TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

Sigue nuestro canal "A orillas del Bu Regreg" en YouTube: https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag

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domingo, 1 de mayo de 2011

COLLAR DE ESTRELLAS de RKIA OKMENNI

(Para Lamiae en este día en que celebra su boda)

Para este día memorable,
Único e importante,
Trazado con lápiz de luz
Y un collar de estrellas,
Te ofrezco ramos de flores
De todos los colores,
De todos los olores,
Fragancia de felicidad,
De alegría y total armonía
Al lado de tu elegido.
Felicidades princesa,
Y que las estrellas del cielo
Os cubran de luz y encanto
Os llenen la existencia,
De mucha complicidad
Y de uno o dos o quizás tres
Encantadores ángeles…

Rkia Okmenni.
Rabat, 30 de abril de 2011
Lamento mi ausencia en la fiesta, pero estoy presente en pensamiento.
Y otra vez:¡FELICIDADES Y LARGA VIDA A TI Y A TU MARIDO!

domingo, 27 de febrero de 2011

"LA AURORA DE RABAT" de FATINE SEBTI


La aurora de Rabat tiene
Dos coronas perfumadas,
Una de jazmín y otra de azahares,
Cantos de ruiseñores
Y una brisa de mariposas coloradas
que cortejan las flores enrojecidas.

La aurora de Rabat ríe y se deja llevar
Por el inmenso tobogán
Buscando entre los niños
Tréboles y Narcisos de esperanza dibujada

La aurora llega y todos la reciben en sus ojos y sus almas
Porque les trae un día nuevo y promesas brillantes
La luz radiante abraza tiernamente la ciudad que se despierta
Y los primeros que salen recolectan el rocío de los follajes.

A veces las palabras en hormigas maliciosas
Suben por los pies, llegan a ciertas almas
Y hacen estremecer plumas inspiradas
Y con la aurora nacen tiernos poemas

Fatine Sebti
Rabat, febrero de 2011
(Ejercicio basado en “LA AURORA” de Nueva York de Federico García Lorca)

lunes, 14 de febrero de 2011

“LA AURORA DE RABAT” de RKIA OKMENNI


La aurora de Rabat limpia al cielo de la ciudad,
sus calles, su playa, su bosque y el Bu Regreg.
Con una niebla blanca que huele algas y a yodo,
desvela con encanto la Torre Hassan,
las murallas y los Udayas, testigos del pasado,
y espera acoger al día recién nacido.

La aurora de Rabat protege pequeños barcos que desfilan
deformados como fantasmas sobre el Atlántico.
Entre agua y cielo, bajo el ojo protector y paterno
del antiguo, pero siempre fiel, faro erguido.

La aurora de Rabat invita a siluetas y sombras,
a aparecer y desvanecerse en los barrios desérticos:
unas arrastrando sus pies de cansancio o de borrachera,
otras empujando con pena carretas de acartonados tesoros,
con la ilusión de salir de las calles de la capital
todavía dormida en medio de sueños y pesadillas.

La aurora de Rabat arroja la tristeza de las almas,
la soledad, las tinieblas y las mañanas inciertas;
facilita la comunión mágica entre seres y naturaleza,
llevando con ella claridad, vida y esperanza. 

Rkia Okmenni
Rabat, 30 de enero de 2011
Ejercicio basado en “LA AURORA” de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca

martes, 8 de febrero de 2011

“LA AURORA” DE DE SBIHI ABDERRAOUF


La aurora de mi barrio,
me recuerda el espacio
de mi gran ventana,
el horizonte para mi mirada.

Las muelles resisten a las olas
y las gaviotas chapotean con sus alas.
El faro golpea sus rayos
y me guiña con sus párpados.

El yodo inunda mi piso
y yo me siento en el mundo del silencio:
la claridad del momento y la pureza del aire
y yo vuelvo a ser Robinson Crusoe.

Las olas acarician la arena
y dejan su rúbrica paralela.
La brisa limpia la atmósfera
y nos espera a la salida.

De repente la cabeza de la torre Hassan se ilumina
y la llama a la oración rompe el silencio de mi mirada.
Ahora no estoy solo, el olor del café sube las escaleras
y llega a mi piso expulsando el yodo escondido en mis esquinas.
Ya sé que mi madre está en la cocina,
Y yo bajo tomar el desayuno con ella.

Sbihi Abderraouf
Rabat, febrero de 2011
Ejercicio basado en “LA AURORA” de Nueva York de Federico García Lorca.

"BODA DE SANGRE" DE SBIHI ABDERRAOUF


Para ella la navaja es una pesadilla,
para mí es un recuerdo de alegría.
La novia iba a perder su cariño
y la esposa no olvidó a su marido.

La navaja es parte del llavero de mi padre
y yo, niño, no la espero de mi madre,
Para ella es algo de hombres mayores
y para mí eso es parte de mis albores.

Su mango de madera barnizando,
Su hoja de acero reluciendo,
Su uso para pelar una naranja…
Todo refleja en el filo una imagen fija
y yo sabía que, llegado el momento,
sin duda alguna a mano la tendría.

Después supe que este objeto tan contemplado,
de abuelo a nieto sería inevitable herencia
y que con ella yo mi honor defendería.

Sbihi Abderraouf
Rabat, enero de 2011.
Ejercicio basado en "Bodas de sangre" de Federico García Lorca.

lunes, 31 de enero de 2011

“EL ÚLTIMO VIAJE” DE RKIA OKMENNI

(Basado en un cuento amazighe)

Zapatero, amigo mío,
Vengo a ti muy asustado.
Me hacen falta unos zapatos,
Y los quiero muy sólidos,
Lo más sólidos que tengas
Para que duren dos años.
¿Por qué exiges que resistan tanto
Si no los usarás ni un año?
Es tu hora y yo soy el Mensajero,
Dijo la voz por encima del hombro.
Dominando el escalofrío intenso
Que le recorrió todo el cuerpo,
Le contestó con tono resignado:
Los quería resistentes y sólidos,
Para andar y recorrer caminos.
Para visitar a mi tío enfermo,
Y ver a mi tía y mis hermanos.
Ve, hombre, aprobó el Mensajero,
Ya que tus razones conozco,
Yo te añado todos los días
Que precises para tus visitas.
Así, fue primero a su casa
Casi ausente y despistado.
Y despidiéndose les anunció:
Si alguien pregunta adónde voy,
Decidle que hacia el más allá,
Y que allí me encontrarán.
Y que por mucho que haya andado
Desde el origen de mis tiempos
Yo convivo ya con los muertos.

Rkia Okmenni
Rabat, 11 de noviembre de 2010
Tema de escritura: “Un encuentro con la muerte: mil caras, mil formas de escritura”


"LA ÚLTIMA SORPRESA" de ABDELLAH EL HASSOUNI


Sin el menor ruido, sin el menor movimiento, una voz glacial me ha interpelado:
- ¡Vengo a acompañarle para su último viaje, el viaje hacia el mundo eterno!
- Usted debe de ser el diablo, un diablo que seguramente nos engaña... Estoy seguro. ¡El problema es que jamás uno sabe cuándo usted nos engaña!
- No es el momento de hacer bromas.
- Entonces, ¿está usted seguro de que es a mí a quien busca? ¿Y de que es éste mi instante fatídico?
- ¡Nosotros jamás cometemos errores!
- ¡Vaya! Pero, la verdad es que me habría gustado tener más tiempo, vivir un poco más... Bueno, en vistas de eso… Mire, tengo muchos asuntos pendientes y me gustaría que usted al menos me diera el tiempo necesario para cumplir algunos de mis sueños inacabados. De ser posible… ¡Al menos uno! ¡Una sola locura! ¡Una última gilipollez! Y después...
- Es lo que todos ustedes dicen: ¡Más tiempo, más tiempo…! Eso jamás es posible y usted lo sabe bien, puesto que cada uno sabe bien que nació para morir al final. Hay un día para el nacimiento y otro para la muerte y entre los dos el tiempo fluye sin cesar, sin vuelta atrás. ¡Además, esto no es una cuestión de tiempo sino más bien de miedo! Es eso ¿no?

- No, no, qué va… -me digo-. No adivina nada… Bueno, en verdad no debe de interesarse tanto por mí en particular ni, en todo caso, no más que por otras almas que ya ha debido transportar… Para un ser eterno como Él, este no debe ser un trabajo divertido y, en última instancia, comprendo su diligencia por rematarlo. Una diligencia que me recuerda a la del repartidor de pizzas, siempre a punto de partir o de volver, aunque éste por lo menos siempre se muestra agradecido y con una sonrisa más o menos ancha según la importancia de la propina… Todo lo contrario de este mensajero del otro mundo de rostro frío. ¡Es tan siniestro! ¡De hecho, me pregunto qué requisitos son necesarios allá arriba para hacerse mensajero de la muerte! Probablemente no haya condiciones especiales e indispensables… Lo más seguro es que se les reclute con toda urgencia para afrontar el incremento del número de los muertos. Seguro que se necesita un buen ejército de transportistas siniestros...

