pensé “No sólo no les cortan nada a ellas, sino que pueden llorar tanto como quieren. ¡Qué injusticia! A pesar de todo eso, jamás seré una chica, aunque me lo hayan cortado bastante. Un chico siempre es un futuro hombre”.

Hoy continúo vengándome. Compro bastantes salchichones y les corto vigorosamente la punta.

Abdellah
Rabat, 1 de mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

jueves, 6 de mayo de 2010

EL SECRETO DE LAS FLORES de LAMIAE DERFOUFI



No sé por qué, pero nadie quiso creerme, ni siquiera mi prima Wafae que estaba conmigo, pero lo que digo es una verdadera verdad. ¡Lo juro! Quizás los otros no me crean sólo porque están celosos, porque soy la única en este mundo que sabe el secreto oculto de las flores...
Todos mis amigos y primos hacen lo mismo: juegan al fútbol, a las muñecas, al escondite, a la rayuela… Pero a mi prima Wafae y a mí no nos gusta nada todo eso, por lo que siempre buscamos algo diferente. Pasamos todas las vacaciones juntas en la casa de mi abuelo que tiene un jardín muy muy grande, donde hay muchos árboles y flores. Wafae y yo tenemos miedo de los árboles porque son enormes y porque a mí me parece que se mueven de vez en cuando. Además, tía Nora dice que, si salimos al jardín por la noche, las ramas de los árboles nos agarrarán y nos llevarán con una bruja mala. Pero con las flores es diferente: estamos totalmente enamoradas porque son un encanto.
¡Hay tantas flores en el jardín del abuelo, que cada vez que las vemos pensamos en un arco iris! Hay bellas rosas de muchos colores, están las de color rosa, las rojas, las blancas y hasta las amarillas, que me encantan porque a mí me gusta muchísimo el amarillo. Hay también claveles, que siempre nos hacen pensar en Cásper, el fantasma. Hay magnolias, cuya forma es muy rara –no sé por qué, pero me parece que las magnolias son extrañas-. Hay gerberas con sus muchos pétalos lisos, también tulipanes, orquídeas -que parecen tener una gran boca abierta esperando alguna víctima- y tantas otras flores de diferentes colores y olores. Pero mi flor preferida es el jazmín porque es tan blanca como las nubes y tiene un olor que me hechiza. En verdad, el mundo de las flores nos fascina tanto que pasamos la mayoría del tiempo en el jardín mirándolas, jugando a sentirnos nosotras mismas dos rosas entre otras, pero las más bonitas claro… Y así fue precisamente como se nos ocurrió la genial idea de fabricar perfumes.
Para empezar, siempre nos escondemos en un rincón del jardín situado detrás de la casa del abuelo, lejos de los árboles, y allí nos llevamos un gran frasco de champú o cualquier botella de agua vacíos. Recogemos muchas flores y nuestro ingrediente secreto… Bueno, voy a decirlo para contarlo todo bien; pero, por favor, que quede entre nosotros, ni una palabra a nadie, pues Wafae se enfadaría si se enterara de que lo he contado. El ingrediente principal de nuestras composiciones florales es una hoja del limonero. Sí, ya lo sé: es un árbol y nosotras tenemos miedo de los árboles. Pero el limonero es diferente, tiene algo especial, el olor de sus hojas es maravilloso, siempre nos provoca cosquillas en la nariz y un árbol que tiene un olor tan peculiar no puede ser malo ni llevarnos con la bruja. De todos modos, para sentirnos más seguras, nunca nos acercamos demasiado e intentamos tomar la hoja que quede más lejana del tronco del árbol, o bien, le pedimos a una persona mayor que lo haga por nosotras y sin decirle para qué la necesitamos. Y así, con los pétalos de las flores, la hoja del limonero que cortamos en pequeños pedazos, un poco de agua, un poco de azúcar que robamos en la cocina de la abuela -no os extrañéis- hacemos luego una mezcla en el frasco o la botella y la agitamos hasta obtener un perfume. Pero, desgraciadamente, aunque mezclemos todas esas flores tan bonitas, nuestros perfumes no llegan a ser tan perfectos como los soñábamos. Wafae dice siempre que nos falta algo...
El otro día, mientras estábamos jugando en el jardín, sin darnos cuenta de que el tiempo pasaba y que se hacía tarde, en tan sólo un instante el sol desapareció y se nos hizo de noche. Muerta de miedo le dije a Wafae: vámonos antes de que la bruja venga a buscarnos. Ella me dijo que no debía tener miedo, que sólo debíamos correr hasta la casa y que ya no habría peligro. Al echar a correr, mi camiseta se enganchó en una rama del limonero y de repente quedé prisionera del árbol. Le pedí a Wafae que me ayudara, pero ella tenía mucho miedo y se quedó inmóvil. No podía socorrerme, ni siquiera gritar para que alguien viniera a desembarazarme del maldito árbol.
Empecé a sentir que las ramas se movían y que, poco a poco, me atraían hacia el tronco. Estaba perdida, el árbol me estaba arrastrando y me iba a entregar a la bruja, y entonces ésta me comería o me transformaría en un ratón y nunca volvería a ver a mi mamá y ¡tampoco me casaría nunca con Amine! En aquel momento me di cuenta de que estaba en el vientre del árbol. Y lo que vi allí me maravilló. Había una criatura conmigo, pero no se parecía en nada a las brujas que veo en los dibujos animados. Era pequeña, no tenía verruga en la nariz, tampoco tenía escoba, no era ni siquiera fea: más bien era guapísima y tenía el pelo tan amarillo como los rayos del sol y los ojos tan azules como el cielo del verano. Creo que era un hada como aquellas de la Bella Durmiente. Estaba allí y alrededor de ella había muchas flores. Los aromas de éstas eran tan intensos que estuve a punto de desmayarme. Estaban allí todas las flores del jardín y aún más. Y todas flotaban y se oía como una melodía dulce en el aire. La bella hada se me acercó y me dijo:
- No tengas miedo, no voy a hacerte daño, soy la Reina de las Flores y te voy a mostrar cómo fabricar un verdadero perfume. Pero no debes revelárselo a nadie porque es un secreto de las flores.
Yo me había quedado completamente muda y sólo fui capaz de menear la cabeza. El hada me dijo que todas las flores tenían un alma y que para fabricar un verdadero perfume debemos siempre extraer el alma de cada flor, gota a gota, con una aguja mágica que ella me dio ese día. Estaba tan feliz que salté de alegría y me caí.
Pero, al caer, me encontré de golpe en mi cama: estaba hinchada y con mucha fiebre. Mi abuela me dijo que me había picado un insecto mientras jugaba con las flores y que eso me había provocado una gran alergia. Incluso había estado inconsciente durante una parte de la noche. Yo le conté lo que me había ocurrido con el hada, pero ella no quiso creerme, ni tampoco Wafae. Estoy segura de que están celosas, mis otros primos también y es por eso que no me creen. Pero puedo mostrarles a todos que es verdad… Sólo tengo que encontrar la aguja mágica que perdí seguramente al caerme cerca del limonero.

