TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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lunes, 23 de mayo de 2016

«SIN PRINCIPIO NI FINAL» de ALBENA VLAEVA

      No estoy segura de que todo fuera así, pero fue ella quien empezó a contarme la historia. Una historia como tantas otras, que no tiene un verdadero principio, ni un verdadero final. Igual que una ráfaga de la realidad reflejada por distintas miradas. Al menos eso me parece...
En los más antiguos recuerdos sigue vivaz la imagen de la calle que nos acogía acomodada a nuestra medida. No estaba bordeada por estrictas aceras, sino por complacientes jardines para alejar nuestros juegos de las casas, ocultas tras mucha vegetación y vallas de madera. Aunque era recta, no atraía a los coches. Gracias a que los intrusos vehículos eran escasos, nosotros éramos los verdaderos dueños de toda la calle desde su principio allí, en la estática cuadratura de la pequeña plaza, hasta las vías del tranvía que anunciaban su fin. Se recorría en un par de pedaleos, pero por muy pequeña que fuera, nos concedía todo el espacio necesario para reunir alegrías, medir imaginaciones, intercambiar secretos o para vencer nuestras tristezas en nuestros juegos diarios. Más cómplice era la calle en las largas tardes de verano, porque nos aseguraba todo el tiempo del mundo y suficiente discreción para ensayar las primeras travesuras y exhibir nuestras aptitudes. Tenía un encanto especial en el instante en que caían los rayos violetas, poco antes de que tuviéramos que volver a casa. A nuestro alrededor, la oscuridad difuminaba poco a poco toda existencia, dejándonos aislados en un mundo muy importante, disimulado para los adultos por la penumbra que creaban unas pocas farolas y, si teníamos suerte, las enormes estrellas.
Para dar nuestra dirección, habíamos aprendido el nombre de la calle, un nombre demasiado formal, demasiado largo, compuesto de los impronunciables nombre y apellido de un general ruso. Sonaba grave y ajeno. Cosas incomprensibles de adultos. Tampoco los impersonales números de nuestras casas se conformaban con sus identidades. A mi casa, por ejemplo, le tocaba el número 4 porque estaba cerca de la plaza donde empezaba la calle, me habían explicado. Un número soso, que no tenía nada que ver con el aspecto de una casa que escondía mil y un secretos. Una rápida ojeada a la calle permitía constatar que, tras el nogal de la derecha y el avellano de la izquierda, allí quedaba un tanto retirada una casa pequeñita, no muy común, de ascéticos ladrillos rojos y de tres plantas muy distintas entre sí. La primera planta no tenía ventanas que dieran a la calle, sino una especie de bulto enorme de madera que, en realidad, era un pequeñito cuarto, seguramente de construcción posterior. Era un escondite ideal durante los juegos, pero la cadena del pequeño portillo, siempre cerrada, impedía cualquier intento de traspaso. A veces, mirando a través de los agujeros de las junturas colocadas entre las planchas de las paredes, veíamos los ángulos de cajas metálicas llenas de tesoros o, bien, algo semejante al baúl de mi abuela, donde se protegían manteles, ropas y jerséis que habían sobrevivido tras muchas modas, un fragmento de un marco vacío, unos cuantos libros sobre una pila de cartones... La  segunda planta, la de mis padres, se presentaba con dos ventanas de dos hojas cada una, que miraban hacia la calle y le proporcionaban un aspecto de casa dibujada por un niño. La más atractiva era la tercera planta, protegida por un enorme techo de cuatro aguas cubierto de tejas carmín, que se alzaba hasta el cielo. Enfrente de la calle, las tejas cedían su lugar a dos grandes tragaluces. Como en las ilustraciones de mis cuentos.
En la planta baja vivía una señora mayor. Su piso tenía pocas y pequeñas ventanas y todas ellas estaban situadas en el lado opuesto de la calle, allí dónde desembocaba la escalera de la segunda y la tercera planta. Así, el camino de entrada y de salida quedaba custodiado por su mirada. Al verme pasar, aquella señora no perdía la ocasión de abrir la ventana y de regañarme por hacer ruido, por no saludarla, por mirarla de mala manera, por todo o por nada...Quería castigarme amenazándome con que iba a contar todas mis travesuras, de las que sabía más que yo, a mi maestra, y es que a ella le gustaba vengarse por no tener amigos. Yo no era la única responsable de todo lo malo que le pasaba, así que mis amigos también la evitaban… Y como nunca había sido joven, no podía saber que sus reprimendas no servirían para nada. ¡Pobres aquellos gatos que vivían a su lado y la soportaban! No entendíamos por qué una señora de pequeña estatura, siempre envuelta en ropa oscura sin color alguno, de escaso pelo, gris, con un rostro que lucía un blanco fantasma, tenía nombre de reina: Victoria. Ese no era su verdadero nombre; eso estaba claro. Seguro que lo había robado. A mí no me iba a robar la calma, porque ella no era nada más que un diseño inofensivo de una mala reina que se había escapado de un libro, pero pronto se vería obligada a regresar, porque la encontraría la verdadera y buena reina Victoria para recuperar su nombre y para encerrarla para siempre en el cuento. Pero yo no se lo diría a nadie, porque los adultos no podrían comprenderlo.
A veces, yo coincidía en la escalera con el joven señor alto y esbelto del ático. Nos dirigíamos un vago saludo. Nunca más palabras de las necesarias. Se llamaba Lilo. Un nombre coloreado de lila. Como el de las flores de los arbustos cultivados por los vecinos que tanto adornaban sus jardines. Alguien dijo que era pintor. Y de verdad lo parecía: con su pelo largo, moreno, recogido por detrás; la barba un poco descuidada; los vaqueros de siempre; un aura aromática de cigarrillo y, sobre todo, una mirada un tanto ausente ocupada en algo suyo, quizás imaginando los colores de los pensamientos. En el ático, con aquellos tragaluces de encanto, no era posible que viviera alguien que no se dedicara al arte. Cuando yo regresaba a casa a oscuras, veía la luz que resplandecía desde los tragaluces y fantaseaba con ver los cuadros que aquel pintor debía pintar. A mí también me encantaba dibujar, pero me daba vergüenza mostrar mis "cuadros". Me habría encantado que un verdadero pintor me enseñara a dibujar bien. Un día se lo pediría, eso seguro.
Así de sencillo era el mundo. Después vino la prisa por descubrir lo de afuera: la primera escuela, seguida de la otra más grande y más sabia y, después, de mucho más. Amigos, enemigos, gente. Las vacaciones y los recreos poco a poco se iban haciendo esporádicos. Nuestros ratos violáceos habían desaparecido. Por las tardes, no se oían las voces de los niños que jugaban, ni fluctuaba ninguna pandilla de bicis por nuestra calle, que se había convertido en aparcamiento de cochazos. Conservaba el mismo nombre, pero era diferente. En algunos años, muchos jardines habían sido invadidos por pretenciosos edificios de superior altura que la que merecía la calle. Las viviendas de nuestro bonito barrio iban convirtiéndose en cursis. La casa donde yo vivía era de las últimas auténticas que sobrevivían entre aquellos gigantes, aunque fuera muy pequeñita y pareciera asombrada. Desde que el señor Lilo había desaparecido, se habían apagado sus tragaluces. La tercera planta estaba tristemente vacía, sin pinceles, ni pinturas que sin duda habrían creado un mundo maravilloso, aunque imaginario. Entre susurros, corría el rumor que el hombre había emigrado ilegalmente, muy lejos, incluso se mencionaba el Canadá, para evitar una existencia planificada por alguien ajeno y una carrera impuesta desde arriba. Quería disponer él mismo de su propia vida, de su juventud y de su talento. Se suponía, tras puertas cerradas, que habría buscado un porvenir lejos de la caligrafía de los lemas demagógicos del partido y de las imágenes de anuncios para un futuro pintado con falso optimismo. Pero nada de lo que se imaginaba era seguro. La señora Victoria tampoco contaba nada de esta traición. La misma señora que, como lo habían experimentado los vecinos, siempre estaba al corriente de todos sucesos y que, al enterarse de ellos, enseguida hacía correr varios comentarios. Incluso se oyó decir, por entonces, que ella era la responsable de dar información a alguien de todo lo que iba sabiendo de la gente.
El nogal de la derecha y el avellano de la izquierda que había delante de la casa echaban en falta el cielo y perdían, poco a poco, sus melenas. Sus escasas hojas amarilleaban antes de caerse para siempre, hasta que un día de otoño alguien llegó y cortó de raíz aquellos dos esqueletos completamente desnudos. Iban a servir por última vez a la señora Victoria, ya que durante el frío invierno que se aproximaba, sin una calefacción central como la de los nuevos bloques, ella tendría que encender la chimenea cada día. Aquellos últimos años la habían envejecido y, por lo muy débil que estaba ya entonces, no tenía fuerzas para regañar a nadie. Tampoco para recoger la leña y llevarla hasta el cobertizo. Nos pidió entonces que la ayudáramos una vez ¡por favor!, lo cual suponía que por fin entraríamos allí. Hacía una eternidad que nadie le había quitado la cadena. Tras algunos intentos, por fin se produjo un sonido estridente. Ya estábamos dentro. La luz del día entraba con dificultad a través de las telarañas que cubrían los objetos. Para liberar espacio, tuvimos que desplazar unas cajas metálicas que, antaño, habían sido cubiertas de diseños y aparentemente habían contenido lápices de colores de una marca de calidad: «Karandash». Estaban deformadas por la humedad y el tiempo. Bastó con tocarlas para que cayeran salpicando el suelo de un pasado hasta entonces inexistente: diseños de colores ya algo asombradizos, hechos por una mano insegura; algunas fotos de color sepia que mostraban una familia con una niña preciosa, sonriente, siempre vestida de blanco; un montón de cartas atadas con una fina cuerda y envueltas de un tejido deshecho en las esquinas que seguramente antes había sido blanco. Por las palabras escritas en el reverso de algunas fotos, comprendimos que la niña se llamaba Victoria y que, a la sazón, debería de tener más o menos la misma edad que mi vecina.
Nunca he sabido qué le pasó a aquella niña vestida de blanco que había hecho unos dibujos tan parecidos a los míos. No quería preguntárselo a la señora Victoria, ella no me lo diría, porque la había olvidado tras encerrarla entre telarañas.

