TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

Nuestro canal en YouTube: A ORILLAS DEL BU REGREG https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag

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En el taller...

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Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

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Comentando un cuento...

viernes, 10 de junio de 2016

«SEÑOR JUEZ…» de ABDELLAH EL HASSOUNI


Señor juez:
Le escribo en nombre de una mujer que tiene el coraje y la moral de reivindicar, de discutir y de denunciar una orden establecida por injustas costumbres patriarcales y una carencia flagrante en el código jurídico que lo dificulta. Espero que usted se tome el trabajo de reflexionar sobre lo que me propongo exponerle.
Señor juez, es notorio que una mujer de nuestra colectividad no puede quejarse de su marido, de su entorno familiar o de la sociedad entera, a no ser en caso de extrema urgencia. Está muy mal visto que ella exponga y revele sus problemas, sus expectativas, su intimidad y sus conflictos internos. Es una verdadera desgracia y no se debería admitir que así fuera. Hay tantas mujeres con el corazón quebrado, magulladas por las humillaciones diarias del mismo entorno que el mío, que se callan y se encierran en un silencio profundo. Sin embargo, estando yo convencida de que usted está por encima de todos esos espíritus mezquinos sometidos a la servidumbre de la tradición y de la moral acostumbrada (consideradas como norma), y a sabiendas de que usted es un ardiente partidario de atribuir el derecho en igualdad de condiciones tanto a la mujer como al sexo fuerte, me permito pedirle que aplique, ante cada trasgresión que cometa mujer u hombre y tras el estudio de sus respectivas pruebas, un castigo justo acorde con el tipo de delito. Si la justicia que usted aplica no reconoce ni poder ni riqueza, entonces no debe favorecer ni al sexo fuerte ni al sexo débil y no inducirá a ninguno de los dos a verse obligado a quejarse de su desdicha. Así pues, mediante esta petición, su señoría, le pido que imparta una justicia justa, comprensiva y clemente.
Señor juez, no se deje engañar por informes falaces que pueden darle una falsa imagen de mí misma, la de una mujer de carácter muy fuerte que no retrocede ante nada. Yo soy descendiente de una familia honorable que cuenta con siglos de historia y que es conocida por todos, la cual supo darme una buena educación y me permitió adquirir la instrucción necesaria para asumir el papel de una mujer creyente, piadosa, orgullosa y responsable en nuestra sociedad. Por ello, escogí a mi marido de manera natural y casi por amor. Parecía ser el mejor de todo el enjambre que giraba a mi alrededor. Él, por su parte, me convenció de que no iba detrás del poder de mi familia ni detrás de la aparente fortuna de mi padre. Y sin mostrar reparo alguno ni temor alguno hacia una mujer como yo, aceptó con naturalidad el hecho de que yo hubiera pasado tantos años corriendo tras títulos, diplomas y reconocimientos.
Y nos casamos. Al principio, todo tenía sabor a miel y yo lo daba todo sin esperar nada a cambio. Le ofrecí amor, pasión, cariño, tiempo y dinero. Yo le regalaba de todo, sin reparar en gastos, y nadábamos en la felicidad o, por lo menos, eso era lo que yo creía. Más tarde, Dios escogió colmarme todavía más y me envió dos pequeños ángeles en menos de dos años y, luego, un tercero, dieciocho meses después. La casa se animó, se volvió activa, sonora. A la par que iba creando un precipicio de esfuerzos y un abismo de exigencias. Él me había hecho caer en la trampa mezclando argumentos de amor y de sacrificio, declamando que toda mujer digna y responsable debe sentirse llena de felicidad al ver crecer ante sus ojos a sus retoños. Hasta entonces, él me había repetido, una y otra vez, que la vida nos ofrecía una única oportunidad para ver pasar a nuestros hijos de una etapa a otra y que yo debía aprovechar esa posibilidad. Dócil, cariñosa y obediente, me dejé convencer fácilmente. Así que yo, incluso, había dejado de trabajar. Y la superwoman capaz de conciliar carrera, familia y belleza, que yo soñaba llegar a ser, acabó por esfumarse. Por entonces, ya había abandonado cualquier estímulo y los desafíos, mis colegas y los aires de libertad. Es verdad que quedarme en casa para ocuparme de la familia había sido, de algún modo, una elección personal, pero lo cierto era que él, por su parte, lo había mantenido todo, mientras que yo había quedado relegada a representar un papel que, tanto él como la sociedad entera, consideran como secundario, el papel de “ama de casa”. Luego, rápidamente me fui dando cuenta de que el trabajo en la casa incluía, ante todo, poseer un don en sí, además de la aceptación del sacrificio. Un niño no crece solo y la madre encarnaba toda una profesión, todo un reto. La casa era el lugar ideal para mi pequeña tribu familiar, aunque para mí no fuera una alegría. Mis hijos y mi marido se habían acostumbrado rápidamente al "lujo" de tener a alguien que lo administrara todo y que se anticipara a sus necesidades. Luego, vino un periodo particularmente ingrato cuando percibí que mi trabajo en la casa no era reconocido en absoluto. Cuando llegaba la tarde, estaban totalmente asombrados de verme agotada por “no haber hecho nada durante todo el día”; mi marido, incluso, me miraba de hito en hito con una estupefacción teñida de desprecio. Era frustrante. Aquellas