TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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jueves, 5 de abril de 2012

“REENCUENTRO CON EL PASADO” de NAJATE ZIZI



 Antes de jubilarme  como profesora de Física en la Universidad de Rabat, iba periódicamente a la Universidad de París-Sud (Orsay), al mismo laboratorio en el que tiempo atrás defendí mi tesis y con el cual seguía colaborando y mantenía buenas relaciones. Como es costumbre en la tradición universitaria, yo continuaba realizando investigaciones que derivaban en comunicaciones científicas internacionales en las que también implicaba a estudiantes de Rabat, todo lo cual me procuraba personalmente una plenitud total, independientemente de la que me daban  mi marido y mi familia.
Una vez, cuando paseaba tranquilamente en la muy famosa avenida de los Champs Elysées, me di de narices con Driss, un antiguo vecino y compañero de juegos de mi infancia. Recuerdo su simpática fisonomía tal como si fuera ayer mismo cuando jugábamos juntos a las canicas, ese juego al que mi padre me tenía prohibido jugar con los chicos en la calle. Por ello, en mi memoria, no puedo disociar a Driss de las azotainas que mi padre me administraba cada vez que me encontraba jugando a las canicas con él y otros chicos. Yo no comprendía entonces por qué mis hermanos, en cambio, tenían derecho a jugar a las canicas sin ser castigados. Esta injusticia me empujaba a reincidir en mi juego preferido sin que me importara la rabia paternal, que cada vez se volvía más intensa frente a mi desafío. Mientras mis hermanos podían impunemente hacer lo que querían después de la clase, yo debía, como chica que era, volver directamente de la escuela a casa, donde estaba condenada en primer lugar a ayudar mi madre a las tareas domésticas. Luego, podía hacer mis deberes o jugar a las muñecas, que por aquel entonces no me gustaban.
Mi rebeldía por adaptarme a ese molde fue el primer ingrediente que forjó mi carácter y que me enfrentó a la mentalidad conservadora de la época contra toda decisión arbitraria. Podemos decir, por tanto, que las canicas jugaron un papel muy importante en la estimulación de mi conciencia femenina. Todavía ahora, tocar esa fibra de mi personalidad significa desencadenar reacciones de tempestades imprevisibles.
Pero volviendo al encuentro… Driss andaba también solo con un paso decidido y con una mirada que inspiraba cierta flema británica. Me acerqué a él y le dirigí la palabra y él, tras un instante de vacilación, me reconoció y abrió sus brazos gritando: «¡Najate! ¡No es posible…! ¡Cuánto tiempo sin vernos!»
Nos sentamos en un café y, mientras nos tomamos unos refrescos, cada uno presentó un rápido resumen de su vida. De este modo me enteré de que realizaba misiones especiales en el Ministerio del Interior de Rabat, que tenía tres hijos y una mujer que era ama de casa. Me confirmó, además, que su hijo mayor, médico de profesión, se había casado con una princesa, como ya nadie podía ignorar a aquellas alturas por razones mediáticas. Lo supuse muy rico y preocupado por consideraciones más materiales que intelectuales y mi sistema de valores me pareció muy lejano de su vago mundo. ¿Qué podría yo compartir con él en el futuro si carecía de afinidades con su profesión de pseudoespía, con su mujer sin profesión y con su nivel de relaciones sociales?
Pasada la sorpresa y la evocación de los años de la infancia, una molestia incomoda se instaló entre nosotros. Por mi parte, sentía que era mejor poner fin a aquella entrevista fortuita que me había conmovido mucho personalmente pero que ponía a la luz la divergencia de nuestros caminos en la vida. Pretextando tener una cita para cenar con unos colegas, me despedí de él sin ni siquiera intercambiar nuestros respectivos números de teléfono. En realidad me había quedado un poco defraudada por haber cedido al impulso espontáneo de abordarle.
Así es la vida.

Najate Zizi
Rabat, mayo de 2011
Tarea de escritura basada en el ejercicio: “Reencuentro de un personaje con el pasado”

“ENCUENTRO” de MARIBEL ANDRADE



Aquella tarde había quedado con un amigo para tomar una cerveza, intercambiar impresiones; en fin, relajarse un rato.
Había salido como siempre con barba de tres días; tenía el pelo castaño claro y lo llevaba un tanto largo, un poco greñoso, con aspecto dejado. Sus ojos castaños denotaban tristeza; parecía un hombre con pocas ilusiones. Llevaba tiempo sin tener un rollo, lo echaba de menos, tenía ganas. Por otro lado, le daba miedo enrollarse… ¡Todas querían algo serio! ¡Él no estaba para eso! Precisamente de ello le estaba hablando a Gerardo cuando se quedó sin tabaco. Se fue a la máquina a sacar una cajetilla dejando a su amigo con la palabra en la boca. Al agacharse para coger los cigarrillos, entre el ruido de la cajetilla y las monedas, oyó una voz muy cercana que llamaba a alguien. Aún inclinado, la insistencia de una llamada le hizo girar la cabeza en su dirección, aunque no era su nombre el que oía. Con el corazón acelerándose, pues era a él a quien se dirigía la chica, sin entender nada, cogió el tabaco y se dirigió a la mesa de donde procedía la voz. Era una joven de pelo oscuro ondulado, no muy largo de media melena y de ojos oscuros brillantes “¿Brillarán en la oscuridad?”, se preguntó Pablo. Una boca pequeña, nerviosa, pero decidida, le hablaba. Tardó en reaccionar ante aquel chorro de palabras y por fin se oyó a sí mismo diciendo: “No. Estás confundiéndome con alguien, no te conozco”. Lo asombroso era que le hablaba de él, de cosas suyas, pero él no la conocía, o ¿tal vez sí?. A medida que ella seguía hablando, él sentía la necesidad de aproximarse, de escuchar… Se sentó. Su cara empezó a cobrar vida y de repente estaba absorto en algo y en alguien a quien no acababa de entender. Pero no se podía marchar... Ella le confundía con otro, no había duda, pero lo chocante, lo increíble, era que se identificaba con lo que ella le contaba de ese otro. Cuando se dio por vencida, cuando aceptó (no del todo) que él no era quien ella creía, empezó a contarle: no lo veía desde hacía casi un año, pero lo deseaba como el día en que había desaparecido. Lo echaba de menos en sus noches y en sus días… Ella hablaba y hablaba del deseo que sentía de volver a tenerlo y ese deseo se veía en sus ojos, lo expresaban sus labios cada vez más seguros, cada vez más… atractivos. Él apenas podía contenerse, pero a la vez sentía inquietud; la inseguridad había dado paso al miedo. Su amigo lo esperaba, era hora de regresar a su mesa, pero algo lo atrapaba y lo amarraba a ésta. ¿Quién era ella? Ella era lo que buscaba y temía. Ella, con sus ojos, con su boca, con su cuerpo lo invitaba, no le cabía duda. El miedo y el deseo pujaban con la misma intensidad….
Su amigo lo llamaba.
        –Bueno, me espera…  -dijo mientras se levantaba-. Yo también he esperado mucho. Su voz era sedosa, sus ojos dos chispas que habían prendido una hoguera. Desde el otro lado del bar con el brazo en alto dijo adiós a su amigo y se fue con ella.