Albena Vlaeva.
Rabat, mayo de 2016.
Actividad inspirada en un ejercicio de clase basado en el cuento «No es nada» de Carlos Castán.

lunes, 16 de mayo de 2016

«LÍA» DE MARIBEL ANDRADE

¡Qué calor! 39º fuera! Espero que el apartamento sea fresco. Seguramente, salvo ola de calor… Pero con la suerte que tengo... Pondré, la radio, si no me dormiré en cualquier momento ¡Qué modorra!… Bisbal, Shakira, a ver si me sorprende alguna emisora… Mira que lo dudo… ¡Vaya rollo! A ver qué hay por ahí… Otra… de chunda chunda. Cuando pare a tomar el café, en la próxima área de servicio que encuentre… paro para el cafetito y enchufo la llave, que ni me acuerdo de lo que llevo en ella, pero seguro que mejor música que esta... Ah, y enchufarle aire a las ruedas…

Estaba rico el cafetito. No está mal esta área de servicio… ¡Vaya! Sabina el primero… No me mata…No está mal pero no me apetece… Estas me las pasó Elena, claro. Ella es una enamorada del Sabina. Le encanta… A mí, depende del momento, la verdad… Pero, para ahora, precisamente no. Bueno, a ver las siguientes… Es lo que tengo para estos días de vaca… Líame, tararararara
                                                                                                                              
¡Ah! Esto es otra cosa.

Lía entre tus labios y los míos…
Esta la bailaba con Christophe. … Los suyos si que eran apetecibles. ¡Madre, cómo estaba el Christophe! Carnositos los tenía. Era un placer verlo reír, con aquellos dos paletos un pelín rotos en la unión, que me volvían loca… Que le daba vergüenza tenerlos rotos, decía él…. Yo creo que le hacían atractivo, no… lo siguiente...En los coches de choque se los había roto, a los 10 años, y decía que nunca había vuelto a montar en ellos… ¡Pobre!