Lamiae
Rabat, 3 de abril de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

miércoles, 5 de mayo de 2010

ODIO LOS DOMINGOS de FATINE SEBTI


Para todos los niños de mi barrio la cosa está clara y no da que pensar dos veces. La respuesta sería: ¡ir a la escuela! Pero la mía es algo diferente. Bueno, tampoco me gusta ir a clases aburridas, pero pienso que hay una cosa aún peor que ir al colegio: ir al hammam y dejar que allí te peinen el pelo. Por eso, odio los domingos, los primeros de cada mes.
Para empezar Laaziza me impide salir de la cama antes las diez de la mañana, porque ella se levanta a las tantas, pues dice que cada domingo su difunto marido le visita en sueños y que debe quedarse con él el mayor tiempo posible. Así que me despierto a las siete y media de la mañana y me quedo presa en mi habitación. Y eso que la vida en la casa de tía Awatif empieza a las seis de la mañana, incluso el domingo. ¡Qué suerte! A las ocho ya su comida está lista, el olor a pan blanco invade todo el barrio y se nos hace la boca agua. Salgo de la cama y abro la ventana, muerta de hambre y de impaciencia, y observo a la tata Hanane cuando se pone la hena en el pelo mientras escucha canciones egipcias y canta de vez en cuando con esa voz suya que parece la de un hombre. Ella va al hammam más temprano que nosotras. Y, claro, siempre tiene el mejor sitio, dice mamá Aicha. Aunque, para mí, todos son iguales.
Hablo un poco con mi pajarito y termino diciéndole que el difunto marido se me está haciendo pesado… Me vienen ganas de ir al baño, pero no me atrevo porque la habitación de Laaziza esta al lado de la mía y temo despertarla. No me gusta que me grite porque cuando empieza, ya sé que es para todo el día. Cojo una hoja y, entonces, a ella la dibujo dormida y a su marido, sin rasgos en la cara, pues no lo he visto jamás en mi vida, ya que además parece estar muerto ya desde hace siglos… Y le repito a la imagen que ya debería irse. Y luego la dibujo despierta estrujándose los ojos. Y como por arte de magia, algunos momentos después, ella toca a mi puerta y… ¡El día por fin empieza!
Voy al baño y bajo. Desayuno junto a Khadija, la hija pequeña de Laaziza (pues tiene otra ya grande y casada que vive en otro país y que cuando nos visita nunca nos trae regalos). Luego me ayuda a cambiarme de ropa, aunque yo puedo hacerlo sola. Me quedo un rato con mis padres en el jardín, jugando o terminando los deberes para el lunes. Mientras tanto, las chicas limpian la casa y se prepara la bolsa para ir al hammam. Aquí empieza la tarea de mamá Aicha. Ella, prepara los cubos, los jabones, la hena, el ghassoul, los guantes, la ropa, y nos lleva a Khadija, Sumiya, la hermana del Hachmi, y a mí al hammam. Al de la calle que está cerca de la casa de Laila y que llaman «Hammam El Hana», es decir, el baño de la prosperidad. ¡Y una porra! ¡Es más bien el infierno!
A todos les digo que no, pero sí que me cuesta desnudarme delante la gente. Aunque sea entre mujeres. Y es que para colmo hay otra cosa: tampoco me gusta ver a mujeres desnudas. Entramos en el hammam y la tiyaba, bajita y gordita y con una diente de oro (los otros son amarillos) se muestra simpática con nosotras y se ofrece para encargarse de mí. Yo le tiendo la mano a mamá Aicha, dándole a entender así mi rechazo. No me gusta esa mujer, hasta me da un poco de miedo, ya que me hace pensar en las brujas que transforman a los niños en saltamontes. Aunque yo sé que sólo se comporta así por la propina que le enviará mi madre. A continuación también ella nos guarda la ropa y nos lleva al mejor sitio posible para luego llenarnos los cubos. Mama Aicha entonces ya me quita la ropa, pero yo me dejo puesta la braga muy a su pesar.
Entramos en la primera pieza, la menos caliente, esa nunca está llena, sólo hay algunas jóvenes que se lavan sentadas, como todo el mundo. Pasamos a la segunda, más caliente, y ahí… Pues ahí sólo carne y carne y nada más que carne. Senos gigantes que casi rozan los suelos. Ante algunos yo juraría que están llenos de leche o quizás de agua y que basta pincharlos para que salga a chorros y se queden vacíos y flojos. Senos arrugados y tristes que, cuando son oscuros, me hacen pensar en berenjenas, hecho por el que finalmente aparto mi mirada. Pero esta carne está por todas partes. Hay barrigas enormes con varios niveles de grasa que esconden el ombligo y muslos tan infinitos que junto a sus barrigas no desean braga alguna.
