TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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martes, 8 de marzo de 2016

“EL SECRETO DE LAS BABUCHAS” DE FATIMA EZZEHAR


    Érase en un pueblecito bien lejano, situado al pie de la vertiente norte de la montaña; un artesano tan famoso por la fabricación y el bordado de las babuchas como por la venta de magníficas telas de seda con ornamento oriental de todos los colores. Por eso, aquel viejo artesano se distinguía de los demás, no solo por su bondad y su serenidad, sino también por su habilidad y por la perfección de su trabajo que realizaba con la ayuda de su hijo. De este modo, la fama de sus productos  traspasó las fronteras del pueblo. Esta aldea, también, era conocida por su naturaleza, su fuente termal y sus norias que, al girar, lanzaban chirridos: una llamada de añoranza al tiempo pasado.
Un día, la princesa del pueblo vecino, para descansar, decidió ir a la montaña de dicho pueblecito. La princesa Zahr Albustan era la única hija del Sultán Shahin. Ella, como la luna llena, no podía pasar desapercibida por su belleza, su esbeltez, su gran elegancia; además, era muy querida y amada por toda la gente de la región. Ese día, con algunas de sus sirvientas  y discretos guardias, fue a la montaña. Allí, como siempre, el aire despedía un delicado perfume, una mezcla de aromas de flores y plantas que trepaban por la vertiente hasta lo más alto. La princesa se sentía muy feliz y se movía como una mariposa de primavera. Y así, llegaron al fondo del valle donde se oía el musical chorreo de la corriente que levantaba un transparente velo de bruma matutina, la cual cubría las modestas casas que exhalaban olor a leño quemado. La princesa quiso coronar el programa de aquel día dando una vuelta por el centro del pueblo para ver a la gente, descubrir sus hábitos y sus actividades cotidianas. Así, se encontraron en la plaza mayor, donde se habían reagrupado todos los comerciantes exponiendo sus mercancías de varias maneras. Estaba muy impresionada por la muchedumbre y por la multitud de actividades que animaban el zoco. De repente, una tienda ubicada en el rincón de la plaza atrajo su atención por su magnífica exposición de babuchas y telas. Zahr Albustan se adelantó tranquilamente hacia la puerta del comercio. El anciano artesano la miró, y con una ligera sonrisa y tierna voz la invitó a aproximarse más para que pudiera ver mejor sus productos, diciendo:
-¡Venga usted a ver estas bonitas telas!
Y añadió:
- Yo me ocupo de las telas; pero, viejo como soy, he perdido mucha visión y ahora mi hijo se encarga de la fabricación de estas estupendas babuchas. Es un verdadero maestro. De inmediato lo llamó para que atendiera a la señora y a todas sus sirvientas. A Quamar Ezzaman, su hijo, le llegó el eco de algunas palabras. Intuyó que se trataba de algo de gran importanciar. Salió del fondo de la tienda brillando por su atractivo aspecto y su presencia  imponente. Respondió:
-Por supuesto.
En el acto, sus ojos se posaron sobre la mujer de cara angelical y ojos encandilados. Iba ataviada con un vestido largo de seda muy suave y tersa que, ajustado a su cuerpo, resaltaba su fascinante busto. Por encima, llevaba un magnifico albornoz de terciopelo azul marino que escondía con dulzura su silueta de sirena. Se hizo un momento de silencio a pesar de ellos. Hubo un cruce de expresivas miradas, acelerados latidos del corazón…y ambos sintieron un flechazo en el pecho. Una de las sirvientas que estaba al lado de la princesa rompió el silencio diciendo en voz baja:
-Princesa… y continúo murmurándole algo al oído.
El padre también encadenó su discurso:
-Hijo mío, ¿a qué esperas? ¡Atiende a estas bellas mujeres!
Quamar Ezzaman volvió a la realidad y, gracias a su agudeza intelectual, entendió toda la situación a pesar de que ellas hablaban un idioma distinto al suyo. Y con mucha cortesía se dirigió a ella en su idioma:
- A su disposición, su alteza real… Nos sentimos encantados con su visita.