Lía con tu pelo…
Le encantaba tocar y oler mi pelo, y eso que yo fumaba por aquel entonces y le decía que seguro que me olía a tabaco, y él, apretada como me tenía, pasaba su nariz y su labios sensualmente olisqueando y besándolo… Cariñoso era un rato…y sensual…más… A mí también me gustaba el suyo…ese color avellana, con distintos tonos, ni largo ni corto…

Lía entre tus labios a los míos respirando en el vacío aprenderé
…y me besaba… y yo lo besaba una y otra vez… Es la ventaja de ser iguales, bueno casi… Él andaba por el uno ochenta…ochenta máximo y no creo que me sacara más de diez centímetros… y con mis tacones…

Que te quiero mucho y sin ton ni son
canturreaba él con su precioso acento francés. Era del sur…no recuerdo de dónde. Decía que el español lo había aprendido en San Sebastián…que había trabajado algunos veranos de camarero durante la carrera… Trabajador y espabilado sí que era… En clase lo preguntaba todo…y buena gente… Siempre daba información a los compis. Se curraba los trabajos y no le importaba prestarlos a sabiendas de que se los iban a copietear… ¡Menuda es la gente!  Bueno...sí que era bueno, y estarlo, si que lo estaba…. ¡Yo también te quería, Crhristophe!

Lía con tu pelo, 
Un edredón de terciopelo, 

Que me pueda guarecer,
Me sentía bien cuando él me liaba con sus brazos… Protegida, querida, deseada... me sentía… No todo el mundo sabe abrazar. Él sí. Te abrazaba y te derretías. Te olvidabas de todo. Estaba como un queso! ¡Madre mía¡ Qué pena no habernos enrollado antes, al comienzo! En eso me gustó. No iba buscando para nada tener un rollo… Eso que era verano, país extranjero, curso con muchas niñas monas… Yo tampoco buscaba nada, la verdad… Fue en aquella excursión que organizó la Uni, se sentó a mi lado, y nos descubrimos ese día… Me pregunté muchas veces por qué no había reparado en él antes, cuando le conocí, o a los pocos días… No sé… quizás no habíamos estado nunca tan cerca y no me había fijado en… sus pequeños ojos dorados e intensos, vivos, sonrientes… traviesotes; ni había sentido su olor… No se perfumaba, pero olía maravillosamente… Era su jabón de ducha…

Y entre día y día,
lía con tus brazos, un nudo de dos lazos
que me ate a tu pecho…
Los días fueron intensos… Nos los bebimos como dos sedientos. ¡Ya no nos separamos…! Pero, estaba claro desde el principio que aquello duraría lo que quedaba del postgrado, tres semanas… Había demasiados kilómetros por medio. Y la despedida llegó y el lazo que nos unía tenía un nudo difícil de deshacer… Aunque ambos sabíamos que aquello tenía un fin. Y aunque nos preparamos para él… el corazón se nos partió… Y el mío gritó durante mucho tiempo… ¡Putos clines! ¿Dónde andarán? Nunca los encuentra una, cuando los necesita.

Y entre día y día…
El dolor pasó con la suma de los días, y de los años… Pero aquellos dulces recuerdos se guardaron en esta caja que se abre siempre al son de esta canción…

Maribel Andrade
Rabat, abril de 2016
Actividad «Incrustar letra de canción en un cuento con doble acción temporal», inspirada en la técnica narrativa de los capítulos 12 y 13 de La voz dormida de Dulce Chacón.
En este cuento se citan en negrita versos de la canción "Lía" de Ana Belén.

