TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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lunes, 28 de mayo de 2012

“LA GOTA” de ANASTASIO GARCÍA

   Fue nada más entrar a casa cuando escuché un plaf que me resultó tan familiar como extraño. Rápidamente me dirigí hacia la cocina y allí estaba, moqueando del grifo una gota de agua, transparente y temblorosa, casi dispuesta al suicidio, pues cada segundo que pasaba era un segundo menos de vida. Pronto caería, se precipitaría hacia el abismo que separa el grifo del fregadero. Me dije: tienes que llamar al fontanero, bueno, quizás mañana, ahora ya es demasiado tarde y no tienes ganas de nada.
   Me acosté, pero a medida que pasaba el tiempo era consciente de que no estaba solo. Cada segundo, dos como máximo, escuchaba el plaf que me lo recordaba. Era tan repetitivo y constante que sólo un reloj de maquinaria suiza podía imitarlo. Este ruido, este tintineo, esta lenta agonía, no me dejó dormir, pues ya no estaba en la cocina, sino en mi cabeza. Cuando conseguía olvidarlo y dormir un poco, me despertaba sobresaltado, pues no lo escuchaba; entonces pensaba que se había ido y eso me producía un gran alivio, pero también cierta desesperación… Otra vez volvía a estar solo, sin una mísera gota de agua que me hiciese compañía.
   A la mañana siguiente llamé al fontanero. Solo tardó cinco minutos y yo respiré aliviado, pero… Al irse y cerrar la puerta, allí estaba otra vez. Me saludó con ese plaf que solamente yo podía reconocer. No sabría decir por qué pero me alegré de volver a escucharla.

Anastasio García García
Rabat, 21 de mayo de 2012
Tarea basada en «Trabajos de oficina» de Julio Cortázar y en las relaciones del ser dominador/ ser dominado.

"DOMINACIÓN POSITIVA" de NAJATE ZIZI

   ¿Cómo yo, una mujer madura e independiente, de padres que fueron fuertemente tradicionales en un país árabe, aprendí muy temprano a abrirme al feminismo y tener después una concepción exacerbada de la igualdad dentro de la pareja?
   Jamás me han caído bien las mujeres sumisas que son capaces hasta de perder toda capacidad de respuesta. Las reconozco fácilmente por sus miradas huidizas, por la postura baja de su cabeza, por sus andares inseguros, por la tristeza que llevan escondida en su más profundo interior. Esa misma imagen era la que reflejaba mi madre, quien vivió toda su vida bajo la sombra de mi padre, un funcionario severo y siempre enfadado por algo, so pretexto de que el jefe es siempre el que se gana la vida. A pesar de que era muy inteligente y muy hábil manualmente, ella no parecía sufrir por esta dominación permanente y a menudo arbitraria, y eso que cuidaba de una familia numerosa sin sueldo ninguno y con una abnegación de la que yo me he sentido siempre incapaz. En realidad, quien sufría era yo, porque la veía siempre eclipsarse atrás, sin formular ni siquiera una objeción cualquiera ante la más alta autoridad. Me imagino yo con cierto desamparo que, durante su vida, pasó con naturalidad de la sumisión paterna a la sumisión conyugal como si aquello formara parte de una predestinación fatal. Así fue como, poco a poco, por reacción contra esta forma de obediencia ciega, nació, se forjó y creció dentro de mi corazón una rebelión de la que hice un motor que organizó mi vida adulta alrededor de un justo sentido de igualdad entre el hombre y la mujer. La clave de aquello residía primero en seguir la vía de los estudios superiores y, luego, en acceder a la autonomía financiera costara lo que costara.
   Pero está, claro que para construir bien una relación conyugal, el amor debe permitir a cada parte aceptar de vez en cuando ciertas concesiones mutuas. Pero nunca incondicionalmente.

