TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

Nuestro canal en YouTube: A ORILLAS DEL BU REGREG https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag

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En el taller...

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IMÁGENES DEL TALLER

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Comentando un cuento...

viernes, 14 de febrero de 2014

“PARÍS, AQUÍ ESTOY” de ABDELLAH EL HASSOUNI

    Hay que inclinarse ligeramente, abrir la bragueta, apoyarse con la mano izquierda en la pared de enfrente y ponerse en la posición adecuada, todo esto de manera casi automática, puesto que ciertamente no es la primera ni la última vez que opero de este modo; y así colocado, miro vagamente esta pared de plástico, de color beige, un tanto manchada y sucia, cuestión de verla sin verla esperando este sonido habitual que tarda en hacer ruido, nada, no sale nada, ningún flujo, solo el sordo y lejano ronroneo de los motores del avión, el ruido de las azafatas que se apresuran en el compartimento de al lado; siempre el tiempo es más largo cuando se espera algo, o a alguien, el reloj se toma una pausa larga, pero ¡uf!, por fin he aquí un pequeño chorro que anuncia la llegada eminente del torrente, el "torrente", esta palabra me hace sonreír y me recuerda la bella época en que era a menudo obligado a contenerme para no ver escapar las primeras gotas, todas aquellas primeras gotas, hasta aquellas que producía en el momento de un coito, ¡oh, qué bueno era antes todo! ¡Muy bueno! ¡Era hasta excelente! Tres pequeños golpes de nudillos en la puerta cerrada tras de mí interrumpen el monótono ronroneo de los motores y me obliga a hacer muecas para acelerar el chorro entrecortado, este débil chorro que me enerva, tanto como este espejo de enfrente que me devuelve la imagen de una cara más arrugada de lo habitual, a causa de estas muecas; si pudiera, por lo menos, dar a entender a este querido miembro mi decepción por haberse vuelto perezoso, bastante perezoso y mucho menos productivo. Ahora algún impaciente sacude la puerta de este pequeño gabinete, probablemente tiene miedo a ver escapar sus primeras gotas y debe pensar que hace ya demasiado rato que me escondo aquí escuchando Radio nostalgia; pero la vida nos quita lo que nos dio para ofrecérselo a otro, y al salir de este compartimento que me asfixia y me oprime voy a dejar helado con mi mirada a ese pequeño pretencioso que me molesta. Oh, es una dama; perdóneme, señora.
Perdone, perdone, me gustaría recobrar mi sitio; esta vecina se toma todo su tiempo, las señoras gruesas se mueven lentamente y toman más espacio de lo normal y por eso deberían ser más caros sus billetes a fin de que viajaran menos, o bien, si no, deberían pagar dos asientos y no uno; si me hacen director de una compañía aérea, inventaré para estas damas gruesas, pellízconas de mejillas de niños, plazas de una butaca y media a precios más caros, evidentemente, Gracias, no es usted tan solo muy amable, sino que además es usted encantadora… Un pellizco de hipocresía social jamás mató a nadie, pues en realidad, le habría dicho que… con el tiempo, usted ganó mucho en volumen..., lo cual esconde muy bien sus numerosas arrugas y hasta las de su vientre, pero por fin me he ganado una sonrisa inútil, la sonrisa de esta señora gruesa que me recuerda a mi última secretaria, la cual procuraba ocultar sus quilos y fealdad de joven vieja con su fuerte perfume y probablemente barato, un olor frente al cual yo siempre prefiero olores más naturales, como los de mis bestias; si no, ¿cómo se llamaba…? ¿cómo se llamaba…? ¡uf!, pues si comienzo a olvidar hasta esto, es que el Alzheimer comienza a saciarse conmigo, pero al fin y al cabo su apellido me importa un pito y ella no me gustaba en absoluto… Pero mira esta jovencita, demasiado flaca, más bien esquelética, que me impide ver por la ventanilla a causa de su abundante cabellera, claro que me sonríe también, gano dos sonrisas por el precio de una, pero sepa, mi guapa flaca, que no me voy a comer este plato, prefiero chupar los huesos de un pollo de un buen guiso que los huesos de una esquelética, sin embargo, voy a inclinarme hacia ti para evitar al grueso y gordo brazo derecho, el resultado de un mal reparto de masa corporal de la otra vecina, que ha invadido el brazo izquierdo de mi butaca; mi padre me lo repetía a menudo que… con una sonrisa puedes siempre ganar más de lo que fortuitamente puedes perder, voy a cerrar los ojos, a fingir que duermo para no dejarme perturbar por el espectáculo que se ofrece ante mí y si todo va bien, señoras mías, les contaré una historia mañana.
Otra vez voy a caminar, a deambular, a vagabundear horas y horas por esas avenidas anchas, esas calles umbrías y esos callejones peatonales que adoraba, eso si todavía soy capaz de andar tanto, pero con estos zapatos anchos supuestamente ortopédicos y que cuestan dos riñones, quizás tendré la suerte de hacerlo, así podré visitar algunos monumentos, no los suyos sino los míos, el 41-43 rue des plantes, el edificio de talla humana donde me pasé tantas noches espiando el cielo y soñando despierto acerca de tantos espejismos y milagros, normal, el balcón jamás había podido ganar sus galones y vestirse con una cortina como el resto de balcones del edificio, la famosa calle rue Daguerre, la tuya querida compañera, allí dónde íbamos al mercado del domingo, sus olores matutinos, el olor del pan recién cocido mezclado con el del pescado fresco o el del