domingo, 15 de mayo de 2016

«EL ENIGMÁTICO DESTINO DE NUESTROS VECINOS» de MARÍA EL KANASSI

Para mí, la calle Al Mohit era la continuidad de nuestro jardín porque podíamos ir en bicicleta por ella cuando todas las maravillas que nos ofrecía aquella casa dejaban de atizar nuestra curiosidad de niños insaciables e inagotables. Era una calle tranquila que serpenteaba con ligereza entre los chalés ocultos tras sus muros infinitos, únicos artificios que la delimitaban por cada lado. Era una presencia inmutable en aquel espectáculo desértico de nuestra ciudad, puerta del desierto, cuyo verdor se mantenía por una excesiva irrigación que forzaba la naturaleza a producir manchas verdes en un cuadro amarillo quemado por un sol permanente. Durante los largos días del verano, ese espacio común se parecía a una calle de las películas del oeste, ahogada por el peso del silencio, tumbada por la ausencia de la vida y abrazada por el calor insoportable de aquella estación que cambiaba nuestra vida de diurna a nocturna. Al anochecer, la vida se reanudaba, finalmente la calle salía de su torpeza y nos acogía en su seno, iluminada por las farolas altas que rechazaban el velo oscuro tendido por la noche. Tras salir de nuestra madriguera, todos nos encontrábamos para compartir juegos y esparcirnos sobre su superficie sinuosa buscando un poco de frescura. Así era nuestra calle, donde lo bueno y lo malo se unían para encender la llama de una vida rica de experiencias.
En todas las casas había árboles frutales que nos ofrecían frutos suculentos bien maduros por el calor beneficioso del sol. Sin embargo, en la casa de nuestros vecinos de la izquierda, todo era diferente: la belleza tenía tanta importancia como la productividad. Cada vez que su puerta se abría para dejar pasar un enormísimo coche, nos desvelaba un largo camino bordeado por flores de diferentes colores que finalizaba ante dos extensiones de césped de un intenso verde. Ambas acogían en su centro un gigantesco álamo cuyas hojas lo invadían en primavera y rozaban un aire que se fue incrustando en mi memoria… Ese aire que, ahora, cada vez que oigo sea donde sea, me empuja a viajar por mis conmovedores recuerdos.
A veces, en ese decorado paradisíaco, surgía una criatura agradable cuya presencia nos hechizaba. Era la mujer del dueño, una extranjera que comparábamos a una flor de loto del desierto, pues su presencia en aquel lugar era muy especial. Tenía el cabello de un rubio casi transparente que la semejaba a un hada, además de una sonrisa luminosa que nos llenaba de felicidad cuando se dirigía a nosotros. A veces, yo escalaba el muro que separaba nuestras casas para espiarla. Cuando ella cruzaba los senderos estrechos de su jardín para cuidar de sus rosas, se desplazaba entre los arbustos como una mariposa, arrastrando tras ella los largos y estampados faldones de sus faldas semejantes a las de las hippies. Se arrodillaba con delicadeza y respeto frente a cada matorral como si fuera una divinidad. Con su podadera, eliminaba ramitas u hojas muertas y, algunas veces, cogía rosas para hacer un ramo que llevaba a su casa. Una vez, me sentí muy atraída por un sonido melodioso y agradable que provenía del fondo del jardín. Allí, había una pérgola invadida por una glicina cuyas flores parecían racimos de uvas. En esa escena de cuento, nuestra vecina se hallaba sentada sobre un banco de madera, obra maestra de ebanistería, con el pelo recubriendo sus hombros desnudos. Estaba tocando un violín con mucha gracia y mucha habilidad. Frente a ella había una silla de ruedas. A pesar de todos mis esfuerzos para descubrir quién estaba sentado en aquel artilugio, el gran intruso de aquel paisaje, no logré saberlo y solo pude avistar sus largas ruedas metálicas.
En aquella época, cuando salía de casa con mi hermana para ir al colegio, bordeábamos los muros para aprovechar la sombra de los árboles, cuyas ramas se extendían protegiéndonos de los ardientes rayos del sol. Un día, mientras pasábamos cerca del portón vecino, vimos que el portero de la casa lo había dejado abierto al barrer la entrada. La bella desconocida estaba cuidando de sus flores con sus guantes amarillos y su ancho sombrero. Al vernos, nos sonrió y nos hizo una señal con la mano para que la esperáramos. Se acercó, se inclinó con elegancia y nos besó delicadamente. Su sonrisa nunca la abandonaba. Nos preguntó nuestros nombres y nos ofreció una rosa a cada una. Aquella era la rosa más bella que había visto en toda mi vida. Después nos pidió por Dios que fuéramos el sábado a su casa para asistir a la fiesta de cumpleaños de su hija. Eso nos sorprendió y ella, al ver nuestros ojos asustados, me acarició el cabello hasta el extremo de mi larga trenza y nos dijo que no teníamos nada que temer, que «él» no asistiría a la fiesta. Había acompañado su frase con un guiño y una sonrisa cómplice, ya que al hablar de «él», era evidente que se refería a su marido. Ella sabía muy bien que nuestros padres nos habían prohibido acercarnos a su familia -por alguna razón que ignorábamos- y nos aseguró que iba a hablar con nuestra madre para que nos permitiera ir.
En realidad, para nosotros, reinaba un atrayente y espantoso misterio alrededor de los habitantes de aquella casa, sobre todo del dueño, al que veíamos solamente montado en su coche cuando entraba o salía. Nuestra curiosidad nos empujaba a mirar fijamente su automóvil cuando se deslizaba discretamente por la calle como un fantasma negro que acentuaba más aquel misterio. Nosotros, que teníamos entonces una imaginación tan bulliciosa, lo veíamos como un gánster de la mafia italiana, poderoso y despiadado. Temíamos en especial su mirada, oculta tras unas gafas de sol que nunca se quitaba. Sus trajes, siempre bien ajustados, le daban un aire muy elegante que contrastaba con lo que dejaba transparentar su rostro: indiferencia, rigor y casi crueldad. Lo imaginábamos castigando injustamente a personas o matando a otras con su arma que escondía probablemente bajo su chaqueta. Veíamos la imagen de un verdugo sin piedad dando órdenes con frases cortas y una dura voz acompañada de una penetrante mirada. Iba siempre en el asiento trasero mientras el chófer, tan misterioso como su jefe, acariciaba con seguridad el enorme volante que dominaba aquel espacio cerrado. Cada vez que lo veía entrar o salir, el portero lo saludaba totalmente paralizado: la mano rígida rozándole la frente, los ojos fijos mirando a lo lejos y las piernas rectas y muy juntas. Mantenía siempre esa postura hasta que el coche desaparecía en el interior del gran jardín o en la curva de la calle.
Ese pobre hombre, que cumplía aquel trabajo tan riguroso, nos recibió con mucha amabilidad cuando llegamos la tarde del sábado para participar en la fiesta. Nos presentamos con un regalo que nuestra madre había comprado esperando que estuviera a la altura de nuestros anfitriones. Yo me sentía como una princesa caminando por aquella estupenda entrada con mi vestido blanco, que llevaba solo en las fiestas, y con mi cabello suelto aireado por una ligera brisa que se colaba entre las ramas de los árboles y se cargaba de frescura antes de rozar nuestra piel húmeda. El sonido de la grava entrechocándose bajo nuestros pasos y el crujido de las hojas de los álamos nos acompañaban como un agradable vals. En el fondo del jardín, los criados habían puesto una gran mesa con muchos pasteles, galletas, dulces y bebidas. Todos estos platos estaban expuestos sobre un mantel semejante a un cuadro donde figuraban niños en diferentes escenas de la vida: algunos empujando un aro con la ayuda de una varilla, otros pescando en una charca, un grupo de niñas abrazando una camada de cachorros, montones de niños corriendo en el claro de un bosque, dos chicos de puntillas y estirándose para alcanzar un paquete de chocolate sobre una estantería. Todas eran escenas llenas de actividad y de felicidad. Estábamos como en un sueño, pero, a pesar de toda aquella abundancia, la soledad rodeaba el orgulloso y decepcionado banquete por la falta de convidados.
De repente, de la casa surgió nuestra vecina empujando una silla de ruedas en la que se acurrucaba una niña que tenía casi nuestra edad. Avanzaba hacia nosotras con su palidez habitual y su sonrisa radiante que no lograba borrar el susto de los ojos infantiles que temían nuestra mirada y nuestra reacción. Nos acercamos, la saludamos y le dimos el regalo, que era más grande que nosotras. Al verlo, el espanto desapareció de sus ojos y se iluminaron de alegría. Era una muñeca muy grande, tan rubia como su madre y llevaba un vestido colorado. En este momento, los empleados aparecieron cantando y con un gran pastel de cumpleaños para celebrar el nacimiento de su joven dueña. Resultaba evidente que aquellos eran los únicos invitados que iban a compartir con nosotros todo lo que nos ofrecía aquella mesa generosa. Pero, mientras disfrutábamos de la fiesta, entró un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros. Avanzaron por el camino hacia nosotros como una amenazante ola negra a la par que iban envolviendo el lugar de miedo. La bella extranjera nos tranquilizó con caricias y suaves palabras, después se acercó al que parecía el cabecilla y le explicó que era el cumpleaños de su hija y que no tenían que asustarnos. El «capitán», tal como ella lo había llamado, le presentó una carta y le dijo que tenían que sacarlas a ella y a su hija de allí. Ella, con manos temblorosas y lágrimas contenidas, abrió la carta y la leyó… Luego, bajó los brazos y dejó caer la hoja, marcada indefinidamente por palabras escritas con tinta negra y una caligrafía muy bonita, y que acabó pisoteada como una vulgar víctima en el frenesí que reinó en los minutos siguientes. Destrozada, la bella extranjera se despidió y empujó enérgicamente la silla de ruedas, desde la cual se alzaba la voz vibrante de la niña intentando comprender lo que pasaba. Los perplejos criados se despejaron rápidamente la mesa y regresaron a la casa. El portero nos acompañó, abatido, hasta el pórtico, que se cerró pesadamente tras nuestra salida… Como en un libro de cuentos. Mi hermana y yo nos alejamos decepcionadas, mientras yo apretaba la carta arrugada con toda la firmeza de mi puño cerrado.