Mama Aicha después de besar a las vecinas, a la mujer del dependiente y a la modista, y después de haber hablado del precio de las frutas, del tiempo y de la lluvia y de lo difícil que es la vida, por fin empieza a lavarme. Primero suavemente y luego me frota con vehemencia, para que me salga una piel muy dulce, dice ella. Y luego viene el momento inevitable, el de quitarme la braga. Lo hago casi con lágrimas, porque sé que todo el mundo espera este momento para fijarse en mí y reírse de no sé qué cosa. Intento no hacerles caso, pero no puedo. Y sólo veo mujeres con las piernas medio afeitadas y con el agua arrastrándoles el jabón mezclado con los pelos, todo lo cual acaba fluyendo hacia la mujer que tengan al lado. ¡Pero qué asco! Y ya hay otra que está quitándose la hena de los pelos con el peine y que deja que la rojiza agua se lleve el resto de trocitos grises que se ha quitado de la piel. ¡Qué lugar tan sucio para lavarse! Y es que mi mayor temor es parecerme a esas mujeres cuando crezca. No quiero engordar, no quiero tener senos. ¡Ojalá hubiera sido un chico! ¡Qué suerte tiene Hachmi!
La última tortura es la de peinar mis largos cabellos rebeldes. Yo querría cortármelos, pero mamá Aicha y Laaziza dicen que las niñas que se cortan el pelo nunca se casan. Aunque yo no he decidido aún si me quiero casar, así que por el momento me lo dejo largo por si acaso.
Y por fin volvemos a casa: yo cansada y poniéndome el pañuelo azul, muerta de hambre. Y eso sucede todos los primeros domingos de mes.
Sin embargo, este último fue diferente, ya que el difunto marido de Laaziza se quedó con ella más que de costumbre y también porque mamá Aicha cayó enferma. Me vino a despertar la hija de Laaziza que nunca trae regalos, estaba de vacaciones, y me dijo que le habían encargado que me llevara al hammam. Pero me dijo que ella conocía uno diferente y que seguramente me gustaría. Yo le dije que no había hammam en el universo que me pudiera gustar. Pero fuimos.
Al entrar nos dieron una hoja con un gran título «Reglamento interno», tata Hanane me explicó que allí no se podía tardar en salir del hammam más de una hora y que estaba prohibido afeitarse cualquier parte del cuerpo, que los que utilizaban la hena debían lavarse en habitaciones individuales y que no se podía tardar en salir del hammam más de una hora. Yo no me lo podía creer. ¡Aquel era el mejor hammam del mundo! Y haberme llevado hasta allí era el mejor regalo que me podía hacer la hija de Laaziza que nunca traía regalos. Todo estaba limpio y luminoso, la tiyaba llevaba un delantal blanco… ¡E incluso tenía una verdadera sonrisa de dientes muy blancos! La que se encargaba de mí, Maymuna, me lavó con jabones que olían a frutas. Me encantaron. Me sentía como en un jardín florecido en plena primavera. El agua no estaba muy caliente, era tibia y agradable y sobre todo transparente. El guante era blanco y dulce como si estuviera hecho de plumas de pato. Había bastante distancia entre una mujer y otra, así que ni siquiera me molestaba el hecho de quitarme la braga. Maymuna me inspiraba confianza y verdadera simpatía. Ni siquiera me peinó los cabellos y me dijo que estaban muy bonitos tal y como los llevaba, rebeldes. El tiempo pasó muy rápido. Al salir, me sentí muy relajada, para nada cansada y muy alegre. Me dije que debía enseñarle ese hammam a mamá Aicha. Así mis domingos se volverían agradables. ¡Y mi respuesta sería la misma que la de todos los niños del barrio! «¡En ese caso ya no habrá peor cosa que ir al colegio!», me decía a mí misma.
Pero, cuando mamá Aicha mejoró y le conté lo del hammam y lo del reglamento interno, no quiso creerme. Tata Hanane había regresado a su país y nadie me creyó. Dijeron que aquel día había tenido mucha fiebre y que no me había levantado de la cama en todo el día. Pero yo estoy segura de lo que digo, si quieren les digo dónde está y pueden ir hasta allí. Allí debe estar todavía mi pañuelo azul. Allí me lo olvidé y allí aún deben guardarlo.