No, mensajero, no tengo miedo de seguirte en ese último viaje. Creo que soy un favorecido en este valle de lágrimas y no sé si logras imaginar lo que siento, si llegas a palpar los estados de mi alma. No me sacrifiqué sobre el altar de sus eslóganes movilizadores y ridículos: "Patria, Honor, Nación, Interés general…". Sentado en mi butaca, frente a mi estúpida pantalla, me reía burlonamente viendo cómo enviaban tropas a los campos de honor acompañados de esos famosos himnos patrióticos. Y luego, bebía a la memoria de los que habían muerto por el honor. ¡Por cierto, estoy seguro de que, vosotros, los mensajeros, tenéis que odiar esos ataques de locura de los hombres que os obligan a trabajar horas y horas suplementarias! ¡Debéis sentiros cansados y agobiados! Además, no sólo están esas guerras que se inflaman de modo periódico, los hombres siempre se las ingenian para elaborar procesos que os anegan de trabajo: el hambre, la traición, las epidemias, la codicia…. De todos modos, me importa un pito tu ritmo de trabajo. Mientras tú ibas por ahí, ejecutando tu tarea repetitiva, yo he tenido tiempo de hacer todas las locuras que se me pasaron por la cabeza. Hasta tuve niñas a las que enseñé a hacer locuras todavía más grandes que las mías. Tuve tiempo… Tuve tiempo de dejar que mi galera encallara en aguas turquesas que jamás podrás llegar ni a imaginar. Tuve tiempo de bajar a toda prisa por todos mis caminos el mismo día, jamás al día siguiente, dado que el terreno del día siguiente es a menudo incierto. Y es que, en realidad, lo mejor no es el futuro sino el momento presente, el preciso instante. Tuve tiempo de comprender que cada experiencia vivida con otra persona es única e irrepetible. Tuve tiempo de sentirme necesario, de sentir que otros eran indispensables para mí, de deleitarme con la palabra "amar " bajo todas sus formas verbales.
No obstante, lamento que nosotros, los hombres, conozcamos sólo una vida efímera y limitada, una verdadera "nada" respecto a la inmortalidad de esos mensajeros de la muerte. Por eso, siento pena por este cuerpo que es el mío y que será arrojado a uno de esos hoyos sucios y estrechos de las entrañas de la tierra. Este cuerpo, a quien dediqué tanto tiempo y a quien cuidé, colmé y mimé…Pienso en mis ojos marrones y claros como las castañas, en mis labios finos color cereza, en mis manos tan diestras y sensibles, en mis redondeces, en mis líneas visibles, en mis rasgos y en mis encantos que se distinguen apenas y que descubrí sólo a mis más íntimos. Todavía adoro este cuerpo, aunque exhibe ahora algunas huellas del tiempo. Sé que en cuanto extraigas el alma que transportarás allí adonde se te ordenó hacerlo, los míos pondrán este cuerpo al servicio de las lombrices. ¡Qué derroche! ¡Verdaderamente, qué derroche! Así que toma este alma, la mía, cuando quieras… Eso no me afectará en nada, dado que jamás me ocupé de mi alma… ¿Por qué y para qué debía hacerlo? En este, nuestro mundo, sólo el escaparate interesa, la apariencia, la fachada. Y la mía no era mala.
Pero, mensajero, entiende también que viniste demasiado tarde, demasiado tarde para asustarme. Te temía cuando me despojaste de mi padre, mi protector, mi modelo, siendo yo niño. Te temí el día en que me privaste de mi amigo, mi joven compañero, mi alma gemela. Recelaba tu llegada cuando mis retoños iban a cuatro patas, cuando eran seres indefensos, cuando necesitaban apoyo. Llegas demasiado tarde, realmente tarde. Tan tarde, que ya la vida no me reserva más sorpresas. ¡Tú vienes a ser la última sorpresa! No, no tú. Sí, verdaderamente no tú. Sino tan sólo el preciso momento de tu llegada. Y ahora que estás aquí, ya ni eres una sorpresa. Te has vuelto una trivialidad, algo prosaico… No, mejor dicho, eres una fatalidad. El miedo, como la estupidez, siempre fue y seguirá siendo uno de los fundamentos de la acción humana. Y yo no tengo miedo de ti, así que no haré nada en absoluto frente a ti, simple mensajero de la muerte.
Haz lo que tienes que hacer, ahora que mi tiempo se escurrió, que el reloj ha dado las doce, que la llama de mi vela vacila esperando el último soplo del viento. Creo que es estúpido desafiar el ciclo de las estaciones, la lógica de las cosas, el hacer brotar a las rosas rojas bajo el abrigo del invierno. Probablemente es absurdo, mensajero robotizado, repetir nuestro debate desde su principio; el verdadero ruiseñor jamás repite el mismo sonido musical. ¡Haz lo que tienes que hacer! ¡Un invierno más muere y otra primavera renacerá! ¡De las nubes negras surgirá una hierba perfumada!
Pero, debes saber que me negaré a cerrar los ojos incluso cuando me los cubran con un blanco paño. Los mantendré abiertos, clavados en este cielo atravesado por las golondrinas, habitado por caballos de nubes blancas que descienden las llanuras azules donde reina esa vela amarilla.

Tan sólo un estremecimiento y el mundo se vuelve una cuna de paz.

Abdellah El Hassouni
Rabat, 5 de diciembre de 2010
Tema de escritura: “Un encuentro con la muerte: mil caras, mil formas de escritura

martes, 14 de diciembre de 2010

“AUTOBIOGRAFÍA DE RIKA OUSAID” de RKIA OKMENNI


Cada vez que intento recordar cuándo, dónde, por qué y cómo empecé a escribir, me resulta muy difícil llegar a hacerlo y encontrar una respuesta que me convenza. Ya muy joven, escribía poesía sobre papelitos o cuadernos de clase y también tenía un diario que escondía, como podía, cambiándolo de sitio para que nadie lo encontrase. Mucho tiempo después ya no me importó que se supiera que escribía y lo que escribía. Diré sin dar más razones que lo hago por necesidad.

“Decidí dejarme llevar por las olas de la vida. Unas veces por abajo y otras por arriba. Lo decidí no por falta de voluntad o por debilidad sino en una búsqueda de armonía con los acontecimientos tristes, cotidianos o felices de mi existencia. De hecho, me di cuenta de que vivir lo uno u lo otro con intensidad y consciencia me daba más fuerza para seguir avanzando.
Decidí entonces que mi barco debía detenerse en puertos y marcar el final de una etapa u otra. Y casi siempre sabía el momento justo en que tenía que darle una nueva orientación, como si se tratara de empezar un nuevo capítulo. Nunca tuve la pretensión de afirmar que aquella reorientación, que se imponía por ella misma, era lo mejor o lo peor que podía hacer; pero eso sí, hiciera lo que hiciera, era siempre algo diferente. Y de este modo fui desarrollando esa capacidad que tiene todo ser humano para adaptarse a lo nuevo, para crear un ambiente seguro y sano que le ayude en cualquier situación a preservar lo esencial de sí mismo.”

Este es un fragmento de mi obra. Y. sean cuentos o poemas, mis textos son en general un espejo que refleja mi estado de ánimo y mis preocupaciones del momento, del futuro o de un pasado más o menos lejano.

“El preso” es un ejemplo de lo que son mis versos:


El preso

Esta mañana,
Añoro los ruidos
De voces de vecinos
Desde sus ventanas.
Añoro también
El maullido de mi gato,
Los sonidos de mi despertador
Y del teclado de mi ordenador,
La taza de café frío
De mis desayunos.
Esta mañana,
No ocurre nada nuevo
Detrás de los altos muros
Impersonales de hormigón,
Con olores asmáticos
De humo, basura y encierro.
Hoy añoro con dolor
Todas estas pequeñas cosas
Que poco tiempo antes
Me parecían simple rutina
Insoportable y monótona.
Esta mañana,
Te añoro, libertad...

No escribo mucho pero cada uno de mis escritos tiene para mí un significado preciso y forma parte de un todo que sigo completando poquito a poco con cuentos, poemas y seguramente con ensayos ¿Por qué no?

Rkia Okmenni
Rabat, 13 de noviembre de 2010
Tema: “Imaginar un escritor ficticio que escribe un texto autobiográfico sobre sí mismo”.

“ENTRE LA ESPADA Y EL AMOR” (AUTOBIOGRAFÍA FICTICIA DEL CABALLERO DE ABS) DE ABDERRAOUF SBIHI

La tierra del árabe fue mi territorio, mis eslóganes fueron la conquista con la espada, el amor de Abla -hija del notable Malek- y el arte de la palabra.
Yo, hijo del desierto, digo en voz alta:

Amo besar las espadas,
Porque sus bríos
Me recuerden la sonrisa de sus labios.

Tú, hija de la burguesía, y yo, hijo de la patria de Abs. La arena es mi sofá y el cielo es mi techo pero mi sangre riega mi orgullo y dopa el desafío del miedo.

Mis enemigos reconocen en voz alta que:
Mi espada en la batalla
Vira del color blanco al rojo;
El desobediente a quien le hastía la cabeza,
Mi espada busca en su caza.

Yo, el caballero de Abs, soy el arquitecto del verbo:

Veo en las dos copas amarillas,
Algunas lágrimas rojas.
Mis manos apresan mi copa
Y bebiendo lentamente a Abla
En los labios siento y los celos
Me empujan a romper la otra.

No creo que salude jamás un vulgar rostro de la burguesía porque, desde la primera succión de las ubres de mi nobleza, Abla misma rechaza al resto de los Djezila, su tribu originaria.

¿Cómo mi nobleza con su pura mirada
Puede acercarse a mi amada?
¿Cómo mi nobleza fiel a su tierra
Puede compartirla con mi suegra?

Estoy entre la espada y la pared. ¿Debo renegar de mis convicciones o dejar la decisión al corazón? Él, sin duda, me empujaría a actuar con decisión. Al fin, concluyo que el amor es ciego.
De repente, el respeto a mi nobleza me ha preguntado:

¿Dónde está el alma del desierto?
Digo que entre el dicho y el hecho
Nació un conflicto.
Para consolar mi nobleza de este dilema,
He hallado una solución a este problema.
Recuerda, madre, que mi tía
Es la abuela de mi elegida Abla.
Al saber que soy prisionero entre dos A
Y que su sangre es la misma que la nuestra,
Por fin han desparecido las arrugas de su cara
Y se ha abierto un tragaluz al ver mi Abla.
La oscuridad vira al blanco y la noche al día.

A pesar de todo, yo digo en voz alta y con la espada alzada que soy hijo del Sahara y que rechazo la burguesía. Pero la gran Abla es mía.

Abderraouf Sbihi
Rabat, 4 de noviembre de 2010
(A partir del tema: “Imaginar un escritor ficticio que escribe un texto autobiográfico sobre sí mismo”)

"AUSENCIA Y MUERTE" de RKIA OKMENNI

                                           A mi hijo

Si la muerte tuviera tus ojos,
La miraría antes de morirme.
Si la muerte tuviera tu voz,
La escucharía y luego me moriría.
Tú me matas y después me resucitas
Sólo con tu voz y tu presencia.
Y entre mi muerte y resurrección,
No me importa lo que hagan de mí.
Prefiero el dolor vivo de tu ausencia
Al silencio permanente de tu muerte.