María El Kannassi.
Rabat, mayo de 2016.
Actividad inspirada en un ejercicio de clase basado en el cuento «No es nada» de Carlos Castán.

martes, 10 de mayo de 2016

«EL ECLIPSE» de FATIMA EZZEHAR


De repente, salió casi volando. La puerta entreabierta permitía visitar el lugar frío y oscuro en pleno día. Desde el cuarto de baño, se veían por el pasillo huellas de pasos desordenadas, aparentemente, de chancletas mojadas. Las ventanas abiertas de par en par. Un ligero viento jugaba con las cortinas blancas. Sin brizna de luz, sin calor, como si la fuerza del sol, en un instante, quedara absorbida.
Del fondo del apartamento, se oía una voz baja. No había nadie allí. Salvo la televisión encendida que informaba al aire: «Hoy, en pleno día, un eclipse solar hunde en la penumbra ciertas partes del mundo…».
Casi toda la  gente estaba fuera de casa, en distintos destinos, asombrada y excitada por el acontecimiento. De lejos, se alzaban silbidos y ruidos inusuales como zumbidos de insectos en el cielo.
Clemencia, una mujer mayor de más o menos cuarenta y dos años. Muy débil, abatida, arrastrando los pies. A tientas, desde la acera, se acercó a un muro de la calle de la libertad, buscando apoyo. El enfado de unos meses turbios habían reducido su tamaño hasta convertirla en un cuerpo encogido… ¡Aquel tamaño, que era el de una mujer alta, delgada, de aspecto respetable y culta…! Pero ¡qué pena! Esos días ya no eran como aquellos días. La partida voluntaria de Adamo, su marido, médico, a una zona bélica del mundo la había dejado triste. La penosa despedida  y la larga separación, la sometieron en la más profunda desolación. Ocho meses de ausencia sin mensajes, sin cartas, sin noticias, sin foto ninguna, ni siquiera borrosa; dejando atrás un corazón herido que los ojos no podían ocultar. Intentó esconder sus ojos llorosos con las gafas negras que  se le caían hasta las mejillas. No obstante, su aspecto era muy expresivo. El cuerpo tiene su propio lenguaje. Estaba desconectada del mundo. No se daba cuenta de lo que la rodeaba, como si no formara parte de ese universo. No sentía la penumbra temporal, puesto que se alojaba en su interior. No le importaba aquel increíble eclipse, puesto que ella misma era una obra singular. Tiempo igual a tiempo: oscuridad, tinieblas, testigos, susurros… Pero para ella, su tiempo era indefinido, carecía de aro luminoso. Siguió caminando a lo largo del muro hasta el primer bar de la esquina de la calle Libertad con Victoria. Entró como un pájaro herido, suspendido en una rama, buscando cualquier abrigo. Clemencia se sentó a una mesa, en un rincón, aislada. Y con un débil gesto, se quitó las gafas y desnudó sus ojos cansados; sus cejas estaban pegadas y mojadas por las lágrimas. Sentada, encorvada, la cabeza baja, las piernas cruzadas… Agotada, trepó por sus recuerdos como por los vestigios de un castillo arruinado. Murmurando, como si rezara en la intimidad para él, para su amor, para Adamo. Su corazón era su único templo. Sin ninguna atención, se dejaba llevar, proyectando su rostro deshecho, arrugado, ofendido por el dolor de la añoranza. Ni los somníferos ni el alcohol, podían aliviar su pena. Una devoción de veinte años. Una vida, sin previsión, asolada. A pesar de ella, seguía llevando sus cicatrices con orgullo, aún a sabiendas de que había perdido a quien había sido. Parecía una vigorosa ola, fuerte, alta; pero su blandura la había doblado y, al final, había caído sobre las rocas porosas y escarpadas. Un ruido no cualquiera. Una palabra no cualquiera. Una voz prodigiosa, timbrada, como una fuente, emergió de las sombras, desde el fondo del comedor, y se propagó por el espacio del bar. Una cantante, impresionante por su pose, sus gestos, por su voz cantarina y emocional, hizo que el público viajara entre la dulzura y la gravedad de la canción interpretada: «Que c’est triste l’amour» de Nana Mouskouri:

Que c’est triste l’amour quand on aime,         Qué triste es el amor cuando  amamos,
Quand on aime et que l’autre s’en va,            cuando amamos y el otro se va,
Sont longues les nuits que reviennent             son muy largas las noches que vienen,
Qui reviennent quand tu n’es plus là,             que vienen cuando tú ya no estás.
Tu m’as fait des milliers de promesses,          Me hiciste miles de promesas,
Et j’aurais des milliers de chagrins,               y hoy solo tengo miles de penas,
Oubliées les soirées de tendresse,                  olvidadas aquellas veladas de ternura,
Envolés les plaisirs du matin,                        volaron los placeres de la mañana.
Que c’est triste l’amour quand on aime,        Qué triste el amor cuando amamos,
Quand on aime y que l’autre s’en va.             cuando amamos y el otro se va.