Maribel Andrade.
Rabat, 13 de marzo de 2012.
Ejercicio basado en una escena de la película Lucía y el sexo para la descripción de personajes.

“UNA BODA EN EL MÁS ALLÁ” de NAJATE ZIZI



         Dicen que dicen en Marruecos que había una vez
, en la época postcolonial, una pareja muy rica, enamorada y casada desde hacía diez años, pero que no había disfrutado la felicidad de tener hijos. La mujer comenzaba a sentirse culpable y comprendió rápidamente que su marido, desesperado por no tener heredero, estaba a punto de buscarse una segunda esposa como lo permitía la religión musulmana y muy a pesar de su recíproco amor. Es evidente que él no le había hablado con franqueza, pero ella siempre lo entendía todo por pura intuición femenina, la cual jamás de los jamases la engañaba.
De repente, cierto mes, como si este paroxismo de miedo le hubiera estimulado su ovulación tras tantos años de matrimonio, la mujer se sorprendió al darse cuenta de que no tenía el periodo. Estaba tan entusiasmada que corrió a anunciarle la noticia a su marido. Éste fue a comprarle inmediatamente un collar de perlas blancas para regalárselo y organizó ante esta ocasión una fiesta memorable con aleña y orquesta.
Y así fue cómo nació Kenza (“tesoro” en árabe), una niña que siempre estaba rodeada de amor y atenciones de todo tipo. El destino quiso que fuera hija única y pronto se transformó en una adolescente muy guapa, resplandeciente de elegancia e inteligencia, aunque demasiado mimada. Era evidente que el nido de ternura que la cobijaba no la armaba suficientemente para afrontar los lobos de la calle.
Una noche, cuando regresaba de la casa de una amiga, un soldado gamberro que pertenecía a las milicias todavía no desmilitarizadas tras la independencia, la atacó y la violó, tras lo cual ella perdió la voz. Kenza se tragó su secreto y no osó confesárselo a sus padres, que en aquella época estaban preparando una fiesta para celebrar sus quince años. Aunque consiguió esconder su sufrimiento como víctima, aquel acto criminal había sido excesivamente terrible para ella y ya no quedaba ni rastro de su alegría natural. Y esto era algo que no comprendían ni sus amigas ni sus padres.
Sin haber llegado a pronunciar ni siquiera una palabra, la muchacha se suicidó a la semana siguiente con un tubo de somníferos y sus padres casi se volvieron locos. Los salvó solamente su fe en Dios, el cual había llamado a su lado a aquella muchacha demasiado amada.
Entonces decidieron vestir a la difunta sobre su lecho de muerte con ropajes blancos de boda y con montones de flores del mismo color. Luego llamaron a un artista pintor para hacerle un retrato antes de que llegara la gente para darles el pésame. Escasa consolación era aquélla tentativa de inmortalizar a su hija como casada el día de su muerte.
Cuando el pintor se fijó en el rostro de Kenza, quedó fuertemente impresionado por su belleza angélica. Pero lo que verdaderamente le sobrecogió fue que, al hacerle una primera fotografía, parecía que la difunta fuera a volver a la vida. Frente al objetivo del aparato, aquella joven Gioconda sonreía sólo para él y le invitaba a bailar. Quién sabe cuánto tiempo duró aquel baile pero no cabe duda de que, instantáneamente, el pintor cayó locamente enamorado. Además sentía una fascinación que jamás había experimentado durante su anterior vida sentimental, la cual había ido de frustración en frustración hasta convertirlo en un solterón empedernido.
Día a día fue perdiendo el apetito y el sueño hasta que el agotamiento no le permitió ni siquiera seguir pintando. Deseaba él entonces plasmar esa impresión fugaz, tan intensa y maravillosa mediante técnicas aprendidas en la escuela impresionista. Sin embargo, fue perdiendo toda esperanza en acabar el retrato para entregárselo a los padres cuando regresaran de la Meca, adonde habían ido a secar sus lágrimas de sangre. Allí, alzaron sus últimas oraciones buscando consuelo frente a la impotencia del ser humano, frente a su existencia efímera y susceptible de ser interrumpida en cualquier instante o edad. Consideraban ellos entonces a su hija como una huriya, una virgen del Paraíso,  es decir, un regalo que Dios les había ofrecido temporalmente.
Incapaz de sentir este tipo de fuerza alimentada por la fe y el más saludable fatalismo, que le hubiera permitido aceptar una fin tan inadmisible, nuestro hombre decidió entonces ir a reunirse con la novia del más allá, ante la cual había sentido un flechazo irresistible, convencido que el paraíso que la acogía era el lugar ideal para casarse con ella y para liberarse de su fantasma.

Najate Zizi.
Rabat, 25 de octubre de 2011.
Cuento inspirado por los juegos del tiempo de Antonio Di Benedetto.

“PODRÍAMOS SER LAS DOS COSAS” de IMMA RABASCO (Invitada del blog)