La princesa Zahr Albustan se quedó asombrada por su hermosura y su inteligencia, aunque procuró no manifestarlo. Y con prontitud mostró gran interés por las babuchas. Enseguida tuvo una idea clara y definida del modelo que deseaba. Su orgullo de princesa fue más fuerte que sus sentimientos. El joven artesano se arrodilló ante ella. Ella alzó un poco su vestido para descubrir su pie y para que él pudiera tomarle la medida exacta. Él se sintió perdido ante aquellas piernas tan lindas y, mientras seguía contemplándolas, puso cariñosamente el pie en la palma de su mano para verlo mejor y tomarle la medida con toda atención. Después, la princesa partió llevando en la mente la imagen de aquel rostro cautivador de un hombre educado.
El anciano artesano estaba muy contento por la visita de la princesa; en cambio, su hijo se quedó muy preocupado, mientras elaboraba las babuchas con amor y concentración. Pero, día tras día, iba perdiendo su dinamismo. Se mostraba distraído e indiferente a su entorno, no podía confesarle su amor a nadie, solo a sí mismo y, en su mente, se repetía:
-Ella es el sol, pero yo, ¿quién soy? No soy nada, ni siquiera una piedra, ni siquiera una piedra…
Su padre entendió su pena y, de vez en cuando, conmovido por su tristeza suspiraba:
-¡Ah! ¿Pero tanto la quieres, hijo mío? Hay silencios que lo dicen todo.
-¡Dios mío! Que este profundo ardor se amaine, que se apague…
Algunos días después, la princesa envió a un agente del castillo para que recogiera sus babuchas. Las babuchas eran muy bellas, pero cuando se las puso no se sintió a gusto, algo le molestaba en el pie derecho. Una vez, dos, tres veces intentó andar con ellas, pero no pudo, pues tanto le dolía el pie. Su padre, el rey Shahin, estaba muy enfadado y, con toda urgencia, hizo que viniera el médico. Ese descubrió algo extraño dentro de la plantilla de la babucha. En seguida, el rey ordenó que le trajeran al torpe artesano, sobre un asno y con las manos atadas, para que fuera castigado. Llegaron a la tienda como para secuestrarlo. Quamar Ezzaman, sin reacción ninguna, dijo en voz baja:
- Por fin ha llegado este día tan esperado.
 El ambiente era lamentable: Su padre se desmayó, casi toda la gente del pueblecito lo siguió con mucho pesar; a las mujeres se les escapaban los sollozos y suspiros; a los niños, las lágrimas, y a los compañeros artesanos, los ruegos a Dios para que lo salvara. En la plaza también reinaban la pena y la inquietud… En cuanto llegaron con el joven, entró el rey acompañado de la princesa y del médico. Parecía muy molesto. Dos guardias se acercaron al artesano y el pobre joven, de pie, con la cabeza baja, esperó la decisión del rey. Así, después de una rápida exposición del problema de las babuchas horriblemente hechas, el rey anunció el castigo: debían cortarle la mano derecha al artesano Quamar Ezzaman, que no merecía el título debido a la imperfección de su trabajo. Esa pena retumbó como un trueno sobre todos los presentes. Al lado de su padre, la princesa temblaba como un pájaro.
De hecho, el silencio y los gemidos de dolor se extendieron por el espacio.
Qamar Ezzaman alzó tranquilamente la cabeza y, con mucho respeto y con voz muy segura, le pidió al rey permiso para obtener un último deseo antes de la ejecución del castigo. Nunca la princesa se había sentido tan débil como en ese momento… Quería transmitirle amor, susto y piedad para ese hombre tan admirable, el hombre de sus sueños. Entonces el rey, tras largas cavilaciones y mientras echaba una mirada a su hija, vio una lágrima brillante que resbalaba de su ojo derecho. Aquel era un mensaje de súplica. Su padre lo había entendido. Entonces, todavía, el rey con una mirada inquisidora se fijó en el acusado y asintió positivamente con la cabeza: Por tanto, se le concedería la petición. Así, la princesa Zahr Albustan y el artesano Quamar Ezzaman, paralelamente, sintieron un cierto alivio. El acusado pidió que se examinaran las babuchas y empezó a quitar las capas de las  plantillas del interior de la babucha derecha y sacó, con toda prudencia, una piedra del tamaño de un garbanzo. Y, con toda confianza, dijo:
- Este era el problema: ¡una piedra preciosa!
En el acto, esa piedra lanzó resplandecientes rayos que iluminaron magníficamente los cuatros lados del castillo como nunca se había visto. Ante ese hecho impresionante, el rey se levantó asombrado, con la boca abierta, maravillado y todas las personas presentes se quedaron atónitas. Dudando entre el sueño y la realidad, el rey no sabía a qué acogerse. Así que le dijo:
- ¿Has olvidado que tienes ya un primer castigo? No te compliques la vida más. ¿Es ese tu último deseo, especie de mago? ¿Cómo te atreves? Esta vez, con este espectáculo de magia pediré tu cabeza.
La amenaza del rey acentuó al artesano su confianza en sí mismo. Y con valentía respondió:
- Perdóneme, majestad. No soy mago ni charlatán y, desde ahora, mi vida está en sus manos.
- En ese caso -dijo el rey- demuéstranos que es una verdadera piedra preciosa y explícanos de dónde la has sacado… y por qué está en la babucha de la princesa…
Con certeza y sabiduría Quamar Ezzaman contestó:
- Su majestad es un gran experto en las más preciosas joyas del mundo.
Y se la entregó al rey que, con precisión y asombro, la examinó en su mano. Al cogerla entre el pulgar y el índice percibió que, cuanto más la exponía a la luz, más centelleaba. Entonces, el rey, mirando a su hija, dijo:
- ¡Tenías una maravillosa  piedra preciosa en tu babucha…!
La princesa se sintió aliviada y feliz a la vez, eso reanimó sus sentimientos y emociones. Quamar Ezzaman continuó diciendo:
-Su majestad, la historia de esta piedra es tan cara como la de esta joya…
Entonces, contó que esa piedra había sido un regalo de valor incalculable, que su abuelo había recibido del rey el Gran Shahin, el abuelo de la princesa. Aquel rey, en cierta ocasión, organizó una competición en la que todos los artesanos habían participado en la fabricación de una silla para el caballo para su hijo, el príncipe Shahin, que entonces tenía siete años. Por eso, y después un trabajo de tres meses, su abuelo acabó ganando el primer premio: aquella valiosísima piedra junto a una cantidad significativa de regalos otorgados por el Gran Shahin. Así agradeció este la perfección de la montura para el caballo que, por su estructura, diseño, estilo y ornamentación reales, era única; y que, además, había sido hecha respetando todas las recomendaciones que aportaban estabilidad y comodidad tanto al jinete como al caballo.
De este modo, su padre la había heredado y se la había ofrecido a su hijo Quamar Ezzaman cuando obtuvo el certificado del mejor artesano del pueblo. Quamar Ezzaman añadió:
- La visita de nuestra princesa a nuestro pueblecito y, especialmente, a nuestra tienda ha sido un acontecimiento histórico y un orgullo para todo nuestro pueblo; por eso y para agradecer su bondad y su humanidad, decidí ofrecerle esta piedra preciosa que era toda mi fortuna incrustándola con precisión en la babucha de su alteza real.
Y con gesto y estilo medidos, sacó de los bolsillos que tenía a ambos lados de su chaqueta un par de nuevas babuchas magníficamente hechas, pidiendo permiso al rey para presentárselas a su alteza real. Y otra vez, arrodillado, tuvo ocasión de contemplar aquellas lindas piernas y de ponerle las babuchas ajustadas. Todo ello sucedió bajo una ola de aplausos de toda la gente y los yuyús de las mujeres que, de inmediato, dieron al acontecimiento un tono festivo. Ante aquel hombre tan valiente y caballeroso, la princesa quedó encantada. El alborozo apareció en sus ojos, en sus mejillas, en sus labios… Y su corazón no pudo ocultarlo más. El rey tampoco pudo ignorar su alegría y su estimación para aquel hombre de tamañas cualidades.
Algunos días después, el rey nombró a Quamar Ezzaman alto responsable y visir delegado de la industria artesanal de su reino. Así, Quamar Ezzaman recuperó gloriosamente su honor y su dignidad. Además, su frecuente presencia en el castillo, para ejecutar tareas diversas, le permitió ver a la princesa. En esta, el amor arraigó profundamente en su corazón y la mantenía totalmente desvelada. Pero, en verdad, los sentimientos desafían todas las leyes. Por aquel entonces, empezaron a correr rumores en el castillo acerca del estado de la princesa y de que no se sentía contenta a pesar de que lo tenía todo para ser feliz. Eso llegó a oídos de su padre, el rey Shahin. Y de hecho, aquel mismo año, dada su gran satisfacción y las informaciones positivas sobre el hombre de los sueños de su hija, el rey anunció su consentimiento para el matrimonio de su alteza real la princesa Zahr Albustan con el ministro Quamar Ezzaman. Y para mostrar su alegría, todos los pueblos del reino celebraron la boda de matrimonio durante seis días y siete noches.
Desde entonces, se celebra el día de los enamorados. Y aquella maravillosa piedra preciosa está expuesta en el museo de tesoros del castillo.