ramillete de hierbas aromáticas o de menta, y mi amigo, el vendedor de riñones que no te caía muy bien, el grande y esbelto vendedor de Chez Nicolas, que me aconsejaba siempre el vino que debía acompañar nuestra comida para una discusión larga, pues allí yo interpretaba mi papel de hombre serio escondiendo una sonrisa maliciosa y un poco solapada, y tú que te divertías en jugar a la joven dueña de la casa, plena de devoción, y justo una vez fuera lanzabas tu carcajada mientras yo te apretaba la mano y te llevaba a lo lejos para que nuestro querido vendedor de Chez Nicolas no te oyera con el fin de no estropear el placer del domingo siguiente, y por fin también la calle rue Javel, nuestro último refugio parisino, su avenida comercial que le es perpendicular y de cuyo nombre no me acuerdo, y los dos puentes cercanos, el puente Grenelle y el puente Mirabo que visitábamos alternativamente para que ninguno estuviera celoso, aunque sabías que yo prefería el Mirabo, con sus aguas huidizas hacia el horizonte lejano y tan relucientes, su dimensión mucho más humana ofrecía una vista más profunda, más despejada, hasta tal punto que me sentía solo contigo, que me pertenecías, a mí solo sin nadie, sin otro, te compartía justo con los peces que daban saltitos fuera del agua del Sena, ofreciéndonos gratuitamente el más bello de los ballets, satisfaciendo el deseo del pobre estudiante futuro veterinario que era. ¿Estás siempre en París? ¿Dónde vives ahora? ¿Y con quién vas al mercado del domingo? ¿Te ríes aún siempre con estas carcajadas tuyas por las que todo el mundo te reconocía y por las que yo era tan feliz? ¿Todavía estás furiosa contra mí, contra mi vanidad y mi estupidez?
Este tintineo de campana que anuncia que va encenderse la señal luminosa… Señores pasajeros, abróchense los cinturones, seguido por esa voz dulce pero casi mecánica y que ha atravesado mi oído tantas veces hasta el punto de perder el significado, lo mismo que esas chicas parecidas a autómatas que repetían al principio de cada vuelo gestos sin ninguna convicción a guisa de ejercicios de salvamento; siempre se parecen tanto, salvo aquella vez, la del famoso viaje, cierto domingo, en el viaje de vuelta al país, a la fuente, a mi ciudad, una ciudad de la que jamás habías oído hablar antes, a los brazos que tanto había echado de menos, un viaje sin ti, sin tu mirada curiosa y luminosa, calurosa y tierna, sin tu sonrisa discreta y radiante, sin tu particular carcajada que me lanzabas cada vez que hacíamos el imbécil, cada vez que perdía mis llaves o buscaba la gorra colocada en la cumbre de mi cabeza. Oh, mi bella bestia, la bestia que no necesitaba a un futuro veterinario porque era el futuro veterinario quien te necesitaba, todavía veo ahora tus lágrimas el día en que recibí mi diploma, lo veo, casi emergiendo de esta pequeña pantalla colocada en la espalda del asiento delantero, las lágrimas que habías calificado de alegría eran la del adiós ya que sabías que iba a volver al país, a mí país, y que quizás era el principio del fin de nuestra bella historia, lágrimas contra una sonrisa cretina, lágrimas que todavía me llenan de un sentimiento que no puedo definir hasta ahora, treinta y tres años después… Qué bella era nuestra relación, tan bella como una fruta, aunque podrida en su interior… Dicen que el fin del mundo será en domingo, pero la verdad es que cada uno tiene su domingo y nosotros ya tuvimos el nuestro.
La dama gruesa casi se apoya en mi brazo para levantar su armazón, sus terminaciones nerviosas deben de estar bien hundidas dentro de ese montón de carne y tal vez por eso no sienta gran cosa, mi pequeño gesto de huida hacia la esquelética no me es bastante útil, y en esta precipitación, en esta desesperada búsqueda de equipajes de mano, no contéis conmigo, señoras mías, para que les cuente la historia que acabo de revivir, nadie más lo merece más que yo mismo, la historia posiblemente de los momentos más bellos de mi vida, en una época en la que yo no sabía que lo eran, la historia que precipitadamente acabó en el hangar de un aeropuerto y que, quién sabe, quizás la encuentre al pie de la escalera, entre la gente que espera un resucitado, o puede que perdida en la muchedumbre del aeropuerto. Hay que dejar de hablar del comienzo y del fin; el tiempo fluye continuamente como las aguas del Sena o de cualquier otro río. Algunas veces, el tiempo se vuelve atemporal.
Por fin, ahí está mi hijo, que me espera enarbolando su gran sonrisa.

Abdellah El Hassouni.
Rabat, 30 de enero de 2014.

Texto basado sobre un fragmento de “El jinete polaco” de Antonio Muñoz Molina.

3 comentarios:

  1. !Oh Abdellah! !Qué alegria siento leyendo tu texto!
    Humor, guasa, recuerdos, nostalgia...todo con estilo legero, lexico rico, ideas y
    descripciones detalladas con adjetivos opuestos.

    Es formidable.
    Gracias Abdellah
    Fatima

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  2. Me gusta mucho el humor con que el protagonista describe el fluir de sus pensamientos o su monologo interior durante el viaje que se alterna con la huida nostálgica de la memoria hacia el pasado lleno de mucha ternura y muchos recuerdos.
    Un texto bien hecho, bien organizado y muy rico en descripciones y vocabulario en donde has logrado acercarte del estilo del JINETE POLACO de A.M.Molina.
    ¡Felicidades Abdellah!
    Rkia

    ResponderEliminar
  3. Fatima, Rkia
    Muchas gracias
    Un abrazo
    Abdellah

    ResponderEliminar

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