TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

Nuestro canal en YouTube: A ORILLAS DEL BU REGREG https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag

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En el taller...

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Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

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Comentando un cuento...

domingo, 15 de mayo de 2016

«EL ENIGMÁTICO DESTINO DE NUESTROS VECINOS» de MARÍA EL KANASSI

Para mí, la calle Al Mohit era la continuidad de nuestro jardín porque podíamos ir en bicicleta por ella cuando todas las maravillas que nos ofrecía aquella casa dejaban de atizar nuestra curiosidad de niños insaciables e inagotables. Era una calle tranquila que serpenteaba con ligereza entre los chalés ocultos tras sus muros infinitos, únicos artificios que la delimitaban por cada lado. Era una presencia inmutable en aquel espectáculo desértico de nuestra ciudad, puerta del desierto, cuyo verdor se mantenía por una excesiva irrigación que forzaba la naturaleza a producir manchas verdes en un cuadro amarillo quemado por un sol permanente. Durante los largos días del verano, ese espacio común se parecía a una calle de las películas del oeste, ahogada por el peso del silencio, tumbada por la ausencia de la vida y abrazada por el calor insoportable de aquella estación que cambiaba nuestra vida de diurna a nocturna. Al anochecer, la vida se reanudaba, finalmente la calle salía de su torpeza y nos acogía en su seno, iluminada por las farolas altas que rechazaban el velo oscuro tendido por la noche. Tras salir de nuestra madriguera, todos nos encontrábamos para compartir juegos y esparcirnos sobre su superficie sinuosa buscando un poco de frescura. Así era nuestra calle, donde lo bueno y lo malo se unían para encender la llama de una vida rica de experiencias.
En todas las casas había árboles frutales que nos ofrecían frutos suculentos bien maduros por el calor beneficioso del sol. Sin embargo, en la casa de nuestros vecinos de la izquierda, todo era diferente: la belleza tenía tanta importancia como la productividad. Cada vez que su puerta se abría para dejar pasar un enormísimo coche, nos desvelaba un largo camino bordeado por flores de diferentes colores que finalizaba ante dos extensiones de césped de un intenso verde. Ambas acogían en su centro un gigantesco álamo cuyas hojas lo invadían en primavera y rozaban un aire que se fue incrustando en mi memoria… Ese aire que, ahora, cada vez que oigo sea donde sea, me empuja a viajar por mis conmovedores recuerdos.
A veces, en ese decorado paradisíaco, surgía una criatura agradable cuya presencia nos hechizaba. Era la mujer del dueño, una extranjera que comparábamos a una flor de loto del desierto, pues su presencia en aquel lugar era muy especial. Tenía el cabello de un rubio casi transparente que la semejaba a un hada, además de una sonrisa luminosa que nos llenaba de felicidad cuando se dirigía a nosotros. A veces, yo escalaba el muro que separaba nuestras casas para espiarla. Cuando ella cruzaba los senderos estrechos de su jardín para cuidar de sus rosas, se desplazaba entre los arbustos como una mariposa, arrastrando tras ella los largos y estampados faldones de sus faldas semejantes a las de las hippies. Se arrodillaba con delicadeza y respeto frente a cada matorral como si fuera una divinidad. Con su podadera, eliminaba ramitas u hojas muertas y, algunas veces, cogía rosas para hacer un ramo que llevaba a su casa. Una vez, me sentí muy atraída por un sonido melodioso y agradable que provenía del fondo del jardín. Allí, había una pérgola invadida por una glicina cuyas flores parecían racimos de uvas. En esa escena de cuento, nuestra vecina se hallaba sentada sobre un banco de madera, obra maestra de ebanistería, con el pelo recubriendo sus hombros desnudos. Estaba tocando un violín con mucha gracia y mucha habilidad. Frente a ella había una silla de ruedas. A pesar de todos mis esfuerzos para descubrir quién estaba sentado en aquel artilugio, el gran intruso de aquel paisaje, no logré saberlo y solo pude avistar sus largas ruedas metálicas.
En aquella época, cuando salía de casa con mi hermana para ir al colegio, bordeábamos los muros para aprovechar la sombra de los árboles, cuyas ramas se extendían protegiéndonos de los ardientes rayos del sol. Un día, mientras pasábamos cerca del portón vecino, vimos que el portero de la casa lo había dejado abierto al barrer la entrada. La bella desconocida estaba cuidando de sus flores con sus guantes amarillos y su ancho sombrero. Al vernos, nos sonrió y nos hizo una señal con la mano para que la esperáramos. Se acercó, se inclinó con elegancia y nos besó delicadamente. Su sonrisa nunca la abandonaba. Nos preguntó nuestros nombres y nos ofreció una rosa a cada una. Aquella era la rosa más bella que había visto en toda mi vida. Después nos pidió por Dios que fuéramos el sábado a su casa para asistir a la fiesta de cumpleaños de su hija. Eso nos sorprendió y ella, al ver nuestros ojos asustados, me acarició el cabello hasta el extremo de mi larga trenza y nos dijo que no teníamos nada que temer, que «él» no asistiría a la fiesta. Había acompañado su frase con un guiño y una sonrisa cómplice, ya que al hablar de «él», era evidente que se refería a su marido. Ella sabía muy bien que nuestros padres nos habían prohibido acercarnos a su familia -por alguna razón que ignorábamos- y nos aseguró que iba a hablar con nuestra madre para que nos permitiera ir.
