TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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En el taller...

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IMÁGENES DEL TALLER

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Comentando un cuento...

martes, 15 de mayo de 2012

“LAS HORAS LOCAS” de FATINE SEBTI


   Qué raro comprobar que la muerte no afecta a nada visible, la vida y el mundo siguen igualitos, imperturbables e indiferentes. Las paredes no se derrumban, tampoco los techos, el reloj no se para, la radio se enciende, y todas las cositas personales del difunto, hasta su último calcetín, sobreviven a su muerte.
   No me podía abstener de pensar en que hacía tan sólo veinticuatro horas estábamos el señor y yo en su despacho jugando al ajedrez, saboreando chocolates y un buen vino como se saborean las cosas prohibidas y tan buenas… Me obsesionaba la idea de que el día anterior, a aquella misma hora y en aquel mismo lugar, estábamos allí comentando el gran genio de Beethoven y escuchando su sinfonía número 5 que tanto le gustaba. A veces me ocurre lo mismo al comer un trozo de carne. Me digo que hace poco el animal estaba despreocupado y comiendo hierba fresca o tal vez cortejando una hembra… Ay, si supiera que era la última partida, le hubiera dejado ganar al señor…
   Un silencio viejo y triste reinaba en la casa, había tragado los gritos de la señora, los llantos impotentes de la señora, los abrazos, los millones de palabras de consuelo, el ruido de los niños que jugaban con humor porque, para ellos, la muerte es todavía algo indefinible y bastante incierto… Y luego, como si nada. La casa estaba vacía y callada. Después del entierro se fueron a la ciudad, ya que las vacaciones no tenían sentido, y el mar no le importaba a nadie. Yo no sé por qué me había quedado. Dije que aún me quedaban algunas cosas por arreglar, sillas que devolver, una ventana que fijar, y las cosas del señor por embalar. Nada de eso era urgente, pero todo el mundo estaba demasiado cansado para discutir cosas de tan poca importancia conmigo. A mí no me molesta estar solo, al contrario, me encuentro bien… Pero lo que si me desorienta es no saber qué hora es en cada minuto. Dicho sea de paso, soy un obsesionado de los relojes y del tiempo. Seguro que esto es debido a que durante muchos años dos minutos de retraso me podían costar veinte golpes. Bueno esto está muy lejos ahora.
   Aquella mañana me desperté con los gritos de la señora, me levanté corriendo y con el corazón enloquecido… No soportaría que le pasara algo a ella… Entonces no había cogido mi reloj y no lograba encontrar el de la casa, estaba siempre sobre el gran mueble pero en aquel momento, no… Intenté olvidarme de esto, era de noche y nadie me esperaba en ninguna parte. Antes de poner las sabanas blancas sobre los muebles y el sofá, como en las películas, recorrí con mi mirada el salón, el gran comedor y todos los objetos. Me parecía que ellos también habían muerto, no tenían alma, sólo eran cuerpos fatigados y viejos. Los cubrí con las sábanas preguntándome si volverían a ver la luz. Me di cuenta de que tenía la boca seca. Me acordé de que el señor y yo no habíamos terminado la botella de la noche anterior y pensé que, dadas las circunstancias, seguro que nadie la había tocado. Así que me fui al despacho para tomar una copa.
   Antes de moverme, me llegó al oído una melodía que me era familiar… Claro que no podía ser, estaba solo y no había vecinos. Creo que la soledad, la noche y el silencio a menudo provocan ilusiones auditivas. Pensé que tendría que irme por la mañana. No soy supersticioso pero entendí que no había sido una buena idea quedarme solo en una casa vacía y de luto tan reciente. Canturreando con la melodía inventada por mi cabeza, me fui a buscar la botella de vino que estaba en el despacho. Al abrir la puerta, la melodía se hizo más fuerte y otra voz canturreaba. Yo me había callado.
    - ¿Dónde te metiste, hombre? ¡Dejaste la partida a medias! Y ¿has estado todo este tiempo en el baño? ¡Ja ja ja ja!
    El señor estaba allí sentado frente a los peones y riéndose de mí. Eso era imposible pero el señor era tan real... ¿Cómo podía decirle que estaba muerto? Claro que no me atreví. Y, como no creo en los fantasmas, pensé que quizás era un sueño. Yo todavía no me había movido y buscaba desesperadamente el reloj que solía estar sobre el escritorio, pero tampoco estaba.
   - En vacaciones debes librarte de tus obsesiones, amigo. Deja de buscar al reloj y ven, que tenemos una partida que terminar, y tengo como el dulce presentimiento de que esta vez la suerte está conmigo. Y ponnos algo de Beethoven, que estoy de buen humor…
   ¡No podía ser! Aquella era la misma frase que me había dicho la noche anterior. Puse la sinfonía número 5 de Beethoven y me senté frente a él. Y cuanto más jugábamos, más me daba cuenta de que tenía el mismo juego, la misma táctica, movía los peones de la misma manera y yo acabé por saber qué iba a hacer antes de hacerlo. Sin quererlo, o más bien sin pensarlo, me dejé llevar y le gané. Era algo increíble, como en las pesadillas en las que todo se repite sin fin. Sabía qué chocolate iba a coger el señor, cuál iba a preferir, el comentario que iba a decir… Poco después (o mucho, no sé), perdí toda noción del tiempo. Se oyeron dos golpecitos en la puerta, y la señora entró.
   - Antoño, se hace tarde y no es bueno para ti desvelarte. Y mucho menos lo es el vino y el chocolate. Salvador, díselo por favor, que a mí ya no me hace caso cuando se trata de su salud.
   Mi mente anticipaba cada palabra suya. Y me estaba volviendo loco. Quería entender lo que pasaba, pero al mismo tiempo tenía ganas de dejarlo todo, ir muy lejos y dormir. Eso sí, suponía que no estaba dormido y que navegaba en una pesadilla infinita. El señor se fue con su mujer con una risa borracha que sería la última que yo escucharía. Se fue sin que pudiera retenerlo ni prevenirlo de nada. Me quedé solo otra vez. Me sentía tan cansado que dormí allí, diciéndome que seguramente a la mañana siguiente me levantaría con los gritos de la señora.
   Me levanté en lo que me pareció ser el mediodía (pero sin la menor certeza), con un dolor insoportable en el cuello y toda la espalda. Estaba desorientado y hambriento. No me atreví a comprobar si había alguien en la casa. Lo mejor era volver a la ciudad simplemente.
   Decidí dar primero una vuelta cerca del mar, refrescarme las ideas y respirar. Salí por la puerta trasera, bajé algunas escaleras y mis pies se hundieron en la arena. Caminé hacia el mar.
   Hacía un calor increíble, iba a volver atrás cuando vi como objetos de hiero o madera muertos sobre unas piedras. Me acerqué intrigado. Eran relojes medio derretidos, como quesos Camembert, y cada uno anunciando una hora diferente. Nunca había visto algo parecido, parecían como enloquecidos, borrachos o simplemente libres. Me sentía como Alicia en el país de las maravillas. Había perdido toda noción del tiempo, de los hechos. Todo. Me eché al mar para refrescarme un poco y volví hacia la casa.
   En mi pequeña habitación, nada había cambiado. Mi reloj de mano estaba parado. Nada me extrañaba ya. De repente, oí una voz llamándome: “¡Salvador! ¿Dónde estas?” Era la voz de la señora. Dije: “Ya voy” y fui a su encuentro con una mezcla de curiosidad y de angustia. Su cara se iluminó al verme y me dio un beso rápido en la boca. No me lo podía creer. Ella no parecía fijarse en mi cara llena de estupefacción.
   - El pequeño Antoño te reclama… ¡Prometiste hacerle un castillo de arena!
   - Sí, papá, síiiii… ¿Vamos? ¿Vamos? ¿Eh?
   Un niño esplendido fijaba en mí sus dos ojos verdes llenos de esperanza e impaciencia.
   -Claro que sí, hijo. ¡Ahora mismo!

