Anastasio García García
18/03/2012
Ejercicio: “Sintetizar al máximo el cuento FRAGANCIA DE JAZMINES de Francisco Ayala”
Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).
En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.
Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)
Sigue nuestro canal "A orillas del Bu Regreg" en YouTube: https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag
Consulta nuestra programación de cursos especiales:
Pero todavía se atropellaban a la salida de este cine, como si huyeran de esa sala oscura que acababa de darnos a luz. Y esto me molestaba. Yo que detestaba, y que detesto todavía, que me toquen incluso involuntariamente. Decidí entonces refugiarme en los laberintos tamizados y despejados de esta exposición ambulante, donde algunos aficionados perdidos se quedan boquiabiertos, enganchados, colgados de sus obras favoritas mientras pueden. De pie, al lado de Ana María, admiré largamente a través de la ventana ese mar turquesa del turbulento y surrealista Dalí, antes de mirar codiciosamente "El Almuerzo de los Remeros" de Renoir. Y, aunque aseguran que este desprende buen humor, no sentí que nada me contagiara.
Tenía quince años, estaba recién operada de apendicitis y me estaba “absolutamente prohibido”, so riesgo de muerte, comer o beber nada hasta el tercer día del postoperatorio. Llevaba ya dos días de suplicio, pues me encantaba y me encanta comer… Y ¿qué vieron mis ojos en la mesita de noche al despertar de la siesta? ¡Dos tomates como dos soles de verano a punto de ponerse. Pensé que seguía dormida. ¡Tanta era mi hambre! Mi boca empezó a segregar saliva, mis tripas a dar palmas y se entabló una feroz lucha en mi interior. Mi estómago me empujaba diciéndome: “¡Salta de la cama y saborea esas dos maravillas!”, al tiempo que mi cabeza me sujetaba diciéndome: “¡Cuidado, que te mueres!”. Pero ¿qué hacían allí aquellas dos tentaciones? En esa lucha estaba, cuando oí que se abría la puerta del baño y, de repente, salió una mujer vestida de oscuro, cuchillo en mano, dispuesta a embestir aquellas dos maravillas. Yo me hice la dormida. Ella a continuación se sentó delante de los dos tomates y, ¡por Dios!, puedo decir que jamás había yo visto tanta ceremonia... Extendió un paño bajo el plato, puso en este los tomates y con la precisión de un cirujano, ¡zas¡, los dividió por la mitad. Allí estaban partidos, sangrando y, seguramente, fresquitos. ¡Dios Santo! Nunca había deseado con tantas ganas unos tomates. Sería lo primero que comería de vuelta a casa. ¡Me comería un platazo! Mis tripas lanzaban gritos; tragaba y tragaba saliva. ¡Cómo le ponía el aceite! ¡Con qué cuidado añadía la sal! Y para terminar (¡no faltaba más!), una pizca de pimentón verato. Aquello era un insulto, una venganza. Yo no aguantaba más. Me debatía entre empujarla y zamparme los tomates, insultarla por “glotona” o tirarle de los pelos. En esas, la voz de mi compañera de habitación, también recién operada, sonó queda pero enfadada:
Como de costumbre, cada año académico prolongaba yo mi estancia científica en París con mis vacaciones. Cuando terminaba mi mes de trabajo de investigación en un laboratorio de colaboración entre las universidades de Rabat y París, mi marido confiaba nuestro hijo a una azafata y me lo enviaba en avión. Yo iba a recuperarlo literalmente al aeropuerto de Orly y, tras una semana de feliz reencuentro, volvíamos juntos a casa. Era mi manera de mantener calmada mi conciencia y de intentar compensar la pena infligida por la separación que un niño podía interpretar como un abandono.
Qué lejano está aquel día en el que partiste, en el que alejaste de mí. Un año, ¡una eternidad!, pero qué cercano lo siento. Aún siento tu aliento, tu frescura, tu mirada, tu olor, tu risa y tu tristeza a la hora de partir. Aún siento tu presencia. Lo siento como si estuvieras aquí, pero miro a mi alrededor y no, no estás aquí.Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...