Rkia Okmenni
Rabat, 13 de novembre de 2010
(A partir del tema "Un encuentro con la muerte: mil caras, mil formas de escritura”)

“ENTRE LA A Y LA Z” DE ABDERRAOUF SBIHI

Veintiséis letras permiten palabras.
Me gusta la doce,
La inicial de mi dulce amada.
Como es una consonante,
Busco la vocal siguiente,
Esa es la quince.
No puedo formar un verso
La rima me lleva a la dieciocho.
Ahora estoy agotado
Y todo queda bloqueado.
Vuelvo a leer mi lista
No hallo sino vanas palabras.
Para estar a la altura de mi profesora
Me digo: jamás dos sin tres.
Aquí vuelvo a la primera.
Sumo las cifras de la rima
Y cada cifra por su letra.
Y brota el mágico LORCA,
Arquitecto de la palabra.

Abderraouf Sbihi.
Rabat, 7 de noviembre de 2010.
(A partir de la improvisación del autor)

jueves, 9 de diciembre de 2010

"CALAVERAS" DE HILDA GUZMÁN


Aquí, para ustedes, unas cuantas "calaveras", ya que estamos celebrando el Día de muertos (1 de noviembre). Son poemas jocosos en los que se habla de que "a alguien se lo llevó la Flaca", es decir, que se murió. En México se escriben tanto para criticar a los políticos u otras personalidades como para regalar a los amigos y familiares.


"PARA JUAN CRISTÓBAL"

Ya se nos murió aquel,
dicen que de mala gana,
cuentan que fue ayer
o anteayer en la mañana.
Amaneció con un pincel
y la Catrina muy ufana
plasmada en el papel,
¿cómo explicar a su mujer?
“Amor, yo siempre he sido fiel,
es que la Pelona tenía ganas
de un retrato en oropel,
te juro: la pinté con desgana.
A ella ni quien le diga nel
cuando la ves cercana,
que no le gusta a mi mujer,
te esperas, mi hermana”.

Pero la Calaca cruel,
sabemos, nada haragana,
le descubrió el pastel
y una que otra cana.
Y se lo llevó en blanco corcel,
bien atado con mangana,
pa’ que le haga cuadros a granel
el pintor de grande fama.


"DÍA DE MUERTOS EN EL INSTITUTO CERVANTES DE MOSCÚ"

¿Que no?, dijo para sí
la Calaca gruñona,
hoy me llevo yo de aquí
una bola zumbona,
de esos que trabajan así:
soñando en tumbona
y en playa marbellí.

Serán muchos para ti,
comentó conciliador,
tieso como maniquí
del Cervantes profesor.

¿Qué me durarán a mí?,
replicó la Pelona,
nada, en un tararí,
añadió machacona,
aunque no me den el sí
y me llamen bribona,
se irán conmigo por fin.

Ya calma tu frenesí,
comentó pacificador,
serán muchos para ti,
llévate solo al mejor.

¡Ay, no me invites a mí,
Señora teotihuacana,
ay, hermosa colibrí,
de esta fiesta decana!
Decía fuera de sí
Moni la boliviana:
¡Ay, olvídate de mí!

Serán muchos para ti,
comentó apaciguador,
hay quien te espera a ti,
escoge tú al vencedor.

Haremos buen congrí,
dijeron las cubanas,
ni el mole deleita así,
pura comida sana,
y al final un Bacardí,
aunque seas mexicana,
¡ay, Catrina, es para ti!

Todos se acuerdan aquí,
comentó sosegador,
mas son muchos para ti,
¿dónde está el ganador?

El mole me gusta a mí,
como a toda persona,
con su buen ajonjolí,
en una gran comilona,
y échenme un popurrí,
que yo no soy panzona
y es hora de bailar aquí.

¿Mole y además congrí?,
preguntó provocador,
¿no será mucho para ti?,
¡no estás en el primer frescor!

Aunque te escondas allí,
disfrazado de zutano,
no me engañarás a mí,
me llevo a todo mexicano
que encuentre por aquí,
chilango o provinciano,
¿qué más me da a mí?

Y se murieron por fin
el callado y el hablador,
el paso marcando iba así
la Calaca con su tambor.

Hilda Guzman.
Profesora en el Instituto Cervantes de Moscú
1 de Noviembre de 2010
(Colabora en nuestro blog desde Moscú)

"LA MUERTE" y "LA TIERRA" DE ABDERRAOUF SBIHI

LA MUERTE

La madre da la vida,
y la muerte es mórbida.
Ambas crean una antinomia,
aunque la segunda nos angustia.

La madre nos da la claridad,
y la muerte simboliza la oscuridad;
eso nos explicó nuestra más amada
mientras la ausencia rechazaba.

Cuando el reloj suena,
Es porque de la viuda siente pena.
Fue entonces cuando el alma salió
y el cuerpo almidonado dejó.

Para la mayoría la muerte es una pesadilla,
para el creyente la vida es una callecita.
Pero a la salida al cementerio,
no quedó más que el misterio.

Ahora desparecen sus hechos
Y se convierten en recuerdos.
Es y está son sólo fue y estuvo,
Y ya no se percibe si hay o hubo.

Los parientes claman querido mío
y como testimonio quedó el epitafio.
Sólo algunos años después,
fue y estuvo serán érase una vez

Abderraouf Sbihi
Rabat, noviembre-diciembre de 2010

LA TIERRA

A cada uno su tierra,
La misma que es tuya, suya y mía.
Al principio está el patio,
Cuando la mirada se dirige abajo,
Y cuando un cuarto de cielo
Forma ya parte de nuestro patrimonio.
Los sentidos son los mismos,
Y los hechos son innatos.
Cuando la edad crece,
La pupila se dilata.
Ahora ya salgo del patio,
Para llegar al barrio.
Después miro el mapa del mundo
Y me digo: ay para viajar
Es necesario un visado.
Pero el aire en todos los países es uno
Aun cuando se hallen separados
Por mares, montañas o ríos.
Nuestros vecinos nos dan la espalda.
Pero nosotros les ofrecemos la mirada.
Queremos saber más de sus civilizaciones.
Por eso vamos al instituto cervantes.
Porque sabemos que la vida es corta,
Y que el alma vuelve a su puerta primera.
Por eso mi tierra es orgánica,
No es una tierra geométrica.
Y mi tierra es la que está en mi patria.
Esperemos que la onu tome ejemplo
De lo que los dos alemanes han hecho.
El ser humano es el mismo,
Da igual que sea blanco o negro.

Abderraouf Sbihi
Rabat, noviembre-diciembre de 2010

martes, 2 de noviembre de 2010

"SIETE SON LOS PECADOS CAPITALES" de VALERIA ROMAN

Siete son los pecados capitales
Siete los días que han pasado
En Lujuria, al poder poseyendo
En medios, la Gula presente
En Avaricia, el deseo de riqueza
En no escuchar, la Pereza
En Ira, el odio contenido
En libertades cerradas, la Envidia satisfecha
Y en sus bocas aullando van los deseos de volver más grande
a la más grande: la Soberbia
No quiero un país así.

Valeria Roman (Colaboradora externa del Taller)
7 de octubre de 2010
(Inspirándose en los acontecimientos que ha protagonizado su país, Ecuador, en los últimos tiempos)

“HACIA MUZDALIFA” de MARYAM BENCHEKROUN



Algunos minutos antes de la puesta del sol, todos se preparan y se reúnen a la salida para dejar este sagrado lugar: Arafat.
Apenas se siente el crepúsculo. Nos empezamos a marchar lentamente. No se oye  nada más que: Señor! Aquí puedo responder a su llamada. ¡Usted no tiene igual! Aquí puedo responder a su llamada. Ciertamente, la alabanza, la gracia y la realeza le pertenecen a usted! ¡Aquí puedo responder a su llamada” Con un ritmo único y con voces fervorosas y llenas de devoción, de inclinación y de afecto. Con voces sofocadas por las lágrimas.
Sí. Señor! Aquí puedo responder a su llamada. ¡Usted no tiene igual Aquí puedo responder a su llamada. Ciertamente, la alabanza, la gracia y la realeza le pertenecen a usted! ¡Aquí puedo responder a su llamada” Nunca mejor dicho. Todos obedecen a Dios; al versículo 199 de la Sura 2: La Vaca -Al-Baqarah-: “¡Haced, luego, como los demás y pedid perdón a Alá! Alá es indulgente, misericordioso”. En primer lugar, los peregrinos han dejado sus países para venir hasta La Meca a través de diferentes medios de transporte: aviones, barcos, autobuses, etc. Luego, nos trasladamos todos a Mina y pasamos allí la noche para ir al día siguiente a Arafat.
 Camino al lado de mi hermano y su mujer. Nos rodea una muchedumbre enorme.
 Poco a poco nos alejamos de Arafat. Cada vez hay más grupos y grupos de gente que llegan. Diferentes árabes y diferentes razas: sirios, iraquíes, palestinos, norteafricanos, europeos y musulmanes asiáticos, turcos, alemanes, franceses, italianos, británicos, americanos, malasios, indios, coreanos, paquistaníes…. Diferentes colores de piel. Desiguales tamaños. Edades varias. Idiomas distintos.
Enseguida pensé en el versículo 27 de la Sura 22: La peregrinación -Al hayy- cuando Dios dijo a su profeta Ibrahim que llamara a la gente a la peregrinación “Llama a los hombres a la peregrinación para que vengan a ti a pie o en todo flaco camello, venido de todo paso ancho y profundo”. La verdad de Dios Todopoderoso.
Todos preocupados por pedir perdón a Dios, por la absolución.
Todos con el mismo uniforme: dos tollas blancas rodean el cuerpo de los hombres dejando aparecer un hombro. Mientras, las mujeres casi todas cubiertas, excepto  la cara y los manos; con su vestido completamente blanco o negro. La situación me recordaba el día de la resurrección. Tal como nos la describió nuestro profeta. Todos iguales en las mismas circunstancias. En idénticas condiciones, con la misma ansia y preocupación. Cada uno espera ver el fruto de su trabajo de toda su vida, su rendimiento y su compensación en el más allá. Corroborando a nuestro profeta: “la piedad es la única diferencia entre el árabe y los otros y entre el blanco y el negro”. Caminamos juntos mi hermano, su mujer y yo. Y masas y masas de hombres caminan detrás de nosotros, nos alcanzan y  ya nos adelantan. Y mis compañeros se me hubieran perdido entre la gente fácilmente si no nos hubiéramos agarrado firmemente. Y de nuevo caminamos junto al sinnúmero de peregrinos rendidos ante Dios, todos piadosos, llenos de  humilde arrepentimiento. De vez en cuando la oración describe este culto: “Señor! Aquí puedo responder a su llamada. ¡Usted no tiene igual! Aquí puedo responder a su llamada. Ciertamente, la alabanza, la gracia y la realeza le pertenecen a usted! ¡Aquí puedo responder a su llamada”, insistiendo ante nuestras imploraciones. Me dijeron que tenía que estar atenta durante la peregrinación porque la muchedumbre causaba problemas, que la gente se perdía sobre todo cuando no tienen buena orientación. Me pareció entonces exagerado lo que me habían contado. No me imaginaba una aglomeración de personas tan importante, tan preocupada por sí misma, por arrepentirse y disculparse ante Dios, tan expectante “para atestiguar los beneficios recibidos y para invocar el nombre de Alá en días determinados sobre las reses de que Él les ha proveído!: «¡Comed de ellas y alimentad al desgraciado, al pobre!»” (Sura 2: La Vaca -Al-Baqarah-, versículo 28).
Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, también unos niños; todos atados respectivamente a sus compañeros formando una especie de cadena para que no se confunda con la muchedumbre. Sin embargo, de vez en cuando, nos encontramos frente a algunas pobres personas perdidas y atemorizadas, nerviosas y a punto de llorar de miedo por no poder reencontrar a sus compañeros.
 Al aproximarse uno a la entrada del lugar sagrado, “Muzdalifa”, la caravana ya se ha agrandado, ya se ha ensanchado. Cada peregrino sudoroso,  polvoroso, con su uniformado constituido simplemente de dos telas y más o menos desaliñado, busca a un sitio, un rincón, para rezar y descansar algunas horas. Antes de la aurora, de la llamada del muecín para el rezo, todos se despiertan (si no lo están ya). “No hacéis mal, si buscáis favor de vuestro Señor. Cuando os lancéis desde Arafat, recordad a Alá junto al Monumento Sagrado! Recordadle... cómo os ha dirigido... cuando erais, antes, de los extraviados.” (Sura 2: La Vaca -Al-Baqarah-, versículo 198).