Najate Zizi
Rabat, mayo de 2012
Tarea basada en «Trabajos de oficina» de Julio Cortázar y en las relaciones del ser dominador/ ser dominado.

martes, 15 de mayo de 2012

“CORAZÓN” de RKIA OKMENNI


Has comprobado que no tengo ni un minuto para sentarme contigo y preguntarte, escucharte, calmarte, aliviarte. Tus penas, tus alegrías, tus emociones moderadas o excesivas son mías: no dudes ni un instante de que formas parte íntegra de mí.

Corazón, te cansas y me canso yo contigo,
basta de locuras y late con razón.
Sé dueño de tus latidos y date pausas,
pausas no tan largas, si no me matas;
ni tan cortas, que también me matarías.
Corazón mío, basta ya de caprichos,
cálmate, ve despacio y no corras,
para que pueda seguirte y vivir a tu ritmo,
para realizar tus gustos y mis deseos.
Corazón, te cansas y me canso yo contigo,
no necesitas gritar tan fuerte para que yo te oiga,
estoy muy cerca y tus preocupaciones son mías.
Ya no eres tan joven, tampoco tan viejo,
así que, cuídate, todavía merecemos
recorrer en paz y juntos otro trozo de camino.

Rkia Okmenni
Rabat, 07 de abril de 2012
Texto basado en “Trabajos de oficina” de Julio Cortázar.

