Dedicado a Ana.

La veían pasar una y otra vez cada
domingo, y quedarse allí plantada,
observándolos, expectante, a punto de hablarles, pero ellos ya habían perdido
la esperanza de que cualquiera de aquellos simples mortales se interesase por
ellos, por su vida, por su historia. Ellos eran muy ricos, sí, tenían mucho que
contar, habían asistido a muchos desayunos, comidas y cenas donde los
etiquetados asistentes habían soltado prendas importantes de chismorreos
palaciegos, de enredos amorosos, de complots, de traiciones, acerca de cómo provocar una
guerra o cómo solucionar un conflicto bélico, cómo engañar al pueblo o a los
trabajadores de sus fábrica. Cada uno de ellos había oído mil historias. Las
circunstancias los habían ido separando de su vajilla original, de la vajilla
que encargó la rimbombante familia Gladstone o
Ramsay…, cuando vivían en la India y se casó la hija de la exquisita
familia Grant o Campell..., como regalo de
boda. Otros habían pertenecido a la casa de los
Wellesley, los Rotthschild..., y allí se habían conocido algunos de los
que ahora formaban parte de esos restos de platos, tazas, teteras,
cafeteras, etc., reunidos de nuevo o por vez primera, creando aquella
nueva familia, una familia de
reliquias, de piezas de colección o como quisieran llamarles, pero en la que
finalmente se habían encontrado y se sentían contentos. En las largas
noches en que
permanecían arropados y juntitos bajo una enorme tela que les libraba del polvo, se contaban orgullos sus orígenes que no eran otros que bodas, bautizos o
regalos de gratitud por haber
apoyado tal o cual causa, haber ayudado a difundir un rumor, etc. Entendían que lo que había dado lugar a su noble origen, a veces, no eran razones
precisamente nobles, pero eso no podía manchar ni su elegancia ni su valor
¡Habían sido nobles testigos de la Historia! ¡Ah, si hablaran las cocinas de sus primeros tiempos! Por ellas pasaban criados, cocheros,
doncellas…, un sinfín de personajes, que con sus cotorreos, los ponían al cabo de la calle en un
santiamén. Esta visión popular era más tarde pulida por reyes, políticos,
amantes, bufones, etc., en los salones, en los despachos o en las alcobas.
En aquellas largas y habituales
conversaciones, una vez que se cerraba el
mercadillo y la enorme tela los cubría, se enorgullecían de formar parte de
aquel antiquísimo y preciado estilo que les daba tan sonoro nombre “victoriano”, y recordaban cómo en aquellos entonces, después de aquellas copiosas comidas o
cenas, era costumbre que, al levantarse de la mesa, hombres y mujeres, ocuparan
dos salones diferentes. Mientras ellos hablaban de política, negocios y, si
había mucha confianza, de la amante de turno, ellas lo hacían de moda, de
rumores y si había mucha confianza, del amante de turno. ¡Pobrecillas!
Siempre tratadas como bobas, añadía
alguna de las reliquias, cuando trataban
este tema. Pero otras piezas, que habían tenido un uso más largo en el tiempo,
informaban de los cambios en general y sobre este en particular, señalaban que
las damas, aunque con mucho sudor y lágrimas, habían dado pasitos, bueno, más
bien zancadas”. ¡Qué cosas!, murmuraban entre sí los más antiguos.
Durante
aquellas tertulias, las piezas tenían que cuidarse de no chocar entre sí en el
fragor de la conversación porque podían sufrir un pequeño deterioro, una
fisura, en fin, porque aquel podría ser su final. Aun así, el continuo roce era
inevitable y producía entonces como un dulce entrechocar de finas
teselas de nácar al ser mecidas suavemente por el viento. Todas sabían a qué vajilla pertenecían. Cuando llegaba una, era reconocida rápidamente por
sus motivos florales, si representaba a una pareja pegando la hebra en el
jardín, o a una
exótica mujer de ojos misteriosos, o un
paseo por la campaña al fondo de la cual aparecía el palacio, o un coche de
caballos con el cochero restallando el látigo y los sirvientes dispuestos a
saltar en cuanto parase aquel, o una joven
bordando, o los
lebreles y los perros volviendo de una jornada de caza… Infinitas historias en
colores diferentes, verdes, azules, rojos, dorados representando
un paraíso perdido.
Ante aquellos motivos, Ana se
perdía, se extasiaba, enmudecía. Cada domingo de mercado, sus pasos la llevaban a aquel puesto donde, embelesada, pasaba de un motivo a otro de
aquellas tazas, platos, etc., de fina
porcelana muda, para marcharse, finalmente, con el deseo de volver a la semana
siguiente para encontrar las mismas tazas, platos, tetera y cafeteras
que dejaba allí, sintiendo que la esperaban, que deseaban que ella hablara
con ellos.
Dándole vueltas en su cabeza, pensó: En
cuanto cobre mi primer sueldo me compraré alguna pieza. Pero no debo separarlas, parecen tan unidas, concluyó.
A la semana siguiente, Ana tuvo que
guardar cama. Estaba triste pensado que no vería aquellos bellos objetos que la
estarían esperando, seguro que con muchas historias que contarle. Aquel día
solo la consolaba la idea de que pronto podría comprar alguna de aquellas
magníficas piezas que le contarían de
qué hablaba la pareja del jardín, cómo había sido aquel día de caza, quienes
viajaban en el coche de caballos, de dónde venían, si eran felices los criados
y señores. En
fin, quería llevarse a aquellos personajes a
vivir con ella, pero primero tendría que vencer aquella timidez y preguntarles
cosas, y si querían que ella se los llevara a
su casa, y en qué orden, porque no quería hacer de menos a ninguno, pues ella no podía comprarlos a todos a la vez. Sería poco a poco, a lo largo de mucho tiempo.
Cuando Ana se presentó en la
almoneda, aquella gran familia se quedó muda, estupefacta,
porque vieron que aquella joven cuya ausencia habían comentado, había comenzado
a hablarles y se interesaba por ellos y les
pedía ayuda para solucionar su duda sobre cuál llevarse primero. Unánimemente decidieron que fuera la pareja
más antigua: una taza y un plato cuyo motivo
era un paseo por el campo con el palacio al fondo. Ana se puso muy contenta
porque sabía que, a partir de ese momento, aquellos personajes la acompañarían
siempre y le contarían todo lo que ella se había estado
preguntado durante tanto tiempo.

Si vas a la casa de Ana y te invita
a un té o a un café, acéptalo, porque lo tomarás con Ana y su porcelana. Finas
tazas y platos mimosamente decorados, en los que, si prestas mucha atención y
tienes suerte, podrás ver a los personajes bailando con sus pomposas ropas o a
los lebreles volviendo con sus perros y su caza… Y mientras
saboreas un aromático té o café, hasta oirás unos cascos de caballos o
los ladridos lejanos de una jauría de perros o el susurro de dos amantes que
temen ser oídos.
Maribel Andrade R.
Rabat, 1 de enero de 2022
Estoy muy emocionada por el trabajo de Maribel gracias por tu esfurzo y gracias a Ana por haberla inspirada esa magnífica historia llena de de sentimientos nobles y sinceros
ResponderEliminarOs felicito
Muy original, curioso y llamativo. Me gusta mucho
ResponderEliminarMaravilloso relato, lleno de emoción y delicadeza. Enhorabuena Maribel por este trabajo tan bien escrito, un abrazo y esperando para la siguiente lectura
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