Fátima Ezzehar.
Rabat: 15/12/2015.
Cuento propio y basado en las leyendas tradicionales.

«ENTRE DOS ORILLAS» de ABDELLAH EL HASSOUNI

    La travesía del puente que unía ambas ciudades enemigas se había vuelto diferente, probablemente no para los otros pasajeros del autobús, pero sí para mí. Cada una de ellas significaba un viaje hacia la otra orilla del Bu Regreg, un tránsito, una mudanza sin cosas que trasladar, pero cargada de ganas por alejarme de cuanto quedaba en la otra orilla, en la otra ciudad, en aquella otra realidad. Deseaba hundirme como un pez en las profundas aguas, elevarme como una nube y desaparecer flotando, fundirme con el húmedo atardecer y disolverme en algún lugar lejano del río y de sus dos riveras. Pero estaba allí otra vez, de pie, con las piernas pesadas y los pulmones vacíos de aire. No podía marcharme flotando. En lo sucesivo, no habría otra realidad. Con los ojos cerrados, la nariz se empapaba de los olores del autobús, sudor y yodo, pescado y perfume. Oía charlas sordas, crujidos de neumáticos, sollozos de un bebé (¡Si supiera lo que le espera aquí abajo, no habría salido del útero caliente de su madre!). De nuevo, con los ojos abiertos, yo miraba a mí alrededor, mi cerebro martilleaba y la sangre resonaba en mis oídos. No sabía qué debía hacer una vez allí.
En Rabat, en el barrio residencial del Yusufia, el espacio que yo me había otorgado era el cuarto de invitados. Una habitación espaciosa, cómoda, bien iluminada y con una sala de baño contigua. El ventanal del balcón que se abría sobre el jardín trasero daba sobre el valle verde del Bu Regreg, garantizando una cierta intimidad. También el que tenía en el barrio Bettana de Salé, en la otra ribera, daba, desde una gran ventana, sobre el Bu Regreg, pero este gozaba de una vista diferente que englobaba la desembocadura, el embarcadero y el rincón izquierdo de la Kasba. El cuarto era el que mis padres me habían permitido ocupar el día de mi decimotercer aniversario, hace ahora poco más de cuatro años.
Las dos habitaciones tenían todo lo necesario que podía exigir un joven mimado. Mimado puede no ser la palabra adecuada, sería mejor decir “exigente”. Muy a menudo me divertía enfrentándolos, obligándolos a competir. Para ello, tenía siempre a punto una frase asesina que salía en el momento deseado, sin reflexión previa, sin preparación. Me había convertido en el dueño de los chantajes. «¡Me acuerdo de que todo era diferente antes de que tomarais la absurda decisión de separaros!¡No tenéis en cuenta las repercusiones que todo esto está teniendo sobre mi pobre vida! ¡Sois unos egoístas!», «Oh, si tú no puedes, seguro que él se pondrá muy contento cuando se lo pida», «No te rompas la cabeza; sé que ahora ya no te importo…! ¡Tú ahora tienes otra vida», «Está claro que no te importo nada». De este modo, había conseguido obtener todo lo que deseaba de mis dos súbditos y, a menudo, por duplicado.
Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos casas y en dos ciudades diferentes, en dos orillas opuestas, con dos padres que no se comunicaban en absoluto. En cada una de ellas, me sentía un pasajero, un ave migratoria; alguien que siempre estaba de paso. De lunes a viernes con uno. Y el fin de semana con el otro. Las vacaciones de invierno acompañando al primero y las de la primavera escoltado por el otro. Los dos querían saber si estaba bien, si tenía lo que me hacía falta. Pero ninguno de los dos me confiaba sus planes más íntimos. Yo me veía a mí mismo como una obligación, una carga. Percibía más familiaridad ante las dulces olas del Bu Regreg que ante ellos. Y acabé por no pedir nada, por no exigir nada; acabé cansado de aquel pesado juego de confrontación, de competición.
