TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos al blog de los participantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace siete años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS).
Aquí damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos. Pero también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.
Muchas gracias por leernos y por compartir con nosotros este espacio.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)
Rabat, febrero de 2017.

En el taller...

En el taller...
Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

IMÁGENES DEL TALLER
Comentando un cuento...

sábado, 19 de diciembre de 2015

“EL REY DE LOS NUEVE DEDOS” de DRISS ELGANBOURI

Érase una vez un rey que gobernaba un imperio muy vasto y que tenía un poder sin límite, aunque era muy conocido por ser un rey despótico y tan nervioso que, por la menor cosa, podía matar a alguien que le sacara de quicio. Durante muchos años y desde que había subido al trono, el rey tenía un visir muy próximo a él y a quien consultaba cada vez que tenía un problema que debiera resolver. El visir era un hombre famoso en el palacio por ser muy optimista, tanto que ni se fijaba en el lado malo de las cosas, sino en el bueno, lo que siempre parecía extraño a ojos de los demás y, sobre todo, al rey mismo. El rey adoraba la caza y solía salir a los campos para cazar, acompañado por su escolta.
Un día de esos, mientras se encontraba cazando, el rey se cayó de su caballo, mientras corría detrás de una gacela, y se rompió uno de sus dedos. Al regresar al palacio, mandó llamar a su médico; pero este último le dijo al rey que debían cortarle el dedo porque no había manera de curarlo. El rey se sintió muy desgraciado por la mala suerte que había tenido y se preguntaba cómo un rey sin defecto alguno, como había sido en el pasado, podría vivir, a partir de entonces, con una mano con solo cuatros dedos. Su visir, que era conocido por su optimismo sin límite, le decía cada vez que lo veía:
¡Quizás sea para su buena suerte, majestad!
El visir no paraba de repetirle esas palabras cuando veía al rey de mal humor… Pero tanto las repitió que, un día, el rey ya no pudo soportarlo más. Este se encolerizó y ordenó que encerraran al visir en la cárcel, donde permaneció muchos meses, sin que el rey se acordara ya más de él.
Pasado largo tiempo, el rey empezó a acostumbrarse a vivir con nueve dedos y retomó sus oficios en el palacio y salió de su soledad. Y para mostrarles a todos que era el mismo rey de siempre, dio las órdenes pertinentes para organizar una cacería fuera de su imperio. El rey salió acompañado, como de costumbre, por su escolta, a excepción del visir, que seguía en la cárcel. Así, llegaron a unos campos muy lejanos que no habían visitado nunca antes. En un momento concreto, el rey vio una gacela y decidió atraparla, ya que le gustaban mucho las gacelas. Y así fue cómo salió corriendo tras ella y corrió tanto que acabó por alejarse de su escolta, que no sabía adónde había ido el rey. El rey se enojó al ver que no había podido atrapar la gacela, aunque había corrido y corrido con todas sus fuerzas, pero sentía vergüenza de volver con las manos vacías ante su escolta, consciente de que un rey no debe fracasar. De repente, el rey vio, a pocos pasos de él, a un grupo de gente que bailaba y cantaba alrededor de un círculo de fuego. Estaba el rey tan cerca que, al final, aquella gente pudo verlo, tras lo cual algunas personas corrieron para cogerlo. El rey sintió un gran miedo porque no sabía qué podrían hacer con él. Lo bajaron del caballo y lo rodearon, mientras seguían cantando y bailando, mientras a él todo aquello le parecía como si fuera una pesadilla. Vio entonces el rey que, dentro del círculo de fuego, había un cadáver, y de repente comprendió que lo iban a quemar vivo y que la gente celebraba una fiesta religiosa donde tenían que echar a un hombre al fuego como sacrificio. El rey sintió que su vida había llegado a su fin y que, al cabo de unos instantes, sería un mero cadáver y carbonizado en el fuego, alrededor del cual cantaría y bailaría frenéticamente aquella gente. Le ataron de pies y manos y se prepararon para echarlo al fuego. Pero, antes de ello, el jefe del grupo se acercó a él, tomó sus manos y empezó a mirarlas atentamente. Al cabo de unos momentos, que al rey le parecieron un año entero, el jefe levantó la cabeza y dijo en voz muy alta:
— No podemos sacrificar a este hombre. Los dioses van a maldecirnos si lo hacemos, porque no es un hombre entero y sano: ¡solo tiene nueve dedos!
La gente, tras escuchar las palabras de su jefe, se apresuró a desatar a aquella mala ofrenda y el rey se vio libre de nuevo y se sintió como si despertara de una pesadilla.
Una vez libre, tomó su caballo y volvió a su palacio sin mirar atrás. Una vez allí, se dirigió directamente a la cárcel, en donde estaba el visir. Abrió la puerta, abrazó a su visir y le pidió perdón delante de todos sus vasallos del palacio, los cuales no habían tenido noticia de su rey desde su desaparición. El rey llevó a su visir al palacio y le contó todo lo que le había ocurrido. Después de escuchar su relato, el visir le dijo al rey:
— ¡Quizás sea para su buena suerte, majestad! Pero lo que es cierto es que, si yo hubiera ido con usted, yo habría sido el sacrificado en el fuego… El dedo que le proporcionó tanta turbación es el mismo que a usted le salvado la vida.
El rey se rió y ordenó que colmaran de regalos a su visir.

