TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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IMÁGENES DEL TALLER

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jueves, 10 de diciembre de 2015

“LA PLUMA ASIÁTICA” de ABDELLAH EL HASSOUNI

La relación entre ellos dos era… ¿Cómo era…? Íntima, no… Profunda, no… Más bien de género inusual, por lo menos para una persona que no hubiera sido advertida. Evidentemente, no tenían la misma edad. Él, aquel mismo día que ella nació, había visto marchitar su quincuagésima primavera. Pero, desde ese día, un vínculo invisible e indestructible los había unido para siempre. Siempre no… No hay que exagerar tampoco. Al menos, él le había prometido que estaría allí para soplar con ella su octogésima vela.
Durante toda su infancia, le había murmurado al oído las historias más extraordinarias, los cuentos más fantásticos, las leyendas más extravagantes... Pero, con el tiempo, los relatos habían ganado en madurez, habían envejecido, se habían convertido en confidencias; juntos habían retrocedido en el tiempo, habían disfrutado de discusiones junto a la chimenea, royéndole el tiempo al tiempo hasta altas horas. El anciano transmitía connotaciones que salían de lo común, una fuerza descriptiva incomparable, una entonación melódica y ella sabía escucharlo, absorbía sus palabras sin moderación y, a menudo, su corazón y su espíritu quedaban subyugados por la marea de palabras que él dejaba correr.
Todo había sido siempre perfecto, salvo el día en que él rompió la promesa de quedarse junto a ella hasta sus ochenta años: cinco años antes, partió para realizar su último gran viaje. Y ella, sintiéndose muy afectada por aquella huida, embargada por el sentimiento de una soledad glacial, por un vacío sombrío, había decidido instalarse en la cabañita de él, situada en aquel barrio cercano a la ciudad. Quería sumergirse en su morada con el fin de impregnarse de su olor, de seguir oyendo sus susurros y de zambullirse en sus cajones, libros y secretos.
Una de sus primeras acciones fue la de transcribir sus narraciones, todavía frescas en su memoria, tratando de recordar sus frases, sus palabras, sus anáforas, sus metáforas y aquella manera suya, tan única, de contar. Había abordado su historia preferida, la del valiente soldado que había luchado durante la famosa guerra de Indochina. Y en poco tiempo, había conseguido reproducir sus miedos y su angustia, los horrores de la guerra en la cual había participado sin poseer razón alguna para ello. Luego, vinieron las pérdidas, una tras otra, la de un compañero, la de la esperanza de un regreso inminente hacia los brazos de los suyos. Todo fluía como si acabara de escucharlo.
La visión de aquel montón de hojas del relato le proporcionó una gran autosatisfacción. Luego, pasó toda la noche releyéndolo, a fin de captar, otra vez, aquella voz lejana que le murmuraba algunos trozos de su vida. De repente, tuvo una idea genial: el relato era tan bello, que debía compartirlo, darlo a conocer, gritarlo en voz alta. Y así fue: lo publicó con el nombre del abuelo el mismo día de su aniversario. El libro tuvo un resonante éxito y le dio beneficios suficientes para satisfacer decentemente sus necesidades durante un cierto tiempo.
Luego, La tentación se volvió grande, la presión del editor también. Pero ahora la voz interior que le susurraba los cuentos se había vuelto casi inaudible. Las ideas estaban allí, eran abundantes y diversas, pero no los giros, la fraseología, los paralelismos, las sinonimias, la elección de las palabras y de los adjetivos. La mesa del comedor, colocada en el centro de la cabañita, había visto pasar todo un montón de hojas que acabaron por suicidarse de una zambullida en el cubo de basura. Ella deseaba que volviera el murmullo, ahora, cuando más lo necesitaba. Entonces, aumentó la frecuencia de sus idas y regresos entre la mesa y el huerto casero. Trabajar en el jardín, como lo hacía él, le proporcionaba paz interior y la dejaba en condiciones similares a las del viejo canoso ausente. Pero un día, mientras estaba escarbando en la tierra (se ignora si fue casualidad o providencia), encontró una vieja y negra pluma con bellos y enigmáticos motivos asiáticos. Pensando que debía pertenecer al viejo, la sacó de la tierra, se la llevó a casa y la limpió cuidadamente lo mejor que pudo. Luego, la colocó en una estantería frente a la mesa del comedor.
A la mañana siguiente, tuvo dificultades para levantarse y abandonar su mullido lecho. La víspera, y hasta bien tarde, había intentado redactar sus recuerdos, con mitigado éxito. El sabor del café no había podido disipar ese desagradable gusto de amargura que sentía últimamente. Pero, tras la lectura de las últimas páginas, la sorpresa fue grande. Toda la belleza de aquel estilo perdido estaba de vuelta: los giros, la fraseología, los eufemismos, todo estaba allí... Asombrada, sorprendida y confusa, no sabía que pensar. Había debido gestar aquellas líneas en un momento de gran cansancio, en un despertar del inconsciente. Entonces regresó a la mesa del comedor para sentarse a trabajar sin descanso, pero solo logró un sentimiento de insatisfacción, de impotencia y de frustración. No alcanzó escribir nada bueno, solo un batiburrillo insípido y sin la menor atracción. Hizo una pausa y se fue al huerto para intentar refrescar sus ideas. Al final, solo obtuvo un día abrumador y fatigoso, marcado por más idas y regresos incesantes al huerto y sin la menor satisfacción. Acabó por caer muerta de cansancio con los primeros rayos del amanecer. Al día siguiente, recibió el mismo asombro: tras releer el manuscrito del día anterior, quedó cautivada por el texto. Adoraba lo que leía. Los días siguientes, con cada despertar, vieron cómo se repetía el mismo guión. Aquello hizo que ella cambiara su ritmo de trabajo: reflexionaba y rememoraba los relatos durante el día e intentaba ponerlos por escrito por la tarde. Al final, aquel método le había aportado mejores resultados, aunque no comprendía qué era lo que subyacía bajo el proceso.