           - No pienso pedir perdón, simplemente porque no creo que merezca la absolución, la verdad.
Él no se inmutó al escucharla. Seguía examinando embobado, casi enfrascado, su boca. Siempre le pasaba lo mismo... Se quedaba atontado mirando sus labios, el movimiento de éstos, para ser exactos. Y, mientras, ella seguía hablando:
- Yo que sé... Quizás algún día sabrás lo mucho que me obsesionas sin necesidad de todas esas estupideces... ¿Por qué tengo que pedir perdón por algo tan absurdo? Si no quiero jugar, no quiero jugar, ¿tanto te cuesta entenderlo?
Ella decidió callarse. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo, se giró y prefirió mirar la espectacular vista que se veía desde el faro. El viento le rozaba la cara, los labios. Él no dejaba de observarla, de espaldas. Ahora fijaba su atención en el cabello de Marian, que no paraba de revolotear rozando casi las gaviotas.
- ¿Tú qué eres?
Él no entendió la pregunta y le contestó:
-¿Qué quieres decir con eso?
-¿Qué eres: isla o península?
Por primera vez, él dejó de mirarla. Sus ojos iban de lado a lado, confusos. Menuda pregunta le había hecho. Casi le molestaba el interrogatorio. Pero, en un punto, sentía cierto placer, pues creía que aquello se parecía bastante a un pasatiempo. Así que dejó escapar unos segundos tensos y finalmente respondió.
- Península, ¿no?
-Qué pena...
-¿Por qué "qué pena"?
- Podrías ser las dos cosas, podríamos ser las dos cosas ¿Por qué eres tan conformista?
En el mismo instante en el que hizo esa pregunta, ella se dio la vuelta y le miró fijamente. Él no titubeó.
- No soy conformista... Soy una persona feliz, que no es lo mismo. Tú me has preguntado si era isla "o" península... Fuiste tú la que me hizo elegir entre las dos opciones.
- Siempre me echas la culpa de tu mediocridad. Qué aburrido eres...
Ella volvió a girarse y el viento insistió de nuevo en revolver su melena. Pero esta vez él ya no la contemplaba. Se quedó atravesando el horizonte con las pupilas, como ella. Un rato después le respondía:
- No te creas tan original... A lo mejor aquí la mediocre eres tú... ¿Isla o península? ¿Por qué te gusta tanto infravalorarme? ¿Es un juego? Ya sé... Hace tiempo que me vengo dando cuenta de que esa es tu forma de jugar…. Conmigo, claro... Tú te diviertes conmigo. ¿Y tú? ¿Tú qué eres? 
Ella seguía descubriendo el infinito. 
- Me aburres, ya te lo he dicho... ¿Crees que si salto y empiezo a volar hacia adelante llegaré a África? Desde aquí, en línea recta, ¿a qué país llegaría exactamente?
Él seguía centrado en el abismo.
- Marian... Tú nunca podrías arrojarte desde este faro y mucho menos volar... Vamos, dime… ¿Tú qué eres?
El viento seguía soplando con fuerza y ellos dos continuaban plantados en el balcón de la torre, sin curiosearse el uno al otro. Ahora callados ambos. Ella sacó las manos de sus bolsillos y levantó un poco los brazos. 
-Creo que sí que puedo volar... Hoy sí.
Él volvió a mirarla. No entendía qué estaba haciendo, pero le empezaba a poner nervioso. Muy nervioso. Ella le preguntó entonces:
- ¿Te parece que esto es un batir de alas?
Movía los brazos imitando a un pájaro, cada vez con más velocidad y precisión. Él no le quitaba la vista de encima. Ella seguía con el movimiento. Seguía, seguía... Hasta que, en un momento dado, levantó el vuelo. Lo hizo de un modo rápido y elegante, como si lo hubiera estado haciendo toda su vida. Y se alejó, así, sencillamente. 
Él no dejó de vigilarla, hasta que sintió un fuerte y repentino dolor en el costado. Sabía que era su ausencia, la de ella. Corrió escaleras abajo. Intuía que se moría, mientras aplastaba los escalones. Fingía que estaba bien, que llegaría a la calle y la encontraría esperándolo. Todo habría sido un juego. Eso pensó durante el tiempo que duró el descenso... 
Afuera, en la península, el viento persistía con fuerza. El agua de las olas mordía con furia las rocas. Dos gatos se apoyaban en la pared del faro y miraban con curiosidad el vuelo de las gaviotas, para evitar el sueño. No había nadie en la calle. Hacía demasiado frío para tener ganas de andar contemplando el paisaje y mucho menos para subir a curiosear la torre alta de luz. Y así se deslizaba el tiempo, se dilataba, jugaba al tedio...

Imma Rabasco
Buenos Aires, 4 de abril de 2012.
Inspirado por aquel tiempo en el que la marea transformaba la península de punta del este en una isla a su antojo...

jueves, 22 de marzo de 2012

“HECHIZO” de IMAN TANOUTI

   La necesidad apremiante de nicotina le hizo saltar de su sitio con la energía de un adolescente, aunque ya no lo era. Sus rizos castaños y su cara de pascua le proporcionaban un aspecto a la vez entrañable y jovial. Una vez cerca de la máquina, una voz femenina y sensual interrumpió su gesto, volvió la cabeza y se encontró con dos ojos como brasas que se le clavaron en el cuerpo taladrándole a golpe de pupilas, con una expresión ojerosa y asustada. Confuso, hizo en vano un esfuerzo para reconocerla, pero esos ojos grandes y marrones como almendras estaban allí, nublándole la mente y completando el trabajo de la voz, como si fueran dos operaciones distintas pero complementarias de un mismo proceso. Luego, un olor a jazmín de primavera invadió su nariz y los largos párpados que servían de cobijo a esos ojazos de gata salvaje, empezaron a agitarse nerviosamente. El efecto fue inmediato y él, aunque dudó unos segundos al principio, acabó acercándose con recelo y curiosidad a la desconocida, y se sentó mientras la cabeza le daba vueltas y vueltas.
   Ella empezó a hablarle, así de repente y sin introducciones previas, todo de golpe. Le habló sinceramente, sin censura, sin tabúes, de un tirón, como se habla a un viejo amigo, como para deshacerse de un peso insoportable. Él, atónito, la escuchó con mucho interés, como un niño escucha a su maestra, sin interrumpirla en ningún momento y, cuanto más hablaba ella, más interés mostraba él, aunque luego el interés se transformó en dudas, en inquietudes, en miedo, se contagió del mismo miedo que la aterraba a ella, hasta hacerles temblar a ambos. Aún así, ella consiguió apoderarse de él, se apropió de él igual que un cangrejo ermitaño se mete dentro de una concha vacía. Un doloroso amargor se hinchó en la garganta del joven al evocar tantas cosas juntas, las palabras pronunciadas por ella empezaron a agitarse en su cabeza como en una coctelera y una necesidad urgente de huir lo invadió. La sinceridad y la soltura de ella eran desmesuradas, provocadoras, molestas.
   Se levantó dispuesto a marcharse, pero una fuerza interior lo agarró y, sin ninguna explicación lógica, se acercó a la desconocida, la asió apasionadamente y ambos se alejaron apresuradamente.

Iman Tanouti
Rabat, 15 de marzo de 2012
Ejercicio basado en una escena cinematográfica.

