TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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En el taller...

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martes, 16 de marzo de 2010

EL OTRO YO de ABDELLAH EL HASSOUNI


Los estiramientos que hacía, sentado delante del ordenador, no bastaban para disipar el cansancio de aquel largo día de reflexión. Pero era todavía capaz de emitir ideas simples: "algunos movimientos podrían irme bien". Después de algunas vacilaciones, mis pobres y arqueadas piernas me habían llevado hasta el cuarto de baño, mal alumbrado desde hacía una eternidad. El espejo me devolvía una imagen algo vaga de mi cara. No necesitaba más luz para observar un rostro sometido a una progresiva degradación.
Las arrugas aparecen poco a poco. Las canas también. Lo sé. Y, a pesar de todo, un día recibimos la vejez como un puñetazo en el rostro. Con la mirada, quienes cuentan con menos de treinta años te dicen: “Vete a descansar, hombre. Aquí no tienes ya nada más que hacer”. Y yo, que ahora tengo casi mil años, ya me siento como un muerto en vida. Soy un viajero que espera el traslado a la otra orilla. Sólo y únicamente para ver lo que pasa en la otra orilla. Como quien ya no sabe qué hacer en el lado de acá. Acabamos por preguntarnos por qué nos multiplicamos por dos, para qué tiene que haber más. Si yo soy único y yo mismo ya no me soporto.
Sin embargo, en aquel instante, el reflejo con que me encontré no fue el esperado, sino más bien el de un ser joven que todavía no había visto sus veinte primaveras. Sus rasgos eran los de un familiar mío, alguien que yo debí conocer hacía ya mucho tiempo. Pero hay que tener en cuenta que a partir de una cierta edad, el consciente y el subconsciente se unen, lo imaginario y la realidad se sobreponen.
Antes de darme cuenta de lo que pasaba, una voz me sobresaltó. Habría afirmado que era la mía, pero era un poco menos ronca, menos grave. El sonido parecía venir del espejo:
- ¿Andas muy cansado?
Sin darme cuenta y como un autómata, yo había respondido:
- Sí, muy cansado. Pero sobre todo harto, hastiado.
- ¿Y por qué motivo? ¿Decepción, traición, falta de consideración, estrés?
- Un poco por todo. Debes comprenderme. Somos la misma persona.
- No.
Me había respondido de modo seco. Yo no estaba de humor para buscar justificaciones, así que le pregunté
- ¿Cómo que no?
- Yo no puedo ser una persona cansada y harta. Es verdad que nos parecemos un poco, pero yo estoy lleno de esperanzas y de sueños. Y no estoy cansado, ni harto. Al contrario, estoy animado por una voluntad de hierro y poseo un espíritu muy emprendedor. Me niego a ser como usted y a vivir como usted.
Yo miraba aquella cara todavía pálida y coronada de una densa mata de cabellos. Y me decía a mí mismo que su piel se volvería del color del trigo a medida que deambulara bajo el sol del camino de la vida. Y que le cortarían sus bellos y largos cabellos, demasiados largos, incluso cuando no fuera necesario hacerlo. Además, su calvicie acabaría tomando el color de su cara. Le contesté:
- Te digo la verdad. Para demostrártelo, te diré que todavía debes tener las fotos de Che y de Cheikh Imam colgadas detrás de tu puerta y que seguro que escuchas constantemente las canciones de Nass El Ghiwane, recitando de memoria las palabras de Ahmed Fouad Najm. Además, no me cabe la menor duda de que hablas constantemente del “mayo de 68” y sigues esperando un cierto liberalismo sexual. Podríamos calificarte de “Cohn-Bendit en ciernes”. Sobre las estanterías de tu biblioteca y al lado de algunos libros de grandes autores traducidos en tu lengua materna, se añaden las colecciones de poesía de Nezar Kabani y los libros sobre el comunismo que distribuía gratuitamente el centro cultural de la Unión Soviética. ¡Y te comprendo! Esos dos géneros de lectura tratan del romanticismo…
- Su relato es bastante vago y no prueba nada en absoluto. ¡Y dice que es romanticismo! ¡Poesía y comunismo! ¿Por qué no? Los dos reflejan una sociedad mejor, una sociedad donde el ser humano es el centro de todas las preocupaciones. ¡Pero veo que usted ironiza! ¡Del romanticismo, dice usted! Yo niego un lenguaje de piedra. Y al mismo tiempo, jamás hablo ni de la ternura de las tardes inventadas ni de paraísos tranquilos donde los rosas florecen sólo por ósmosis, donde las pasiones son de otro orden y los espejismos de otra calidad. Este lenguaje que agita el viento es sólo una ilusión. Y odio todo lo que es ilusorio.
Yo marqué una breve pausa antes de decirle:
- Pero la frontera entre el romanticismo y lo ilusorio es tan fina que a menudo la cortamos sin darnos cuenta. Los dos fallan al hacernos creer en un horizonte lejano, muy lejano. Un horizonte, de hecho, intocable. Además, nosotros hijos de Abraham y discípulos de Mahoma, conocemos el romanticismo desde tiempos remotos. Aunque ahora todo el mundo nos tacha -a nosotros, los árabes- de brutos y terroristas, continuamos, a imagen y semejanza de nuestros antepasados, viviendo confinados en las páginas de las "mil y una noches", donde el sexo, la riqueza y los sultanes viven eternamente en una gran simbiosis. Así, vivimos en sociedades donde un tejado es un paraíso natural; el pan, un sueño; y la luna, un refugio.
Vaciló antes de contestar:
- Sí. Es plausible. Y esa es la razón por la que nuestras sociedades están organizadas de manera arcaica y tribal. Y, a pesar de todo, son sociedades que reaccionan según el principio del "diagrama segmentario".
- Veo que ya has leido el "Waterbury". Toda prohibición al final sólo consigue encender el deseo. Y he aquí otra prueba: el "Waterbury" fue escondido detrás de los diez volúmenes del diccionario “Lisan al Arab”.
- Esto no quiere decir nada. Debes de haberlo visto justo en la estantería que tengo detrás de mí. Hace ya un rato que estás fijando la mirada en ella.