Mariam Benchekroun
Rabat, junio-julio de 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

martes, 26 de octubre de 2010

"MISTERIO Y ¿TÚ?" de VALERIA ROMAN

Miradas, en belleza escondida
palabras enmudecen al aliento callejero.
Mundanal ruido,
soledad, tormenta,
en azulado resplandor de la calle mojada.
Reflejo de paso ligero,
amor cristalino
humeante misterio.

Rojo labio su voz aquieta la noche ausente
de ritmo. Su blanco plumaje juega
en movimiento del deseo.
Dos o más encuentran en dulce amargo brillo
riqueza del puro momento
Desgastando en verdades los únicos centavos
que el placer ante la velocidad
presenta.
De manos, de pies, se pierden entre las luces, y
aprendieron el silencio al momento.

Soy de aliento, ¿y tú?
Soy de labios, ¿y tú?
Soy de ti, ¿y tú?

Tu, juego deseo, ¿y yo?
Tu, presencia, momento ¿y yo?
Tú de mí, ¿y yo?

Nosotros, alma soledad ¿y nosotros?
Nosotros, espacios, lugares ¿y nosotros?
Nosotros aquí, ¿nosotros allá?

Valeria Roman (Colaboradora externa del Taller)
Entre Quito y Moscú. Junio de 2010.