Driss Elganbouri
Rabat, noviembre-diciembre de 2015.

Cuento basado en un cuento marroquí.

jueves, 10 de diciembre de 2015

“LA PLUMA ASIÁTICA” de ABDELLAH EL HASSOUNI

La relación entre ellos dos era… ¿Cómo era…? Íntima, no… Profunda, no… Más bien de género inusual, por lo menos para una persona que no hubiera sido advertida. Evidentemente, no tenían la misma edad. Él, aquel mismo día que ella nació, había visto marchitar su quincuagésima primavera. Pero, desde ese día, un vínculo invisible e indestructible los había unido para siempre. Siempre no… No hay que exagerar tampoco. Al menos, él le había prometido que estaría allí para soplar con ella su octogésima vela.
Durante toda su infancia, le había murmurado al oído las historias más extraordinarias, los cuentos más fantásticos, las leyendas más extravagantes... Pero, con el tiempo, los relatos habían ganado en madurez, habían envejecido, se habían convertido en confidencias; juntos habían retrocedido en el tiempo, habían disfrutado de discusiones junto a la chimenea, royéndole el tiempo al tiempo hasta altas horas. El anciano transmitía connotaciones que salían de lo común, una fuerza descriptiva incomparable, una entonación melódica y ella sabía escucharlo, absorbía sus palabras sin moderación y, a menudo, su corazón y su espíritu quedaban subyugados por la marea de palabras que él dejaba correr.
Todo había sido siempre perfecto, salvo el día en que él rompió la promesa de quedarse junto a ella hasta sus ochenta años: cinco años antes, partió para realizar su último gran viaje. Y ella, sintiéndose muy afectada por aquella huida, embargada por el sentimiento de una soledad glacial, por un vacío sombrío, había decidido instalarse en la cabañita de él, situada en aquel barrio cercano a la ciudad. Quería sumergirse en su morada con el fin de impregnarse de su olor, de seguir oyendo sus susurros y de zambullirse en sus cajones, libros y secretos.
Una de sus primeras acciones fue la de transcribir sus narraciones, todavía frescas en su memoria, tratando de recordar sus frases, sus palabras, sus anáforas, sus metáforas y aquella manera suya, tan única, de contar. Había abordado su historia preferida, la del valiente soldado que había luchado durante la famosa guerra de Indochina. Y en poco tiempo, había conseguido reproducir sus miedos y su angustia, los horrores de la guerra en la cual había participado sin poseer razón alguna para ello. Luego, vinieron las pérdidas, una tras otra, la de un compañero, la de la esperanza de un regreso inminente hacia los brazos de los suyos. Todo fluía como si acabara de escucharlo.
La visión de aquel montón de hojas del relato le proporcionó una gran autosatisfacción. Luego, pasó toda la noche releyéndolo, a fin de captar, otra vez, aquella voz lejana que le murmuraba algunos trozos de su vida. De repente, tuvo una idea genial: el relato era tan bello, que debía compartirlo, darlo a conocer, gritarlo en voz alta. Y así fue: lo publicó con el nombre del abuelo el mismo día de su aniversario. El libro tuvo un resonante éxito y le dio beneficios suficientes para satisfacer decentemente sus necesidades durante un cierto tiempo.
Luego, La tentación se volvió grande, la presión del editor también. Pero ahora la voz interior que le susurraba los cuentos se había vuelto casi inaudible. Las ideas estaban allí, eran abundantes y diversas, pero no los giros, la fraseología, los paralelismos, las sinonimias, la elección de las palabras y de los adjetivos. La mesa del comedor, colocada en el centro de la cabañita, había visto pasar todo un montón de hojas que acabaron por suicidarse de una zambullida en el cubo de basura. Ella deseaba que volviera el murmullo, ahora, cuando más lo necesitaba. Entonces, aumentó la frecuencia de sus idas y regresos entre la mesa y el huerto casero. Trabajar en el jardín, como lo hacía él, le proporcionaba paz interior y la dejaba en condiciones similares a las del viejo canoso ausente. Pero un día, mientras estaba escarbando en la tierra (se ignora si fue casualidad o providencia), encontró una vieja y negra pluma con bellos y enigmáticos motivos asiáticos. Pensando que debía pertenecer al viejo, la sacó de la tierra, se la llevó a casa y la limpió cuidadamente lo mejor que pudo. Luego, la colocó en una estantería frente a la mesa del comedor.