¿Para qué procurar probarle la evidencia? Cuando decidimos apartar la vista, insistir en señalar algo con el dedo, se vuelve inútil. Sin esperar mi reacción, continuó con un tono siempre apasionado:
- Estas sociedades pueden sólo evolucionar hacia un futuro mejor. La educación de la juventud, el contacto con el mundo libre, la Internacional Socialista y otra gran multitud de factores van a acelerar el paso del cambio. Y, pronto, las elecciones libres y democráticas darán el golpe de gracia a esos sistemas políticos viejos como el tiempo.
Conozco bien este discurso por haberlo machacado una multitud de veces y, en el fondo, le sigo siendo fiel. Aunque, generalmente, somos fieles por pereza, porque somos animales de costumbre…
Iba a decirle «Escúchame, hijito, olvida tus sueños, esos sueños de noches de cielo azul estrellado donde se rehace el mundo a partir de un “sí". Olvida esos horizontes lejanos que palpamos solamente con la mirada. Trae esta última hacia las paredes que ocultan la Miseria, hacia los suburbios horribles de “Duar al Haja” o de “Sidi Mumen”, donde el futuro está marcado de rojo en el registro de los ausentes. Arráncate con dulzura esas palabras de música andaluza que riman con ilusión. Hazlo lo más deprisa posible antes de que tú mismo cambies de opinión».
Iba a decirle que la Historia ya pasó la página del comunismo, que las piedras del Muro de Berlín se venden como recuerdos, que el ciego liberalismo cayó en el abismo de la autosuficiencia y que… y que nuestras sociedades, las nuestras, siguen siendo fieles a ellas mismas. Tan sólo han cambiado de indumentaria, de apariencia, pero, en el fondo, muy en el fondo, continúan recitando a Antar Ibn Chadad y hojeando a Alfiat Ibn Malik.
Iba a decirle que en nuestras sociedades las elecciones son piezas de teatro de mal gusto donde nos aburrimos como una ostra antes de la primera palabra. ¡Que estas mascaradas no engañan a los actores ni a los espectadores!… ¡Esto es cuanto hay! Que estas elecciones tienen un código electoral hecho para imbéciles inadaptados. Que en estas elecciones damos nuestro voto y guardamos los escrúpulos. Que en estas elecciones no se tiene en cuenta abstenciones, ni de las del "sí" ni de las del "no".
Con una voz llena de emoción, había cortado mi impulso imaginativo y había continuado soñando:
-Sí. Podemos evolucionar sólo hacia un modelo europeo, guardando nuestra cultura ancestral y nuestros valores de base: el matrimonio, la familia, la educación de los niños, la amistad y...
Allí, ya no lo escuchaba... ¿La pareja? ¿Los niños? ¿La amistad? He aquí lo que llaman cuestiones existenciales. El matrimonio: sé que Adán jamás estuvo a favor de éste. Lo que pasa es que él no pudo escoger cómo vivir ni con quien. La descendencia: ¿Cómo actuar? ¿Conseguir un mundo perfecto ante todo o tener niños en primer lugar? Dado que jamás podría obtener una respuesta, rechacé la cuestión in sepir eternum. La amistad: no sabemos cómo ésta envejece. Por eso deben de gustarme las piedras viejas. No sudan. No cambian, o muy poco.
Desde siempre, mi única compañera ha sido la soledad. La soledad es un asunto del ordenador. O de la televisión. Estar clavado a una pantalla es apañárselas para no estar solo. La soledad todavía es de la imaginación. La soledad es un estado en el que se sueña mucho, con una visita, con una llamada telefónica o con no sé qué. En casa de los demás, el teléfono suena demasiado a menudo y se permiten el contestar o no, según se les antoje. Para mí, jamás. Yo y la soledad, esperamos mucho tiempo a que suene no sé qué teléfono. El silencio, él, jamás me llama por teléfono. Esperábamos, una voz, en alguna parte, algo fraternal, caluroso, un poco de placer, algo humano. Pero en vano, el teléfono jamás suena, o puede que lo haga cuando yo no me hallo en casa. ¿Que quieres? Es siempre así.