“EL PASEO DE UNOS PIES” de ABDELLAH EL HASSOUNI

   Pero todavía se atropellaban a la salida de este cine, como si huyeran de esa sala oscura que acababa de darnos a luz. Y esto me molestaba. Yo que detestaba, y que detesto todavía, que me toquen incluso involuntariamente. Decidí entonces refugiarme en los laberintos tamizados y despejados de esta exposición ambulante, donde algunos aficionados perdidos se quedan boquiabiertos, enganchados, colgados de sus obras favoritas mientras pueden. De pie, al lado de Ana María, admiré largamente a través de la ventana ese mar turquesa del turbulento y surrealista Dalí, antes de mirar codiciosamente "El Almuerzo de los Remeros" de Renoir. Y, aunque aseguran que este desprende buen humor, no sentí que nada me contagiara.
   La necesidad de aire puro y de luz todavía me proyectó fuera de ese silencio aterciopelado. La muchedumbre me esperaba allí. Enseguida me rodeó, me envolvió, me empujó y me arrastró a lo lejos, me llevó hacia los callejones estrechos y tortuosos de la medina, su dominio y feudo favorito, su reino. Una marea de carne humana abigarrada con todo un espectro de colores: cuerpos que me rozaban, hombros que me empujaban, manos que me palpaban o casi y olores que me invadían las ventanas nasales hasta la saciedad. Los protagonistas eran parecidos a los de Renoir pero en esta ocasión estaban vivos y eran de carne y hueso. Actores que deambulaban, hablaban, cotorreaban, lo cual aparentaba un teatro permanente con un texto invariable, aunque las frases cambiaran continuamente. Y, por añadidura, me miraban de manera extraña; probablemente, detectaban mi angustia, la inquietud en mis ojos, mi sueño de escrutar ese mundo desde une ventana lejana. Una ventana entregada al silencio, dejando entrar sólo el simulacro de una sinfonía de olas estrellándose contra la arena blanca.
   Todo alrededor mío me inspiraba temor al contacto, una gran aprensión al roce, un gran asco que apenas lograba disimular. Fui apretando el paso hacia el punto más alejado, la punta del espigón, el peñasco extremo, para tener enfrente sólo el azul del océano, el desfile de las olas suicidándose a mis pies y algunos extremos de cañas de pescar cuyos pequeños movimientos de oscilación me devolvieron poco a poco a la calma y a la serenidad. Aproveché este sosiego reconquistado para escudriñar a mí alrededor. Nada especial, a parte del temblor de aquella sombra negra que me respondía repartida sobre la roca. Me imitaba, me imitaba a la perfección, lo que realmente me irritaba:
   - Déjame en paz. Estas aquí otra vez para fastidiarme la vida.
   - No puedo actuar de otro modo, verdaderamente no puedo.
   - ¡Qué harta estoy de ti! Estoy hasta las narices de esto, de verte brotar cada vez que estoy a punto de recobrar la serenidad.
   - Tienes una necesidad vital de mi presencia, por lo menos para dialogar. Además, estoy pegado a ti por mi propia naturaleza.
   - No estás pegado a mí precisamente, sino más bien a mis pies.
   - Para una sombra como yo, esto no puede ser de otro modo. ¡Soy tu sombra!
   - Sólo los más negados se pegan a algo tan estúpido como los pies.
   - En primer lugar, una sombra es sólo el reflejo de un ser y, en segundo lugar, los pies no son estúpidos. Hay que ser tonto, como a menudo el hombre lo es, para sacar proverbios tan idiotas como "Es tonto como sus pies". ¡No, los pies son muy inteligentes! ¿Puedes imaginarte sin ellos? ¿Y quiénes te han traído hasta este pequeño trozo de paraíso? ¿Quiénes te han llevado de un lado a otro? ¿Quiénes te mantienen en pie? Son ellos quienes te llevan muy lejos, cuando quieres ir muy lejos. Y luego cuando no te quieres ir, se quedan allí y te hacen compañía. Incluso puedes jugar con ellos. Además bailan, cuando suena la música. Sabes perfectamente que no puedes bailar sin ellos. ¡No me mires con ese aire de cordero degollado! Sí, los pies son importantes y lo que es estúpido es no comprender su importancia.
   - ¡Me niego a continuar este diálogo de sordos!
   Sin que lo hubiera llegado a percibir, la casi totalidad de los pescadores habían desaparecido y quedaba sólo un viejecito de cuclillas en el otro lado del espigón. Me senté y aquella maldita sombra entonces se me pegó inmediatamente a las nalgas. Escogía siempre las partes más asquerosas de mi cuerpo para adherirse a mí. Le eché una ojeada e intuí una sonrisa burlona en sus labios.
   A medida que el sol hundía su tristeza en las aguas rojizas del horizonte, la maldita sombra se alargaba detrás de mí, se oscurecía, para confundirse con el peñasco gris ceniza. Por fin era libre y estaba sola, sola con mis sueños, proyectos, ilusiones y recuerdos. Me dije a mí misma:
   - La soledad es tan difícil… Y esa dificultad debe ser para nosotros una razón para buscarla, merecerla…
   Pero en el camino de regreso, bajo la luna naciente, la sombra todavía estaba allí, conmigo, justo detrás, una vez más. En el fondo, estoy contenta de que esté aquí. Quizás Renoir tenía razón, por lo menos más que Dalí.

Abdellah El Hassouni
Rabat, 1 de marzo de 2012
Ejercicio basado en los cuadros “Muchacha en la ventana” de Dalí y "El Almuerzo de los Remeros" de Renoir

“TRASTRUECO” de MARYAM BENCHEKROUN

   Ese domingo fuimos a la galería de exposiciones en donde había expuestos cuadros de diferentes retratos de principios del siglo veinte. Me había apasionado el Autorretrato (1907) de Picasso con sus líneas contundentes. No resistí el deseo de comentar este adorable retrato en el que Picasso aplicó a su propia imagen una concepción geométrica, aunque sabía que no se entendiera o, aún más, no se escuchara lo que yo decía.
   - “¡Señor, qué hijo tan culto, tan dotado!
   Tras la visita de la galería, nos echamos a andar en dirección a un café. Apenas lograba sobrellevar su adolescencia. Su estado de continua desconexión, de su existencia aparte, de su automarginalidad me molesta mucho.
   Nos sentamos a una mesilla delante de un paisaje magnífico: un jardín con jazmines, con naranjos en flor y con el césped impregnado de margaritas y de algunas amapolas. Una bonita música soplaba hasta nuestros oídos.
   Cogió su móvil y empezó a visualizar un partito, totalmente absorbido por el juego.
   - ¡Por favor, hijo mío!
   - ¿Hum…?
   - ¿Por qué no aprovechamos este magnifico lugar y…?
   - ¡Ya, ya, ya…! ¡Oh! ¡Qué suerte!
   - La semana pasada vi tu boletín. Tus notas de matemáticas y de física hacen que me sienta muy orgullosa de ti, pero las de lengua y de filosofía y…
   - Sí, sí, sí. Lo sé. Lo sé…
   - Entonces tienes que…
   - De acuerdo, de acuerdo.
   - Estoy dispuesto a…
   - Gracias, papá.
   - …
   Quería acercarme más a él, intentar trastocar nuestra relación de padre e hijo y llegar a crear entre nosotros una amistad firme.
   - ¡Señor, qué hijo tan culto, tan dotado!

Maryam Benchekroun
Rabat, 5 de marzo de 2012
Ejercicio inspirado en el cuento “Postrimerías” de Francisco Ayala y en “Autorretrato” (1907) de Picasso.



"DOS TOMATES" de MARIBEL ANDRADE


   Tenía quince años, estaba recién operada de apendicitis y me estaba “absolutamente prohibido”, so riesgo de muerte, comer o beber nada hasta el tercer día del postoperatorio. Llevaba ya dos días de suplicio, pues me encantaba y me encanta comer… Y ¿qué vieron mis ojos en la mesita de noche al despertar de la siesta? ¡Dos tomates como dos soles de verano a punto de ponerse. Pensé que seguía dormida. ¡Tanta era mi hambre! Mi boca empezó a segregar saliva, mis tripas a dar palmas y se entabló una feroz lucha en mi interior. Mi estómago me empujaba diciéndome: “¡Salta de la cama y saborea esas dos maravillas!”, al tiempo que mi cabeza me sujetaba diciéndome: “¡Cuidado, que te mueres!”. Pero ¿qué hacían allí aquellas dos tentaciones? En esa lucha estaba, cuando oí que se abría la puerta del baño y, de repente, salió una mujer vestida de oscuro, cuchillo en mano, dispuesta a embestir aquellas dos maravillas. Yo me hice la dormida. Ella a continuación se sentó delante de los dos tomates y, ¡por Dios!, puedo decir que jamás había yo visto tanta ceremonia... Extendió un paño bajo el plato, puso en este los tomates y con la precisión de un cirujano, ¡zas¡, los dividió por la mitad. Allí estaban partidos, sangrando y, seguramente, fresquitos. ¡Dios Santo! Nunca había deseado con tantas ganas unos tomates. Sería lo primero que comería de vuelta a casa. ¡Me comería un platazo! Mis tripas lanzaban gritos; tragaba y tragaba saliva. ¡Cómo le ponía el aceite! ¡Con qué cuidado añadía la sal! Y para terminar (¡no faltaba más!), una pizca de pimentón verato. Aquello era un insulto, una venganza. Yo no aguantaba más. Me debatía entre empujarla y zamparme los tomates, insultarla por “glotona” o tirarle de los pelos. En esas, la voz de mi compañera de habitación, también recién operada, sonó queda pero enfadada:
   - Pero, mamá ¿qué haces?
   - Tomándome estos tomatitos tan sabrosos, hija- dijo con voz de inocente pillada en un pecadillo.
   Me di la media vuelta y, muerta de rabia y de hambre, continué haciéndome la dormida.