“LAS HORAS LOCAS” de FATINE SEBTI


   Qué raro comprobar que la muerte no afecta a nada visible, la vida y el mundo siguen igualitos, imperturbables e indiferentes. Las paredes no se derrumban, tampoco los techos, el reloj no se para, la radio se enciende, y todas las cositas personales del difunto, hasta su último calcetín, sobreviven a su muerte.
   No me podía abstener de pensar en que hacía tan sólo veinticuatro horas estábamos el señor y yo en su despacho jugando al ajedrez, saboreando chocolates y un buen vino como se saborean las cosas prohibidas y tan buenas… Me obsesionaba la idea de que el día anterior, a aquella misma hora y en aquel mismo lugar, estábamos allí comentando el gran genio de Beethoven y escuchando su sinfonía número 5 que tanto le gustaba. A veces me ocurre lo mismo al comer un trozo de carne. Me digo que hace poco el animal estaba despreocupado y comiendo hierba fresca o tal vez cortejando una hembra… Ay, si supiera que era la última partida, le hubiera dejado ganar al señor…
   Un silencio viejo y triste reinaba en la casa, había tragado los gritos de la señora, los llantos impotentes de la señora, los abrazos, los millones de palabras de consuelo, el ruido de los niños que jugaban con humor porque, para ellos, la muerte es todavía algo indefinible y bastante incierto… Y luego, como si nada. La casa estaba vacía y callada. Después del entierro se fueron a la ciudad, ya que las vacaciones no tenían sentido, y el mar no le importaba a nadie. Yo no sé por qué me había quedado. Dije que aún me quedaban algunas cosas por arreglar, sillas que devolver, una ventana que fijar, y las cosas del señor por embalar. Nada de eso era urgente, pero todo el mundo estaba demasiado cansado para discutir cosas de tan poca importancia conmigo. A mí no me molesta estar solo, al contrario, me encuentro bien… Pero lo que si me desorienta es no saber qué hora es en cada minuto. Dicho sea de paso, soy un obsesionado de los relojes y del tiempo. Seguro que esto es debido a que durante muchos años dos minutos de retraso me podían costar veinte golpes. Bueno esto está muy lejos ahora.
   Aquella mañana me desperté con los gritos de la señora, me levanté corriendo y con el corazón enloquecido… No soportaría que le pasara algo a ella… Entonces no había cogido mi reloj y no lograba encontrar el de la casa, estaba siempre sobre el gran mueble pero en aquel momento, no… Intenté olvidarme de esto, era de noche y nadie me esperaba en ninguna parte. Antes de poner las sabanas blancas sobre los muebles y el sofá, como en las películas, recorrí con mi mirada el salón, el gran comedor y todos los objetos. Me parecía que ellos también habían muerto, no tenían alma, sólo eran cuerpos fatigados y viejos. Los cubrí con las sábanas preguntándome si volverían a ver la luz. Me di cuenta de que tenía la boca seca. Me acordé de que el señor y yo no habíamos terminado la botella de la noche anterior y pensé que, dadas las circunstancias, seguro que nadie la había tocado. Así que me fui al despacho para tomar una copa.
   Antes de moverme, me llegó al oído una melodía que me era familiar… Claro que no podía ser, estaba solo y no había vecinos. Creo que la soledad, la noche y el silencio a menudo provocan ilusiones auditivas. Pensé que tendría que irme por la mañana. No soy supersticioso pero entendí que no había sido una buena idea quedarme solo en una casa vacía y de luto tan reciente. Canturreando con la melodía inventada por mi cabeza, me fui a buscar la botella de vino que estaba en el despacho. Al abrir la puerta, la melodía se hizo más fuerte y otra voz canturreaba. Yo me había callado.
    - ¿Dónde te metiste, hombre? ¡Dejaste la partida a medias! Y ¿has estado todo este tiempo en el baño? ¡Ja ja ja ja!
    El señor estaba allí sentado frente a los peones y riéndose de mí. Eso era imposible pero el señor era tan real... ¿Cómo podía decirle que estaba muerto? Claro que no me atreví. Y, como no creo en los fantasmas, pensé que quizás era un sueño. Yo todavía no me había movido y buscaba desesperadamente el reloj que solía estar sobre el escritorio, pero tampoco estaba.
   - En vacaciones debes librarte de tus obsesiones, amigo. Deja de buscar al reloj y ven, que tenemos una partida que terminar, y tengo como el dulce presentimiento de que esta vez la suerte está conmigo. Y ponnos algo de Beethoven, que estoy de buen humor…
   ¡No podía ser! Aquella era la misma frase que me había dicho la noche anterior. Puse la sinfonía número 5 de Beethoven y me senté frente a él. Y cuanto más jugábamos, más me daba cuenta de que tenía el mismo juego, la misma táctica, movía los peones de la misma manera y yo acabé por saber qué iba a hacer antes de hacerlo. Sin quererlo, o más bien sin pensarlo, me dejé llevar y le gané. Era algo increíble, como en las pesadillas en las que todo se repite sin fin. Sabía qué chocolate iba a coger el señor, cuál iba a preferir, el comentario que iba a decir… Poco después (o mucho, no sé), perdí toda noción del tiempo. Se oyeron dos golpecitos en la puerta, y la señora entró.
   - Antoño, se hace tarde y no es bueno para ti desvelarte. Y mucho menos lo es el vino y el chocolate. Salvador, díselo por favor, que a mí ya no me hace caso cuando se trata de su salud.
   Mi mente anticipaba cada palabra suya. Y me estaba volviendo loco. Quería entender lo que pasaba, pero al mismo tiempo tenía ganas de dejarlo todo, ir muy lejos y dormir. Eso sí, suponía que no estaba dormido y que navegaba en una pesadilla infinita. El señor se fue con su mujer con una risa borracha que sería la última que yo escucharía. Se fue sin que pudiera retenerlo ni prevenirlo de nada. Me quedé solo otra vez. Me sentía tan cansado que dormí allí, diciéndome que seguramente a la mañana siguiente me levantaría con los gritos de la señora.
   Me levanté en lo que me pareció ser el mediodía (pero sin la menor certeza), con un dolor insoportable en el cuello y toda la espalda. Estaba desorientado y hambriento. No me atreví a comprobar si había alguien en la casa. Lo mejor era volver a la ciudad simplemente.
   Decidí dar primero una vuelta cerca del mar, refrescarme las ideas y respirar. Salí por la puerta trasera, bajé algunas escaleras y mis pies se hundieron en la arena. Caminé hacia el mar.
   Hacía un calor increíble, iba a volver atrás cuando vi como objetos de hiero o madera muertos sobre unas piedras. Me acerqué intrigado. Eran relojes medio derretidos, como quesos Camembert, y cada uno anunciando una hora diferente. Nunca había visto algo parecido, parecían como enloquecidos, borrachos o simplemente libres. Me sentía como Alicia en el país de las maravillas. Había perdido toda noción del tiempo, de los hechos. Todo. Me eché al mar para refrescarme un poco y volví hacia la casa.
   En mi pequeña habitación, nada había cambiado. Mi reloj de mano estaba parado. Nada me extrañaba ya. De repente, oí una voz llamándome: “¡Salvador! ¿Dónde estas?” Era la voz de la señora. Dije: “Ya voy” y fui a su encuentro con una mezcla de curiosidad y de angustia. Su cara se iluminó al verme y me dio un beso rápido en la boca. No me lo podía creer. Ella no parecía fijarse en mi cara llena de estupefacción.
   - El pequeño Antoño te reclama… ¡Prometiste hacerle un castillo de arena!
   - Sí, papá, síiiii… ¿Vamos? ¿Vamos? ¿Eh?
   Un niño esplendido fijaba en mí sus dos ojos verdes llenos de esperanza e impaciencia.
   -Claro que sí, hijo. ¡Ahora mismo!