Notó que apenas le prestaba atención. Se paró, cambió de tono y continuó:
- También debemos hallarnos en guardia, al menos en los que respecta a dos puntos. Lo primero, separar lo político de lo religioso y, lo segundo, procurar que el reparto de riquezas sea lo más equitativo posible. Por cierto, la solidaridad es una de las virtudes de nuestras sociedades.
Asintió sin una palabra. ¿Cómo decirle que en este mundo, hay gente sin fe ni ley, sin fuego ni agua, que los hay que hacen trabajar a otros y los hay que trabajan? ¿Como decirle que los que agarran tienen la impresión de que dan y que hay gente que no siente remordimiento alguno al enriquecerse a costa de otros? Pero decirle todo esto me parecía una trivialidad. Para mí todo es más simple: debemos dar y no tomar las sobras. ¡Mil excusas, jovencito! No conozco ángel alguno. ¿Existen los ángeles? El alma de algunos individuos me impedirá siempre creer completamente en Dios.
No tenía ganas de continuar hablándole. ¿Y de qué podíamos hablar? Todo nos separaba. No teníamos nada que ver el uno con el otro. ¡No éramos la misma persona! Él vivía el mañana. ¡Normal! Un idealista vive siempre el mañana. Y yo, desde hacía un cierto tiempo, vivía el ayer. Todo esto sólo podía producir malentendidos.
Ahora, soy de otro mundo y lo sé bien. Pertenezco a la gente cuya espalda está abovedada y que posee el paso lento. Oh, tú jovencito, que me lanzas esas miradas llenas de tanto y tanto desafío, no me escucharás. Puedo sólo aportarte el hecho de un instante de desgracia, de una palabra de desesperación. Ve allá, jovencito, vuela con las aves que se dirigen hacia al sur huyendo del invierno. Levanta de repente tu ancla y navega hacia las calientes costas de coral y los mares turquesas. Jamás seré tu viento contrario. No voy a quitarte esa mirada lejana, esa mirada que espera y llena de confianza. No tengo derecho alguno a hacerlo. Por cierto, a mí no me la han quitado. Por lo menos, no en seguida. ¡Me la he quitado yo sólo y agarrándome todo el tiempo mientras lo hacía! Y ésta es mi única hazaña inútil.
Continuaré sobreviviendo y seré un viejo rodeado por sus ideas recibidas. Nada me pertenece más que la ilusión y todavía sigo inventando esa ilusión. Mis ilusiones las arreglo, cuando no tengo ganas de hablarles y de decirles que están ahí sólo por costumbre. Mis ilusiones se superponen a mis falsos recuerdos, a mis malos recuerdos. ¿Malos recuerdos, buenos recuerdos? No sé nada. A menudo, los recuerdos no tienen olor, no tienen talento; sólo vegetan en un rincón del cerebro, provocando aburrimiento y pereza.
Te imagino jovencito como un recuerdo. Estás en tu casa, en mi casa, en mi casa antigua, antiguamente mía. Volvía cada noche a esa casa dulce donde goteaba el agua del grifo, a esa cocina, cuarto de baño, con su palangana. Modesta y calurosa. Un paraíso mimoso, todo un mundo, todo un universo. Bajo el vaso, la única menudencia que me habían regalado, había guardado mi primera cuenta de restaurante. La había guardado cuidadamente, con la intención de mostrársela a mi hijo uno de estos días. Sin embargo, amarilleó y el hijo jamás llegó.

La asistenta abrió precipitadamente la puerta. ¡Oh, deben de ser pues las siete! Las luces de una mañana soleada confirmaban mi diagnóstico:
- Pero señor, ha pasado usted otra noche en el cuarto de baño… Déjeme acompañarlo a su habitación. Dormirá allí mucho mejor que aquí… ¿No le parece?

Abdellah, 2 de julio de 2009
(Un plagio muy modesto de “El otro” del gran Borges, con un pellizco a L. Ferré, un compañero de mis noches de antaño)

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