Sin embargo, observó que el nivel del papel en el cubo de basura cambiaba de volumen y que, incluso varias veces, algunas hojas habían sido desplegadas. Así que, una noche, decidió fingir que dormía y, así, montar guardia. Y sufrió un gran pasmo... La negra pluma con motivos asiáticos bajaba de la estantería, tomaba lugar sobre la mesa, releía su trabajo de la tarde, lo reescribía totalmente de cabo a rabo y, finalmente, echaba la versión de ella directamente al cubo de basura. De vez en cuando, ella la oía mascullar algunos sonidos semejantes a los murmullos del viejo. Al día siguiente, pasó todo el día fuera, paseando, vagando, no sabiendo qué decisión tomar. Todas las páginas acumuladas sobre la mesa no eran suyas; no emanaban de su pluma. ¡Ciertamente sí surgían de su imaginación, de sus recuerdos y de los relatos del abuelo! Pero el estilo, todo el arte de la escritura, todo aquello no era suyo. Al final de tarde, tomó una decisión…
Por temor a verla caer de la estantería, la ubicó directamente sobre la mesa, al lado de una resma de hojas blancas. Los primeros días, conservó la misma manera de proceder, para, por fin, atreverse a proponerle oralmente algunas ideas sobre la escritura. La pluma asiática, animada por sus sugerencias repetitivas, acabó por perder su timidez y empezó a redactar sin necesidad del borrador. Ella, en señal de agradecimiento, le compró una de las mejoras tintas chinas que se pueden encontraren el mercado.
Su complicidad se fue afianzando con el tiempo y acabó por tomar las mismas formas de la relación que ella había tenido con el viejo. El segundo libro también se publicó y recibió una calurosa acogida, tanto por parte del público como por parte de la crítica. Ella, embriagada por este segundo éxito, y como había hecho tras el primero, se juró a sí misma que seguiría publicando un libro para cada aniversario del viejo. Y así fue como salieron a la luz otros dos best-seller.
Bajo el impulso de su editor y de la sociedad, que se había visto obligada a recibir, decidió buscar una casa digna de su nuevo estatuto de escritora célebre. La acabaron llevando a rastras de barrio en barrio, de morada en morada, lo cual le suponía un tiempo precioso, el tiempo que no tenía. De este modo, acumuló un gran retraso en la elaboración de su quinto libro, el que correspondía al octogésimo aniversario. Le fue muy difícil llevar las dos cuestiones paralelamente, pero su editor insistió en que la ceremonia del lanzamiento de su nuevo libro (para el cual debía escribir todavía los dos últimos capítulos) se hiciera en su magnífica y nueva morada.
Sobre el escritorio, colocado en el centro del amplio salón, delante de la gran puerta vidriera que daba a la piscina y al gran jardín, la pluma sentía mucha pena por transcribir lo que ella le sugería. Tenía dificultades en expresar sus ideas y su tinta fluía muy lentamente sobre el papel. Parecía que su complicidad con la pluma asiática había sufrido un golpe. La situación empeoraba y su fluidez casi había desaparecido. Ella, la apretaba por todos los lados, pues la había tomado entre los dedos por primera vez con el fin de imprimirle un ritmo más acompasado. Pero, bajo aquel loco impulso, la pluma se rompió y una gran mancha de tinta china se difundió sobre una hoja de un blanco inmaculado.
En una bella y pequeña caja de ébano y sintiéndose muy triste, la enterró en medio del huerto, devolviéndola así al lugar donde la había encontrado.
Allí sigue la pluma sepultada con los susurros del viejo que se extinguieron para siempre. En cuanto al quinto libro… *

* Desgraciadamente, el autor de este cuento, por motivos desconocidos (o quizás porque dejaron de susurrarle al oído), no pudo acabar este relato.

Abdellah El Hassouni.
Rabat, 4 de diciembre de 2015.
Basado en una actividad de escritura inspirada en “La muñequita” de Juan Valera.

6 comentarios:

  1. ¡Magnífico cuento Abdellah! Un poco triste para mí, pero magnifico.
    ¡Me encanta!
    ¡Felicidades!
    Rkia

    ResponderEliminar
  2. Sorprendente cuento, !me encanta!

    Enhorabuena y espero ansioso el próximo.

    Anastasio

    ResponderEliminar
  3. Wow! un cuento muy cautivador, muy bien elaborado. Lo leí dos veces, me parece abundante de nuevo vocabulario. El cuento expresa nociones abstractas pero significativas.
    Bravo Abdellah tienes el sentido de la imaginación.

    Me gusta mucho
    Bahia

    ResponderEliminar
  4. Excelente relato!! Me atrapó!
    Mi enhorabuena y mis deseos de un muy feliz 2016 que ys está tocsndo a las puerts.

    ResponderEliminar

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