Fatine Sebti.
Rabat, abril de 2012.
Tarea de escritura inspirada en el cuadro “La persistencia de la memoria” de Dalí.

jueves, 10 de mayo de 2012

“LA SOMNOLENCIA” de MARYAM BENCHEKROUN


   Mi somnolencia es una de mis fieles entidades. Mi somnolencia ofrece pies y manos para aliviarme. No me abandona ni por cansancio ni por aburrimiento. Nos pasamos muchos momentos librando una cordial batalla de jurisdicciones, de prisiones y rescates. Sobre todo si me encuentro en periodo de exámenes. Entonces, ya está ella, la doncella, imponiéndose para que cumpla escrupulosa sus funciones. Se adueña de mí y me manda leer “x” veces un párrafo, por ejemplo, para aprenderlo. Me vigila de manera excesiva e inspecciona constantemente mi mente, mi concentración y mi atención para proporcionarle pausas y treguas. Y si se trata de ver una película en el cine, su campo de batalla favorito, ya es el caos. Me entrega un analgésico para mi cuerpo y un  relajador por mis ojos para terminar con una somnolencia muy eficaz que se extiende hasta las últimas escenas de la película.
   Mi fiel somnolencia está siempre pronta al salto para defenderme contra la astenia causada por el desarrollo de mi aprendizaje, mis estudios e instrucciones.

Maryam Benchekroun
Rabat, 7 de mayo de 2012
Texto basado en “Trabajos de oficina” de Julio Cortázar.