despectivas miradas, sobre todo en los momentos más sombríos, daban la impresión de ser un parásito improductivo, algo inútil. Yo, que era una madre cariñosa y que trabajaba día y noche, una asalariada a tiempo completo no remunerada, alguien que jamás tenía vacaciones, que carecía de bajas por enfermedad, y que era un despertador, maestra de escuela, cocinera, camarera, canguro, enfermera… Yo, aquella que había sido una mujer sociable, cultivada, divertida, deportiva y sofisticada, amante emprendedora, consejera, una amiga perfecta y reconfortadora… Yo misma, muy a menudo, tenía que oírme la frase "Pero ¿qué haces cada día?". De este modo, empecé a depreciar aquella forma de vida que llevaba en casa, el estar arrinconada entre cuatro paredes, pasando casi todas mis tardes sola, encajada en la butaca, mientras que mi marido a menudo estaba de viaje o volvía tarde. Me había aislado del exterior, del cosmos entero. Yo, que por nada en el mundo quería encontrarme desvalorizada, desprovista de mi libertad y carente de independencia. Una vez desaparecida la euforia, había quedado tan solo el sentimiento de verme obligada a pasar tiempo en casa, preparar platos de comida, limpiar y mimar a mis hijos. El tiempo se había vuelto largo y el ritmo de vida bastante fastidioso y rutinario. Habían aparecido pequeñas querellas y se habían ido intensificando otras mayores. Y yo me decía a mí misma «No hay pareja que, después de algunos platos rotos, no se reconcilie». Ilusión, ilusión. El foso se extendía, se hacía más profundo. ¡Qué horror! Todo el esfuerzo que yo había puesto se había vuelto beneficioso para él. Esa no era la visión que yo tenía de nuestra pareja, de una verdadera unidad familiar, en la cual lo que afectaba a uno debía afectar al otro. Así que vivíamos en total desfase. Yo sentía que, para él, yo no era más que un «ama de casa», la que alimenta, la que limpia o la que friega, nada más... Así era, hasta tal punto, que tenía que preguntarle si seguía pensando que tenía a su lado una mujer, es decir, a su mujer como amante. Las dulces palabras con las cuales me describía, como «su perla», «su joya en un estuche», «su flor», «su princesa» a la que había que proteger, defender, salvar del eterno enemigo exterior habían quedado caducas y desterradas de su lenguaje. Al interrogarle, había acabado por echarme a la cara el adagio «Con el tiempo, la carne fraterniza». ¡Pero qué situación más frustrante! Era toda una humillación para el corazón de una mujer herida en su aspecto más íntimo, más profundo, más sensible. Por aquel entonces, yo no podía más que responderle con otro adagio. «Yo le ofrezco un buen bocado y él me da con el palo en los ojos». Al no poseer yo misma el derecho a repudiarlo, como él sí tenía, le rogué que me dejara en libertad. Se negó categóricamente, argumentando que él sabía que toda mi familia jamás se mostraría favorable ante tal separación. Y añadió que solo lo haría si tuviera la certeza de que yo hubiera cometido adulterio. ¡El muy vulgar! Era como si no supiera que yo tenía todas las ventajas y capacidades para poder hacerlo, de no ser por toda esa pesada carga de nuestra arcaica y moralizadora sociedad que me habían inculcado. Entonces, intentaba conformarme con lo que me decía mi abuela adorada: «Cuando tu hombre sale, le pertenece a todo el mundo. Y cuando vuelve a casa, solo te pertenece a ti». Qué dura, verdaderamente dura, era la vida. Renunciar al orgullo, a la dignidad como mujer, a los sueños y a los sacrificios de tantos años, era una prueba sin igual. Hasta en aquella terrible situación, yo había agachado la cabeza. Pero, un día, en respuesta a un simple altercado, carraspeó y luego comenzó a explicarme lentamente, como si yo fuera una retrasada mental o una persona sin cerebro, que yo debía tomar o dejar aquella vida que él me ofrecía y en la cual no había ninguna otra alternativa. Al comprender que no me daría elección alguna, empecé a sentir cómo se desmoronaba mi vida. Aquello debía zanjarse y yo debía encontrar rápidamente una solución. Entonces, corrí hasta su oficina, tomé su escopeta y lo amenacé, diciéndole que, si no me dejaba en libertad, haría una locura. Él me replicó con una sonrisa burlona y añadió que yo no tendría el coraje de hacer nada y que, si lo intentaba y fallaba, entonces sería él mismo quien me mataría. Y al ver su brinco, yo disparé. Usted conoce la continuación. Fue solo en legítima defensa, señor juez…
Fue en legítima defensa y nada más, solo en legítima defensa. Es evidente que nada de lo ocurrido sucedió por mi culpa. Fue culpa de él. Él quería obtener lo mejor de ambos mundos, mirarlo todo a través de sus propios intereses. También tuvo la culpa esta ausencia de leyes que no otorga a la mujer el derecho al divorcio, y que únicamente se lo otorga al hombre. Tuvo la culpa nuestra sociedad moralizante que no me había dejado responder al incesante reclamo de un cuerpo vivo y abandonado que, como mucho, podía aspirar a una libertad manchada por el deshonor.
Creo en la misericordia de Dios, el grande, y estoy segura, señor juez, de que usted, que es hijo, padre y marido, va a llevar la instrucción de mi expediente con el profesionalismo con el que es conocido y, para ello, estoy segura de que tendrá en cuenta los argumentos que acabo de desarrollarle más arriba.
Para que todas las mujeres de las generaciones futuras no sufran por lo que yo había sufrido…
 Atentamente,
Una mujer que ha sufrido mucho y que continúa sufriendo…



