TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos al blog de los participantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace siete años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS).
Aquí damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos. Pero también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.
Muchas gracias por leernos y por compartir con nosotros este espacio.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)
Rabat, febrero de 2017.

En el taller...

En el taller...
Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

IMÁGENES DEL TALLER
Comentando un cuento...

jueves, 29 de septiembre de 2016

«¡NADA MÁS QUE EL AMOR!» de MARÍA EL KANNSASSI

Tenía dieciocho años cuando dejé mi familia y mi país para afrontar el mundo sola. Cuando llegué a París, me resultó más difícil soportar el clima que la soledad, que se volvía más y más pesada a lo largo de los días. Hacía siempre frío y todo era gris, y yo echaba de menos el sol de mi tierra. Ni las bellas calles ni la multitud de monumentos que dibujaban los rasgos de aquella ciudad histórica, lograban borrar la añoranza que velaba mi horizonte.
         En aquel estado, entré un día en el restaurante de la universidad para comer sola, como siempre (y eso que no me gusta comer sola), y me pareció que todo el mundo me observaba. Avancé entre gente de todas las nacionalidades que había afluido hacia esa capital, hogar famoso por sus múltiples y grandiosas universidades recolectoras de flores de la sabiduría. Para mí, cruzar ese espacio, esquivando las mesas, las sillas y las piernas, hasta llegar al mostrador, era el recorrido de un auténtico guerrero debido a todos los libros que llevaba. Aquel día, tomé finalmente mi plato lleno de comida variada, que nunca igualará nuestra sabrosa comida tradicional, y busqué un sitio lejos de los demás. En el fondo de la sala, había un joven sentado solo. Fue como una aparición en las semejantes y aburridas páginas de mi estancia. Nunca lo había visto en la universidad ni en el restaurante… ¿Era un recién llegado?  Tenía la cabeza baja y estaba concentrado en un libro que sostenía con la mano izquierda mientras comía con la derecha. Yo no tenía todavía amigos, debido a mi timidez y al miedo a ser rechazada por mi nacionalidad…. quizás  por simple orgullo.  Pero, en aquel momento preciso, me sentí atraída por aquel hombre cuya postura daba la impresión de ser tan tímido como yo, a pesar de su aparente virilidad. Tenía el pelo oscuro y sus descarados músculos desafiaban con desmesurado orgullo su ligera camiseta azul. Algunos mechones le rozaban la frente y le daban un aire rebelde y exótico. Sus largos y finos dedos acariciaban las afortunadas hojas del libro y manejaban el tenedor con destreza, como si fuera la espada de un valiente caballero. Todo eso aumentaba su poder de atracción innata, ese encanto que diferencia a las personas y que sirve para poner a alguien sobre un pedestal y postrar a los demás a sus pies. Parecía ausente e inexorablemente llevado por lo que leía.
         Empujé una silla con el pie para abrirme paso hacia él y el ruido le hizo erguir la cabeza y mirar en mi dirección. Intercambiamos una mirada y, como todas las cosas inesperadas que nos pueden suceder en la vida, me sonrió… Una eternidad sustituyó a los segundos en los que me quedé inmóvil, casi muerta… ¿Lo había hecho por simpatía o le había hecho sonreír el montón de libros que casi me enterraban, además de mi bandeja? No importaba… Lo que importaba en aquel momento era que su sonrisa lo había hecho accesible, acogedor, y que había destruido las barreras impuestas por mi sofocante timidez. Una magia se estableció en el espacio que nos separaba ¿o que nos unía? El jaleo y la agitación que animaban el lugar se suspendieron, yo podía incluso escuchar mi propio aliento, entonces más rápido y más desordenado. En un momento de locura me pregunté: «¿Y si estaba esperando a su novia?» ¡Un hombre de esas características, que parecía salir de un libro de caballería o de una arena de gladiadores, no podía estar soltero! Rechacé esa idea de inmediato porque no quería despertarme de aquel maravilloso sueño. Además, yo solo buscaba compañía para compartir mi soledad. Le devolví su sonrisa y, en un gesto caballeresco que parecía muy natural, se levantó y me propuso ayudarme…