Maribel Andrade
Rabat, 8 de noviembre de 2011
Cuento a partir de la lectura de “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel.

"REENCUENTROS" de ANASTASIO GARCÍA

   Sentado estaba en una mesa cualquiera de ese oscuro bar, hablando con su amigo de no importa qué, cuando sintió la imperiosa necesidad de fumar.
   Se levantó y se dirigió hacia la máquina expendedora con paso decidido. Al llegar allí, una mujer parecía que lo estaba esperando, pues casi de inmediato se había dirigido hacia él y le había invitado a sentarse junto a ella. Él, dubitativo, miró a su amigo, como pidiéndole autorización.
   La mujer, con una sonrisa en los labios empezó a hablar. ¿De qué? No sé, el murmullo de los demás parroquianos impedía distinguir la conversación. Por la cara de ella y de él, por sus rostros y gestos, intuí de qué podría tratar… ¿Quizás reproches de un antiguo amor?
   A medida que iba pasando el tiempo, aunque tal vez lo que pasaban eran los reproches y las excusas, los ánimos también parecían ir cambiando. La cara de ella reflejaba tristeza, desánimo y amargura. Él, a su vez, se mostraba cada vez más nervioso e inseguro de sí mismo. Por ello, de vez en cuando miraba a su amigo, como para tener un punto de apoyo, un bastón sobre el que sostenerse.
   Fue transcurriendo el tiempo y afloraban nuevas emociones. Como para calmarlas, él abrió el paquete de tabaco de un brusco tirón. Le ofreció un cigarrillo a ella y él también fumó. Fumaron y vieron extinguirse el cigarro, al igual que, quizás, se había extinguido su relación. Y tal como el agua apaga un fuego, de sus ojos estuvieron a punto de salir unas lágrimas. ¿Serían estas lágrimas, lágrimas para apagar un fuego? ¿O serían lágrimas para regar una nueva semilla?
   Como para romper ese momento de dolor, o quizás para disimular, miraron hacia el televisor donde aparecía un perro mordiendo un muñeco. La rabia, la impotencia ante esta situación quizás brotaron en él, pues casi sin despedirse, se dio la vuelta y caminó unos pasos, solo, aturdido y confuso.
   Sin embargo, en cuestión de unos segundos, se dio la vuelta y corrió hacia la mesa, como un perro furioso hacia su presa, cogió a la chica del brazo y de un fuerte tirón la arrancó de la silla y se la llevó.

Anastasio García
Rabat, 18 de marzo de 2012
Texto basado en una secuencia de la película “Lucía y el sexo”: descripción de personajes.




miércoles, 14 de marzo de 2012

“VAN GOGH Y YO” DE NAJATE ZIZI

   Como de costumbre, cada año académico prolongaba yo mi estancia científica en París con mis vacaciones. Cuando terminaba mi mes de trabajo de investigación en un laboratorio de colaboración entre las universidades de Rabat y París, mi marido confiaba nuestro hijo a una azafata y me lo enviaba en avión. Yo iba a recuperarlo literalmente al aeropuerto de Orly y, tras una semana de feliz reencuentro, volvíamos juntos a casa. Era mi manera de mantener calmada mi conciencia y de intentar compensar la pena infligida por la separación que un niño podía interpretar como un abandono.
   Una vez, la semana de ocio coincidió con una exposición excepcional en el Gran Palacio de los Campos Elíseos con las más famosas obras de la pintura holandesa prestadas por el Museo Rijks de Ámsterdam. No podía faltar la oportunidad de admirar a Vincent Van Gogh mi pintor preferido de esta escuela. Claro que un niño de cinco años no iba a apreciar semejante visita, pero decidí llevarle, no sin comprar su previa tranquilidad con la promesa de un paseo ulterior en barco, en un ˝bateau-mouche˝, que recorría el río Sena.
   Entre todos aquellos magníficos cuadros, mis ojos quedaron cautivados por los realizados con la técnica del puntillismo propia de Van Gogh, por la que usaba para pintar una caña cortada en lugar del pincel. No pude saltarme el autorretrato con la oreja vendada que reflejaba aquel episodio de demencia en que el pintor maldito se automutiló cortándose el lóbulo de su oreja izquierda. La obsesión por poner fin a su vida empezó a embargarle ya que había sobrevivido a otra crisis de desamparo que le empujó a engullir sus colores para envenenarse.
   Me detuve ante los floreros con todo tipo de flores tan hermosas como los girasoles, los gladiolos, los claveles, los geranios, las amapolas, las anémonas, las margaritas, los crisantemos… Todas esas flores con las que Van Gogh celebraba la belleza de la naturaleza sin ninguna abstracción. ¿Cómo conseguía crear tanto esplendor desde su total desesperación?
   Superando esta perplejidad, continué mi visita y quedé encantada ante los paisajes con campos adornados de molinos de viento. Y fijé mi mirada en el cuadro que Van Gogh dejó encima de su caballete el día en que se suicidó con una bala en el pecho a los treinta y siete años de edad. Muy sugestivo en relación a su final trágico, este cuadro representa un campo de trigo amarillo dorado con un camino verde que no va a ninguna parte, bajo un cielo de tormenta y con una nube de cuervos negros que parecen realmente graznar tétricamente a coro gracias a la peculiar técnica de Van Gogh. Estas aves, conocidas como aves de la desgracia, auguran su muerte, la cual da fin a una vida llena de miseria, de insatisfacción en el amor y de varios sufrimientos tales como el insomnio, las alucinaciones y las crisis de epilepsia hasta la demencia. Me imaginé al llamado “Loco pelirrojo” pintando tras la ventana enrejada de un hospital psiquiátrico donde fue encerrado varias veces. En esos instantes me dio pena recordar que durante su vida no gozó jamás del éxito y que su inmenso talento en pleno siglo del romanticismo no fuera reconocido más que póstumamente.
   De repente, el niño al que casi había olvidado, a pesar de que lo llevara de la mano, me preguntó acerca de aquellas aves negras y cuando le respondí que eran cuervos, él recordó la fábula de Jean de la Fontaine que yo solía recitarle. Inocentemente y como una cajita de música, se puso a recitar:

En la rama de un árbol,
Bien ufano y contento,
Con un queso en el pico,
Estaba el señor Cuervo.