La intensidad de las palabras conmovedoras junto al sonido modulado del piano, ahogaron el llanto comprimido de Clemencia en su fondo arañado, dejando escapar apenas algunos sollozos roncos que acabaron derivando en lágrimas silenciosas que surcaban sus mejillas como rayas negras. Ante su dolor, se derrumbó la paciencia. No pudo aguantar más. Se secó la cara con un pañuelo blanco. Se levantó débilmente como si sufriera por insuficiencia de oxígeno. Apretó su bolso negro contra su brazo. Tropezó con una silla y, sin decir nada, como una sonámbula, salió. Y así, Tomó un camino sin destino, sin objetivo. Detrás de ella, por negligencia, se deslizaba su bufanda roja como una cola. Y a medida que se acercaba a la plaza del capítol, los gritos ensordecidos iban en aumento y le aturdían los oídos. Allí, en los muros: muchos anuncios de una hembra de guepardo asesinada. Clemencia, vulnerable, con los hombros caídos y la mirada perdida, no prestaba atención a nada. A pesar de su estado, se encontró arrastrada en el remolino de una ola de manifestantes. Se veían pasar como nubes blancas. Había centenares de personas mayores y jóvenes, mujeres y hombres de organizaciones y asociaciones: la SPA, de la protección de animales en peligro de extinción por la caza furtiva y el tráfico de animales, y en apoyo de la conservación de la naturaleza. Otras organizaciones humanitarias: la MSF, la de los médicos sin fronteras, que reclamaban el derecho humano a la vida y a la paz para todos. Juntos saltaban, bailaban, gritaban: algunos llevaban altavoces, otros alzaban pancartas de protestas y banderolas de reivindicaciones escritas con gruesas mayúsculas rojas. Miles de papeles con mensajes volaban en la claridad del cielo que había sustituido a la oscuridad. Y por encima de todos ellos, el helicóptero de la prensa lanzaba un sonido agudísimo, levantando una tormenta de polvo. Clemencia se sintió en el ojo del huracán, rodeada, empujada por los cuerpos que surgían por todos lados. Un soplo débil dentro de enérgicos soplos. Giró y giró como si estuviera huyendo de la furia de un clamor espantoso. Perdió su bufanda. Perdió su equilibrio. Solo se veía de lejos, como una mancha de sangre sobre una amplia sábana blanca: era su sombrero hongo y rojo que su marido le había regalado. De repente, un hombre mayor, alto, con barba corta y desaliñada. En cuanto la vio se fue abriendo paso apresuradamente entre la multitud y se lanzó hacia ella. Era Adamo, su marido, el médico. Había sido secuestrado con otros compañeros de MSF, convirtiéndose así en rehenes de un grupo armado en la zona en rebelde. Posteriormente, habían sido liberados gracias a la intensa intervención gubernamental y de las organizaciones. Las circunstancias habían sido dolorosas.
El reloj de la vida seguía balanceándose. Por fin, el reencuentro emocional. Adamo se agachó ante Clemencia. La enderezó. La agarró, pecho contra pecho, con abrazos de amor y de añoranza, con lágrimas de sorpresa de alivio y de alegría. Se miraron cariñosamente. Y él le dijo…

De lejos te conozco y mi corazón salta,
querida, el perfume de tu piel me resucita,
con la distancia, cada día tu amor en mí crecía.

Clemencia, entre la alegría y la tristeza, replicó

Tanto te he deseado, tanto te esperado,
te he esperado hasta la desesperación…
Tu regreso me parecía imposible:
cuando pensaba en ti, me sentía triste.

Mientras la estrechaba, Adamo le murmuró  algunos versos de «Sé que volverás amor», la canción que antes entonaban juntos.

Dijo él:                                               Ella en voz baja y quebrada:

Cuando pienso en ti,                           Cuando pienso en ti,
   y tú no estás                                         me siento triste
     cuando pienso en ti,                                sola sin tu amor,
        me siento solo,                                      ya nada existe…
          Yo me acostumbré                                 qué difícil es,
            tanto a tu modo                                      es tanta la soledad,
              Nada es igual,                                       cuando pienso en ti,
                cuando pienso en ti                                 y tú no estás.

Ahí, el corro de manifestantes suspendió su camino. Muchos de ellos, los más cercanos, compartieron esa alegría con la pareja alzando la voz:

Sé que volverás, amor,
sé que volverás, lo sé…
Te quiero junto a mí.

Tal como el sol, un nuevo resplandor de felicidad  iluminó sus rostros, su vida. Ambos caminaron con paso decidido. Nuevos sueños, nuevas promesas.

Fátima Ezzehar.
Rabat, 25 de marzo de 2016.

Actividad basada en motivos estilísticos de “Desagravio” de Ricardo Piglia.
Se citan versos de canciones de Julio Iglesias y Nana Mouskouri.

viernes, 6 de mayo de 2016

«CARTA A LA ABUELA DESCONOCIDA» de CLARA URBANO


Querida abuela Felisa:
Mil veces querida, aunque nunca pude ver tu rostro ni oír tu voz. Te sueño todas las noches con tu pelo negro como el azabache… Y en esos mágicos instantes, eres la reina de mi universo.

Hoy, precisamente hoy, el cielo está más azul que nunca, más hermoso si cabe. ¡Cómo te gustaría verlo, mi amor! Ahora estarás refunfuñando por la mísera hogaza de pan de todos los días, mi pequeñín. Llegará un día en el que podrás contentar tu estómago. Tú, lo verás. Yo… Pero no llores, mi amor, porque siempre estaré contigo. Siempre. Me llevo conmigo todas tus caricias envueltas de inocencia, tus mimosas miradas, intensas y soñadoras, y tus carcajadas impregnadas de libertad.