A la mañana siguiente, tuvo dificultades para levantarse y abandonar su mullido lecho. La víspera, y hasta bien tarde, había intentado redactar sus recuerdos, con mitigado éxito. El sabor del café no había podido disipar ese desagradable gusto de amargura que sentía últimamente. Pero, tras la lectura de las últimas páginas, la sorpresa fue grande. Toda la belleza de aquel estilo perdido estaba de vuelta: los giros, la fraseología, los eufemismos, todo estaba allí... Asombrada, sorprendida y confusa, no sabía que pensar. Había debido gestar aquellas líneas en un momento de gran cansancio, en un despertar del inconsciente. Entonces regresó a la mesa del comedor para sentarse a trabajar sin descanso, pero solo logró un sentimiento de insatisfacción, de impotencia y de frustración. No alcanzó escribir nada bueno, solo un batiburrillo insípido y sin la menor atracción. Hizo una pausa y se fue al huerto para intentar refrescar sus ideas. Al final, solo obtuvo un día abrumador y fatigoso, marcado por más idas y regresos incesantes al huerto y sin la menor satisfacción. Acabó por caer muerta de cansancio con los primeros rayos del amanecer. Al día siguiente, recibió el mismo asombro: tras releer el manuscrito del día anterior, quedó cautivada por el texto. Adoraba lo que leía. Los días siguientes, con cada despertar, vieron cómo se repetía el mismo guión. Aquello hizo que ella cambiara su ritmo de trabajo: reflexionaba y rememoraba los relatos durante el día e intentaba ponerlos por escrito por la tarde. Al final, aquel método le había aportado mejores resultados, aunque no comprendía qué era lo que subyacía bajo el proceso.
Sin embargo, observó que el nivel del papel en el cubo de basura cambiaba de volumen y que, incluso varias veces, algunas hojas habían sido desplegadas. Así que, una noche, decidió fingir que dormía y, así, montar guardia. Y sufrió un gran pasmo... La negra pluma con motivos asiáticos bajaba de la estantería, tomaba lugar sobre la mesa, releía su trabajo de la tarde, lo reescribía totalmente de cabo a rabo y, finalmente, echaba la versión de ella directamente al cubo de basura. De vez en cuando, ella la oía mascullar algunos sonidos semejantes a los murmullos del viejo. Al día siguiente, pasó todo el día fuera, paseando, vagando, no sabiendo qué decisión tomar. Todas las páginas acumuladas sobre la mesa no eran suyas; no emanaban de su pluma. ¡Ciertamente sí surgían de su imaginación, de sus recuerdos y de los relatos del abuelo! Pero el estilo, todo el arte de la escritura, todo aquello no era suyo. Al final de tarde, tomó una decisión…
Por temor a verla caer de la estantería, la ubicó directamente sobre la mesa, al lado de una resma de hojas blancas. Los primeros días, conservó la misma manera de proceder, para, por fin, atreverse a proponerle oralmente algunas ideas sobre la escritura. La pluma asiática, animada por sus sugerencias repetitivas, acabó por perder su timidez y empezó a redactar sin necesidad del borrador. Ella, en señal de agradecimiento, le compró una de las mejoras tintas chinas que se pueden encontraren el mercado.
Su complicidad se fue afianzando con el tiempo y acabó por tomar las mismas formas de la relación que ella había tenido con el viejo. El segundo libro también se publicó y recibió una calurosa acogida, tanto por parte del público como por parte de la crítica. Ella, embriagada por este segundo éxito, y como había hecho tras el primero, se juró a sí misma que seguiría publicando un libro para cada aniversario del viejo. Y así fue como salieron a la luz otros dos best-seller.
Bajo el impulso de su editor y de la sociedad, que se había visto obligada a recibir, decidió buscar una casa digna de su nuevo estatuto de escritora célebre. La acabaron llevando a rastras de barrio en barrio, de morada en morada, lo cual le suponía un tiempo precioso, el tiempo que no tenía. De este modo, acumuló un gran retraso en la elaboración de su quinto libro, el que correspondía al octogésimo aniversario. Le fue muy difícil llevar las dos cuestiones paralelamente, pero su editor insistió en que la ceremonia del lanzamiento de su nuevo libro (para el cual debía escribir todavía los dos últimos capítulos) se hiciera en su magnífica y nueva morada.
Sobre el escritorio, colocado en el centro del amplio salón, delante de la gran puerta vidriera que daba a la piscina y al gran jardín, la pluma sentía mucha pena por transcribir lo que ella le sugería. Tenía dificultades en expresar sus ideas y su tinta fluía muy lentamente sobre el papel. Parecía que su complicidad con la pluma asiática había sufrido un golpe. La situación empeoraba y su fluidez casi había desaparecido. Ella, la apretaba por todos los lados, pues la había tomado entre los dedos por primera vez con el fin de imprimirle un ritmo más acompasado. Pero, bajo aquel loco impulso, la pluma se rompió y una gran mancha de tinta china se difundió sobre una hoja de un blanco inmaculado.
En una bella y pequeña caja de ébano y sintiéndose muy triste, la enterró en medio del huerto, devolviéndola así al lugar donde la había encontrado.
Allí sigue la pluma sepultada con los susurros del viejo que se extinguieron para siempre. En cuanto al quinto libro… *