Se adentró en ese restaurante bajo un montón de libros. Su pelo rizado y asombroso brillaba captando toda la luz blanca de un sol débil que se debatía para abrirse camino a través de las espesas nubes que ocultaban siempre el cielo de París. El soplo de aire que la acompañó en su entrada se conjugó con ese salvaje cabello que hizo espejear aquellos calurosos reflejos que atravesaban el enorme ventanal del edificio, como si fuera la cumbre plateada de un olivo a la merced del suave viento de mi querido país. Una torpe mueca de incertidumbre se dibujaba sobre sus generosos labios. Era extraña, parecía despistada y yo tenía la impresión de percibir en ella la imagen de la torre Eiffel, bella, esquelética y rara, en el centro de todos los refinados edificios que la rodeaban. Parecía auténtica, sin artificios, en un momento donde todo era artificio. Ostentaba orgullosamente su estatura, tan imponente como frágil, en aquel espacio donde reinaba el incontrolable ajetreo de una vida demasiado rápida y frenética que desfilaba y desfilaba a sus pies sin pararse. Llevaba una bandeja y buscaba un sitio para sentarse. Su mirada sobrevoló la sala y se posó delicadamente sobre mí, que la observaba con ojos curiosos e indecisos. Para ocultar mi torpeza, una sonrisa iluminó mi rostro casi invitándola a acercarse. Habría sido vergonzoso si no la hubiera ayudado en su lucha contra el peso aplastante de las obras que transportaba. Por esa razón, la famosa galantería de los hombres de mi pueblo emergió a la superficie y me incitó a aliviarla de su carga... “Voltaire’’, ‘’Béroul’’, ‘’Marie de France’’, ‘’Guillome de Lorris’’, ‘’ Jean Froissart’’, ‘’Charles d’ Orlean’’, ‘’Claude de Seyssel’’…, un conjunto de escritores que se abandonaban a la delicada presión de sus brazos. Para agradecer mi gesto, una flor se abrió en un elegante baile sobre su rostro invitando sus delicadas mejillas a seguir su paso. Las puras perlas que tomaban posesión de sus enormes ojos iluminaron aquella pareja y me ofrecieron el agradecimiento más precioso de mi vida. Balbuceé algo que no recuerdo para invitarla a sentarse y me deje invadir por el sentimiento de bienestar que de inmediato me embriagó.
Durante algunas horas, me volví adolescente, me dejé mecer por una incontrolable ola de locura que me hizo olvidar todo, incluso la siguiente clase a la cual tenía que asistir. El libro que me ayudaba a combatir el aburrimiento se encontró solo en el rincón de la mesa, despechado, decepcionado. Un agradable e interminable diálogo nos llevó de improviso por su corriente. Descubrí a una persona enamorada de la literatura, vivía en un mundo fantástico. Para ella, nada parecía real, el sueño dominaba cada una de sus frases. Yo tenía la impresión de que daba un paso en cada uno de los libros que leía. Cada una de las anécdotas que me contaba parecía una leyenda. Nunca me había sentido tan cautivado. Perdí el control de todo, de mis pensamientos, de la discusión, de los latidos de mi corazón…
Salimos del restaurante, abandonamos las grandes avenidas de París que nunca nos habían satisfecho a ninguno de los dos y nos dejamos arrastrar por el misterio y la magia de sus pequeñas calles empedradas. Nuestras palabras y nuestras risas acariciaron cada pared y cada rincón para reunir a todos los espíritus que reinaban en aquellos lugares encantados desde hacía milenios y para compartir nuestra alegría y eternizar nuestro amor incipiente que terminó por estremecerme.
         Él era también extranjero, originario de Italia y estaba allí para estudiar Arte contemporáneo. A mí la literatura me volvía loca y las distancias que pudiera haber entre nosotros no lograron impedir que consumiera el elixir del placer. Nuestra diferencia de nacionalidad y de gustos nos acercó en vez de alejarnos. El espacio que nos separaba se fue estrechando poco a poco. El tiempo ya no valía nada. Aprovechamos cada momento para saborear nuestra complicidad. Era la primera vez, desde el día en que había pisado el suelo de aquel país, que me sentía eufórica y que olvidaba mi tierra, mi familia e, incluso, mi soledad. Solo importaba para mí la tranquilizadora presencia de aquel hombre que dominaba el espacio con sus amplios movimientos cuando hablaba y rechazaba el tiempo con su expresión teatral y la suavidad de sus frases. Entre los antiguos muros de piedra que habían sido, desde siglos, testigos de las secretas y prohibidas historias de amor y de las legendarias fugas de nobles pretendientes, nos dejamos impregnar por ese romanticismo y nos abandonamos a los sentimientos que nos invadían. Ese primer encuentro, ese primer contacto, nos probó que había un «nosotros» y un «los demás». Estábamos ya bajo la influencia de un hechizo que nos acompañaría a pesar de todo.