Contemplo tu piel blanca, inmaculada, suave como el algodón, y siento tus cálidos y estilizados dedos acariciándome el cabello, adentrándose en los rincones de mis pensamientos. Los siento tan sedosos que me erizan el vello de la piel. Mi ángel de la guarda…, porque eso es lo que tú eres para mí. Sé que estás ahí, observándome con tu voz silenciosa, acallando todos mis temores. Y son muchos, abuela, muchos. Y te oigo. Y tus palabras penetran en mi oído como notas melódicas que me inundan el corazón de alegría, de ese amor que nunca me pudiste dar. Abuela del alma mía. Mil veces querida.

Sé tú mismo, mi amor, sin miedos. Y sé feliz. Inmensamente feliz. Disfruta cada segundo de vida como el último…

Podré llevarte de viaje todos los días que quieras y verás el atardecer en una playa de aguas cristalinas y arena blanca; la que compartías fantaseando con tu único hijo, el de los ojos sinceros y vivarachos, tu niño del alma, el que dejaste un día, cuando aquellos hombres irrumpieron en tu casa y te llevaron a la fuerza.

… Pero, sobre todo, aprende a perdonar. El odio tiene alas que te alcanzan de pleno. Absorbe todo lo que te guste de tu alrededor, lo permitido y también lo prohibido… Y no te avergüences de esto último. Defiéndelo si te hace feliz. Sé que lo harás, sangre de mi sangre. No te achiques nunca. La vida es un camino tortuoso plagado de espinas, infectado de seres hambrientos de odio dispuestos a devorarte en el más mínimo descuido. No lo olvides. Y cuando el rencor llame a tu puerta no lo dejes entrar, porque se apalanca en tu vida y no te abandona jamás. Se enquista. Permanece dentro de ti…

No quiero despertar de esta ensoñación. No. No quiero. Permanecerás dentro de mí por los siglos de los siglos, inmortal como tu recuerdo.

No soporto esas voces pegadas a mi espalda, amenazantes, martilleándome contantemente la poca dignidad que me queda. No la pierdas nunca, hijo. No permitas que te la roben ni un solo instante. ¡Dios! No soporto ni un minuto más en este agujero andante. No. Sé que estamos llegando y que nos bajarán a empujones, o a mamporros, pero también sé que alguna de nosotras se quedará en el camino. El olor nauseabundo me corta el aire. No me deja respirar.

Oigo zumbidos de voces discordantes a mi alrededor, decidiendo mi vida, suplicando una atención que no puedo darles, unas caricias que mi cuerpo no reclama, lejanas, perturbadoras, envueltas en un aura misteriosa. Y esas malditas voces que perforan mis oídos no cesan. Unas son campanudas, retóricas, hinchadas. No dejan de observarme desde el cristal. Nunca entran. Quiero que se vayan, que me olviden. Otras me dicen «mamá», pero yo no sé por qué. No se despegan de mi lado. Me tocan. Insisten e insisten cada vez que vienen. Y me hacen enfurecer. «¿Cómo estás, mami?». Dos mocosos idénticos, cuyos pies cuelgan cuando se sientan frente a mí, clavándome sus miradas diabólicas.

La joven María no pudo bajar. La golpearon en la cabeza con la culata del arma. Se negó. Ahora descansa en paz. Ya nadie la obligará a decir ni hacer lo que no desee. Alza su vuelo en ese cielo azulado. Yo también lo haré dentro de pocos minutos. Y en ese preciso instante, mi niño del alma, permanecerás en mí durante toda la eternidad.
Ya no siento los pies. Llevamos horas caminando sin rumbo fijo, o tal vez sí. No importa. Porque sé que me recordarás, que tus hijos, los nietos que nunca conoceré, también lo harán. Me soñaran todas las noches…

Voy a quedarme contigo, abuela. Sí. Para siempre. Porque mi vida carece de sentido si no puedo recordarte. Entonces, tampoco podré soñarte. No. No pienso despertar. Si lo hiciese, un torrente de amargura encallaría en mi corazón y la pena estrangularía la esperanza de tenerte en mis sueños otro día más. No. No despertaré.

Se valiente, mi niño del alma, y afronta la vida como venga. Mejor de frente. Siempre de frente. Y no ahueques el ala en la mínima dificultad que encuentres. No te desesperes por no hallar lo que buscas. Y da amor, mucho amor a tus retoños, los que el destino me arrebata, porque les ayudarás a ser mejores personas. No me queda tiempo, mi niño.
Hemos llegado. A ellos les tiembla el pulso. Se frotan las manos en sus uniformes verdes. Me adentro en sus pensamientos, pero no en sus corazones.  Huelo el aroma de las azucenas, que me endulzan la garganta seca, enredándose con el olor a pólvora del primer disparo. Carmen ya no está. Ella también es libre como María. Veo su sangre derramada en la tierra, agitándose con las hormigas que caminan azarosas, agarradas a la vida. Cargan sus armas de nuevo. Él me clava sus ojos. Puedo oler su miedo. Él también lo siente. «¡Apunten!». Me pesa el alma, mi amor. Mucho. Te quiero.

Y ellos, con esas sonrisas que les recorre la mandíbula, esperan que yo les devuelva otra con la misma intensidad, amorosa y entregada. Y no me sale. No. No me sale. Entonces me abrazan y estampan sus boquitas en mis mejillas. Pero no las siento, abuela. No. No las siento. Solo las tuyas. Las que me regalas todas las noches que te sueño.

Clínica psiquiátrica
Sala de espera

—Tome. Esta es la última que ha escrito su mujer.
Carlos la agarró con el mismo temor de todas las semanas. Ya conocía el contenido. Dudó unos instantes en leerla. Pero lo hizo, a pesar del inmenso dolor que le provocaba. Decidió destruirla, hacerla añicos. La dobló y la partió en dos. Entonces, sus hijos aparecieron de repente con los ojos lagrimosos.
—Mami no quiere vernos.
—Eso no es verdad —les contestó mientras hacía pedazos las palabras de su mujer.

     No quiero que vuelvan, ni que me miren, ni que me abracen ni me besen.

—Mami ya no nos quiere.

     No. No quiero.