Del olor atraído
Un Zorro muy maestro,
Le dijo estas palabras…

   Sonreí entonces y me di cuenta de que había abusado de la paciencia de mi retoño. Salí con heroísmo de la exposición y fui a cumplir mi palabra para bogar con él en el Sena.

Najate Zizi
Rabat, 14 de marzo de 2012
Ejercicio basado en varios cuadros de Van Gogh.
/Cito poema-daptación de “El cuervo y el zorro” de Félix María Samaniego/



martes, 13 de marzo de 2012

“PATETISMO SENTIMENTALÓN” de ABDELLAH EL HASSOUNI

Han pasado cinco años más.
Cinco años más han pasado,
sin “¡Jamás, mi amor, jamás te olvidaré!”
sin “Tú no eres ningún viejo;
y te prohíbo que vuelvas a repetirlo”.
Pero, ¿a qué edad puede considerarse viejo un hombre?
¿A qué edad es uno lo que se dice un viejo?

Tal día como hoy fue, hace cinco anos.
El día de nuestro “doloroso desgarrón”.
Aquel día tus besos tenían el sabor salino de las lágrimas,
y tus suspiros expresaban más sufrimiento que placer.
Y hoy me acuerdo de que te divertía cantarme tus promesas trémulas
de amor eterno “¡jamás, jamás, jamás!”
Y yo me burlaba cariñosamente,
y tú fingías enojarte de mi incredulidad fingida.
Tantas otras escenas de nuestra costumbre clandestina
Acudieron hoy en tropel a mi memoria.
Pero, ¿dónde estarás ahora, corderito mío?
¿Corderito mío, donde estarás?

¿Qué más puedo apetecer sino tenerte conmigo día y noche
Siempre, noche y día juntos, mi corderito lindo y yo?
Pero habíamos llegado al fondo de un callejón sin salida,
estábamos arrinconados.
Yo te dije: “Te quiero a mi manera”
Y tú me replicaste: “Uno deja de querer a alguien porque sí;
no hace falta razón ninguna”
Además, a las penalidades de una vida sacrificada por amor,
hubiera venido a juntarse la inevitable miseria física de los años.
Y te fuiste sin haber vuelto la cabeza siquiera.

A pesar del hecho de que ¡tan parecidas son todas esas historias
con su invariable patetismo sentimentalón!,
grito, ¿dónde estarás ahora, corderito mío?
¿corderito mío, donde estarás?


Abdellah El Hassouni
Rabat, 11 de marzo de 2012
Ejercicio basado en “Fragancia de Jazmines” de Francisco Ayala: sintetizar un cuento.

lunes, 12 de marzo de 2012

“SÉ QUE VOLVERÁS Y TE QUEDARÁS” de ANASTASIO GARCÍA

   Qué lejano está aquel día en el que partiste, en el que alejaste de mí. Un año, ¡una eternidad!, pero qué cercano lo siento. Aún siento tu aliento, tu frescura, tu mirada, tu olor, tu risa y tu tristeza a la hora de partir. Aún siento tu presencia. Lo siento como si estuvieras aquí, pero miro a mi alrededor y no, no estás aquí.
   Cada ola me trae tus palabras, y mis palabras se las lleva. A veces oigo el romper de las olas y creo que eres tú, es tu risa que viene a hacerme feliz, a sacar una sonrisa de mis labios. A recordarme lo felices que fuimos y lo felices que seremos, pues sé que volverás, volverás para recuperar el tiempo perdido. Volverás para nunca más alejarte de mí, para consolarme con tu presencia y para sentirte cerca. Volverás y te quedarás. Te quedarás y nunca más partirás.
   Lo ansío tanto que mis ojos, en esta ventana, son los faros que te muestran el camino.
   Siento que ya estás cerca, esta sensación de paz, serenidad y felicidad me lo dice. Veo tus labios pronunciando mi nombre y yo te respondo que estoy aquí, donde te vi por última vez, en esta ventana que ha sido mi única compañera, mi confidente y mi amiga en esta eternidad.
   Sé que volverás y te quedarás.

Anastasio García
Rabat, 11 de marzo de 2012
Cuento basado en el cuadro de Salvador Dalí "Muchaca asomada a la ventana" a partir del ejercicio: elaborar una historia a partir de un cuadro.


“MIRADAS” de RKIA OKMENNI


   Sentado en el café con su amigo, se dio cuenta de que no le quedaban cigarrillos. Se dirigió hacia la maquina, situada en un rincón del local para comprarse un paquete y no prestó ninguna atención a la chica que estaba sentada en la mesa de al lado hasta que una voz lo interpeló. Él la miró atentamente para asegurarse de que le hablaba a él.

   Al joven lo llamaré Sergio. Tiene treinta años o quizás un poco más. Alto, atlético, el pelo largo, atractivo, de ojos muy grandes y barba de dos o tres días. A ella la llamaré Ana. Su cara conserva todavía ciertos rasgos adolescentes, es muy guapa, graciosa, de grandes ojos y lleva los labios pintados con carmín Su pelo corto y negro cae sobre su frente y subraya el efecto seductor e irresistible que emana de toda su persona. Es de estatura media y desde su camisa asoma su largo cuello.

   Ana empezó a hablarle a Sergio, todavía de pie y cerca de la maquina. Este le respondió y decidió sentarse junto a ella, tras disculparse de lejos con su amigo mediante un gesto significativo. La mirada de los oscuros ojos del joven se revelaba a veces interrogativa, otras sorprendida o emocionada, aunque sí se mostró durante todo el tiempo directa y franca. La de ella, que sonreía mientras le hablaba, era vivaz y atrevida, casi magnética, pues intentaba establecer contacto con él y con toda evidencia convencerle. De repente, Sergio sintió la necesidad de fumarse un cigarrillo de aquel paquete que había ido a buscar unos minutos antes, así que lo desgarró nerviosamente. Ana alargó su mano para pedirle uno también, mientras le ofrecía con mucha tranquilidad el fuego de su mechero. Luego ella se colocó seductoramente el cigarrillo entre sus labios y le sostuvo la mirada al joven. Hubo un momento de máxima comunión y de gran emoción que a ambos les humedeció los ojos y que a Sergio le produjo un nudo en la garganta. Este volvió la cara otra vez para asegurarse de que su amigo estaba todavía esperándole, vio con mucha contrariedad en el televisor del café la imagen de un perro furioso desgarrando con fuerza una muñeca, y, al mirar de nuevo hacia Ana, todavía permanecía en su rostro aquella expresión confusa que hizo dudar de sí a la chica. Para su sorpresa, sin embargo, en ese instante él se alzó y se fue aproximando hacia ella con un gesto cariñoso por encima de la mesa. Aún así, Ana siguió sonriendo, como para relajar la tensión que reinaba en el ambiente. Sergio, ya en pie, se le acercó decidido, le murmuró algo al oído y le tendió la mano. Ella se levantó a su vez, muy alegre, buscando con la otra mano su bolso para salir corriendo del bar junto a él.

   Yo me quedé mirándoles, sentado solo a la mesa como todos los sábados, con la sana envidia de mis setenta años y la rutina de mis días tan iguales, sumergido en una hola de recuerdos y sobre todo de añoranza de mi juventud…

Texto basado en una secuencia de la película “Lucía y el sexo” (2001) de Julio Médem: descripción de personajes y de emociones.