Una tarde, volviendo del instituto, casi choqué con mi madre, que salía de prisa de la casa del Yusufia. Antes de desaparecer, me había murmurado que, aprovechando el viaje de mi padre, había venido para recuperar algunas de sus cosas que se habían quedado allí. Andando yo absorbido en la preparación de los exámenes de fin de curso, los del bachillerato, no presté ningún interés a aquel hecho anodino. Pero, más tarde, quise estirar las piernas y empecé a caminar de un lado a otro de la casa para aliviar mis rodillas cansadas. De repente, me llamó la atención un desorden reciente, otro añadido al mío. Encontré en un rincón del vestidor de mi progenitor, un bulto, algo envuelto en un tejido blanco que parecía ser una camisa usada de mi padre; estaba colocado detrás de una caja de zapatos, como si alguien hubiera procurado esconderlo intencionadamente. Desaté el paño y hallé un tazón de cerámica con un montón de signos y de símbolos inscritos sobre las paredes del tazón. Una pintura naif vanguardista. Todo estaba escrito con tinta de color castaño, algo grisáceo y claro. Pero no se entendía casi nada. Puntos y cruces, círculos y cuadrados, líneas rectas y curvas que se sobreponían, se cruzaban y morían al borde del tazón, entristecidas por no poder ir más lejos. Al principio, creí distinguir caras humanas, pero no… Uno siempre recrea en su mente los dibujos incomprensibles, figurativos.
Mi espíritu divagó y se fue muy lejos. Imágenes de un tiempo remoto flotaban en su superficie, las de este personaje majestuoso con su barba imponente, gravemente serio y con sus ojos bajos. Sentado en un cojín colocado sobre una alfombra, reinaba desde el fondo de su pequeña tienda sobre su mundo: una larga cola de mujeres desorientadas, despistadas. No era cualquier fakih. Era el mismísimo Sidi Driss, conocido por tener una mano bendita, mágica. Allí, todo sucedía en medio de un silencio casi religioso: la mujer murmuraba algo al oído del fakih, que asentía con un gesto de cabeza y tomaba el paño entre sus manos. Sus labios empezaban a canturrear algo que llegaba a los oídos de la mujer como una música de fondo, un ronroneo de gato. Después, sumergía una caña tallada en un pequeño frasco de tinta y luego garabateaba automáticamente esos signos y símbolos indescifrables sobre las paredes del tazón. Al final, Sidi Driss intercambiaba el tazón, ya convertido en objeto mágico, por las monedas que le ofrecía la mujer y, sin comprobar la cantidad, las ponía bajo la pequeña alfombra. Al final, alzaba la vista y, con un gesto, le concedía permiso a la siguiente para que se acercara. ¿Acaso mi madre también lo había consultado? ¡Ella, la intelectual, la instruida! ¿Y con qué propósito? ¿Con qué objetivo? ¿Habría olvidado sus principios? No, no podía creer en ese comportamiento; no era de su género.
Pero nadie ha muerto jamás a causa de sus sueños o de una sobredosis de signos y símbolos indescifrables. Los pesados pasos, anunciando la prematura vuelta de mi padre, me empujaron a devolver el extraño objeto a su lugar. Por el momento, no tenía tiempo de nada más; había una montaña de rompecabezas que me esperaban y que debía resolver antes de la fatídica fecha.
Me olvidé rápidamente del tazón y de sus dibujos durante semanas. Pero, justo después del examen, me acordé de él y lo busqué. Por encanto o por obra y gracia de la baraca había desaparecido al igual que la camisa, tal como si jamás hubieran existido.
La casa de Salé todavía está, pero sigue vacía y cerrada. La de Rabat, en cambio, aumenta en actividad, dado que mi madre ha regresado vivir con mi padre. Por el momento, viven aquí con un pequinés, un gato y dos tortugas. Ahora, cuando me acuerdo de aquel tiempo, pienso que lo mejor es creer en la buena mano de Sidi Driss, en la baraca, en todas las combinaciones que produce el azar y en el hecho de que el ambiente puede calmarse. Yo ya he atravesado el Mediterráneo en busca de juegos de signos y de símbolos más comprensibles, debido a la especialidad que me interesa actualmente: la estética y la filosofía de la comunicación. Y a pesar que todavía no entiendo gran cosa, he decidido instalarme definitivamente allí, lejos de todos los tazones mágicos.