 Abdellah EL HASSOUNI
Rabat, 16 de mayo de 2016
Actividad “Narrar en 1ª persona el relato de un personaje que se considera inocente y a quien el lector debe ver como agresor” (Propuesta de clase inspirada en Los girasoles ciegos de Alberto Méndez.)

2 comentarios:

  1. Abdellah,
    El tema de la carta al juez es un problema social sobre la igualdad de los géneros respecto a la voluntad de cada uno en la pareja a conseguir el divorcio cuando ya la convivencia es imposible. Que la mujer sea ama de casa o que trabaje fuera, tiene derecho a más consideración por parte del hombre y viceversa.
    En tu cuento, el caso es extremo porque la mujer acaba matando en respuesta al desafío del marido y al sentirse presa dentro de una situación sin salda.
    Entonces, aunque el marido sea la victima, creo que es debido a la falta de comunicación, y al leer la carta no llego personalmente a decidir quien es el verdugo.

    ¡Me gusta mucho tu cuento!
    Lo has bien escrito en forma y en fondo con muchas ideas fundaméntales.
    Lo leí dos veces antes de comentarlo.

    Si me lo permites, te diré:
    ¡Felicidades!

    Rkia


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  2. Querido Abdellah:

    Me has dejado sin palabras. Has escrito una historia maravillosa, cargada de emoción y en muchos de los casos, real.
    Es una historia de anulación, de imponer la supuesta "superioridad" de género para arrastrar hasta los bajos fondos y denigrar a otra persona.
    La sociedad entera, los gobiernos, los políticos... deberían luchar para permitir que toda persona independientemente de su sexo, condición o estado civil tenga los mismos derechos y las mismas oportunidades y recibir la ayuda necesaria para situaciones tan extremas como las que tú has reflejado en tu historia.

    Enhorabuena y mil veces enhorabuena por los momentos de placer que nos das cuando leemos algo escrito por ti.

    Anastasio

    ResponderEliminar

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