* Desgraciadamente, el autor de este cuento, por motivos desconocidos (o quizás porque dejaron de susurrarle al oído), no pudo acabar este relato.

Abdellah El Hassouni.
Rabat, 4 de diciembre de 2015.
Basado en una actividad de escritura inspirada en “La muñequita” de Juan Valera.

“UN TRAGO DE TÉ” de RKIA OKMENNI

En un tiempo remoto, en que el té necesitaba mucho tiempo para ir desde China hasta el resto del mundo, y en un oasis muy lejano, hubo un pueblo que se apoderó de la exclusividad de preparar y consumir esta dorada y deseada bebida. Raras eran las mujeres que podían probarla. En cuanto a los niños, los grandes siempre les decían que era una infusión reservada a los adultos, sin más explicaciones.
Había, entonces, en aquel oasis, un hombre rico, aunque hay riqueza y riqueza… Digamos que tenía unas parcelas de tierra con unas palmeras y unos olivos. Poseía también unas cabras, un asno, un burro y dos vacas. Además era un sheikh, el alcalde del pueblo, y jamás salía de su casa sin su imponente turbante blanco y su albornoz. Todos sabían que el alcalde o sheikh podía permitirse tomar el té sin límites por su posición y por su riqueza. Lo traía de la ciudad cercana, que visitaba de vez en cuando para sus asuntos personales y para dar cuenta de su aldea.
El sheikh tenía cinco hijos y los había casado a todos salvo al último, el pequeño, que apenas tenía nueve años. Nació cuando él ya esperaba la llegada de sus primeros nietos, por lo cual lo llamó: Zaid (o El inesperado). Todos vivían en la gran casa. Juntos compartían los trabajos del campo, del ganado y de la venta de alguna cosecha. Con los habitantes, resolvía algunos problemas de la vecindad en la aldea, como el del reparto de agua para regar, cuestiones de fronteras entre las parcelas del palmeral o cualquier otro asunto del pueblo. Así que le quedaba mucho tiempo libre en el que se dedicaba a pasear por el palmeral o a preparar su té. Un verdadero ritual diario. El padre, por muy sabio, respetado e importante que fuera, dentro y fuera de su casa, en presencia del pequeño Zaid, no lograba mantener su seriedad.
El pequeño no iba a la escuela porque no había ninguna en el pueblo y no quería jugar con los niños cuando su padre no estaba de viaje. Le encantaba seguir a su progenitor fuera adonde fuera. A la madre, no le gustaba que el niño recibiera demasiados mimos de su marido y no se cansaba de reprochárselo, pero él, como simple respuesta, se limitaba a alzarle los hombros. Sus numerosas travesuras siempre lo hacían sonreír o reír hasta las lágrimas. Pero jamás lo castigaba porque, frente a aquella carita con ojos brillantes de malicia y diablura, no podía enfadarse.
Aquel día, el niño fue a echar un vistazo al cabritillo recién nacido y, al volver, no encontró a su padre en la gran sala común. Lo busco por la casa y subió al cuarto de invitados. Lo llamó, pero su padre no le respondió. Entonces, acurrucado y de rodillas, con las palmas y su sien derecha sobre el suelo, intentó ver a su padre por debajo de la puerta cerrada que daba al salón. Pero no podía ver nada, excepto la parte inferior de los pies de la mesita de madera colocada sobre la alfombra roja. De repente, le llegó al olfato el olor a caramelo que emanaba al producir su espuma y derramarse el té azucarado, todavía sobre las brasas de la estufa. Por ello, supo que su padre estaba allí dentro, preparando el té.