"HIPOCRESÍA MACABRA" de ABDELLAH EL HASSOUNI

Estaba acostumbrado a verte dejar a tus mujeres. Hoy tampoco quebrantas tus costumbres. Dejas la casa abarrotada de mujeres por esta aglomeración de hombres aglutinados delante de la puerta que esperan a que salgas. Pero tu salida se produce entre un alboroto aturdidor, un jaleo ensordecedor: gritos estridentes, aullidos interminables, cortados por yuyús y por alabanzas al profeta. Una mezcla rara de voces de tristeza y de alegría. Tú, desde lo alto de tu túmulo, pareces pasar de eso completamente, pareces no prestar ninguna atención a todo este tropel y a esta agitación inhabitual. Detrás de ti, el cortejo se forma poco a poco y cada uno toma el lugar que parece estarle destinado, como actores sobre las tablas de un teatro durante su última representación. Avanzamos a través de los callejones de la medina que parecen más estrechas que de costumbre. El cortejo se alarga, se estira, se divide en dos mitades, la de la delantera y la otra, la trasera, dándose la réplica vocal alternativamente. Podríamos creer que se trata de una coral de cantos melancólicos, nada que ver con tu coral preferida del cuarto movimiento de la novena.
Todos, o casi todos, están presentes; hasta aquellos que no había visto desde hace una eternidad están también allí. En primera línea están tus dos hijos, andando con un paso pesado, con las cabezas bajas y aparentemente apenados, tristes. Tuvieron por fin el coraje de extirparse a sí mismos de sus asientos de oficina o de los brazos tiernos de sus gentiles mujeres para venir a saludarte una última vez. Siempre me habías repetido que "el hijo es el portador del secreto de su padre", aunque tú mismo sabías que esto no era verdad. Pero quien todavía cree en los proverbios consigue siempre encontrar, adecuado a las circunstancias, el buen proverbio y también su contrario. Al lado de aquellos está tu tío paterno, que jadea tras su grueso vientre escondido bajo su chilaba ancha y que intenta sincronizar el paso con tus dos otros tíos, maternos esta vez, símbolos de una burguesía insegura que se da la mano para continuar existiendo. Justo detrás y alrededor de mí, está la armada de tus primos, todos presentes o casi todos; podría decirse que están allí para demostrar la buena fertilidad de la madre y la excelente situación financiera del padre. Tu primo Ghafour (más bien Abdelghafour, aunque ya sabes que no le gusta que le llamemos así), que siempre te detestó desde que le birlaste a su mujer amada, su amor juvenil, esta también aquí. No comprendo por qué ha venido, sabiendo que correspondías a su sentimiento con creces. Probablemente está aquí por los otros, para que se pueda decir sobre él que es un hombre de gran corazón, un hombre que sabe perdonar. Y a éstos les sigue el resto: primos lejanos, tíos por supuestos parentescos, y todos los demás miembros de la familia. Y más allá, hay también unos amigos próximos, amigos lejanos, conocidos, vecinos, varios miembros de las bellas familias de tal cual o de tal otro. Inmersos en esta muchedumbre densa, observo la presencia de otros más viejos que nosotros que, probablemente, ya no pueden reconocernos y también la de otros más jóvenes que nunca nos han conocido porque nunca tuvieron tiempo de tratarnos. Parece que todo esto es una cuestión de normas sociales, de cortesía, incluso de hipocresía.
Un sol de plomo inunda este fragmento de mundo. En estos momentos tan calurosos del día, antes de la segunda oración, los rayos del sol caen de forma vertical. Bajo el yeso, mi brazo derecho suda y siento las gotas chorrear. Las mejillas enrojecen por el esfuerzo físico y por el sol. El sonido de un teléfono me llama la atención. El dueño de éste se aparta apenas, responde, olvida a toda la gente que lo rodea, la coral, el sol que nos quema y entra en una discusión aparentemente apasionante. Lo veo incluso sonreír.
Mi teléfono suena. Contesto con una voz casi inaudible. La tuya, tu voz, resuena como una ráfaga de ametralladora automática. Siempre hablas rápidamente, con frases cortas pronunciadas con un ritmo entrecortado. Pero esta mañana, contrariamente a tus costumbres de conquistador, el tono de tu voz indica un malestar bastante claro, una cierta pequeña debilidad. Logro siempre leer tus pensamientos a través de tus palabras, tus gestos, hasta incluso en ocasiones tan sólo escuchando tu respiración. Es verdad que nos conocemos desde hace una eternidad, puede que desde antes, que nos conociéramos en una vida anterior, bajo otras formas… ¡Puede ser! No me pides mi opinión, simplemente me lanzas un "Paso a recogerte dentro de media hora". ¡De acuerdo! Acepto tu propuesta con la misma resignación de siempre. Siempre te dejé decidir. Para mí, eras el mejor de nosotros dos y sabías lo que pensaba de ti. Para no tener complejos enfrente de ti, me repetía a menudo que habías demostrado, ya de manera precoz, capacidades intelectuales superiores a las de toda la gente con que nos habíamos cruzado. ¡Sí, a veces es bueno mentirse a sí mismo!
Sin embargo, tu éxito está ahí, incuestionable: éxito en los estudios, en el trabajo, con el dinero y sobre todo con las mujeres. Tuviste mujeres y más mujeres, muchas mujeres. Tu inclinación por el sexo débil se veía en tus ojos, tu cuerpo, tus gestos y en cuanto aparecían bellos senos o bellas nalgas. Y tu frase famosa, derivada de los juegos de nuestra juventud, me la seguías repitiendo aún con un placer maligno: "¡Uau! he aquí una chica sola; unas nalgas que….". En tu compañía, a menudo, yo, el joven soltero (ahora un joven señor), había sabido sacar cierto provecho de todo ello. Recibía mi recompensa con mujeres, bellas mujeres, que habían aceptado tomarme a guisa de solución de recambio, pues no estabas libre todo el tiempo.
Eras un gran sediento y nada podía apagar tu sed. Además, deseabas tener rápidamente la totalidad al mismo tiempo. Y obtenías lo que deseabas rápidamente, muy rápidamente. Cuando me comparaba contigo, el adjetivo "tortuga" perdía todo su significado. Una "montaña", con su imposibilidad de desplazarse, podría ser un sustantivo más adecuado. Así lo hacías todo siempre: demasiado rápidamente. Las cosas más importantes y las cosas fútiles. Por ejemplo, te enamorabas muy rápidamente y dejabas a tus mujeres todavía más rápidamente. Me decías que debías hacerlo muy rápidamente porque si no, te aburrías. Y para apoyar tus declaraciones me decías que a menudo te aburrías hasta de ti mismo y en esos casos me citabas los versos del poema "Cansado" de Girondo. Ya habías dejado a la madre de tu hijo mayor, a la novia de Abdelghafour, tan sólo tres meses después de vuestro matrimonio. Perdón, no le llamemos “matrimonio” sino “encolado”. Un contrato de matrimonio sin separación de cuerpos, un “encolado administrativo”, como tú lo definías. Me habías replicado, en respuesta a mis reproches, que tres meses era ampliamente suficientes para concebir un niño y para concebirlo totalmente. La madre de tu segundo hijo pudo resistirte más tiempo y por eso me hablabas a menudo de ella: "¿Te imaginas? Treinta y nueve meses de «encolado administrativo», toda una vida perdida". Te hacía rabiar diciéndote que te ibas gastando con el tiempo, por las mujeres.
Algunas personas me saludan de lejos con asentimientos de cabeza; otros se me acercan para interrogarme sobre mi estado físico mientras me miran el brazo que llevo colgado en bandolera. Este brazo doloroso que continúa sudando bajo este yeso maldito. No respondo, tan sólo emito una sonrisa de circunstancias.
Entre los tejados de las casas enredadas, el minarete de la gran mezquita hace su aparición, se nos acerca a medida que se va alargando. Las gran extensión de tejas verdes nos inundan la vista cada vez más y la gran puerta, la boca abierta de la mezquita, exhibe su gran apetito por tragarse a esta muchedumbre bulliciosa y hormigueante.
Comienzan por colocarte en un tipo de antecámara, situada justo detrás del Mihrab y esta vez no es un privilegio. Sin embargo y, desde el otro extremo de la mezquita, todas las personas portadoras de chilaba, signo de buen creyente, se precipitan rápidamente a la gran puerta después de haberse quitado sus babuchas. Hasta se atropellan. Se diría que son alumnos de preescolar corriendo hacia el chocolate que la maestra les ofrece. Hasta tus hijos se apresuran a hacerlo. ¿Intrigando, no? ¡Debe ser su primera entrada en una mezquita! ¡Y con un mecachis por las abluciones! ¡Y con otro mecachis por la religión! Las circunstancias imponen un comportamiento; las apariencias deben estar a salvo. Pero no son los únicos que fingen ser buenos creyentes. Bastantes más siguen el movimiento de los demás por temor a que se diga de ellos cosas negativas, aunque puede que lo hagan solamente a causa del sol que parece seguirnos a propósito para ametrallarnos con sus penetrantes rayos. Otros se alejan de la puerta, se esconden entre un pequeño grupo de individuos, buscan sombra bajo algunos pórticos de la vecindad, se sumen en discusiones del momento, para no hablar del Edén ni del Infierno. Sólo algunos más descarados se quedan plantados frente a la puerta, distribuyendo a los retrasados que se apresuran a reunirse a la muchedumbre del interior con sonrisas tímidas, sonrisas amarillas.
Y recuerda cómo el tiempo puede estirarse, el sufrimiento prolongarse y la espera eternizarse. Por fin estas de vuelta, delante de nosotros, todavía posado encima de nuestras cabezas, elevado una vez más por encima de todos los demás. Por última vez, por cierto. Todos los actores, los buenos y los malos, vuelven a recoger sus sitios, a desempeñar sus papeles; ninguno de ellos puede fallar. ¿Son importantes las apariencias, no? La misma coral, el mismo canto melancólico. Pero las calles son cada vez más anchas, la gente va menos apretada que antes. Al acercarse a la entrada de Bab Maalka, el canto recupera fuerzas. Se había debilitado un poco durante este último trozo de marcha. El sol, el temor y algunas ideas negras que trotan en las cabezas deben de haber provocado esta decaída.
Conduces muy rápidamente ignorando mis tímidos llamamientos al orden. Sigues devorando los kilómetros con este gran apetito voraz que te caracteriza. Pero pareces estar perdido, hundido, destrozado porque una casi joven, una rubia falsa por añadidura, te ha abandonado. Sientes vergüenza de ti mismo, no comprendes cómo un conquistador curtido puede ser conquistado, cómo un cazador puede dejarse cazar. Yo tampoco había soñado jamás con algo parecido, no me había pasado jamás por la mente que pudiera ocurrirte algo parecido. Entonces, me dices "Ven, larguémonos de este maldito lugar, odio a todo el mundo y no quiero que la gente me tome el pelo”.
¡Hace ya dos horas que circulamos! Pero, afortunadamente, eres realmente impaciente y conducir bajo este sol del mediodía despierta tu sed. El mostrador del « Martinete », donde eres un cliente VIP, nos tiende sus vasos llenos, colmados, a cambio de nuestros codos. Hablas y hablas. Ya no sueltas chorradas sobre las mujeres, la vida y el tiempo y el cambio y no sé qué más. Y, cada vez que quiero argumentar, te apresuras a interrumpir mi impulso.
Ya no siento mi trasero sobre este taburete. Pienso que debe estar harto del mío y probablemente de todos los demás traseros, pues acaricia un gran número cada día. Comprendemos por qué los taburetes no tienen la memoria de los traseros. Entonces, te propongo caminar un poco y erramos por los callejones de la Medina, nos paramos en la «Tasca de Ba S'aid» para hincharnos de “pies de ternero” con garbanzos, tu plato favorito. Resolvemos pasear hasta la puesta de sol para aterrizar en la casa de una de tus antiguas amantes. Has recuperado un poco de orgullo y todavía me echas en cara uno de tus proverbios favoritos "Besa estos labios y olvida sus labios". La tarde se alarga, también el número de vasos ingeridos. Y tu proverbio no parece surtir ningún efecto y ciertamente no debe corresponder a tu verdadero estado de alma. Entonces, decides volver y cumplo la orden como de costumbre. ¡Qué día tan largo!
Volvemos a echarnos al camino de la vuelta y todavía aprietas ese puto pedal del acelerador. Quieres que cantemos para evitar el sueño. Y cantamos, cantamos los dos como cuando éramos críos, como en los momentos en que éramos jóvenes, como en los momentos en que estábamos borrachos. Procuras cambiar de CD por enésima vez. Uno de estos discos se desliza desde la boca del reproductor y cae bajo tus pies. Intentamos recuperarlo, nuestras dos cabezas chocan de frente.
Bajo este sol de plomo, la gente se agrupa alrededor del hoyo, un hoyo no demasiado profundo pero sobre todo estrecho, muy estrecho. Y sucio, demasiado sucio, de tierra marrón, seca, un poco húmeda, como consecuencia de todas las botellas de flor de azahar que han derramado encima. Todos se protegen del sol como pueden. Deben temer los dolores de cabeza y encontrar indecente el hecho de morir en verano, cuando uno puede hacerlo en primavera. La coral cambia, el canto también. Son personas mal vestidas, un poco sucias, quienes leen versículos del Corán. Una lectura cuya longitud, selección de versículos y rapidez dependen de los números de billetes que uno alargue. Vendedores de “recompensas”, una vez más. ¡Hay tanto en este valle de lágrimas! Y casi me entran ganas de decirte en voz alta tu famosa frase: "Y con todos estos energúmenos me pides creer en un Dios justo y misericordioso". ¡Hombre! Ahora, no estás en lo alto, por encima de nuestras cabezas, sino más bien a seis pies subterráneos. ¡Por primera vez te sobrepaso! ¡A pesar de todo esto, siento que me he quedado realmente solo!
Ahora, en un silencio ensordecedor, se empujan del brazo para ser los primeros en salir, en dejar el cementerio, en olvidarse de ti, que estás instalado para siempre, muy triste y más bien frío, en este campo de huesecillos y de estelas. Se llevan la palma de la mano al corazón para darse un aire más abatido, un aspecto más triste, para simularse agobiados o sumidos en su pena. Sólo todavía algunos minutos, todavía algunos metros y todo estará acabado; llegará el acto final de esta macabra obra teatral. ¡Confirmo que los actores son muy profesionales, como confirmo que todos tus queridos allegados, falsos y amigos supuestos, tienen el ánimo fundido bajo el peso del deber consumado!
Ni coche, ni tú a mi lado. Tan sólo yo, sólo, tendido en esta cama de hospital. La cabeza bajo una venda espesa y el brazo derecho enyesado y atado por una bandolera. El silencio pesado y la blancura de las paredes, acentuada por esta luz fina y matutina, intensifican mi inquietud. La asistencia médica que había venido corriendo en respuesta a mi llamada me anuncia la noticia. Entonces, me arrojo al primer taxi con destino a tu casa.
Una vez fuera, retomamos el camino en sentido inverso, hacia la casa, allí dónde dejamos a las mujeres. La gente va allá en grupos, según afinidad o conveniencia, andando con un paso claramente más ligero. Se paran para discutir, avanzan hacia otro grupo. Los grupos se fusionan, se desintegran. ¡Es una marcha relajada, menos apremiante! Se han desembarazado de ti, de un cadáver, de una carga, de una obligación pesada. Una vez en la casa, se sientan a la mesa para la comida, todo un festín en honor a tu partida.
Los platos desfilan. Todo el mundo come, se regala, se deleita. Hasta los que esta mañana te cubrieron la frente con sus últimos besos y los que salían murmurando "Está todavía caliente", "Ya está frío" o "Qué bien huele, se diría que exhala un perfume del Paraíso". Pero en este momento, tú ya no existes, estás ya tan lejos que olvidan que ellos están allí por ti. ¡Qué corta es la memoria del hombre, el ser supremo de la creación divina! La escena me recuerda la de los documentales de animales en donde las manadas de rumiantes continúan paciendo tranquilamente al lado de las fieras cuando una de éstas devora a uno de los suyos.
Sigo sintiendo el dolor en el brazo enyesado (mi herencia física), continúa haciéndome daño. Pero el que siento en mi encogido corazón es capaz de sumergir al otro, al dolor físico. Dentro de algunos instantes, todas estas personas van a dedicarse a sus ocupaciones acostumbradas, a sus preocupaciones diarias. Quedarán tus allegados, tus dos hijos (¡qué llevan tu secreto!) en compañía de algunos otros, siendo por fin tus herederos. ¡Oh, ya los veo abriendo tus armarios, rebuscando tus cajones, regalándose tus cartas de amor que leerán en voz alta y riéndose a carcajadas! Ya los veo, dispersan tus papeles, descubren tus secretos y dejan que se revelen todos los besos escondidos, los perfumes enterrados y las sonrisas discretas. Ya los veo discutirse por tus pertenencias, repartirse tus discos, escuchar tu música sin vibrar bajo el ritmo del cuarto movimiento de la novena. ¡Oh, ya me veo, me veo al final de esta mascarada de donde no vuelves! Ya me veo procurando no beber más agua, no ahorrar más dinero y no hacer nada más que arremangar a las chicas. Pero ya me veo también sin el morro necesario para hacer todo esto y pidiéndome: ¿Cómo puedo reunirme contigo allá arriba? Me veo ya demasiado triste con ojos lacrimosos, demasiado solo, no dejando de repetirme que sin ti no sirvo para nada, que soy inútil.
Una voz me resucita: "¿Te sientes mejor? ¿Cómo va tu brazo? ¿Te duele?". ¡Ni siquiera escucho! ¡Ni siquiera respondo! Te juro que me reuniré contigo tan pronto como pueda y que estaremos bien los dos, volveremos a cantar como antes, como cuando éramos tan jóvenes, tan bellos, como cuando transcurría el tiempo y aún no habías muerto.