María El Kannassi.
Rabat, junio de 2016.

«ZAPATITOS…» de ABDELLAH EL HASSOUNI



El mismo rito, a la misma hora, todos los días laborables de la semana, y varias veces, incluido el fin de semana. Sin eso, él también habría caído en esa pobreza reptante. Solo hay que ver el barrio donde vive, su portera y Charles, el mendigo alcohólico que eligió como domicilio la escalinata de su modesto edificio. Antes de empezar a preparar su copioso desayuno y también su bocadillo, necesarios para sus largos días de taxista, se puso sus vaqueros anchos y se ató bien los cordones de sus zapatos verde-amarillos. Le gustaba su color, que iba a conjunto con el color de su camiseta, además de ir a la moda y combinar hasta con los colores de su taxi. Por otra parte, recordaba a la encantadora dependienta que le había dicho que ese tono resaltaba muy bien su bella piel morena y también la muy visible y curiosa marca de nacimiento de su mano izquierda. En este sentido, Carl, el viejo taxista, lo hacía rabiar delante de todos los demás, en la parada central, diciéndole: «¿Cuándo vas a atreverte a pedirle la mano?». Él le replicaba que un hombre de estatura mediana como él no podía esperar seducir a una chica alta y guapa como ella.
Al salir, con tanta prisa como siempre, ella se había resbalado en esos malditos escalones del cuchitril donde anidaba con su pequeño ángel de casi cinco años. El escape de agua, que contribuía a reforzar las manchas de moho por todas partes, había acabado provocando que las escaleras fueran resbaladizas. Su vestido corto y rojo, que moldeaba y exhibía su cuerpo de estatura media, bien plantado y de nalgas ligeramente abombadas, no le había ayudado a evitarlo. Para la joven madre soltera que era, engordar era una tara suplementaria que sufría desde que su estrés se había vuelto omnipresente. Tras levantarse, enervada, se vengó, vaciando su cólera y su incapacidad para cambiar el curso de su vida sobre sus propios zapatos rojos, golpeándolos contra el suelo, tan fuertemente que acabó estropeando uno de los tacones.
A la salida, él, se había cruzado con su gruesa portera, con su vestido negro de siempre y sus zapatillas gastadas, barriendo la entrada. Luego les llegó el turno al mendigo y a su perro. A menudo, él entonces se hacía las mismas preguntas: «¿Es sensato seguir dándole la limosna a Charles, si sé con toda seguridad que acabará bebiendo?» y «¿Para qué pongo la loncha de jamón en el bocadillo, si después debo sacarla para dársela al perro cada mañana?». Pero, en su mente, tenía una respuesta clara: le gustaba repetir ese gesto generoso y acabar dándole al perro una pequeña palmada amistosa sobre la cabeza.
Rápidamente, ella tuvo que dominarse porque su niño la seguía de cerca. Se apresuró a recoger su peluche y, luego, estrechó a su hijo entre sus brazos. Contrariamente a su madre, el niño parecía más tranquilo y andaba con pequeños pasos seguros y con más serenidad que ella, gracias a sus nuevas zapatillas negras y rojas con suelas de caucho. El tiempo no perdona y ella debía llevarlo a la guardería infantil para poder dedicarse a sus ocupaciones y quehaceres. Con el pequeño en sus brazos, acabó de bajar aquellos escalones interminables, atravesó los lúgubres pasillos, sinónimos de manifiesta pobreza y salió a la luz de la calle en busca de un taxi. Pero, por instinto femenino, se había acariciado su rodilla izquierda para asegurarse de que sus medias de red no se habían desgarrado con la caída; valoraba la bella apariencia que exhibía.
Una vez en su taxi y antes de poner en marcha el motor, él no pudo dejar de acariciar, como cada mañana, su amuleto, su fetiche: un pedazo de piel de conejo que colgaba del retrovisor. No se consideraba supersticioso y se calificaba de optimista. Luego, arrancó el motor del coche, listo para un día de lucha más por la vida, tal como lo simbolizaba la máscara de lucha libre estampada en el forro del cambio de marchas.
Ella caminaba con dificultad: el tacón roto no le permitía acelerar el paso. Levantó la mano y paró el primer taxi que pasaba por allí. Era el de él, el 6616-JEP. El azar había decidido que se encontraran…