Lo llamó otra vez:
- Papa, abre la puerta. Estás solito dentro y no tienes a nadie con quien hablar.
- Déjame y vete a jugar con los niños.
El niño insistió una y otra vez sin resultado alguno. Al final, añadió:
- Sé que estas preparando tu té, papá. Dame solo un trago, un pequeño trago, papá.
- Te digo que no. No es para los niños.
- Ya lo probé el otro día, cuando me diste un poco… ¿Por qué me dices ahora que no…?
El padre abrió la puerta, llamó a su mujer y le pidió que se ocupara de Zaid porque no le dejaba descansar. La madre tras responderle que era él quien lo mimaba mucho; alejó al niño de la habitación.
Zaid se fue. Bajo rápidamente las escaleras y se dirigió hacia la plaza del pueblo, lugar donde solían reunirse los hombres para hablar de asuntos personales o de la comunidad, o simplemente para calentarse al sol en los días de invierno. Antes de llegar, encontró a su vecino en una callejuela. Zaid le besó la mano con respeto y le dijo:
- Tío, mi padre me envía para invitarte a compartir un vaso de té con él. Te está esperando.
Luego, repitió lo mismo a todos los hombres que encontraba en el camino, así como a los que estaban tomando sol en la plaza. Poco tiempo después, en la casa, al padre le sorprendió la llegada inopinada de estos hombres que no esperaba. Deshacerse de su hijo le había resultado difícil, pero más le contrarió la imprevista visita de los aldeanos a la hora en que iba a disfrutar de su primer vaso de té. No era una cuestión de falta de generosidad, sino de deseo de disfrutar ese momento de reposo y de descanso total. Acababa de escanciarlo, con cuidado y según el ritual, para que el líquido caliente en el vaso quedara cubierto con un turbante blanco de espesa espuma.
Sin embargo, los hombres del pueblo, uno tras otro, iban entrando, saludaban y, luego, se sentaban. Él se preparó para oír alguna queja o alguna propuesta de aquellos a quienes él representaba, mientras pensaba:
- ¡Esto es lo que representa ser el sheikh de la comunidad…! Uno debe estar disponible para los aldeanos a cualquier hora…!
Pero, tuvo la impresión de que ninguna de ellos tenía prisa alguna para exponerle el supuesto problema. El cuarto estaba lleno y todos hablaban entre sí, empezando o continuando alguna discusión con mucha normalidad. Bueno, ¡eran sus invitados!
De repente, llegó al oído del padre la voz de su hijo que le llamaba desde abajo. Bastante contrariado, salió al umbral de la puerta de la habitación y le respondió gritando:
- ¿Qué pasa, Zaid?
El niño le respondió:
- ¿Te bastan estos o te envió más?
El padre adivinó que aquello era obra de una travesura más de su hijo. Volvió a la estancia, donde ya algunos hombres se levantaban para irse, tras haber oído con toda claridad las palabras del niño, ya que evidentemente, habían entendido de qué se trataba. El sheikh, riendo, los retuvo, impidiéndoles el acceso a la salida del salón. Tal y como era costumbre en el oasis, les pidió a todos que no se movieran de allí hasta haber escuchado la anécdota entera y haber bebido con él un delicioso vaso de té.