Abdellah El Hassouni
Rabat, 2 de marzo de 2016
Basado en motivos de relato “Hotel Almagro” de Ricardo Piglia
    

jueves, 3 de marzo de 2016

“LA DESCONOCIDA” de ANASTASIO GARCÍA



El café estaba frío. No quise molestar al camarero para que me lo calentara. Era un joven que no tendría más de dieciocho años y que parecía un poco despistado. En la cafetería no había mucha gente. Excepto una madre con su hija, todos éramos clientes solitarios. Un joven ejecutivo que no paraba de mirar el teléfono y que seguramente estaba esperando una llamada importante, un señor de unos setenta años leía el periódico plácidamente ajeno a todo lo que le rodeaba, una chica morena que estaba sentada en una mesa de espaldas a mí, dos o tres personas más y yo.
Acababa de empezar mi segundo nuevo trabajo. Hacía poco que me había instalado en la ciudad y no podía decir que las cosas me iban mal. Tenía trabajo o, más bien dicho, trabajos bastante sacrificados que me permitían poder vivir, pagar el alquiler y ayudar a Julia. Fue ella la que me animó a salir del pueblo y buscar nuevas oportunidades. «En la ciudad –me decía– encontrarás a gente que te ayudará, tendrás más facilidad para publicar tu libro», así que un día hice la maleta y me vine. Lo único que siento es haberla dejado sola, sin nadie que la cuide. Jamás podré agradecerle todo lo que ha hecho por mí. Jamás. Espero que pronto consiga la plaza en la residencia para que esté y se sienta bien cuidada.
Por las mañanas, trabajaba en un bar, el bar Tino, y por las tardes en un pub. Dos trabajos diferentes pero iguales. Dos maneras de ver y encarar la vida, aunque con un único objetivo, servir a los clientes. El poco tiempo que me quedaba lo dedicaba a terminar mi libro y a buscar contactos. Esperaba publicarlo algún día para, así, poder compartir con los demás tantos años de esfuerzo y dedicación. También hablaba con Julia una o dos veces a la semana, pero sobre todo en mi día libre. La llamaba para animarla y darle fuerzas; aunque, sinceramente, en realidad la llamaba para que ella me inyectara la energía y la vitalidad de la que yo, en ese momento, carecía.
El bar Tino estaba en un barrio humilde de la ciudad. Un barrio de gente honrada y trabajadora, frase que repetían cada mañana al menos dos o tres clientes. Se abría todos los días a las siete de la mañana y, como fui el último en incorporarme, me tocaba siempre levantarme antes de las seis para ducharme, desayunar y salir corriendo a coger el tranvía. Por las noches, entraba a las ocho. El tiempo de colocar y preparar todo antes de que llegaran los primeros clientes, posiblemente los hijos de los que se tomaban el café con la copa de anís o coñac por las mañanas, antes de ir a trabajar. Siempre he admirado a este tipo de personas, trabajadores impertérritos que luchan por sacar adelante a su familia, que saben del sacrificio y la dedicación. Desde que comencé en el pub, he sentido una sensación un tanto extraña, una impresión de lo dispar que es la vida. Empezaba y terminaba el día con gente de intereses y necesidades totalmente diferentes. Gentes que poco o nada tenían en común, excepto la basta sensación de darse un momento de placer.
Un día, hace ya tiempo, encontré en el bar, al retirar una mesa, un papel con un teléfono. Me llamó la atención ya que las cinco primeras cifras coincidían con las del mío. No le di mayor importancia, pues pensé que a algún cliente se le había caído o, simplemente, lo había tirado porque no lo necesitaba. Luego, me olvidé totalmente del asunto hasta que una noche, en el pub, volví a encontrar un papel con el mismo número de teléfono. ¿Casualidad? Entonces ya no lo creí y un pensamiento me empezó a rondar por la cabeza, llamar para ver quién respondía… Pero ¿y si alguien lo hacía? ¿Qué iba a decir? Lo estuve meditando durante algún tiempo, pero al final deseché la idea. Me dije que podía ser el teléfono de un médico, de un taxista o de alguna empresa de servicios, pues me parecía bastante extraño que fuera de un mismo cliente que frecuentara los dos locales. Así que me olvidé del tema.
Una noche, estando en el pub, vi a una mujer joven que parecía difuminada entre las luces y la gente. Tenía el pelo lacio y oscuro. Moreno, recordé luego. Estaba parada, inmóvil, cerca de un rincón y me miraba fijamente. Parecía una estatua, absorta y embebida por la muchedumbre que llenaba el local. Tenía unos ojos fuertes, intensos y parecían dos profundidades dispuestas a atrapar todo aquello que se cruzara en su camino. Esa sensación la experimenté en primera persona, pues me dio un vuelco el corazón cuando nuestras miradas se cruzaron y una descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo. Su cara no me era familiar, pero había algo en ella que sí lo era. Luego, empezó a andar, abriéndose paso entre la gente, esbozando una sonrisa y dirigiéndose hacia mí. En ese instante, un cliente me llamó y volví la cabeza. Cuando me di la vuelta, la mujer había desaparecido. Me quedé tan impresionado o, quizás, tan atrapado en sus ojos, que no me la pude quitar de la cabeza en toda la noche.
Más tarde, ya en casa, recordé que no era la primera vez que nuestras miradas coincidían. La había visto en el bar varias veces, aunque nunca había hablado con ella. Se sentaba en una mesa del fondo, a espaldas de los clientes y mi compañero le servía un café con leche bien caliente. Ella, mientras esperaba a que el café se enfriara, se dedicaba a garabatear las servilletas, o eso era lo que a mí me parecía. De vez en cuando, giraba la cabeza y me miraba fijamente mientras me sonreía. Reconocí esa misma sonrisa en el pub. Me la había encontrado tres o cuatro veces en los últimos quince días. Nunca la veía entrar ni salir, era como un fantasma que aparecía y desaparecía a su antojo. Al recordarla, me invadió una sensación de zozobra y desasosiego. Estaba intrigado y quería saber quién era esa desconocida que parecía buscarme y luego desaparecía. Me llegué a preguntar si realmente existía, si era fruto de mi imaginación o del cansancio que llevaba acumulado y que me hacía confundir a la gente. Sin embargo, la angustia se adueñaba cada vez más de mi cuerpo. Quería saber, necesitaba saber.
De repente, me desperté y abrí los ojos lentamente. Me encontraba un poco aturdido y desorientado. Notaba una presión en el pecho, un vacío que casi me impedía respirar. Tardé un instante en reaccionar y en darme cuenta de que todo había sido un sueño. También me di cuenta de que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía no había conseguido olvidarla. Recordé el número de teléfono y también que era mi día libre. Una idea se empezó a forjar en mi mente. ¿Y si lo intentaba?

