TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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sábado, 2 de octubre de 2010

“SUEÑOS Y REALIDADES” de ABDELLAH EL HASSOUNI

Era el jardín de mi infancia, mi campo de juegos, mi rincón de ternura, mi refugio en los momentos difíciles… Eso y mucho más era nuestra casa tradicional, situada entre el mausoleo de nuestro patriarca y la Gran Mezquita. Fue construida con el esmero de mi abuelo hace ya bastante tiempo. Tenía un patio central rodeado por grandes habitaciones espaciosas cuyas paredes habían sido cubiertas de magníficos azulejos y cuyos techos eran de madera labrada. Era una casa en donde no faltaba nada: poseía una claridad excepcional, el olor del mar la inundaba tras cada puesta de sol y la terraza ofrecía una vista excepcional que abarcaba la desembocadura del Bu Regreg, el Palacio de los Oudayas, las murallas que rodean la ciudad e incluso el lejano cementerio. Había también una cocina al estilo antiguo, un pozo y una galería subterránea para recoger el agua de la lluvia.
De día, yo era muy feliz en aquella morada. Eran días largos, días de juegos en el patio central, con comidas abundantes que preparaba nuestra buena cocinera y niñera Dada Jasmine, con unos padres cariñosos, con primos por doquier y siempre disponibles. Sin embargo, por la noche, todo tenía otro aspecto: en primer lugar, todo se volvía solitario en cuanto mis padres se retiraban a su habitación, situada en el primer piso, ya que mis primos tan sólo en raras ocasiones se quedaban en nuestra casa; en segundo lugar, yo tenía miedo, mucho miedo y además no me atrevía a hablar mucho de eso. Un chico no gozaba del derecho a tener miedo, ni siquiera cuando era sólo un crío.
En una de estas habitaciones enormes, donde reinaba una oscuridad en la que no se veía nada a dos palmos, dormíamos nosotros dos: mi vieja abuela y yo. Por lo general, pocos minutos después del toque de silencio, los ronquidos de mi abuela tomaban su ritmo monótono y aburrido, dejándome completamente solo ante aquel con quien debía enfrentarme. A menudo, no pasaba nada, o yo me dormía antes, seguramente por el agotamiento que provocaban aquellos largos días de juegos. Sin embargo, cuando todo sucedía, era horrible, verdaderamente horrible.
Pero, dejadme comenzar por el principio. Primero, debo decir que no me gustan ni los sermones ni los predicadores religiosos, los fukahá…. A decir verdad, no me gustaban, puesto que ahora ya ni los veo ni los escucho. El mío era un hombre muy respetable, de edad avanzada; llevaba una chilaba ancha y blanca, tan blanca como su barba. Todo ello sucedía en una época en que yo andaba por mis ocho o, más bien, nueve años. No me acuerdo bien. A esa edad, como bien entenderá usted, no dependía de mi propia decisión el ir o no a escuchar los sermones, sobre todo cuando todo ello tenía lugar los viernes, sin excepción alguna, antes y después de la cuarta oración del día, la oración del Magreb, la de la puesta de sol.
Mi padre lo había decretado básicamente por dos razones. Por una parte, nuestro respetable fakih daba el sermón en el interior del mausoleo de nuestro patriarca (que era antepasado nuestro) y, por otra parte, al sermón le seguía un curso de gramática. De todos modos, lo que mi padre realmente ignoraba era que existe siempre una diferencia entre la publicidad hecha para un producto y la verdadera calidad de éste. Incluso en aquella época la publicidad dominaba ya todo el mundo y se era consciente de que Eva había dado luz al marketing cuando, utilizando todo su encanto, dio a conocer a Adam las excelencias de la manzana.
El ritual era siempre el mismo: comenzábamos con el sermón que duraba casi una media hora en general y luego efectuamos la oración del Magreb para acabar con el curso de gramática. En este último, todo resultaba aparentemente más simple. Bastaba con aprenderse de memoria el famoso poema de Ibn Malek, poema que contiene todas las reglas gramaticales de la lengua árabe. Sin embargo, tal como indica su nombre -El Alfia-, el poema consta de mil versos y cada uno de ellos supera en dificultad al anterior. Nosotros, sin embargo, habíamos encontrado la solución: los más antiguos del grupo de muchachos nos soplaban en voz baja las respuestas a los nuevos, hecho que pasaba inadvertido a nuestro fakih, cuya edad le había disminuido sustancialmente sus capacidades auditivas.
Pero el sermón era otra cosa: era fastidioso, largo, demasiado lento. La lentitud no se relacionaba con el tiempo, con aquella media hora, sino que más bien dependía de la incomprensión del discurso, de las ideas que el fakih intentaba transmitirnos. De este modo, la media hora se estiraba, se alargaba, se eternizaba a medida que una pequeña necesidad se volvía urgente. No se trataba precisamente de la necesidad de orinar sino de más bien echar gases, cosa que estaba prohibida. Y si el ruido podía ser controlado con una buena práctica, el olor acababa siempre por avisar rápidamente a todos los demás. Cuando esto se producía, había que salir para rehacer las abluciones bajo las miradas burlonas de todos. Lo que multiplicaba esta pequeña necesidad era el hecho de que nos sentábamos casi directamente en el suelo, sobre una estera trenzada de juncos. Nuestros traseros, que casi estaban en contacto con este suelo duro, absorbían el frío como un papel secante absorbería la tinta. Por eso, acabábamos sometidos a cólicos y a unas ganas locas de querer echar gases. Y aquello era un calvario semanal, que acababa justo después de la oración. Allí, éramos libres de oler a los demás, los cuales respondían con sus propios perfumes tan pronto como aspiraban el nuestro. Juntos, conseguíamos darle verdadero asco a nuestro humilde fakih, que se apresuraba a poner fin a la sesión de gramática y a dejarnos en libertad.