En realidad, para nosotros, reinaba un atrayente y espantoso misterio alrededor de los habitantes de aquella casa, sobre todo del dueño, al que veíamos solamente montado en su coche cuando entraba o salía. Nuestra curiosidad nos empujaba a mirar fijamente su automóvil cuando se deslizaba discretamente por la calle como un fantasma negro que acentuaba más aquel misterio. Nosotros, que teníamos entonces una imaginación tan bulliciosa, lo veíamos como un gánster de la mafia italiana, poderoso y despiadado. Temíamos en especial su mirada, oculta tras unas gafas de sol que nunca se quitaba. Sus trajes, siempre bien ajustados, le daban un aire muy elegante que contrastaba con lo que dejaba transparentar su rostro: indiferencia, rigor y casi crueldad. Lo imaginábamos castigando injustamente a personas o matando a otras con su arma que escondía probablemente bajo su chaqueta. Veíamos la imagen de un verdugo sin piedad dando órdenes con frases cortas y una dura voz acompañada de una penetrante mirada. Iba siempre en el asiento trasero mientras el chófer, tan misterioso como su jefe, acariciaba con seguridad el enorme volante que dominaba aquel espacio cerrado. Cada vez que lo veía entrar o salir, el portero lo saludaba totalmente paralizado: la mano rígida rozándole la frente, los ojos fijos mirando a lo lejos y las piernas rectas y muy juntas. Mantenía siempre esa postura hasta que el coche desaparecía en el interior del gran jardín o en la curva de la calle.
Ese pobre hombre, que cumplía aquel trabajo tan riguroso, nos recibió con mucha amabilidad cuando llegamos la tarde del sábado para participar en la fiesta. Nos presentamos con un regalo que nuestra madre había comprado esperando que estuviera a la altura de nuestros anfitriones. Yo me sentía como una princesa caminando por aquella estupenda entrada con mi vestido blanco, que llevaba solo en las fiestas, y con mi cabello suelto aireado por una ligera brisa que se colaba entre las ramas de los árboles y se cargaba de frescura antes de rozar nuestra piel húmeda. El sonido de la grava entrechocándose bajo nuestros pasos y el crujido de las hojas de los álamos nos acompañaban como un agradable vals. En el fondo del jardín, los criados habían puesto una gran mesa con muchos pasteles, galletas, dulces y bebidas. Todos estos platos estaban expuestos sobre un mantel semejante a un cuadro donde figuraban niños en diferentes escenas de la vida: algunos empujando un aro con la ayuda de una varilla, otros pescando en una charca, un grupo de niñas abrazando una camada de cachorros, montones de niños corriendo en el claro de un bosque, dos chicos de puntillas y estirándose para alcanzar un paquete de chocolate sobre una estantería. Todas eran escenas llenas de actividad y de felicidad. Estábamos como en un sueño, pero, a pesar de toda aquella abundancia, la soledad rodeaba el orgulloso y decepcionado banquete por la falta de convidados.
De repente, de la casa surgió nuestra vecina empujando una silla de ruedas en la que se acurrucaba una niña que tenía casi nuestra edad. Avanzaba hacia nosotras con su palidez habitual y su sonrisa radiante que no lograba borrar el susto de los ojos infantiles que temían nuestra mirada y nuestra reacción. Nos acercamos, la saludamos y le dimos el regalo, que era más grande que nosotras. Al verlo, el espanto desapareció de sus ojos y se iluminaron de alegría. Era una muñeca muy grande, tan rubia como su madre y llevaba un vestido colorado. En este momento, los empleados aparecieron cantando y con un gran pastel de cumpleaños para celebrar el nacimiento de su joven dueña. Resultaba evidente que aquellos eran los únicos invitados que iban a compartir con nosotros todo lo que nos ofrecía aquella mesa generosa. Pero, mientras disfrutábamos de la fiesta, entró un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros. Avanzaron por el camino hacia nosotros como una amenazante ola negra a la par que iban envolviendo el lugar de miedo. La bella extranjera nos tranquilizó con caricias y suaves palabras, después se acercó al que parecía el cabecilla y le explicó que era el cumpleaños de su hija y que no tenían que asustarnos. El «capitán», tal como ella lo había llamado, le presentó una carta y le dijo que tenían que sacarlas a ella y a su hija de allí. Ella, con manos temblorosas y lágrimas contenidas, abrió la carta y la leyó… Luego, bajó los brazos y dejó caer la hoja, marcada indefinidamente por palabras escritas con tinta negra y una caligrafía muy bonita, y que acabó pisoteada como una vulgar víctima en el frenesí que reinó en los minutos siguientes. Destrozada, la bella extranjera se despidió y empujó enérgicamente la silla de ruedas, desde la cual se alzaba la voz vibrante de la niña intentando comprender lo que pasaba. Los perplejos criados se despejaron rápidamente la mesa y regresaron a la casa. El portero nos acompañó, abatido, hasta el pórtico, que se cerró pesadamente tras nuestra salida… Como en un libro de cuentos. Mi hermana y yo nos alejamos decepcionadas, mientras yo apretaba la carta arrugada con toda la firmeza de mi puño cerrado.