Abdellah El Hassouni.
Rabat, 26 de mayo de 2010
(Ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

"LA BODA" de FATINE SEBTI

Mi madre parecía muy apurada y preocupada. Pasaba de una cosa a otra, hacía dos tareas al mismo tiempo y a veces hablaba consigo misma, preguntándose en voz alta si llegaríamos a tiempo a la ceremonia. Nos dijo que teníamos mucho que hacer, que quería vernos de pie y listas en cinco minutos. ¡Que no había tiempo!
Lamiae había pasado aquella noche conmigo. Mi madre nos vino a despertar temprano. Nunca antes lo había hecho, ya que sabía que cuando pasábamos la noche juntas nunca nos dormíamos antes del amanecer. Sin comprender nada, nos levantamos, con los ojos pegados por una poderosa cola contra la que el agua incluso no puede nada. La del sueño. Y eso no era lo peor. Mi padre se había llevado el coche y teníamos que ir a pie a la antigua casa para traer no sé qué cosas. El camino no era muy largo, pero se trataba de una pendiente y nosotras teníamos las piernas fláccidas y el cuerpo como vacío de toda fuerza.
Desde que me fui a estudiar a Casablanca no había vuelto a la antigua casa de la calle Barcelona. La avenida parecía haber cambiado, habían nacido más casa y otras habían desaparecido. Las nuevas tenían formas y colores raros, triangulares en su mayoría y a veces con rostros de actores o de cantantes en las fachadas. Modernismo le llaman. Más bien tonterías…
Caminamos una eternidad o al menos eso nos parecía a Lamiae y a mí. Y la pendiente se volvía cada vez más fuerte, como si subiéramos por un monte. Mi madre no parecía darse cuenta y caminaba con el mismo ritmo rápido y sostenido. A nosotras nos costaba seguirla. No hablábamos. Mi madre porque estaba absorbida por sus pensamientos sobre no sé qué diablos de ceremonia y nosotras nos comunicábamos con miradas cansinas y resignadas ya que no teníamos ni fuerzas para hablar. Las casas se volvían cada vez más escasas, así como la vegetación. Subimos con gran dificultad y por fin llegamos a la cima. No había ninguna casa y no había calle alguna. Barcelona había desaparecido. ¿Qué había entonces?
Tierra con piedra, divida en tres áreas. Cada una de un color diferente. Y allí, adheridas a la piedra colorada, sin raíces, brotaban unas maravillosas piedras preciosas coloradas y brillantes. Lamiae y yo nos quedamos asombradas. Pero mi madre se movía como en su propio jardín y nos dio dos grandes cucharas para recoger las piedras y una gran cesta. Lamiae se encargaba del área azul y yo de la amarilla, que estaba más cerca. Mi madre se fue más lejos a llenar una jarra con el agua que salía de un árbol, el único, y que brillaba como si estuviera hecha de polvo de estrellas.
El sueño ya había abandonado nuestros párpados y le empezábamos a tomar gusto a aquella tarea inusual e incluso soñábamos con lo que íbamos a hacer con la recolecta de piedras. Al cabo de un tiempo que no sabría cuantificar cronológicamente, mi madre volvió con la jarra llena y brillante. Nos dijo que no teníamos tiempo para volver a casa y cambiarnos de ropa, así que debíamos irnos tal como estábamos a la boda.
- Pero ¿a qué boda tenemos que ir? ¿A mediodía? ¿De quién…?
Pero mi madre no tenía tiempo para respondernos ni explicarnos nada. Contaba las piedras preciosas coloradas, hablaba de regalos e insistía en que teníamos que cruzar el puente verde para llegar a tiempo. Lamiae se quejaba de que tenía a volver a casa, que había olvidado su teléfono y que su madre seguramente estaría preocupada. ¡Ni hablar!, le respondí yo. No iría sin ella a una boda que se celebraba a mediodía y a la que se llevaba piedras preciosas y agua de polvo de estrellas que brotaba de un árbol. Ella también sentía curiosidad, así que al final decidió seguir conmigo.
Curiosamente, ni la jarra ni la cesta pesaban. Cruzamos el puente verde. No había ningún coche y los almacenes estaban abiertos y con las mercancías expuestas. Pero todo estaba desierto y no había ni vendedores. Vi unos melocotones apetitosos y, como tenía un hambre atroz, me entraron ganas de coger uno. No tenía dinero, pero como no había nadie… Además, mi madre se había adelantado e incluso alejado de nosotras. Pero Lamiae no me dejó coger el melocotón. Es demasiado honesta, siempre se lo digo. Y ella siempre responde que hay ciertas cualidades ante las cuales nunca se puede colocar un “demasiado”. Alcanzamos a mi madre e insistimos de nuevo en saber de qué boda se trataba. Y por fin mi ella nos ofreció una respuesta. Era la boda de la Cigüeña. Añadió que ésta venía volando con su marido ya que eran de otra ciudad, que tenían que irse antes del atardecer y que por eso teníamos que apurarnos. Nunca habíamos asistido a una boda de cigüeñas y, aunque eso nos pareciera algo raro, la curiosidad era mucho más fuerte. Lamiae y yo aceleramos el paso. El puente se elevaba hacía el cielo y se confundía con las nubes. Allí realicé un sueño de mi niñez, de la adolescencia, de la juventud y de siempre: caminé sobre una nube. Era algo extraño y magnífico a la vez.
Cuando llegamos el sol ya comenzaba a inclinarse y una bandada de cigüeñas invadía el cielo para acompañar a la nueva pareja enamorada. La novia, muy blanca y muy bella, lanzó de repente su ramo de flores y éste cayó sobre nuestra cesta. La cigüeña nos guiñó un ojo y se fue, feliz como una reina. Mi madre bastante decepcionada, pero por fin tranquila, nos dijo que no hacía falta volver por el mismo camino. Que las nubes de allí nos llevarían a casa.
Dormir en una nube es algo maravilloso. Son más dulces que la seda, calientes y tiernas. La vuelta fue como un sueño. Por el camino, dejamos a Lamiae en su casa. Al llegar, mi madre se puso a prepararle la cena a mi padre. Yo, un poco más arriba de la terraza, bajo un cielo brillante de estrellas, preferí dormir esa noche sobre mi nube viajera.

Fatine Sebti
Sobre las nubes de Rabat, 10 de junio de 2010
(Ejercicio inspirado en los sueños de “Antes de que anochezca” de Reinaldo Arenas)

jueves, 7 de octubre de 2010

“LA OFRENDA” de IMAN TANOUTI


El ruido de los yuyús me sobresalta. Son muchas las voces, muchas las bocas riendo al mismo tiempo; el ruido, el polvo, la excitación…Están cargando el carro con los regalos para la novia: azúcar, bidones de aceite, miel pura, joyas de plata… Y la ofrenda imprescindible: el toro.
Alguien me da una palmadita sobre el hombro y me dice algo, yo no consigo descifrarlo, contesto con una sonrisa forzada asintiendo con la cabeza gacha. Mi madre me arregla las babuchas que yo me había puesto al revés. El toro adornado parece sentir la misma angustia que yo, me está mirando, con esas banderitas sobre sus cuernos se siente igual de ridículo que yo con mi yilaba blanca como la nieve. ¿Quién dijo que el blanco era símbolo de la pureza? Están sacando más cosas… El toro me mira de reojo y muestra una expresión que no entiendo, algo como un desafío o un interrogante, como si buscara un entendimiento entre los dos, una complicidad que sólo el y yo podríamos sentir. Ahora llegan los de la música, mientras mis hermanas siguen cargando el carro. ¡Los chiquillos están armando un alboroto! Las voces se confunden, los perros vienen a curiosear, están intrigados de ver todo ese mundo alrededor de ese cacharro… Todo debe estar perfecto, hasta el último detalle.

“¿Cómo se celebra una boda en tu país?” “Pues con mucho alboroto…” Eso es lo que te había contestado, porque en realidad me acordaba vagamente de esas costumbres, o tal vez no quería acordarme. Las guardaba profundamente en mí o las había borrado de mi memoria después de irme, ya no me pertenecían, ni yo les pertenecía. Quería romper con todo, ser un hombre nuevo, tener una nueva vida, y crear un nuevo pasado. Dicen que los diplomas hacen a los hombres y yo ya había conseguido unos cuantos.