Anastasio García
Rabat, febrero-marzo del 2016
Actividad basada en un motivo de “Hotel Almagro” de Ricardo Piglia.

miércoles, 2 de marzo de 2016

«DESTINO “AEROPUERTO”» de CLARA URBANO



Cuando entré a formar parte de la Cooperativa Metropolitana de Taxi, no pensé que me embarcaría en una aventura en el más puro estilo detectivesco, con fugitivo incluido. Los despertares adormecidos, el líquido aromático y estimulante de todos los días y el menú de Casa Antonio eran toda mi vida, hasta que cayó en mis manos aquel maletín que me descolocó. Yo estaba, como de costumbre, disfrutando de un pincho de tortilla en compañía de Gonzalo, un treintañero hipotecado hasta las cejas a quien la crisis había arrastrado a transformar su medio de transporte particular en público. Otro pobre desgraciado del gremio.
Todo sucedió después del último servicio de aquella noche. No suelo fijarme en los clientes que suben al taxi, pero aquella vez... Sus ojos brillaban como fósforo en la oscuridad y su voz quedó grabada en mis oídos como una suave melodía. La llevé al aeropuerto y esa fue la primera vez que la vi. Después regresé a casa, abrí el maletero y, entre mis cosas, encontré un pequeño maletín marrón, de piel, de los que utilizan los ejecutivos para sus continuos viajes. La curiosidad me ha perseguido toda mi vida. Así que lo abrí ansioso y escudriñé cada rincón y, allí, escondidas de las miradas ajenas, estaban como dormidas. Eran tres cartas escritas por una mujer que se hacía llamar Zoe. Enseguida pensé en aquella espectacular dama del aeropuerto.
La letra recorría la página, engordando o empequeñeciendo el espacio. Parecía que las había escrito después de ingerir o inyectarse alguna droga. El mundo de la perdición llama a todas las puertas y muchas veces entra sin avisar. El contenido de las mismas me cortó la respiración. La narradora femenina decía que estaba cansada de la vida, que no soportaba el dolor, y que las heridas eran demasiado profundas para sanar. Insistía en que, después de lo sucedido, no podía volver a Olivella ni enfrentarse a las miradas de odio de las mujeres y de deseo de los hombres. «¿Qué hacía una hembra como aquella en un pueblucho de viejos amargados y resentidos?». En la última carta amenazaba con arrasar con todo. TODO. Me entró el pánico. «La jodida busca venganza», pensé enseguida. Y dejaba claro que volvería al hospital acompañada de unos cuantos para no abandonarlo jamás. La muy cabrona había decidido convertirse en víctima y en verdugo y llevarse las vidas de aquellos infelices. «Ni de una dulce mirada ya uno puede fiarse», me dije rascándome la barbilla. Y yo, que nada pintaba en aquel desaguisado, estaba al corriente de aquella matanza. «Ni en sueños me veré entre dos fuegos», pensé en ese instante.
La gente no suele almacenar el rencor tanto tiempo en el corazón; a no ser que los males que padezcan sean irreversibles, es decir, terminales. Además, había cogido un avión y seguramente esa pobre trastornada, la tal Zoe, estaría disfrutando de los placeres mundanos de la vida en una playa exótica del Caribe. Así que me olvidé del asunto y me centré en mis recorridos nocturnos, en mis clientes ebrios o somnolientos, y en mis escapadas a Casa Marie entre servicio y servicio; pero, sobre todo, en gozar al máximo de los momentos de soledad que me brindaba mi oficina de cuatro ruedas, recorriendo las calles de mi amada al son de I Love Rock ‘n’ Roll de Joan Jett. 
Sin embargo, no pude olvidarme de Zoe y de aquellas cartas escritas con trazos desiguales, tortuosos, atropellados… Líneas que presagiaban un triste final. No iban dirigidas a nadie en particular. Parecían vomiteras repentinas para calmar el dolor del alma, o del corazón, quién sabe. Tal vez huía de una vida que otros habían diseñado a su medida, y a su conveniencia, pero que a ella no le interesaba. Todo se resumía en un “maldito” lugar llamado Olivella.
Reconozco que la curiosidad me venció y al día siguiente tomé la decisión de viajar hasta ese pueblo “maldito”. Al principio,  a todos nos entra cagalera cuando creemos que nuestras carnes peligran, pero luego se nos pasa y nos lanzamos al vacío sin medir las consecuencias. Y todo para demostrar que somos el mejor gallito del corral. Nunca había estado allí y me moría de ganas por conocer Olivella, mejor dicho, por ser testigo presencial de un hecho delictivo. La salsa que necesitaba en mi vida. Y creo que lo deseé tanto, durante tanto tiempo, que aquel plan se malogró en el mismo instante en que lo convertí en propósito. Esa mañana, mientras hacía la maleta, sucedió algo inesperado. Yo estaba rebuscando en el maletero de mi coche una camisa lisa y negra con el rostro de Elvis en el lado del corazón. Como no la hallaba, pensé, incluso, que la había olvidado en la lavandería; pero como la paciencia nunca me ha acompañado a ningún lugar en los que he estado, agarré con los brazos todo lo que había llevado a la lavandería y lo volqué en el suelo del garaje. Fue, entonces, cuando lo vi. Otro maletín de piel, en este caso negro y de esos que cuestan un riñón. Supuse que pertenecía a uno de mis clientes de esa noche, al de apariencia más ricachona. Lo recogí en la avenida Diagonal y su belleza irritó mis ojos. Lo llevé también hasta el aeropuerto. Dos fugitivos guaperas y olvidadizos en mi taxi huyendo a medianoche. «Vaya mierda de delincuentes», pensé al instante. Pero enseguida me convencí de que me había topado de lleno con un asunto turbio.