Pero esta gimnasia de retención y de lanzamiento no era nada en comparación a la inquietud permanente que el fakih había despertado en mí durante uno de sus sermones relacionado con la creación divina. Nos había explicado que Dios no sólo había creado al Hombre sino también al Yinn, basándose en el siguiente versículo del Corán: “Hemos creado al hombre de barro, de arcilla moldeable. Antes, del fuego ardiente, habíamos creado a los Yinns”. Nos decía también que estos Yinns vivían en un mundo tenebroso, subterráneo, constituido por siete niveles situados bajo nuestra acogedora tierra. Y que, al contrario de los ángeles, los Yinns eran una especie maliciosa y a menudo perversa que, en sus más benignas formas de comportamiento, solían ser bromistas y embaucadores y, en las peores, causantes de ciertos tipos de locura. ¡Figuraos qué divertidas fantasías hubiera podido despertar todo ello en mí…! Pero no, al contrario, con la llegada de cada atardecer me volví yo, desde entonces, más cauteloso y ansioso.
En aquella habitación amplia, mis preocupaciones comenzaban con los crujidos de listones que venían del techo. Me habían dicho a menudo que la madera nos hablaba, pero yo no tenía ni ganas de que me hablara ni ganas de hablarle. Además, me persuadí totalmente de que no se trataba de crujidos de tablas sino de huesos, de sus huesos ¡Y ellos, mis familiares, no sabían nada, nada en absoluto! No sabían que había algunos que debían de haber elegido instalarse allá arriba, entre las tablas del techo. Sin embargo, no aparecían siempre, sino simplemente cuando les apetecía. Se burlaban de mí, me provocaban, me aterrorizaban. Incluso en la oscuridad veía claramente aparecer el rostro de mi primo Rahim y después el de la bella cara de mi amor, de mi prima, la maravillosa Cham’s dha, aunque yo sabía que no eran ellos. El fakih había insistido en el hecho que los Yinns podían ser invisibles o cambiar de aspecto, haciéndose pasar por animales o presentándose con la apariencia de un ser humano, y todo para engañar a los hombres. También nos había contado que podían atravesar sólidas paredes sin dejar de tocar lo material y a los vivos, desplazarse a grandes velocidades, transfigurarse en seres humanos y suplantar a familiares y conocidos. Así, que yo siempre estaba en espera de no sabía qué… Porque luego aparecía un pie, el pie característico que se parecía a la pata de una cabra o más bien de un asno. ¡No me pida demasiados detalles, por favor! Le recuerdo que siempre estaba muy oscuro y que, por lo general, me era difícil distinguir cualquier forma física que hubieran adoptado. Todavía otro crujido y entonces aparecía toda una pierna, muy peluda, que se asomaba y que luego se esfumaba. Yo esperaba, esperaba para ver cómo -tras escuchar un crujido- brotaba una cabeza de entre las tablas. Una cabeza característica, tan peluda como la pierna, y perfectamente idéntica a la descripción que me habían hecho antes: una forma casi circular con las orejas pequeñas y triangulares y con unos cuernos minúsculos curvados hacia el exterior. La sonrisa que se dibujaba sobre la hendidura, que era semejante a una boca sin labios, era una mezcla de estupidez flagrante y de malicia; era una sonrisa que me provocaba sudores fríos en la espalda. Aquellos Yinns debían de ser malos Yinns, Yinns maléficos, de los que apenaban a los humanos y que ejercían solapadamente su papel nefasto cerca de los hombres. Debían de pertenecer al grupo de los que secuestraban y se llevaban a los humanos a su mundo, –situado en uno de los siete niveles subterráneos- para convertirlos en esclavos. Era lo que nos había explicado nuestro predicador, nuestro fakih, en uno de sus sermones y lo que me habían ido detallando luego otras personas. Pero yo no tenía ganas de irme a vivir con aquellos seres viles a uno de sus mundos tristes y subterráneos.
Por eso, entonces, a lo largo de aquellas noches, me cubría la cabeza bajo las mantas, tan pronto como los crujidos se multiplicaban y se volvían más fuertes, más próximos, y yo comenzaba a sentir groseras respiraciones junto a mi cabeza y por todos lados. No, más bien, silbidos, chirridos... Al primer instante de momentánea calma, ponía pies en polvorosa y me iba a refugiar a un lugar en donde no había tejado de madera: la cocina. Pero en la cocina teníamos aquella gruesa marmita negra, abombada y enorme, que colgaba del techo por encima del horno y que estaba lleno de ceniza. ¡Aquel lugar tampoco era seguro! No pudiendo ver lo que se encontraba en su vientre, corría para alcanzar el último lugar sin tejado y que más detestaba: el pozo.
En el cubo frío y húmedo suspendido a media altura, me acurrucaba y cerraba los ojos para no ver nada. Pasaba un pequeño momento de tregua y los sentía arremolinarse alrededor del recipiente, me tiraban pequeñas piedras, que luego caían al fondo provocando un ruido ensordecedor y una enorme salpicadura de agua glacial. Las palabras de nuestro fakih, hablándonos de la vida de los Yinns, resonaban en aquellos instantes en mi mente: "Pueblan los lugares donde hay agua como el hamman o los pozos, los lugares deshabitados, las casas en ruinas y otros lugares desiertos como los cementerios o los bosques. A los Yinns, les gustan los lugares húmedos, los lugares vacíos, pero no les gusta la luz". Entonces me quedaba una sola solución: zambullirme en el agua clara del pozo para agarrarme al bello reflejo blanco y níveo de la luna llena y colocarme en su justo centro. El fakih y sus sermones debían resultarme útiles por lo menos. Y con la ayuda de mis dos manitas, remaba, remaba alejándome de aquellos Yinns malditos.
Siguiendo el riachuelo, me encontraba flotando cerca de la punta del gran espigón, justo frente a mi padre, adormecido y sujetando su gran caña de pescar, vigilando con sus ojos entreabiertos el flotador que se mecía a merced de las olas. Me volvía a sumergir para coger su anzuelo y tirar de él hacia abajo; luego, notaba cómo él rebobinaba su molinillo y yo emergía fuera del agua. Y qué grande era su sorpresa al verme surgir de entre las olas. ¡Y yo por fin estaba a salvo!
Pero luego siempre pensaba: “Esperaré al próximo mes de Ramadán para rogarle a Dios que cumpla mi deseo: transformarme en una cigüeña, un ave migratoria, algo que pueda viajar lejos de los Yinns. O mejor, le pediré que elimine la noche y me transforme en un niño que viva sólo de día…”
En ese preciso instante, sentía el brazo de mi padre alrededor de mis frágiles hombros. Mis ojos estaban clavados en la nada oscura de la puerta que daba a la gran terraza que llegaba hasta las murallas, hasta el cementerio… Y su voz me sacudía siempre con aquella pregunta: “¿De qué tienes miedo…?”