“NARCISISMO PASADO” de ABDELLAH EL HASSOUNI

   Era yo una persona muy atenta, infinitamente atenta a mi propia imagen, a mi aspecto, a mi apariencia. Para mí, todo atentado contra esa imagen era una catástrofe que debía evitar.
   Pero se había deslizado en mi vida sin que me hubiera dado cuenta. Al principio, había cogido sitio justo entre ambos costados, para no llamar la atención. Una vez bien anclada, bien instalada, empezó a exhibirse poco a poco, pero seguramente, interpelándome, desafiándome. Así, se fue desplegando, embelleciéndose, se fue abriendo día a día. Ya entonces ambos nos entregábamos a batallas incesantes, jalonadas por treguas falsas y por simulacros de paz, de brechas y de retiradas. Pegada a mí, me causaba daño, perjudicaba mi imagen, por lo que yo procuraba esconderla, contenerla en el interior, reteniendo mi respiración. Ella simulaba obedecer, pero en cuanto yo me cansaba, ella invadía de nuevo su espacio, cada vez más grande, más adelante, exponiéndose a mi mirada y a la de los demás, insensibles a todos los nombres de aves con las que yo la calificaba. A causa de esto, mi belleza había sufrido un golpe de mazo, y mi atracción por el sexo opuesto casi se había diluido. Entonces, ya había entrado a formar parte del grosor medio de la artillería pesada: fue todo un bloqueo parcial y luego total. Ningún regadío, ningún abono. Un racionamiento drástico, corto y luego suficientemente largo. Mediante estos regímenes, estos sufrimientos considerables, se retraía, se acurrucaba, parecía marchitarse, mientras yo enarbolaba una vez más y por un momento la sonrisa del conquistador. Pero ella tenía tiempo, suficiente tiempo.
   Hoy, deambulando delante de mí, es ella, mi barriga, la que atrae las miradas, provoca las sonrisas. Entonces, le ruego que no me mire de perfil, sino más bien de cara o de espaldas. Usted encontrará tan sólo los restos de aquella magnífica talla del pasado.

Abdellah el Hassouni.
Rabat, 7 de mayo de 2012.
Tarea basada en “Trabajos de oficina” de Julio Cortázar.



“JAZZ” de ANA BORGES (Invitada del Blog)


   La temporada de conciertos es intensa, como siempre. Mis fieles instrumentos lo saben, me siguen, están siempre prontos para que en cualquier momento los haga sonar en ensayos en casa, en los hoteles, en los teatros, y luego frente a los espectadores.
   Mi clarinete y mi saxofón, a quienes llamo Clari y Saxo, a veces se ponen celosos si toco en el instrumento de algún colega. Pero saben que vuelvo a ellos, que son insustituibles. Me obedecen, ya conocen mis manías.
   Una tarde les digo que esa noche tocamos con Gary Bartz y que haremos un ciclo de una semana con él. Con Gary, me dice Clari, no tengo ganas, es demasiado grande, ¡¡¡se lleva todos los aplausos!!! Clari no lo quiere, en cambio Saxo sí, lo admira, e incluso le gusta que él lo tome entre sus labios y le arranque sus mejores sonidos.
   Clari finalmente accede al ensayo para esta noche, pero me deja entrever que no le gusta eso del ciclo. Le digo que hay que hacerlo, que es importante tanto para Gary como para mí. En Nueva York tocamos casi todas las noches, pero en París, es sólo estos días. Así que ¡a ensayar1, le dije. Y estuvimos juntos unas dos largas horas. Al finalizar el trabajo de esa tarde, Clari me pregunta que por qué me empeño en quedarme tantos días en París, que por qué no adelantamos nuestro viaje a Uruguay para festejar el día internacional del Jazz. Clari ama “El Sosiego” y todos los primeros días de enero de los Festivales Internacionales de Jazz de Punta del Este. Ama el ambiente y a mi gran amigo Francisco. Le contesto que ya iremos. Unos suspiros de do y la y fa escapan de su alma.
   El concierto en la “Salle Pleyel” fue un éxito. Guardé cuidadosamente mis instrumentos en sus estuches y fuimos a cenar todos los músicos y luego a dar un paseo por el París de noche, siempre tan fascinante. Sentí que uno de los estuches se movía solo, pero me dije que sería el efecto del champán con el que celebramos el reencuentro.
   Volvimos cada uno a su hotel, nosotros a nuestra habitación frente al Sena. Luego de tomar otro buen vino, me quedé dormido.
   Al otro día por la tarde retomamos nuestro habitual ensayo, éste más corto, ya que queríamos tomar un chocolate en “Les Deux Magots”.
   Antes de terminar la semana en París, una mañana me levanto y no veo, en el lugar habitual de la habitación, el estuche de Clari. Pensé que estaría en la salita de entrada, pero allí tampoco estaba. Comencé a preocuparme y le pregunté a Saxo si no me habría olvidado de traerlo la noche anterior. Saxo me recuerda que no, que volvimos todos a la habitación. Como esa noche y las siguientes íbamos a hacer un dúo de saxofones con Gary, pronto me olvidé del estuche no encontrado.
   Los amantes del jazz, franceses y turistas, nos pedían al final de cada concierto que siguiéramos un rato más. Nos gusta París y su público cosmopolita.
   En un intervalo de uno de los espectáculos, suena mi móvil y veo que es Francisco, que me dice: “Che, Paquito (1), ¿tan excéntrico estás que no podés viajar con tus bártulos?”. “Pero ¿qué dices amigo?”, le pregunto. Y él sigue: “Me llamaron del aeropuerto de Laguna del Sauce para retirar algo a mi nombre, de aquí mismo te estoy llamando”. Abrí el paquete muy bien hecho, proveniente de París, y me sorprendió ver a Clari que reía triunfadora y emitía las notas del Aleluya.
   “¿Cómo?”, dije. “Hola, hola”, pero ya no hubo respuesta. Solo se escuchaba a Haendel.