Abdellah EL HASSOUNI
Rabat, 17 de septiembre de 2016.
Actividad inspirada en el Cortometraje mexicano “Zapatitos”, de Armando Ciurana.

«¡RECUERDOS QUE SE ME ESCAPAN…!» de MARÍA EL KANNASSI



Me acuerdo…
Me acuerdo… Visito el cementerio que acopia mis recuerdos, veo los vestigios esparcidos de mi vida y me acuerdo de todo lo que no tengo que acordarme, todas las brumas que hubo en un momento u otro y oscurecieron mi cielo, todos los momentos difíciles, tristes y trágicos, que me han sucedido durante mi insignificante recorrido.
Me acuerdo de mi desmoronamiento cuando mis padres me despojaron de mi primer perro, mi mejor amigo. Me acuerdo de su largo pelo de color ébano en el que enterraba mi rostro para que nuestras almas se unieran, o solo para llorar cuando mis sentimientos de niña me hacían tropezar una y otra vez en el camino incierto de la vida. Yo adoraba su fidelidad y su afecto.
Me acuerdo de su pérdida y de otras que vinieron después y que han dejado  para siempre una llama viva en mi corazón.
Me acuerdo de todos los animales, uno a uno, que han compartido mi vida… No puedo decir lo mismo de las personas.
Me acuerdo del día en que mi madre se fue para dar luz a mi hermano. A él lo odie por habérmela  robado. Cuando mi madre volvió a casa, a causa de los llantos del bebé, ni siquiera pude hablar con ella para decirle que la había echado de  menos.
Me acuerdo de mi herida y de mis lágrimas cuando me caí en el jardín mientras corría. Para consolarme, mi madre me abrazó y me dijo que cuando fuera más mayor, olvidaría  ese accidente. Y he olvidado todas las caídas que he sufrido durante mi vida, salvo esa…
Me acuerdo de las circunstancias en las que la mano de mi madre se convirtió en arma de verdugo en vez de mano cariñosa… y apaciguadora.
Me acuerdo de cuando degollaron los conejos con los que compartía mis secretos y mis juegos, para preparar un plato suculento (según ellos)… Después de dos días de huelga de hambre y de llantos interminables, nunca he probado un plato de conejo.
Me acuerdo del día en que, volviendo a casa, descubrí que habían cortado mi árbol preferido (era un albaricoquero). Hasta entonces, yo jugaba debajo de su sombra, comía sus dulces y sabrosos frutos cuyo sabor se aferra todavía a mi lengua. Luego, pasé años considerándolo un discapacitado y seguí jugando al corro alrededor de su tocón para acompañarlo en su soledad.
Me acuerdo del rechazo de mis padres ante la idea de que yo practicara atletismo, a pesar de todas mis capacidades. Tomaron las riendas de mi destino como si yo fuera una marioneta. Siempre me preguntaré con añoranza: «¿Y si lo hubiera hecho…?». Me acuerdo de la alegría que sentía cada vez que corría, me sentía volar, me creía sobrenatural, superior. Me encantaba correr…
Me acuerdo de todas las veces en las que mi cuerpo recibió los castigos injustificados de mi padre.  Con el paso del tiempo, mi cuerpo siguió resistiendo como resistiría un peñasco al desgaste de las intemperies.
Me acuerdo de mis primeros celos y del fuego que encendieron en mí. No me gustaría volver a sentirlos de nuevo. La huella y la cicatriz que me dejaron siguen siendo profundos,  más profundos que las hoces abiertas por el agua en las montañas.
Me acuerdo del día en que me había ausentado del curso de anatomía para no ver los miembros del cadáver que teníamos que estudiar aquel día. No me apasionaban aquel tipo de aventuras.
¡Ay! Me acuerdo de que no tengo que dejarme engullir por estos asombrosos recuerdos. Al contrario, tengo que dejar florecer otros más agradables para curar mis heridas e iluminar mi vida.
Me acuerdo de mis juegos en el jardín de nuestra casa con su enorme pérgola para la vid debajo de la cual nos escondíamos durante los calurosos días del verano.
Me acuerdo de los interminables viajes que hacía frecuentemente con mi familia. Mi padre al volante y mi madre estresada, asustad, por su manera de conducir, comentando siempre que él era un irresponsable. Él contestaba con  una mueca irónica, nos hacía testigos de la escena y nosotros gritábamos: ¡rápido, papá, más rápido!
Me acuerdo de las estupendas alfombras rojas, malvas, naranjas y amarillas tejidas por las flores de primavera que vestían las praderas extendidas en el horizonte. Mi padre paraba el coche cada vez que veía un campo y nos mostraba la planta cultivada y sus características. Así fue cómo la naturaleza se apoderó de mí.