Fatine Sebti
Rabat, 28 de abril de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)



martes, 4 de mayo de 2010

QUIÉREME de ABDELLAH EL HASSOUNI



Quiéreme,
Quiéreme, amada mía.
Quiéreme sin complejos, sin modales,
simplemente, sin pensar, sin sopesar, sin juzgar.

Quiéreme, estrella mía.
Quiéreme sin límites, sin obligaciones,
sin cuestiones, sin un porqué, sin miedo ni angustia,
con alegría, con gran plenitud, con estremecimiento.

Quiéreme, paloma mía.
Quiéreme sin silencio, sin lo implícito,
chillándolo en las calles, tan alto que sobrepase las azoteas,
clamándolo, cantándolo todo cual melodía.

Quiéreme, ángel mío,
con mis errores, mi ignorancia y mi pureza derogada,
durante mis guerras, mis treguas y (sobre todo) mis rebeldías
Mis días, mis noches, mi invierno y mi primavera.

Quiéreme.
Quiéreme, me lo debes.
Sin mi corazón, serías una soberana sin reino,
tu sonrisa no sería luz, ni tu cuerpo sería tu cuerpo, tan redondo, tan bello.

Quiéreme, corazón mío.
Quiéreme sin contar; ahora, no mañana,
justo durante un siglo, un año, un día, unas horas.
Sé mi sol, el sol de mis ojos.
Sé la palabra que se halla pegada a mis labios,
sé mi gata, mi perro, mi presa y mi carcelero.
Sé todo, nada menos que todo, todo o nada.
Sé para mí lo que yo espero ser para ti,
justo un beso.