Rkia Okmenni.
Rabat, 22 de noviembre de 2015.
Mi padre me narró este cuento amazigh-marroquí que está basado en hechos reales.

jueves, 3 de diciembre de 2015

“LA CABRA NEGRA Y LAS TIJERAS” DE ABDELLAH EL HASSOUNI

De entre todos los particulares, serios o efímeros acontecimientos, hay ciertos que se señalan como verdaderos, y el que aquí voy a relatar forma parte de ellos. Esta es la historia de un hartani (1).
Incluso ahora, cualquiera lo habría reconocido, entre miles, como digno representante de su tribu, habitante de uno de los oasis del sur, del extremo sur… Esa misma tribu que –digamos– tenía las llaves de las puertas del Sáhara. Él, Dios lo había dispuesto así: una naturaleza de mármol, una cabeza dura que no hacía más que lo que le apetecía, una talla punzante y alzada hacia el cielo en honor del orgullo y la arrogancia legendarios de su casta, unos ojos de color miel y una tez morena, cual rúbrica de su origen y muy parecida al té bien macerado que él mismo bebía a sorbitos a lo largo del día. Aunque todos esos rasgos no dejaban ver al devorador indefectible de carne de camello y de cabras que era.
Su particularidad consistía en que había decidido, con su pretensión acostumbrada, hacerse labrador, a pesar de vivir en aquella región árida y de los consejos de sus vecinos y allegados, que no dejaban de repetirle que los oasis eran esencialmente propicios al cultivo de las palmeras. Pasado algún tiempo, ya tras su estrepitoso fracaso (sentía vergüenza de aquel chasco sufrido, desde luego), un día, decidió ir a dar un paseo por las fértiles llanuras del Gharb, con el fin de esclarecer las dificultades con que se había tropezado su proyecto y con la clara intención de volver a resplandecer, más tarde, frente a los suyos. Una vez llegado allí, le echó el ojo a un Dukali, nieto de un amigo de su abuelo.
Mientras estaban echados en el amplio trigal, que tan solo esperaba la cosecha, el Hartani, admirado ante las espigas maduras que allí se alzaban -aunque su arrogancia le impedía expresarlo-, le señaló a su huésped una cabra negra que se estaba atiborrando a sus anchas en medio del campo:
- ¡Para qué trabajar tanto si luego dejas a una de tus cabras pacer entre el fruto de tu trabajo!
- ¡No es una cabra! Las mías están en el cercado. Es una cigüeña y se puede distinguir por su color negro y blanco.
- No, no es una cigüeña… Es una cabra negra.
- Es evidente que es una cigüeña. Podemos adivinarlo fácilmente por su manera de contonearse.
- No te burles de mí. Está claro que es una cabra negra… Estoy absolutamente seguro. Si la degolláramos, celebraríamos un buen festín.
De repente, la cigüeña alzó el vuelo y se dirigió a lo lejos y el Dukali se apresuró a decir:
- Ahora puedes ver que es una cigüeña... Acaba de levantar el vuelo.
- Sé que cualquiera puede equivocarse, inclusive yo. Pero, aunque acabe de levantar el vuelo, sigo pensando que es una cabra… Un poco especial, pero una cabra.
Puesto que se hallaba en su propia casa, el Dukali decidió someterse a las reglas de la hospitalidad que le dictaban su tradición, no insistir y cambiar de tema:
- ¿Y si damos una vuelta para comparar nuestros métodos de labranza?
Plantados en la parcela, que estaba a orillas del río y que había sido cosechada hasta sus últimos límites, el Hartani le preguntó:
- ¿Con qué herramienta segáis el trigo?
- Con grandes hoces manejadas por una fila de hombres.
- Nosotros, con un par de tijeras. Nos parecen más prácticas para este trabajo.