Mis primas se unen a nosotros, van disfrazadas con unos vestidos largos, estampados, de colores chillones. Se han soltado el pelo y se han pintado extravagantemente la cara para la ocasión. A mí me recuerdan las marionetas y los títeres de los espectáculos del teatro Obraztsov que tanto te gustaba. Yo allí te había conocido y amado locamente…

«Se cuenta que una paja, una vejiga y un calzón de líber se pusieron de acuerdo para irse a recorrer el mundo en busca de celebridad y de nuevas amistades. Una vez, caminando, llegaron a la orilla de un arroyo y entonces se quedaron parados, indecisos. No encontrando el modo de atravesarlo, entonces el calzón de líber le dijo a la vejiga: “tú podrías servirnos de barca”, pero la vejiga se negó y se dirigió a la paja: “Mejor será que la paja se tienda de una orilla a otra y así nosotros podemos pasar por encima”… » [1]

- “No te olvides de la henna, Aicha, y apresúrate que vamos a llegar tarde”.
Mi padre está allí parado como un palo, inútil, mirando a todos lados.

«Nuestros tres amigos aceptaron la propuesta de la vejiga y la paja se tendió de una orilla a otra. Pero, una vez el calzón de líber quiso pasar por encima de ella, al llegar al centro del arroyo, con mucha dificultad, la paja, incapaz de resistir el peso, se quebró y el calzón cayó al arroyo y se ahogó».

Salimos de Oulad Ayad. Empezamos nuestra caminata. Los miembros de la familia van en el carro; los otros, de pie o en mula. Me gustaría creer que estoy en un sueño, nada más que un sueño, del que tarde o temprano me despertaré. Por un momento me siento incorpóreo, invisible, inexistente, una cosa más de la naturaleza, un árbol tal vez, inmóvil e impotente, sin defensa; me siento como un condenado camino de recibir su sentencia, como el cordero de la fiesta del Aid que van a sacrificar, como el toro que vamos a ofrecer a la familia de la novia.

«Ante tal espectáculo, a la vejiga le dio un ataque de risa; tanto, que se puso a reír a carcajadas, hasta que reventó. Y así acabo el viaje de los tres amigos.»

Los rayos ardientes del sol me queman la cara. A los demás no parecía molestarles ese maldito sol de agosto. Yo ya había olvidado esa ardiente sensación desde hacía mucho tiempo, casi mil años o tal vez dos mil. No recuerdo cuándo me fui de este lugar seco y arduo, decidido a no volver nunca jamás; ni siquiera la imagen de mi madre sollozando e hipando a lágrima viva había logrado estremecerme.

Te gustaba mucho ese cuento interpretado por las marionetas. Habíamos visto esa pieza miles de veces, pues tú no le encontrabas la moraleja exacta. Me preguntabas una y otra vez, mientras atravesábamos el puente de Zverev, qué sentido tenía para mí ese cuento y yo te contestaba que sólo era un cuento y nada más.

Avanzamos lenta y ruidosamente. El calor fluye por mis venas y los rayos del sol me martillean la cabeza. El sol nos alcanza, ya casi puedo tocarlo. El toro, que había manifestado algunos gestos de rebeldía, ya está abatido, derrotado y rendido. Toda rebeldía por su parte resultaría en vano, pues lo tienen bien atrapado, nos tienen bien atrapados, no tenemos escapatoria. Nos acercamos a nuestro destino, a Ait Tislit, tras haber atravesado otros pueblos, con sus respectivas tribus, que no han dejado de salir a contemplar la comitiva. Las mujeres nos saludaban con yuyús y felicitaciones que se clavaban en mi corazón cual el impacto de disparos. Pero ahora nuestras mujeres, que estaban cantando locuaz y animadamente hace un momento, ya muestran menos entusiasmo, abatidas por el viento del Chergui[2]. Una nube humana multicolor nos está esperando allá. Se oyen ruidos, o tal vez es música… No sé. Ya casi estamos llegando, el camino se hace más largo ahora. Tengo la mera impresión de que, en vez de avanzar, vamos hacia atrás. Me gustaría que la caminata no terminara jamás, me gustaría que la tierra me tragara aquí mismo.

Ni los paseos sobre el puente de Zverev ni en el parque Tsaritsino, ni las marionetas del teatro Obraztsov, ni el café que teníamos por costumbre tomar el domingo por la tarde en el Pushkin te hacían ya gracia. Le habías perdido el gusto a la vida, habías renunciado a luchar, te estabas alejando poco a poco, como una sombra que desaparece lentamente en la penumbra. La enfermedad te había destrozado el cuerpo y el alma. Yo te miraba pero, sin poder tocarte, te me escapabas de entre las manos; mis esfuerzos para recuperarte eran en vano. Fue así que entré en aquella espiral de desesperación, angustia e impotencia. No lograba arrancar de tus labios ni media sonrisa, ni media palabra. Habías elegido el silencio, habías elegido irte lejos, arrastrando contigo tu sufrimiento y tu dolor, en busca del lugar idóneo para tu agonía, como los pájaros que se esconden para morir. Para mí ya no había lugar, todos los lazos que había echado allí, en aquel lugar frío y misterioso, se habían deshecho y roto. Tenía que volver a mis raíces...

Ya casi llegamos a nuestro destino. La tierra no me ha tragado, pero me siento corroído por una amargura íntima e indescifrable, sin saber si se trataba de una amargura del alma o del cuerpo; sin comprender si esa angustia, esa náusea acuciante que sentía, era física o moral; si era el malestar y la vergüenza de haberte abandonado a tu destino, o era aquel absurdo y continuo huir de las viejas costumbres. Hay un contraste enorme entre ese exterior festivo, rebosante de bailes y música, de movimientos y risas, y lo que yo siento en mi interior. Pero ya nuestros anfitriones nos acogen con leche y dátiles, como requiere la costumbre, después de los necesarios besos, abrazos y estrechamientos de manos. Y entramos todos a celebrar el gran día.

Iman Tanouti
Rabat, el 26 de mayo del 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

[1] Basado en un cuento popular ruso.
[2] Viento seco y abrasador proveniente del Sahara que hace aumentar considerablemente las temperaturas, principalmente en el interior del país.

miércoles, 6 de octubre de 2010

“ENCUENTROS” de FATINE SEBTI

Buenos aires, verano de 1943
Tengo ocho años, llevo una falda roja y el pelo suelto. Con mis primas mayores, Gabriela y Laura juego a la rayuela. Pasa por la calle un hombre alto y fuerte, de ojos verdes y de abundante barba, con una decena de canas y el torso desnudo. Lleva un pantalón verde gastado, una mochila sobre los hombros, un bastón en la mano y, en el rostro, una sonrisa que haría feliz a la gente de toda Argentina. Al verlo mis primas se alegran y van a su encuentro, les sigo y el hombre se sienta en el suelo, abre su mochila y saca de ésta unas cartas con unos raros dibujos. Laura dice:
- ¡Que este año soy yo la primera! ¡Acuérdate, Gabri, que el verano pasado empezaste tú!
- La verdad es que no me acuerdo… Pero, bueno, pasa, pasa, eres la mayor. Te sigo yo y luego Pepa.
Yo no comprendo nada de lo que pasa y observo la escena un tanto apartada. El hombre dispone ágilmente sus cartas sobre un pañuelo amarillo y le pide a Laura que elija una. Vuelve a mezclarlas y ella elige otras dos veces. Con mucha impaciencia, dando saltitos, le pregunta algo sobre su futuro. El hombre habla en voz baja y yo no logro escuchar nada. Ella se enfada, le dice que es un brujo, que no sabe nada y se va corriendo. Gabriela se acerca al hombre y coge al azar sus tres cartas. Él le dice algo y ella emite un grito de alegría, se arremolina sobre sí misma y, tomándome la mano, me pone ante el hombre, que me mira intensamente. Miro las cartas y pienso ya en las que voy a elegir, cuando el me dice que lo de las cartas no funcionará conmigo y que para decirme algo de mi porvenir tendría que ver las líneas de mis manos. Se las tiendo. Las suyas están heladas a pesar del calor que hace. Me mira y me pregunta:
- ¿Qué quieres hacer en el futuro?
Y yo, en un arrebato de osadía que me sorprende, le digo:
- ¡Eres tú el vidente, así que dímelo tú!
Imperturbable y sonriente me responde:
- Médico… Quieres llegar a ser médico. Y lo lograrás en el caso de que no te vayas al medio oriente. ¡Ah! ¡Pero no olvides algo: somos inmortales!
Gabriela me toma de la mano al tiempo que me recuerda que se nos está haciendo tarde y que le grita al hombre:
- ¡Hasta el próximo verano, Nahuel!

[La misma escena se repite durante los tres años siguientes. Laura siempre espera sacar cartas que cambien su destino, Gabriela teme sacar otras que puedan estropearle los buenos augurios y yo aprovecho la frescura de las manos de Nahuel sobre las mías y le escucho asegurarme que un día yo llegaré a ser medico si no me voy al medio oriente.]

Buenos aires, verano de 1954
Tengo diecinueve años, llevo un vestido de color malva y un sombrero de paja adornado con una flor roja; exhibo un vistoso maquillaje y me siento más guapa que nunca. Mi recién estrenado ligue de verano me espera cerca del parque y yo voy a su encuentro. Hace años que no estaba en Buenos Aires y me cuesta un poco encontrar el camino, pero me gusta la idea de hacer esperar a mi novio. En la calle Morón, un hombre esta sentado en el suelo, sobre un pañuelo amarillo, y manipula unas cartas con la increíble agilidad de un mago. Aminoro mi paso para acercarme a él. Levanta la cabeza y yo reconozco inmediatamente su mirada y su sonrisa contagiosa. Exclamo:
- ¡Quién lo iba a decir…! ¡Nahuel!
Él menea su cabeza de arriba a abajo para confirmar.
- ¡Pero, hombre! ¡Después de tantos años y sigues siendo el mismo, igual de joven y fuerte! ¿Te acuerdas de mí? Soy Pepa, y tú un lamentable vidente. No voy a ser médico, ni siquiera enfermera… Estudio periodismo!
Y él se ríe con muchas ganas.
- Dame tus manos, niña –me pide él.
Las suyas están heladas, como si el calor del mundo que rodea su cuerpo no lo penetrara, o como si su sangre fuera la de un reptil. Con su índice acaricia mi palma y dibuja las líneas de mi mano. No dice nada y yo le inquiero:
- ¿Qué? ¿Qué te dicen? ¿Te hablan mejor ahora? ¿Llegaré a ser una periodista admirada y famosa? –me burlo y me río.
- Llegarás a ser médico. Las líneas de la mano nunca engañan. Somos inmortales y uno tiene más de un destino. Pero no te olvides: no debes ir al medio oriente.
- ¡Ay, Nahuel! ¡Es que nunca cambiarás! ¿Que iría a hacer yo al medio oriente? ¡Déjame darte un beso, que mi novio me está esperando!
Le beso en la mejilla. Su barba es de seda.