María El Kannassi.
Rabat, mayo de 2016.
Actividad inspirada en un ejercicio de clase basado en el cuento «No es nada» de Carlos Castán.

4 comentarios:

  1. Hola Maria
    Impresionante. Pensaba que eras solamente una poetisa cuyos escritos me encantaban, pero me sorprendes con este cuento bien imaginado, estructurado y elaborado. Hay algunas descripciones magníficas y pasajes que me gustan mucho a ejemplo de “la calle salía de su torpeza y nos acogía en su seno, iluminada por las farolas altas que rechazaban el velo oscuro tendido por la noche” o “una ligera brisa que se colaba entre las ramas de los árboles y se cargaba de frescura antes de rozar nuestra piel húmeda”.
    Enhorabuena.
    Abdellah

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  2. Muchas gracias Abdellah ! Me alegro de leer tu comentario que me llena de orgullo , ya que viene de un escritor como tú cuyas escrituras me encantan !! Muchissimas gracias !

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  3. ¡Qué conmovedores recuerdos!
    Me encantan las descripciones que hace la protagonista de sus vecinos de infancia aun con el paso del tiempo.
    Descripciones ricas y detalladas en colores, sensaciones, sentimientos e impresiones que hacen que el lector siga a la niña atrapado por su curiosidad infantil pero también a la adulta en el recorrido de sus recuerdos.
    ¡Y qué final! Un verdadero misterio…
    ¡Felicidades Maria!
    Rkia

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  4. Maria. Estoy verdaderamente impresionada de lo bien que narras. Lo haces con sutileza y con gracia. Tus relatos se leen de un tirón y te dejan un sabor dulce e intenso en el paladar. Un cuento maravilloso que seguramente releeré, como el poema que publicaste. Me muero de ganas por leer otro cuento tuyo. Felicidades.

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RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

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Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

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Recital del 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

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Rabat, 24 de abril de 2015.

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010
Tras la lectura...

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010

Lectura del Taller. 19 de junio de 2010
La lectura

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.

Lectura del Taller. 23 de abril de 2010.
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Lectura del Taller.19 de junio de 2010

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LOS ESCRITORES DEL BLOG...

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Aixa, Abdellah, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

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Aixa, Anastasio, Rkia y Abdelkrym (abril de 2013)

Alumnos del Taller

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Tras la clase. Diciembre de 2010

A ORILLAS DEL BU REGREG...

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... IMÁGENES QUE FLUYEN... (Fotografía cedida por Abdellah El Hassouni)