TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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En el taller...

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IMÁGENES DEL TALLER

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Comentando un cuento...

lunes, 22 de marzo de 2010

VIDAS de FATINE SEBTI



Hubo un tiempo en el que yo estaba en paro, más bien un largo tiempo diría. Y para no hundirme en un abismo de desesperación, de alcohol y de soledad, como hubiera hecho un héroe de película americana, había decidido volver a explorar, con los sentidos del adulto, el apasionante mundo que había dejado hacía tiempo por cosas de la vida: el mundo de la literatura.
Me pasaba el día leyendo sin cansarme, con un placer que acabó llenando de colores mi dulce soledad. Leyendo, paseaba por las vidas de otros, viajaba a lugares y tiempos que a veces sólo existen en la imaginación del escritor y, posteriormente, en la mía. Leyendo, sentía que mi cerebro se dilataba, que percibía otras dimensiones del mundo que no había visto antes. Un día, la biblioteca a la que acudía regularmente cerró por reformas. No sé por qué, a mí me gustaba mucho tal como era, pero bueno, a todo el mundo le obsesionaba la «modernización». Las otras bibliotecas del barrio estaban siempre llenas de estudiantes, de susurros, de risas ahogadas, de crujidos de sillas, de tosigueras… Y eso me perturbaba. Cuando leía, sólo me gustaba oír el silencio y oler el perfume de los libros en una intimidad azucarada.
Una cálida tarde de primavera en la que me había alejado de mi barrio, el azar me llevó hasta una biblioteca que no conocía. Era una construcción muy alta e impresionante. A mí no me gustan los lugares nuevos, muy grandes, fríos y anónimos, pero la curiosidad me superó y entré en aquella enorme biblioteca. Empujé la puerta suavemente. Un silencio puro me acarició el alma y me sentí extrañamente bien. Todo estaba hecho de madera, el suelo, las estanterías, las mesas, las sillas… Aquel olor empezó a embriagarme. El lugar era muy espacioso y tan impresionante como la parte exterior. Pero lo que me enajenó totalmente fue ver aquella gran cantidad de libros. Pensé que me sería necesaria más de una vida para leerlos todos. En la entrada, había un hombre sentado en una silla, detrás de un pupitre, leyendo, con notorio interés y con una rara sonrisa pintada en los labios, las últimas páginas de un libro voluminoso de color verde. No pareció prestar atención a mi presencia. Así que me dirigí hacia el fondo para buscar las estanterías de libros latinoamericanos. Había, al fondo, dos o tres mesas redondas en las que había gente sentada. La mayoría era de cierta edad. Leían en silencio. Parecían muy tranquilos. Algunos interrumpieron la lectura y me saludaron con la mirada. Otros no se molestaron.
Había tantos libros que no sabía por cuál empezar. Me estuve paseando entre las secciones, impresionado, apasionado y algo perdido. Al cabo de cierto tiempo, me di cuenta de que había dado ya la vuelta y que me encontraba de nuevo en la entrada, cerca del hombre del pupitre. Algo me llamó la atención. Había pasado más de dos horas y el hombre todavía tenía los ojos clavados en el mismo libro, con la misma sonrisa extraña en los labios. Observé entonces que sus dientes eran de un color amarillento que daba asco. Pero mi curiosidad iba creciendo, me preguntaba de qué podía tratar aquel libro y por qué no había terminado de leerlo mientras sólo le quedaban unas treinta o cincuenta páginas. Me entraron ganas de arrancárselo y de leerlo. Me pareció que necesitaría unos treinta minutos como máximo para acabarlo. Entre tanto, me fui a pasear entre las estanterías, a extasiarme con el olor de aquellas páginas viejas de siglos. Pero sin alejarme. Al pasar cerca de las mesas, me di cuenta de que algunas personas ya no estaban. No las había visto salir, ni oído sus pasos ni el ruido de la puerta… Me fijé un poco en los que quedaban. Eran físicamente muy diferentes, pero hubiera dicho que tenían algo en común… Realizaban pocos gestos y todos muy lentos, y tenían la mirada fija, como si leyeran la misma palabra en la misma línea. Pero sus rostros me parecían muy agradables. No me fijé en los libros que tenían en las manos. Pasaron aquellos treinta minutos, luego unos sesenta más y a los noventa minutos, el hombre todavía seguía leyendo el libro verde. Con su sonrisa rara y desconcertante. No había dejado la lectura ni un minuto, no se había movido nada. Me acerque e intenté leer el título discretamente. Con cierta dificultad logré leerlo. Se titulaba «Vidas». Me gustó mucho, pero al mismo tiempo aquello no me daba ninguna información sobre el contenido. El tema abarcaba diversas posibilidades. El tiempo había pasado y yo tenía que irme. Entonces me fui con la firme intención de volver a la mañana siguiente y pedirle al hombre el libro verde. Este acabó obsesionándome, me dormí pensando en él y soñé que, al volver, la biblioteca había desaparecido.