Fatine Sebti.
Rabat, abril de 2012.
Tarea de escritura inspirada en el cuadro “La persistencia de la memoria” de Dalí.

2 comentarios:

  1. Estoy contento de verte volver al Taller, a través de tus textos.
    La lectura de tu texto me proporciona un placer innegable. Comienza con la afirmación que la muerte no cambia nada, y que "el reloj no se para" para acabarse con un mundo fuera del control de algunos “relojes parados". Me gusta mucho tu estilo fluido que engancha bien al lector. Además, adoro las asociaciones de adjetivos (no del mismo género) como "un silencio viejo y triste" "la soledad, la noche y el silencio" y también, esas idas y vueltas temporales entre ayer, hoy y el futuro.
    También me gusta mucho este fin imprevisible qué quebranta el tiempo, los papeles de los personajes.
    Un abrazo

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  2. Querida Fatine,

    "Las horas locas" es un cuentoo fantastico. Lo he leido y releido y me encanta mucho. Me gusta la organización de tu texto y como describiste al tiempo sin tiempo, quiero decir sin estos relojes inventados por el hombre para medirlo.
    ¡Felicidades! y
    Gracias a ti por compartir tu cuento y a Ester por colgarlo en el Blog del taller.
    Un abrazo y espero leer más de ti.
    Rkia.

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Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

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Lectura del Taller. 23 de abril de 2010
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