Bogotá, Colombia, 1974
Tengo 39 años, llevo un pantalón gris y una camisa rosa. El cielo tiene un color indefinido, un azul soso, unas nubes más grises que blancas y un sol vacilante de rayos más bien tímidos. Llevo un moño y un maquillaje ligero, apenas perceptible. Soy periodista. Una periodista discreta. Intento ser escritora, pero no he logrado escribir más que unos cuentos infantiles sin gran importancia. Estoy casada y tengo un hijo, Emanuel. Mi marido es médico. El día de mi boda pensé en Nahuel. No soy yo el médico sino mi marido. Debió equivocarse de línea. Tal vez. Sonreí con un poco de tristeza.
Admiro a mi marido, pero a veces le envidio ya que todavía siento una cierta amargura por mi sueño roto. El de llegar a ser médico. Por eso, quizás, algunas veces le pido en plena noche que se ponga su bata blanca y me abrace. Extraño Argentina. Extraño la despreocupación de mi juventud, mi belleza y mi estúpida pretensión.

Buenos aires, verano de 1999
Tengo 64 años. Soy viuda y estoy sola. Mi hijo se ha ido a estudiar a Francia. Estoy de vuelta en Buenos Aires, tras treinta años de ausencia. Todo ha cambiado… Incluso yo. Mis huesos se han vuelto frágiles y mi cuerpo débil. Mi corazón va perdiendo progresivamente el aliento, pero el fervor de mi alma se mantiene intacto.
Es domingo y me dirijo hacia la iglesia. Estoy resfriada y tengo la voz ronca. Canturreo: «Dos gardenias para ti…» y disfruto del sonido alterado y agradable de mi propia voz. Estoy delante de la iglesia y una ola de nostalgia y de recuerdos me invade el alma. Entro. El olor es el de siempre, el de la madera y el de mi infancia. Cierro los ojos, respiro con avidez y me olvido del tiempo. No he rezado desde la última vez que estuve en esta misma iglesia, pero hoy siento deseos de hacerlo. Me arrodillo y rezo en silencio. Pasan unos minutos o tal vez unas horas. Siento una presencia a mi lado y entiendo que no estoy sola. Espero un instante y miro a mi vecina discretamente. Bajo la luz tamizada de la iglesia creo que soy víctima de una alucinación: mi vecina de banco es una copia perfecta de mí misma a mis veinte años. Cierro los ojos y vuelvo a mirarla, esta vez de una manera indiscreta y nuestras miradas se cruzan. Algo pasa entre nosotras, veo mi propia sorpresa en sus ojos y los acelerados latidos de mi corazón cansado me avisan ante esta situación inusual. Busco palabras para decirle algo, pero ella desvía su mirada, cierra los ojos, vuelve a abrirlos y me mira. Se mueve, se rasca los ojos con los índices y se agita.
- ¿Qué te pasa?
No me responde y no me mira, intenta levantarse y yo la retengo por el brazo, que tiembla de emoción.
- ¡Quédate…!
- ¡No, no y no! Sé que no existes, eres fruto de mi imaginación, como siempre. Te veo en mis sueños y en el espejo cuando me miro…Pero ¿cómo puedes perseguirme hasta en la iglesia, la casa de Dios…? ¿Cómo? ¡Déjame en paz porque yo no lo aguanto más, por favor!
Veo que está a punto de llorar.
- Soy real. Por lo menos esta vez… ¡Créeme!
- Nunca me hablaste antes, ni me tocaste…
- No era yo.
- Sí. Eras tú. Te veo en mis sueños, desde años, sin comprender. Siempre me sentí como más vieja por dentro… Y a veces sentía que una parte de mí no estaba conmigo… Como si estuviera en dos lugares al mismo tiempo, aunque “el otro lugar” no el otro lugar no lo ubicaba. Con el tiempo comprendí que me veía a mí misma siendo vieja y me creí morir. Pero no lo hice... Todo lo contrario… Debía decidir qué hacer con mi vida. En aquel entonces, empecé primero psicología, pero todo lo que aprendía me confundía más y más. Luego, cedí a los deseos de mi padre y empecé medicina. En aquel momento me parecía lo único que podía hacer: salvar vidas, vivir y comprender el dolor de los demás, darme completamente hasta morir de cansancio y, sobre todo, olvidarme de mí misma… Y ahora, ahora mismo, no entiendo ya nada…
Al hablarme de sus estudios de medicina, mi corazón salta en el pecho hasta dolerme. Estoy delante de quien yo era hace 40 años, de aquella estudiante de medicina. De repente, mis ojos se llenan de lágrimas y una fuerte emoción se apodera de mí. Con una voz temblorosa y apenas audible le digo:
- ¿Es que estás estudiando medicina?
Ella parece haberse tranquilizado un poco y me responde:
- Sí. Pero ¿qué importancia tiene eso? Ahora quiero comprender... Tú eres la mayor… ¡Explícame! Si no eres una ilusión, ¿cómo hemos podido encontrarnos? ¿Soy tu doble? ¿Existimos en la misma época? ¿Eres médico también?
- Soy periodista. O más bien, lo fui. Pero el sueño de mi vida siempre fue ser médico. Técnicamente no sé cómo hemos podido encontrarnos, pero el motivo sí. Un día lejano ya, un hombre me dijo que yo llegaría a hacerme médico, que uno tiene más de un destino y que somos inmortales. Y lo del destino también se confirma dado que no tenemos la misma vida ni la misma historia. Yo nunca lo tomé en serio, puesto que tiempo después empecé mis estudios de periodismo. Pero el insistía y yo me burlaba de él. Pero ahora entiendo, vas a cumplir mi sueño, tú. ¿Cuántos años de estudios te quedan?
Me mira con los ojos enormemente abiertos, redondos y dilatados. Seguro que no le da ninguna importancia a ese hecho dada la situación.
- Me gradúo dentro de un año. Pero creo que antes haré una pausa. Iré con una compañera a Kabul para contribuir a una misión humanitaria. Al volver, proseguiré el año de estudios que me queda.
- ¿Kabul? ¿Está en el medio oriente?!
Una impresión más y mi corazón es capaz de pararse. Ya no edad para tanta emoción…
- No debes ir. No, no vayas…
- Pero ¿por qué no?
- Ahora lo entiendo todo… Nuestro encuentro no es fruto del azar. Tenía que avisarte de un peligro que no sabré describirte con detalle. Aquel hombre llegó a decirme una cosa más: que había una sola condición para que yo consiguiera ser médico y es que no debía ir al medio oriente.
- Pero todo está preparado, mi compañera cuenta conmigo y no puedo abandonarlo todo en el último minuto!
- Tuvo razón en todo lo que me predijo, lo que nos predijo, y ¿debería equivocarse en este único punto?
Le aprieto la mano, le miro a los ojos y le digo:
- Confía en mí, y no vayas allí.
- ¿Crees que volveremos a vernos?
- No creo, pero ¿quién sabe?
- ¿Dónde vives?
- Bahía Blanca 600, entre las calles Felipe Vallese y Morón.
- ¿Te puedo ir a visitar?
Tengo un nudo en la garganta, me enternezco por ella y leo piedad en sus ojos. ¡Qué raros somos los humanos! ¡Nos queremos demasiado a nosotros mismos!

Buenos Aires, verano de 2000
Mis sueños son apacibles, y cuando me miro en el espejo la imagen que veo es la de una cara joven con rasgos dulces y finos. Tengo veintisiete años y llevo una bata de un blanco inmaculado. Antes de salir hago una última ronda de visitas en el servicio pediátrico del hospital en donde trabajo. Cada paso que doy es un regalo de la vida, cada respiración, cada gesto… No paro de pensar en que, si hubiera ido a Afganistán, hubiera ido al cielo con mi pobre compañera. Nunca olvidaré el sentimiento de extraña superviviente que tuve al oír que el hospital en donde trabajaba Olga había sido bombardeado. Ya hoy es un sentimiento mitigado, hecho de miedo, de alegría y de culpabilidad. Inmediatamente aquel día pensé en mi encuentro en la iglesia. Por más científica que sea, sé que siempre algo escapa a la lógica científica y al entendimiento humano…
Salgo a la calle y el aire fresco me hace bien. Mi novio me está esperando en un restaurante cerca, pero tengo ganas de ir a la iglesia. Le llamo para anular la cita. La iglesia es quizás el único lugar en el mundo que no cambia, un lugar en el que se pierde la noción del tiempo y a veces esto lo necesitamos tanto. Rezo un rato y echo una ojeada alrededor. Ella no está. Un poco decepcionada salgo sin saber adónde ir.
Decido vagar un poco en el barrio Floresta. Una dirección trota en mi mente y, al cabo de unos segundos de duda, decido ir en su busca. Bahía blanca…Estoy delante de la casa y tengo la impresión de vivir un déjà-vu. Un sueño. Mi corazón late muy rápido y mis manos tiemblan. Un joven abre la puerta, debe de ser el hijo. Pregunto por la señora Pepa. Con una mirada triste y una voz profunda, me dice que se ha ido ya hace más de cuatro años.
- Pero si yo la vi el año pasado…
Me mira con recelo y me dice
- No puede ser señorita. No puede ser. Pero…usted debe de ser de la familia, se parece mucho a mi madre…
- Sí, de la familia. Una familia muy cercana. ¡Adiós!
Por la calle Morón pasa un hombre que me llama la atención a pesar de su discreción. Es alto y fuerte, de ojos verdes y de abundante barba, con una decena de canas y el torso desnudo. Lleva un pantalón verde gastado, una mochila sobre los hombros, un bastón en la mano y, en el rostro, una sonrisa que reconozco…

Fatine Sebti
Rabat, 27 de junio de 2009
(Ejercicio basado en “El otro” de Jorge Luis Borges)

«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"