Abdellah
Rabat, 17 de junio de 2010.
(Ejercicio basado en “Los sueños” de Reinaldo Arenas)

6 comentarios:

  1. Un texto muy tuyo Abdelah :) Siempre me llevas a un tiempo que no conoci pero que me encanta descubrir a través de tu pluma. Un estilo agradable y fluido. Me gusta mucho esa ingenuidad del niño que a veces divertida y otras veces enternecedora.
    Tambien me gusta tu manera sutil de pasar de un asunto a otro, y tambien las descripciones que haces para pintar un poco el ambiante, cosa que nos ayuda entender y disfrutar mejor.

    Me encanta, como siempre ;)

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  2. Estoy totalmente de acuerdo contigo y quiero subrayar que esas descripciones ambientales desde la mirada del niño en verdad están muy bien conseguidas.

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  3. Abdellah:
    Nos transportas al mundo mágico de la infancia, con todas esas descripciones tan bien logradas y tan bien trasmitidas.
    En algunos momentos de la lectura me recordaba mi infancia, de algunos pasajes que también nos contaban en la "Historia Sagrada" del colegio, y que muchas veces nos infundían esa especie de temor.
    Me gustó mucho, no pude abandonar el texto hasta llegar al final.
    Un abrazo.

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  4. Un texto encantador como siempre.
    Me gusta tu manera de explicar, describir y detallar las situaciones.
    Me encanta mucho tu estilo de escribir.
    Continúa haciéndonos soñar.
    Tu más grande fan, Chama ;)

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  5. Abdellah, eres un maestro en las descripciones, sobre todo cuando hablas de la antigua ciudad y las tradiciones marroquíes, pienso que ya puedes reunir todo lo qué has escrito sobre ese tema en un interesante libro.
    Me gusta mucho cuando hablas del punto de vista de un niño, y qué lo qué cuentas se ve a través de los ojos inocentes de la infancia, te destacas en ese tema.
    ¡Felicidades!

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  6. Abdellah,
    Pasé un momento muy agradable al leer:”SUEÑOS Y REALIDADES”.
    Sonreí y hasta reí leyendo pasajes en donde se mezclan inocencia y travesura de niños, ¡Y qué final triste! (sueño o realidad).
    Es muy bien escrito y pienso que pocas personas logran contar recuerdos de infancia como también en “una punta de menos” y “Jo, mi padre y yo”.
    Gracias por este viaje en el mundo de la niñez.
    Rkia

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