Rkia Okmenni


Rabat, 6 de marzo de 2012


domingo, 11 de marzo de 2012

“UN RAPTO TIERNO” de ABDELLAH EL HASSOUNI


De pie, delante de la máquina de cigarrillos, había sentido la mirada que había posado sobre él una mujer sentada a la mesa justo al lado. Era una mujer joven, morena, de ojos claros y cara ovalada. Lucía una sonrisa tímida y fugitiva y llevaba un abrigo marrón pálido. Detrás de sus ojos color miel había algo más, una petición, una esperanza. Ambas miradas se cruzaron, se interrogaron, vacilaron en la actitud que debían emprender. Pero la mujer, que parecía esperarle, se lanzó la primera con un tono lo justo audible aunque con una voz clara.
El hombre se detuvo, parecía vacilar. Luego se volvió hacia su amigo, que seguía sentado en una mesa del fondo, delante de una cerveza a medias bebida, y le pidió excusas con un gesto de la mano con el fin de satisfacer la demanda que acababan de hacerle.
          Era un hombre joven, ya en la treintena o casi, con barba de algunos días. Vestía un jersey marrón y una chaqueta deportiva. Tenía cierto aspecto de cretino con cara de santo que alardea con su mirada interrogante, a la par que perdida y apacible. Sentado delante de ella, mostraba un aire un poco desconfiado pero estaba atento y escuchaba las palabras de la joven con atención, ientras la animaba a proseguir con leves asentimientos de su cabeza.
El rostro de la joven, que mantenía un discurso claro, ordenado y posiblemente ensayado a priori, se mecía entre la gravedad, la seriedad y la tristeza, mientras conservaba clavados sus bellos ojos en los de él. El impulso inicial de ella había ido disminuyendo progresivamente y parecía volverse entrecortado. Signos de duda, de aprensión, de incertidumbre se perfilaban en su cara. Al mismo tiempo, el hombre parecía haberse angustiado, preocupado.
La mujer le dijo algo que podía tener relación con su amigo. Por eso, él se volvió hacia éste y le pidió de nuevo perdón por su retraso. Abrió su paquete de cigarrillos de un modo exacerbado, torpe, desgarrando el lado superior del paquete, para ofrecerle a ella un cigarrillo y tomar uno él también. La mujer, que estaba muy atenta a sus reacciones, le tendía ya el fuego de su mechero antes de que él hubiera tenido tiempo de buscar el suyo. Esperaba haber destruido sus fortificaciones, su indecisión y haberle quitado la palabra que deseaba.
El hombre volvió la cabeza para ver lo que sucedía en la tele: un fornido perro negro estaba atacando, durante una sesión de entrenamiento, a un monigote de paja vestido de azul. Esta escena parecía haberlos dejado un poco más angustiados. Pero él tragó saliva y luego se levantó. La mujer aplastó su cigarrillo apenas empezado en el cenicero. Sus labios denotaban un leve temblor. Al final, aunque a ambos se les habían humedecido los ojos, era la mujer quien parecía estar a punto de prorrumpir en lágrimas.
         Ella no sabía si el hombre había aceptado su oferta o no, si iba a atreverse o no. Él parecía no saber qué hacer. Titubeó un momento, durante un breve lapso de tiempo, y luego se arrojó a la corriente de los acontecimientos, tomó a la mujer por el brazo y la atrajo hacia sí. Ella cogió su bufanda roja y lo siguió, con aire aliviado, satisfecha de sí misma.
Salieron por la puerta situada justo al lado de la mesa donde estaba su amigo, el cual abría sus ojos de forma desmesurada. Aparentemente, no había entendido nada.

Abdellah El Hassouni
Rabat, 3 de marzo de 2012
Texto basado en una secuencia de la película “Lucía y el sexo” (2001) de Julio Médem: descripción de personajes y            de emociones.

sábado, 10 de marzo de 2012

“UN REENCUENTRO” de FATIMA, IMÁN, ABDALLAH


Mientras esperábamos al siguiente conferenciante, sentí una mirada fija en mí, penetrante, acentuada. Era la de unos ojos verdes que habían invadido la sala, dirigiéndose hacia mí. Percibí una señal de familiaridad en ellos, quizás algo más. Se sentó junto a mí, disimulando tímidamente una sonrisa, cual una adolescente enamorada. Me estrujé urgentemente las meninges para ponerle nombre a esa carita de ángel, mientras buscaba en el baúl de mis recuerdos algún indicio, un fragmento de historia, un trozo de imagen que pudiera desvelarla, pero ocurrió lo fatídico, la catástrofe:
- Hola. Por fin. ¡Cuánto tiempo! -dijo ella.
El enigma creció todavía más y mi justísima fama de cortejador insaciable me lo puso aún más difícil, pues ¡cuántas mujeres había tenido yo la ocasión de conocer tanto en el terreno personal como en el profesional! Disimulando respondí:
- Sí, querida, por fin.
¡Qué vergüenza! Otra vez más esta situación embarazosa e incómoda con una bella criatura. Bien se comprendía que no había reconocido en nada a mi deliciosa desconocida y que había dicho aquello por pura cortesía. Me resultaba imposible refrescar mi memoria. Reinó un momento de silencio pesado, interminable, que fue interrumpido por la presentación de la siguiente conferenciante: “Doña María Monte Jiménez”.
Mi vecina de asiento se levantó y se dirigió con muy pocos ánimos hasta la tribuna. Fue entonces cuando hallé en esos andares lentos, vacilantes, el recuerdo de aquellas piernas interminables que vi alejarse años atrás entre la muchedumbre tumultuosa de una estación de tren de Montevideo, con la promesa firme de un encuentro próximo y seguro.

Fatima, Imán, Abdallah
Rabat, 21 de febrero de 2012.
Ejercicio basado en «Reescribir un fragmento de “La niña de oro” de Francisco Ayala: rehacer un fragmento tras una lectura, dilatándolo desde nuestra imaginación»