Ana Borges.
Pinares, Uruguay, 6 de mayo de 2012.

Tarea basada en “Trabajos de oficina” de Julio Cortázar.

 (1)  Paquito D'Rivera (Francisco de Jesús Rivera Figueras) (Marianao, La Habana, Cuba, 4 de junio de 1948) es un músico, arreglista y compositor de jazz.

jueves, 19 de abril de 2012

“ILUSIÓN” de ANASTASIO GARCÍA

    Se fue sin haber vuelto la cabeza siquiera. Nuestro secreto había transcendido: bien fácil era leerlo en las ojeadas reticentes de todos los conocidos alrededor nuestro.
   Sé que él, su Otelo, era joven y buen mozo; que tenía ante sí un porvenir brillante, y que aún/además con sus recursos actuales le proporcionaba un nivel de vida, comodidades y lujos, que yo jamás hubiera podido ofrecerle. Esa casa suya tan bien puesta, los muebles, la instalación de high fidelity…. lo dejaría atrás, y dejaría atrás al grupo mismo de la gente amiga.
   Y esto, ¿a cambio de qué? Pues a cambio de una vida estrecha y desordenada, siempre en ambientes no muy distintos al de ese mismo cuarto de hospedaje. Eso o poco más era cuanto podía esperar se mí. Si, será verdad, dijo ella, pero quiero vivir a tu lado para siempre. ¿Para siempre? respondí, después de unos pocos años se acabó, ¿no piensas tú, corderito mío, en la diferencia de edad que nos separa?
   Se quedó muy callada, y al cabo de un rato sentí correr sobre mi pecho algunas lágrimas calientes deslizándose hacia el costado. ¡Pobre corderito! De seguro, en su mente estaba pintándose el cuadro de un triste futuro donde, a las penalidades de una vida sacrificada por amor, hubiera venido a juntarse la inevitable miseria física de los años. Pero finalmente, tuvo que rendirse a la razón. Tuvo que rendirse a la razón, y decidimos, sin más, cortar por lo sano.
   Cinco años han volado desde entonces. Casualmente ha venido a recordármelo nuestro bolero Fragancia de jazmines. La amputación fue terrible, pero necesaria. Hoy la herida ya no duele.