Abdellah El Hassouni
Rabat, 26 de marzo de 2010
(Ejercicio: escribir un poema/carta de amor)

NO ME GUSTA LA LECHE de IMAN TANOUTI



Mi mama siempre dice que soy una empecinada y una curiosa, aunque no sé muy bien por qué, pero si mi mamá lo dice debe de ser cierto, porque mi mamá siempre lleva la razón, nunca se equivoca.
Pero mi mama sabe que los despertares lácteos me dan náuseas, no me gusta la leche ni soporto su olor, aunque la señorita Sabah no lo sabe y siempre me obliga a tomarme ese veneno blanco por la mañana, entonces tengo que dejar de respirar, pensar en algo bonito y metérmelo de un trago, para luego vomitarlo ¡Qué horror! Yo a veces finjo haber olvidado en casa mi vaso de plástico verde con lunares blancos, pero ella siempre se las apaña para conseguirme otro. Otras veces, simulo tener dolor de estómago, pero luego me lleva a la enfermería y me hace tragar un jarabe asqueroso que me provoca el mismo efecto que la leche, pues vomito. Pero, si mi mamá sabe que no me gusta la leche ¿por qué no se lo dice a la señorita Sabah? ¿Acaso están enfadadas? Porque yo, cuando estoy enfadada con mi amiga Leila, no le dirijo la palabra y viceversa; claro que es como un pacto secreto. Aunque, ahora que recuerdo, cuando me acompañó ayer a la escuela, mamá saludó a la señorita Sabah con la mano, de lejos, eso sí… ¿Será que cuando los adultos se enfadan entre sí sólo se saludan con la mano, sin dirigirse la palabra? Eso supondría, tal vez, no estar muy muy enfadados, porque cuando lo están mucho no se hablan. Es lo que le ocurrió a mi mamá con mi papá, que estaban tan enfadados el uno con el otro por no sé qué cosa, que ni se saludaban con la mano por la mañana, ¡ni de lejos! Y luego, un buen día, en vez de no hablarse, se chillaron, gritaron, rompieron cosas y golpearon puertas…
Y desde entonces yo me digo que cuando los adultos se colman de chillidos es que ya se han reconciliado ¡puesto que ya se vuelven a dirigir la palabra! Si es así, corro para decírselo a mi amiga Leila. Así la próxima vez que estemos enfadadas, cuando yo le chille ella comprenderá que ya hemos hecho las paces.
¡¡¡Que simbólicos son los adultos!!!

Iman
Rabat, 29 de abril de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

LOS ABRAZOS de ANA BORGES



Los había conocido de muchas maneras y de variada intensidad.
Los abrazos de su padre y de su madre, fuertes pero a su vez suaves.
Los de su abuela, cálidos, cuando la tenía en su regazo.
Los abrazos de muchos niños, de aquellos que corrían y se colgaban de su cuello.
Unos más tímidos y tiernos, del niño que colocaba su cabeza contra su pecho y apenas cerraba sus bracitos alrededor de su contorno.
Los había conocido inexperimentados, los cuales más tarde adquirirían experiencia y dejarían de ser primitivos.
Los fuertes y leales de los buenos amigos que trasmitían ánimo y confianza.
Y también los detestables, los de políticos hipócritas que apretaban sin sentimiento, con el solo objetivo de lograr un voto que no llegaría.
Y sobre todo había conocido los abrazos de innumerables despedidas, de despedidas con retorno.
Y también uno muy intenso de una despedida casi sin esperanza.

Ana Borges.
Pinares, Uruguay, 3 de mayo de 2010
(Ejercicio basado en “Los Besos” de Juan Carlos Onetti)