Me acuerdo de las vacaciones que pasábamos en nuestra granja en la montaña. Me acuerdo de que yo siempre estaba enganchada al cuello de una de las monturas, fuera de caballo o burro. Imaginaba que era un vaquero sobre su petulante cimarrón recorriendo las anchurosas estepas.
Me acuerdo de la tortuga que yo intenté ahorcar porque me había mordido… No lograba sacar su cabeza para ponerle la cuerda al cuello… Seguro que se burlaba de mí en aquel momento… Me habría arrepentido seguramente si hubiera logrado hacerlo.
Me acuerdo de mi abuela materna cuando me peinaba mi largo cabello embadurnándolo de aceite de oliva cuyo olor inundaba la habitación. Después, me hacía una perfecta trenza y me daba un dírham con el que compraba muchos chicles y también un poco de pipas y de cacahuetes… Un dírham tenía tanto valor en aquella época…
Me acuerdo cuando me enseñaba con mucha paciencia, a hacer el pan. Yo debía amasar la masa hasta que esta “cantara” y se volviera ligera gracias a las burbujas que estaban presas dentro. Cada vez que tengo una masa entre las manos, veo reaparecer su apacible rostro a través del espeso velo de mis recuerdos.
Me acuerdo de que ella, mi abuela, siempre decía que todos los hombres de nuestra época no eran nada más que unos caracoles, que no tenían ni la fuerza ni el valor de los de su época… Con más de cien años de vida tenía derecho a afirmar cosas parecidas.
Me acuerdo de su fallecimiento, de los latidos de su corazón que se silenciaron poco a poco bajo mi mano. Su cuerpo inerte, su rostro lívido y agotado, su mano rígida, por fin descansaban tras una lucha que parecía interminable.
Me acuerdo del profesor de árabe que tuve en el colegio y que me hizo descubrir la bella poesía árabe, su historia, su significación y su evolución en las diferentes civilizaciones árabes antes y después del islam. Para mí, nunca las palabras habían llevado tanta belleza y tanta profundidad. Gracias a él, me enamoré de la poesía y mi tímido corazón descubrió la llave de un fantástico mundo que le hacía latir más que cualquier otra cosa.
Me acuerdo de la primera gruta en la que pasé muchas horas. Nunca había sido tan consciente de la grandeza de Dios hasta que vi la maravilla que se escondía bajo nuestros pies. Nunca me había sentido tan pequeña y tan insignificante hasta que descubrí los  profundos secretos de aquella belleza.
Me acuerdo de mis llantos, cuando el primer pastel que había preparado se me cayó al sacarlo del horno…. Muchos de los pasteles que preparé después me hicieron olvidar mi pena.
Me acuerdo de mi primer amor, de mi primer beso, de la primera declaración amorosa que me fue murmurada al oído. ¿Por qué esas sensaciones desaparecen con el tiempo? Nunca un «te amo» tiene el mismo impacto que el primero.
Me acuerdo de mi boda. Me dolía mucho la cabeza. Me dolía tanto que tenía ganas de huir de esa sala en la que gente mezclada bailaba y cantaba. A pesar de toda la aparente alegría, reinaba una pesada nube de hipocresía, como en todas las bodas. Un carnaval sin máscaras… El ser humano sabe ocultar su realidad sin disfrazarse.
Me acuerdo del primer grito de mi hijo. Me hizo olvidar mi dolor y mi sufrimiento. Conocí la felicidad de ser madre, de ser la protagonista de un milagro.
Me acuerdo de sus pies y de sus minúsculas manos, que yo tanto adoraba. Pasaba mucho tiempo tomándoles fotos. El enorme contraste con los míos me impresionaba.
Me acuerdo de los momentos en los que le daba el pecho a mi hijo; eran entonces mis momentos preferidos. Me sentía apaciguada porque, cada vez, aquello permitía que nos uniéramos, convertirlo a él en parte de mí.
Me acuerdo del parto de mi perra, otro milagro al cual asistí con alegría, aprovechando la enorme confianza de aquel ser vivo que me cedía lo más precioso que tenía. Su mirada buscaba la mía, ponía su cabeza sobre mi brazo abandonándose totalmente a mí. He de reconocer que nunca un ser humano me había demostrado hasta entonces tanto amor y tanta devoción.
Me acuerdo de que todos los recuerdos tejen la preciosa tela de mi vida, tejen mi debilidad y mi fuerza, hacen lo que yo soy ahora.