Anastasio García García
18/03/2012
Ejercicio: “Sintetizar al máximo el cuento FRAGANCIA DE JAZMINES de Francisco Ayala”

“EL TATUAJE” de RKIA OKMENNI

   Aquel día, no podía creer que el brazo que llevaba un tatuaje en forma de texto era el de su hijo. No estaba escrito o tatuado sobre esa piel lívida, casi la de un cadáver, con cualquier caligrafía. Estaba escrito en tifinagh, el cual ella no podía ni siquiera descifrar. Se prometía siempre a sí misma que encontraría tiempo para aprender el alfabeto de la lengua amazigh o bereber, pero jamás pudo llevar a cabo su deseo y apenas sabía escribir su nombre. Pensó que sin duda alguna era un mensaje y tenía que saber su significado.
   La habían avisado la mañana de este martes inolvidable desde un número de teléfono que no reconoció por no haberlo visto antes. La voz masculina le informó que su hijo estaba en urgencias entre la vida y la muerte. Le añadió que debía darse prisa porque su estado era crítico. Le dio la dirección y colgó, sin darle ninguna otra información. Sintió un peso sobre su pecho y el dolor que suele provocarle el temor y la angustia en su estómago. Condujo como una autómata dirigiéndose hacia el hospital. Buscó, se informó, atravesó pasillos, subió escaleras. Finalmente, llegó con una sensación de malestar indescriptible y con todo el cuerpo congelado por dentro y por fuera a pesar del calor. En la unidad de vigilancia intensiva del hospital, desde la cual la habían llamado, encontró familias enteras y personas solas o acompañadas que esperaban para ver a sus familiares víctimas de alguna enfermedad o de algún accidente. Alguien dijo a su lado que sólo estaba permitido verlos desde lejos y desde detrás de la puerta vidriera. Sintió que el aire se negaba a llegar a sus pulmones a pesar de sus esfuerzos por regularizar su respiración. ¡Pero ya era suficiente bastaba con un enfermo…! Cuando le llegó el turno, entró y encontró dos habitaciones. Un enfermero le mostró con un gesto la puerta del cuarto de la izquierda. Entonces vio un montón de tubos, de aparatos y cuatro camas. Miró una tras otra a las personas que yacían inconcientes pero no reconoció al que quería ver entre ellos. Pidió al medico que había allí que revisara el nombre y apellido en el registro de la unidad. Este le confirmó lo que le había dicho antes aquel enfermero. Añadió, para su sorpresa, que su hijo estaba allí desde hace tres días y medio. Se dio media vuelta y volvió por segunda vez al mismo lugar para esforzarse y reconocerlo por algún matiz especial. Eliminó a dos hombres porque eran mayores y al tercero porque era calvo. Puso toda su atención sobre el último que le quedaba: era un hombre muy delgado, pálido, con barba de algunos días, la máscara de oxígeno le tapaba una gran parte del rostro. Además, estaba conectado a un tubo de suero o de alguna medicina que caía desde una botella. La aguja por la que le entraba aquel líquido se mantenía por el esparadrapo. Se fijó en el brazo flaco e inerte que reposaba sobre la sabana blanca: llevaba un tatuaje. Aquel brazo con aquel tatuaje no podía pertenecer a su hijo. Se preguntó desde cuándo y por qué lo llevaba y sobre todo qué significaba el texto escrito sobre esa piel que algún día había limpiado y cuidado. No podía acercarse más ni tocarlo. Se acabó la visita, que permitían por simple consideración humana. Había durado apenas cinco minutos. Los médicos le aseguraron que, si lograba pasar aquella noche sin complicaciones, entonces se hallaría fuera de peligro. Dio con dificultad algunos pasos para dirigirse a un banco de cemento que tenía cerca. Su vecina de asiento empezó a preguntarle por piedad o por curiosidad. Ella no le hizo caso y aquella no se animó a seguir hablándole. Su temor era tremendo y en su mente empezaron a desfilar imágenes de su hijo en edades diferentes y rechazó la idea de que pudiera morir tan joven. Su pensamiento regresó al tatuaje. Le recordó los cuadros de la caligrafía tifinagh de su cuñado que ella solía admirar cada vez que visitaba a su hermana. Se prometió que si su hijo seguía con vida, le preguntaría el significado de su tatuaje y que además empezaría con seriedad el aprendizaje del tifinagh. Se dio cuenta de que ya no había casi nadie a su alrededor. Todas aquellas personas que llevaban máscaras de dolor y de sufrimiento en aquel espacio con aquellos olores tan insoportables del hospital habían desaparecido. Alguien le pidió que se fuera y que regresara por la mañana muy temprano, pues entonces seguro que le permitirían ver a su familiar.
 