sábado, 1 de mayo de 2010

EL ALCANCE de MARYAM BENCHEKROUN



Apenas contabas diez años cuando tu padre tenía cuarenta y trabajaba en una fábrica por un insignificante sueldo. Estaba desesperado, triste.
Estaba claro: tenías que ir a la escuela, en casa hacer tus deberes, ver a la tele, jugar, salir con amigos o practicar algún deporte. En cambio, tus padres tenían que vigilar, controlar, enseñarte y ayudarte durante tu infancia y adolescencia.
De repente, te encontraste frente a un padre muy autoritario, muy exigente. Debías trabajar; estudiar todo el tiempo. El ocio no tenía lugar en tu vida de niño ni de adolescente: cada día volvías de la escuela, comías, hacías los deberes que los profesores te habían dado después de los de tu padre. Estos últimos eran más largos, más complicados y agotadores. El nerviosismo, los enfados, los gritos del padre hacían que tu mente te doliera constantemente y que quisieras dormirte enseguida, sobre todo cuando se hacían las once o las doce de la noche.
En cuanto a tus estudios secundarios o posibles universidades, no tuviste que elegir tu asignatura preferida. Sólo tuviste que obedecer y conseguir lo que el padre deseaba y ordenaba para hacer de ti un ingeniero.
El tiempo corrió, los años se fueron hundiendo y tu infancia y adolescencia se te escaparon sin provecho o disfrute alguno. Hasta que, una vez ya mayor, quisiste revelarte discretamente… Sin embargo, ya llevabas incrustado en ti demasiado temor -no respeto- y piedad hacia tu padre y éstos no te dejaron renunciar ni interrumpir los estudios que él te había impuesto. Aunque jamás fuiste capaz de finalizarlos.

Maryam
Rabat, diciembre de 2009.
(Ejercicio: narrar una historia partiendo del “tú”)

FRACASO de MARYAM BENCHEKROUN



Lo habías conocido y temido de una manera o de otra.
Era muy doloroso, insoportable. Tenías que sufrir mucho para esquivarlo. Trabajabas mucho, hacías minuciosas investigaciones, vigilabas noches y noches, reflexionabas antes de actuar, ofrecías a cambio tus manos y tus pies para que no sucediera. Pero, un detalle olvidado, un hecho, una palabrita o un simple gesto, podían provocarlo y tú te encontrabas de nuevo ante el repentino fracaso.


Maryam Benchekroun
Rabat, 2009.
(Ejercicio basado en “Los besos” de Juan Carlos Onetti)

IDA SIN VUELTA de ABDELLAH EL HASSOUNI


¿Te acuerdas?
Creo que no te acuerdas
El claro de luna, el cielo estrellado, la brisa ligera
El vaso de té templado, triste de soledad
La procreación que predominaba de nuevo

¿Te acuerdas?
Quizás no te acuerdas
Mis primeras miradas curiosas, sedientas, interrogativas
Mis primeros pasos titubeantes, vacilantes, temblorosos
Mis primeros vocablos, palabras, peticiones, juramentos.

¿Te acuerdas?
Vagamente te acuerdas
Mis ojos tan embobados que te devoraban
Mis oídos tan abiertos absorbiendo tus palabras
Mi frágil corazón latiendo solamente para ti.

¿Te acuerdas?
Pienso que te acuerdas.
Y yo tampoco jamás olvidé, jamás olvidaré,
que en una noche de luna llena, de cielo estrellado,
en lo mejor de todo esto, en el súmmum del aprovechamiento,
habías escogido irte, precipitadamente, para no volver.
Te habías otorgado el derecho de no decirme nada, de no explicarte.

Me habría encantado que te quedaras a mi lado,
escribir conmigo un poema largo, una melodía de vida.
Me habría encantado decirte “vivimos”, pero de mil modos,
que voláramos de época en época, de siglo en siglo.
Pero pasó el tiempo de decirme cómo iba a explicártelo,
cómo íbamos a realizar aquel sueño, a darle vida,
porque simplemente llegó el tiempo en que cambiaste de orilla.

Pero, te acuerdas,
ciertamente te acuerdas
de que, aún muerto, no te guardo ningún rencor.

Abdellah
Rabat, 22 de marzo de 2010
(Ejercicio basado en el poema “Para leer en forma interrogativa” de Julio Cortázar –incluido en “De edades y tiempos” en Salvo el Crepúsculo-)

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010
Tras la lectura...

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010
La lectura

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.
La lectura...

Lectura del Taller.19 de junio de 2010

Lectura del Taller.19 de junio de 2010
Tras la lectura

LOS ESCRITORES DEL BLOG...

LOS ESCRITORES DEL BLOG...
Aixa, Abdellah, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

LOS ESCRITORES DEL BLOG.

LOS ESCRITORES DEL BLOG.
Aixa, Anastasio, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

A ORILLAS DEL BU REGREG...

A ORILLAS DEL BU REGREG...
... IMÁGENES QUE FLUYEN... (Fotografía cedida por Abdellah El Hassouni)

Alumnos del Taller

Alumnos del Taller
Tras la clase. Diciembre de 2010

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015