—No digáis eso. Mami está muy enferma.
Y mientras una lágrima furtiva recorría su rostro castigado y afligido, dobló varias veces la carta hasta convertirla en minúsculos papelitos, inexistentes. Los pedazos del alma de Natalia.

     Solo te quiero a ti, abuela del alma mía. Mil veces querida.

Clara Urbano.
Abril-mayo de 2016.
Actividad basada en imitar la técnica narrativa del capítulo 8 de LA VOZ DORMIDA de DULCE CHACÓN.

«CARTA A MARCEL» de AMAL KHIZIOUA



Ahora, solo en el silencio de su despacho, Marcel está rompiendo la carta que le ha dado el camarero del restaurante donde ha estado comiendo con su familia, hace una hora. Es una carta de Imma, su amiga de juventud. La rompe con rabia y reflexiona sobre sus palabras.
Te amo desde que íbamos al colegio, desde hace treinta y cinco años… Te seguí amando luego, cuando nos enzarzábamos en apasionados debates con nuestros amigos después de las proyecciones del cineclub. Después, volvíamos juntos por el mismo camino porque vivíamos en el mismo barrio y, luego, fuimos a la misma universidad.
Recuerda el rostro iluminado de Imma durante sus interminables debates… ¡Cuánto les gustaba hablar de todo! Y él nunca había visto ese amor… o no había querido enterarse porque estaba muy ocupado en sí mismo y, luego, en su carrera y en su devoradora ambición.
Y pasaron los años y yo te seguí amando en silencio, tal como se puede amar a esa edad, con ingenuidad, idealizándote… y sin poder decírtelo… Hasta hoy, al verte en un restaurante con tu esposa y tus dos hijos,…
En su fondo, sabía que esa amiga le gustaba, que era más que una simple amiga, pero en esa época, su egoísmo le impedía concentrarse en sus sentimientos.
¿Qué hubiera sido de su vida si se hubiera casado con Imma? ¿Quizás, hoy, hubiera tenido a alguien con quien hablar y reír…?
Oye a su mujer en la cocina, preparando la cena…
No quiere que lo vea en ese estado de duda… Continúa rompiendo la carta pero sus palabras saltan a su rostro como si estuvieran dotadas de vida propia…
… y ahora, con mucho alivio, te puedo decir que ¡ya no te quiero!
Y ahora, para colmo de ironías, descubre al mismo tiempo, en la misma carta, que Imma le había amado (¡también!) durante esos treinta y cinco años y que ahora ¡ya no lo ama!
Peor, casi le insulta…
Ya no te quiero porque, mientras observaba cómo tratabas a tu familia, ¡descubrí en ti un personaje odioso!
¿Yo, un personaje odioso…? ,  se repite mientras quiere romper el papel con toda su rabia pero se le echa encima una duda y él ralentiza el ritmo de sus dedos… ¿Y si Imma tuviera razón?
Mirabas a tu esposa con desprecio, ella te miraba con sumisión y los niños parecían aterrorizados.
Es verdad que él no se casó por amor, se casó con la hija de su jefe por ambición… ¿Y si Imma tuviera razón? ¿Y si él se hubiera convertido, de verdad, en ese personaje odioso que aterroriza a su esposa y a sus hijos? De nuevo, intenta continuar su labor de destrucción, pero le tiemblan las manos… y las palabras siguen saltando desde la carta, más y más alto, cada vez más…
¡Ya no te quiero! porque vi cómo le diste una sonora bofetada a tu hijo solamente porque había derramado su vaso de agua sobre el mantel.
¡Ya no te quiero! porque también cómo impusiste silencio a tu esposa cuando ella intento débilmente consolar al niño.
¡Ya no te quiero! porque sentí también la humillación de esa pobre mujer dominada y destrozada por un marido dictador.
Imma siempre había sido franca, era la única amiga que podía decirle las verdades cuando eran jóvenes y, ahora, ella le devolvía su propio reflejo. ¡Aquello era insoportable!
Pronto, su mujer lo va a llamar para cenar y él no quiere que lo vea en ese estado de debilidad. ¡Debe destruir esa carta cuanto antes! Pero sus manos se han vuelto de plomo…
Ahora comprendo mejor por qué nunca te dije que te amaba. Quizás ya intuía ese lado tuyo autoritario cuando discutíamos en el colegio y tú siempre querías imponer tu opinión. En esa época, yo creía con ingenuidad que ese rasgo revelaba una fuerte personalidad.
Ahora sé que eso solamente revelaba una personalidad despótica. Y sé también que mi instinto de supervivencia, quizás, me ha salvado de ocupar el lugar de esa pobre mujer mansa (¡aunque yo seguramente habría echado mano del divorcio muy pronto!).
¡Gracias por tu odioso comportamiento con tu familia hoy, en este restaurante!
Me has ayudado a pasar página y…
¡Ahora, por fin, puedo empezar una vida nueva, libre, llena de posibilidades maravillosas y mágicas!
Imma
Imma, la única mujer que lo ha amado, de igual a igual, no solamente le dice que ya no lo ama ¡sino, que, además, se felicita por haberse librado de la infeliz vida que hubiera tenido con él! ¿En qué monstruo se habrá convertido para que la única mujer que había estimado y amado, la única amiga verdadera que él había tenido, le dijera esas atrocidades y verdades tan horribles y dolorosas?
Y aquel golpe final (o de gracia) en el post scriptum…
P.S.: Te envío esta carta con el camarero y me marcho porque no soporto verte más.
Con esas últimas palabras, comprende que no sirve de nada destruir la carta, porque las palabras ya están grabadas en su mente con letras de fuego, nada puede borrarlas… Y de todos modos, ya no le quedan fuerzas para despedazar esa carta… ¡El único que está desgarrado es él!
Cuando su esposa lo llama para cenar, se encuentra con una nota colgada en la puerta del despacho: “Tengo un trabajo urgente, cenaré más tarde, solo
Se encierra en su despacho y llora amargamente. Por primera vez, siente una inmensa soledad… la inmensa soledad en que lo ha ido encerrando su despotismo y su desmedida ambición. 

AMAL KHIZIOUA
Abril-mayo de 2016
Actividad basada en imitar la técnica narrativa del capítulo 8 de LA VOZ DORMIDA de DULCE CHACÓN.

«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"