Claro como la leche. Se trataba de una banda organizada que pretendía deshacerse de todos los taxistas de la ciudad en la oficina de Objetos Perdidos y, entonces, harían estallar la bomba… y la carnicería sería la nuestra… Pero ¿qué culpa tenemos los taxistas de los problemas de este puto país? Me empezaron a temblar las piernas y las ideas. Sabía que no debía abrirlo, que hacerlo era violar la intimidad de otra persona, pero mi olfato detectivesco me pudo. No hacerlo significaba, también, olvidarme de su existencia, y de mi vida. La única que tenía. No pude evitarlo. Lo abrí. Y me entró la risa. También había una carta. Pensé, entonces, que se trataba de la jodida “Cámara Oculta” que algunas cadenas se empeñan en grabar sabiendo el morbo que le produce a la gente. Me cagué en todo y en mi cabeza aparecieron los nombres de mis dos colegas con los que me corría las mejores juergas. «Cuando los pille, los mato», me dije mientras mis ojos recorrían todas las esquinas de la calle. Nada de nada. Ni una puñetera cámara. Me rasqué la coronilla.
No podía con la incertidumbre. Estampé mi mano en la carta y la abrí intentando no romperla, pero mis dedos estaban torpes y acabé destrozando el sobre. Me fijé, entonces, en que iba dirigida a Zoe y que el remitente era un tal Santiago Montenegro. Aquello no podía ser casualidad. Apenas podía atemperar los nervios, la leí como un niño ansioso que disfrutaba de su regalo. En la carta, el joven expresaba su amor incondicional hacia ella y sus deseos de morir si lo separaban de ella. Había escrita una frase que indicaba la próxima cita: Aeropuerto del Prat. Ni putas, ni delincuentes, ni terroristas. Dos desgraciados del amor que el caprichoso destino había cruzado en mi camino para que yo ejerciese de “celestino”. Lo que me faltaba. Así que me olvidé del viaje a Olivella, ya le había visto las orejas al lobo en muchas ocasiones, y no me convenía tentar a la suerte, y me encaminé hacia el aeropuerto con el fin de olvidarme para siempre de los dos maletines, pero sobre todo de las dichosas cartas.
Cuando llegué, busqué la Oficina de Equipajes Perdidos. Me hicieron rellenar una hojita y estuve a punto de perder la paciencia. Me contuvo la mirada inquisitiva de uno de los policías. Cuando vemos a un madero a todos se nos afloja la bragueta. Al salir de la oficina me fui directo a una de las cafeterías del aeropuerto. Pedí una cerveza y un bocadillo ibérico. Tanta emoción me había abierto el apetito. Y como no encontraba el mechero me acerqué a una pareja de tortolitos y les pedí fuego. Menuda sorpresa me llevé. Eran ellos. Azafata y piloto con cara de póker. Sus miradas se clavaron en mis pupilas. Me presenté. No tardé en informarles sobre dónde se encontraban sus malditos maletines y ellos, muy agradecidos, me confesaron que habían perdido la esperanza de encontrarlos y que, incluso, habían llamado a la Cooperativa de Taxi para dar conmigo. Me contaron que estaban trabajando en una novela romántica y que pretendían sacar un dinero extra vendiendo “amor”. Se me puso cara de lelo. Y yo, durante horas, había estado desgranándome los sesos en busca de respuestas con el fin de convertirme en héroe nacional…
Desde ese día me prometí que antes de cerrar el maletero de mi oficina me aseguraría de que los clientes agarrasen todas sus cosas. Pero una mañana, cuando terminé el último servicio, me dirigí a la lavandería. Saqué mi bolsa de deporte del maletero y cuando la abrí… ¡No me lo podía creer. Treinta mil dólares americanos habían caído en mis manos como ángeles salvadores. Sabía a quién pertenecía: al irritante capullo que había recogido del aeropuerto y llevado al Hotel Ritz. Un indeseable que no lo necesitaba. «¿Quién, en su pleno juicio, lleva esa cantidad de dinero en una bolsa de deporte?». Jaque mate. Me fui a casa, hice la maleta, abrí otra cuenta en un banco e ingresé parte del dinero. El resto lo deposité en mi banco. De vuelta a casa hice una parada en una agencia de viajes y me compré un billete de avión. Dejé el taxi en el garaje y cogí mi coche. De camino al aeropuerto imaginé el resto de mis días recorriendo otras calles, otros bares y otras mujeres. ¿Destino? Desconocido.

Clara Urbano Lira

Rabat, 28 de febrero de 2016
Ejercicio basado en un motivo de “Hotel Almagro” de Ricardo Piglia.
 

«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"