No quise consultar Internet ni buscar el título de la novela para ver de qué trataba, de qué autor era, pero volví al día siguiente a primera hora. El lugar parecía escapar al tiempo, o quizás la falta de movimientos y de ruido me daba esa impresión… Nada había cambiado. Reinaba un silencio total, había alguna gente alrededor de las mesas leyendo, nadie entre las secciones... Pero el hombre del pupitre no estaba. Sobre el pupitre estaba el libro verde cerrado. Era de cuero y el título estaba impreso con tinta dorada. No conocía al autor, se trataba de una tal “Tina Bifetis”. Lo miré sin atreverme a tocarlo. Busque al hombre, mirando alrededor, pero no estaba. Cuanto más miraba el libro, más difícil me resultaba contenerme. Mi mirada quería descomponer la tinta verde, penetrar la cubierta, hallar las páginas y esclarecer el misterio. Espere un poco y finalmente lo tomé y me fui a sentar en una mesa. Lo agarraba como si se tratara de un tesoro. Con mucha emoción y con la mano temblorosa, lo abrí. Y, tal y como hacía con cualquier libro, con el pulgar pasé con rapidez todas las hojas acercándolas a mi nariz y cerrando los ojos. Hubo como un corriente de aire que me refrescó la cara. Y el olor que salió fue el del mar. O quizás era mi imaginación olfativa… Repetí mi gesto, pero esta vez con los ojos abiertos. Algo me llamó la atención: dentro del libro había algunas páginas en blanco. Cada cien o doscientas páginas escritas, había dos o tres hojas en blanco. Era algo extraño. Decididamente, era un libro especial.
Empecé a leer. El estilo me resultó sencillo, pero muy agradable. A veces poético, otras veces humorístico, irónico o conmovedor… Seguí leyendo con gran interés. Conocía a los personajes, me maravillaba ante los lugares, me asombraba frente a una Barcelona que no conocía… Al cabo de un rato de estar leyendo, ya me había olvidado de dónde estaba, quién era, me había olvidado del tiempo, de todo... El libro era tan cautivante y yo leía con tanto placer y con tanta rapidez que llegue a sentirme en una especie de trance. Pero cuando encontré la primera página en blanco, la página ciento tres, volví al mundo real y arranque mi mirada del libro. No me había dado cuenta de que la mesa en la que estaba sentado se había llenado de gente. Algunos me sonrieron y yo tuve la impresión de que no era la primera vez que los veía. Algo en ellos me parecía familiar. Volví a mirar la página blanca y lo primero que se me pasó por la cabeza fue la loca idea de llenarla yo mismo, de desempeñar un papel cualquiera en la novela. Quería hundirme en ella, en su tiempo, en su época. Volví a sumergirme en la lectura, apasionadamente. Las líneas eran como las aguas de un río que me llevaban sin que yo hiciera ningún esfuerzo. Sentía que faltaba algo que debía estar escrito en las páginas en blanco, pero eso no me impidió continuar. Pensé un momento en el hombre del pupitre y aceleré mi ritmo de lectura por si acaso aparecía y me pedía el libro. No sé cuánto tiempo leí. Pero llegó un momento en el que empecé a cansarme; me dolían los ojos, sentía mi cuerpo muy pesado por la falta de movimiento... Tenía hambre y no había servicios en la biblioteca. Estas sensaciones me devolvieron de nuevo al mundo real y me di cuenta de que, a pesar de seguir leyendo, el volumen de las páginas que quedaban no disminuía. Además, la historia en sí misma dejó de cautivarme. El estilo se volvió algo cargado y, luego, aburrido. Aún y con ello, yo no lograba apartar mis ojos del libro. Era algo que sobrepasaba mi voluntad. Había perdido toda noción del tiempo, pero me imaginaba que ya se estaba haciendo tarde. Miré alrededor, mi mesa estaba todavía llena y la de al lado también. Y, cuanto más miraba a aquella gente, más me parecía conocerla. Cada cara me sugería un nombre. El de los ojos azules, Paulo; la del pelo negro, Julia; el viejo de bigotes, Emilio; el del dedo roto, Antonio. No podía ser…. De repente, me di cuenta de que en el libro también había un personaje a quien le faltaba un dedo en la mano derecha, y en cuanto a los nombres, yo los había sacado de allí. Pensé que seguramente estaba agotado y que por eso empezaba a ver a los personajes fuera del libro. Y, a pesar mío, seguí leyendo.
Las líneas se habían vuelto un mar profundo y agitado en el que me estaba hundiendo… Llegué a sentir que mi alma se desataba de mi cuerpo y que se infiltraba en el libro, en la historia. Quería pedir ayuda, pero ni un sonido salió de mi boca. Unas gotas de sudor corrieron por mi frente, empecé a tener calor. Mis manos mojaron la parte inferior de las páginas. No me sentía nada bien. Comencé a verme dentro de la novela, como un personaje. Quizás ya tenía fiebre y todo eso era fruto del delirio y de mi imaginación. Pero no, un momento después comprendí. Por primera vez se me ocurrió fijarme en los libros que leían los demás a mi alrededor. Tuve la impresión de vivir una pesadilla. Todos ellos leían el mismo libro. Todos eran verdes y tenían el mismo título dorado: «Vidas». Pero ya era demasiado tarde, mi alma dejó de ser mía. Quedé preso en el libro, en la historia, en los personajes, en aquella época… Yo era otra víctima del libro, como todos aquellos que estaban en la biblioteca. La sonrisa del hombre del pupitre había supuesto una trampa. Volví a la página ciento tres. No estaba en blanco. Estaba impresa y llena de letras. Había un nuevo personaje. Un nuevo nombre. Era yo.
El libro me había robado el alma.


Fatine Sebti
Rabat, 2009-2010
(Ejercicio inspirado en el cuento “Axolotl” de Julio Cortázar)

2 comentarios:

  1. "En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere."

    "PÁGINA ASESINA" de Julio Cortázar

    Ya hace tiempo que quería enviártelo... ¿Coincidencias o confluencias?
    Ester

    ResponderEliminar
  2. Casi no me lo puedo creer :)
    Si es una coincidencia, pues es la mejor de todas :)
    Gracias Ester

    Fatine

    ResponderEliminar

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