María El Kannassi
Rabat, junio-septiembre de 2016.
Actividad basada en el recurso «Me acuerdo de…» de Joe Brainard.

martes, 27 de septiembre de 2016

«POR SIEMPRE Y PARA SIEMPRE» de ANASTASIO GARCÍA



Por siempre y para siempre. Siempre vendrán a tu memoria, sola y en la oscuridad de ti misma, esos recuerdos que tanto hieren. Azul, algodón, miel para convertirse en puñales punzantes que desangran tus noches hasta morir envenenada por tu indiferencia.
Ven y quédate. Olvídame para vivir. Gritas, vuelas y gritas alejándote del infierno que provocas. Vienes y vas. Vas y vienes. Me amas, me olvidas. Transmutación de ti. Péndulo que marca el ritmo oyendo cómo te amo en el precipicio de la desesperación hasta morir en el profundo olvido de tu mirada.
Agonizo. Muere o mátame. Arráncate tu rostro, mujer, para verte y muéstrate tú. Blanca. Transparente.
Mi vida fuiste. Te conocí, pero te desconozco hasta la locura. Te deseo. Te llamo, te sueño, te pienso. Te deseo. Silencio, frío, oscuridad. Nada.

Anastasio García.
Rabat, septiembre del 2016
Texto inspirado en “Retrato de mujer” de Gonzalo Rojas.

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010
Tras la lectura...

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010
La lectura

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.
La lectura...

Lectura del Taller.19 de junio de 2010

Lectura del Taller.19 de junio de 2010
Tras la lectura

LOS ESCRITORES DEL BLOG...

LOS ESCRITORES DEL BLOG...
Aixa, Abdellah, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

LOS ESCRITORES DEL BLOG.

LOS ESCRITORES DEL BLOG.
Aixa, Anastasio, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

A ORILLAS DEL BU REGREG...

A ORILLAS DEL BU REGREG...
... IMÁGENES QUE FLUYEN... (Fotografía cedida por Abdellah El Hassouni)

Alumnos del Taller

Alumnos del Taller
Tras la clase. Diciembre de 2010

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015