“UN MUY MAL FISONOMISTA” de MARYAM y RKIA


Estaba esperando al conferenciante cuando una mujer se sentó en el asiento que había vacío a mi lado. Me lanzó una mirada expresiva, intensa, casi un saludo. Murmuró:"¡Cuánto tiempo!". Intenté recordar en qué circunstancias la había conocido, dado que en mi trabajo suelo trabar relación con muchas mujeres. Pero todo mi esfuerzo resultó en vano. Su mirada se volvía insistente y sospeché que quizás en el pasado habíamos mantenido algún trato íntimo. Yo siempre fui muy mal fisonomista, por eso repliqué: “¡Casi un siglo, querida! ¿Qué ha sido de tu vida?”
Noté con cierta satisfacción que el término “querida” no le había producido ninguna  molestia porque me respondió:
- Me casé.
- ¡Lo siento!
- Yo también lo siento.
Quise seguir más adelante hablando con ella. Entre nosotros empezó a fluir una atracción creciente, al menos por mi parte. Y no me sorprendía el haberla conocido antes, aunque mi memoria me negaba cualquier ayuda. Antes de formular mi próxima pregunta, reinó un gran silencio en la sala y subió el eminente profesor a la tribuna.
Me fue imposible concentrarme en el contenido de la conferencia y no paré de echarle miradas llenas de desasosiego a mi vecina de asiento. De repente, el gesto de su mano para arreglarse el pelo y pasárselo por detrás de la oreja mientras inclinaba ligeramente la cabeza, me refrescó la memoria.
Exclamé con voz baja: “¡Dios mío, es Raquel!”. Nos habíamos conocido en una asociación del barrio hace muchos años y, muy al contrario de la muy elegante señora que estaba a mi lado, vestía siempre vaqueros y no llevaba maquillaje alguno. Nuestra relación fue muy breve porque por aquel entonces tuve que irme al extranjero…
Conseguí interesarme de vez en cuando en las preguntas y comentarios de los asistentes, aunque no cesaba de buscar en mi mente la frase adecuada para invitarla. Así que, al final, salí tontamente tras ella cuando vi que se dirigía hacía el conferenciante. Yo también quería saludarlo y agradecerle su ponencia. Le estaba tendiendo la mano a éste cuando me despertaron las palabras de mi querida: “Te presento mi marido…”. Sentí un ligero sobresalto, respondí algo y, hasta hoy día, no sé si logré ocultar mi decepción…  


Maryam y Rkia
Rabat, 21 de febrero de 2012.
Ejercicio basado en «Rehacer un fragmento de “La niña de oro” de Francisco Ayala: rehacer un fragmento tras una lectura, dilatándolo desde nuestra imaginación»

“REMINISCENCIAS VOLÁTILES” de NAJATE y MARIBEL


Sentado en una sala de conferencia, esperando el comienzo, de repente apareció una atractiva mujer que me echó una mirada penetrante y ansiosa a la vez y que luego se sentó a mi lado con una sonrisa un tanto  seductora. Extrañado, le respondí con otra, no menos encantadora, aunque no sabía si me conocía, o lo que era peor, si nos conocíamos.
Sin duda  mi memoria fisonómica, acostumbrada al constante contacto con mujeres por mi profesión, me traicionaba una vez más. Podía ser una de tantas, o incluso una de mis numerosas aventuras. Muy probablemente, me pareció que pertenecía a la segunda categoría, es decir a las íntimas.
Me atreví a decirle «¡Cuánto tiempo! ¿Qué ha sido de tu vida?». Ella me contestó que se había casado. Le dije un «¡Lo siento!» bastante equívoco y añadió: «Yo también». Vi entonces una sombra de tristeza pasar por sus ojos acompañada de un suspiro. Los aplausos interrumpieron nuestra confusa conversación y comenzó la conferencia. Durante toda la exposición, no pude concentrarme en el tema que, sin embargo, me interesaba mucho. Perturbada, mi cabeza no paraba de dar vueltas y vueltas a la búsqueda de un detalle que las capas de mi memoria se negaban a revelarme. De repente, una chispa se encendió en mi memoria y la vi. ¡Por fin la vi! Había ocurrido cinco años atrás en un viaje a París, donde nuestra estancia, por motivos de trabajo nos juntó. La estancia fue breve. Nos conocimos en un restaurante llamado ˝Le cochon de lait˝. Era martes y, a aquella hora,  no había más comensales. Ambos éramos españoles y prendimos la hebra... Decidimos comer juntos. Con la tarde libre por delante, la sobremesa fue larga. Sin darnos cuenta, estábamos brindando en su cama. Así pasamos las cuatro tardes restantes.
Los aplausos al conferenciante me sacaron de los meandros de mi sueño y me di cuenta de que Amanda (¡por fin se llamaba…!) ya no estaba. Como en un sueño, se había esfumado, se había ido sin despedirse. Me resultó extraño. No le di más vueltas y me fui a saludar y felicitar al conferenciante y antiguo compañero. Según me acercaba, entre tanta gente, la vi allí, abrazada a él. Le pregunté a un amigo quién era aquella que así besaba a Mario y me dijo que la esposa, con la que llevaba por lo menos diez años casado. Me marché como un ladrón. ¡No hay dos sin tres!

Maribel y Najate
Rabat, 21 de febrero de 2012.
Ejercicio basado en «Rehacer un fragmento de “La niña de oro” de Francisco Ayala: rehacer un fragmento tras una lectura, dilatándolo desde nuestra imaginación»


“UN ENGAÑO DE LA MEMORIA” de AÍDA, SAMIRA y ANASTASIOa y Anastasio.


           Sentado estaba en la última fila del aula de conferencias, cuando una desconocida se sentó junto a mí. De repente me dirigió una mirada rápida, profunda y penetrante tras la cual dijo:
- ¡Cuánto tiempo! ¡No has cambiado nada desde la última vez…!
            Al oír esto mi cara adoptó una expresión de asombro, sorpresa, duda... Y me asaltó la gran pregunta: ¿Quién era ella?
            No sabía si se trataba de una de las tantas que habían pasado por mis brazos, o si había sido algo más, pues no la recordaba. Busqué, escarbé en mi memoria para encontrar un recuerdo de ella, pero todo fue en vano. Para evitar que me descubriera contesté:
- La verdad que sí…Pero tú tampoco has cambiado.
- ¿Y qué ha sido de tu vida? -me preguntó con inquietud la mujer desconocida.
            - Pues nada, como siempre sigo soltero… ¿Y tú?' -le inquirí un poco confuso.
- Yo me casé -dijo ella.
- Ah, lo siento… -respondí con una pizca de sonrisa.
- Yo también lo siento… -dijo ella con la tristeza reflejada en su rostro.
           Tras un largo silencio sacó ella de su bolso un libro y con un gesto de ternura me lo ofreció y se despidió de mí. Al abrirlo me encontré con lo siguiente:
 Para Esperanza con todo mi amor. Fernando.
Al leer esto me di cuenta de que fue un amor de juventud. Era Esperanza, mi esperanza perdida en las profundidades de mi memoria.

Aída, Samira y Anastasio.
Rabat, 21 de febrero de 2012.
Ejercicio basado en «Rehacer un fragmento de “La niña de oro” de Francisco Ayala: rehacer un fragmento tras una lectura, dilatándolo desde nuestra imaginación»

"LA MUJER DEL CAMBISTA" de MARIBEL ANDRADE



Paseando por la historia,
rastreando por el arte
me encuentro a un cambista
enseñando a su mujer su arte,
el arte de la usura: la alegría
que nace del la caída del otro,
del engaño, del desastre.

-Y eso, ¿por cuánto lo compraste?
- Por tres.
-¡Pero si diez al menos vale!
-Ella se quedó preñada por quinta vez,
el negocio no les va bien
y su dote empezaron a vender.

Un calor a ella le recorre el cuerpo
-¿Y aquél?
-¡Uhh! Por dos.
Se enciende.
-¿Y ese?
-……..
Se quema.

Con ojos ardientes y voz suplicante,
en la oreja, a su buitre le susurra:
- ¡Vamos¡  Envuélveme en tus alas
y terminas de contarme!

Maribel Andrade.                             
Rabat, 25 de febrero de 2012.
Ejercicio basado en: “Contando historias a partir de un cuadro…”

«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"