- ¡Una vez más te burlas de mí! ¡Nadie utiliza ni encuentra adecuado usar las tijeras para segar!
- ¿No lo crees? Nosotros, en el sur, utilizamos solo las tijeras. No hables de cosas que ignoras.
- ¡Está claro que aquí el único ignorante en agricultura eres tú!
El tono se volvió tenso y la justa verbal se transformó rápidamente en una disputa física de desequilibrado orden.
El Dukali era todo lo contrario del Hartani: lejos de tener apariencia flaca, era más bien un buen mozo robusto de casi dos metros, de tronco sólido, con un denso y firme conglomerado de carne difícil de pellizcar, salvo por la parte de las mejillas. Era un cordero de gran dulzura, pero, venido el momento propicio, se metamorfoseaba en un santiamén en un torrente devastador.
Así, el Dukali sucumbió a la vanidad de sentirse fuerte, empujó al testarudo Hartani, que tropezó y se cayó al agua. Este resistió unos instantes; pero, aterrorizado, empezó a agitarse. No sabía nadar, dado que allí de donde venía ninguno juzgaba útil esa manera de avanzar en el agua. El Dukali, todavía con una mirada furiosa y a sabiendas de que no podía ayudarlo sin correr el riesgo de ahogarse él también, había entrado en el río y, con el agua hasta la cadera, le tendía a su contrario una rama larga. Sin embargo, el Hartani seguía hundiéndose a cada instante más, sin hacer el menor gesto para agarrarse a la punta de la rama. Antes de desaparecer completamente en la corriente, sus dos dedos de la mano derecha, el índice y el corazón, se juntaron y se separaron varias veces para recordar el movimiento de las dos hojas de unas tijeras cortando el trigo. Hasta el último suspiro, fue fiel a sí mismo, corroborando el hecho de que, con los testarudos, no hay argumento que valga.
Antes de encontrar al Hartani, yo pensaba realmente que yo mismo era muy testarudo y que no había conocido a nadie tan testarudo como yo. Pero ahora, ya no me siento atraído por esta pasión abrumadora que no me deja tiempo para la reflexión o para cualquier otra cosa. He optado por la buena idea de tener muchos puntos de vista para no parecer tan obstinado como lo soy en realidad. Y de este modo, también evito hundirme en las aguas.

Abdellah El Hassouni.
Rabat, 22 de noviembre de 2015.
Basado en motivos de un cuento popular marroquí.

(1) El término "haratin" tiene un origen oscuro y se ha intentado relacionar tanto con una raíz árabe, por lo que significaría "cultivador", o bereber, por lo que vendría a ser "negro"; en este sentido, podría ser una versión arabizada de “ahardan”, término bereber para hacer referencia al "color oscuro".

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010
Tras la lectura...

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010
La lectura

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.
La lectura...

Lectura del Taller.19 de junio de 2010

Lectura del Taller.19 de junio de 2010
Tras la lectura

LOS ESCRITORES DEL BLOG...

LOS ESCRITORES DEL BLOG...
Aixa, Abdellah, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

LOS ESCRITORES DEL BLOG.

LOS ESCRITORES DEL BLOG.
Aixa, Anastasio, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

A ORILLAS DEL BU REGREG...

A ORILLAS DEL BU REGREG...
... IMÁGENES QUE FLUYEN... (Fotografía cedida por Abdellah El Hassouni)

Alumnos del Taller

Alumnos del Taller
Tras la clase. Diciembre de 2010

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015