   Bajó las escaleras, atravesó de nuevo pasillos y caminó muy triste hacia la salida. Esperaba con todas sus fuerzas el milagro del renacimiento de su hijo y pensaba que para ella, por aquel tatuaje, siempre habría un antes y un después. Y que lo esencial era que pudiera hablarle otra vez…

Rkia Okmenni
Rabat, 21 de marzo de 2012
Ejercicio basado en los cuadros de Lahbib Fouad/ Yeschou.

viernes, 6 de abril de 2012

“VOLVER” de FATINE SEBTI


Se la llevaron de noche, sin ruido, con tan sólo sus dientes de leche y una promesa incierta de devolverla pronto. Creció como un árbol sin raíces con extranjeros distantes y fríos. Cuando regresó ya los pretendientes fluían atraídos por su gran belleza y su paso noble.
Victoria Guareda Romero pisó el suelo de Barcelona primero con ternura y nostalgia, pero luego no pudo evitar ese sabor amargo en la boca que ningún dulce ha podido quitarle. Sus pasos la llevaron instintivamente al puerto. Sentía volverse la niña ligera y alegre que era cuando la esperaba su padre allí después de sus largos  viajes en los mares. Cuando se acordó que no volvería nunca más se echó a correr por entre las calles de Barcelona, que no había olvidado, en busca de su casa. Estaba allí, abandonada, desolada, envejecida y sin alma.
La única esperanza era llegar a encontrar a la tía Visitación. Y la encontró. La señora mayor la reconoció de inmediato y se dieron largos abrazos mojados y tiernos. Se podían leer preguntas calladas en los ojos verdes y tristes de Victoria. Doña Visitación se levantó sin decir nada y le trajo un sobre amarillento y húmedo. “Te lo dejó justo antes de que lo cogieran aquella noche”.
Temblando lo abrió para encontrar unas palabras garabateadas con prisa y miedo junto a un objeto: “Princesita mía, la brújula es tuya ahora. Guiará tus pasos por el bueno camino. Tu papá, que te quiere más que a nada en el mundo”. Era esa misma brújula que le había regalado hacía años y que ella le devolvía en cada uno de sus viajes para que encontrara el camino para volver hasta ella. Una emoción intensa invadió su pecho y lloró sin ruido. Sólo entonces notó que su sabor amargo ya había desaparecido...

Fatine Sebti
Rabat, 17 de octubre de 2011

«A UNA MUJER NO SE LE DICE “NO”» de SAMIRA MOUKANE


Quedé en el café con Juan. Parecía tener algo  serio que comunicarme, pues estaba un poco excitado. Habían pasado diez minutos y él seguía hablando, pero todavía no me había dicho nada especial.
La verdad es que su cara pálida y asustada transmitía un aire de inquietud y temor. Al verlo así, yo tampoco me sentí bien, pues intuía que debía ser algo que a mí también me iba a afectar. Así que decidí  comprarme un paquete de cigarrillos, pues siempre me apoyo en los cigarrillos cuando estoy nervioso. Me levanté y me dirigí a la máquina situada en un rincón. De repente, una voz femenina me sacó de mis pensamientos. Volví la cabeza y vi a una chica joven sentada en la mesa al lado mirándome con incertidumbre. Me estaba dirigiendo la palabra con una voz temblorosa y, como Juan, también ella parecía angustiada. Se presentó. Se llamaba Lucía y tenía algo importante que decirme también.
Lucía... Un lindo rostro con aspecto gentil y agradable, con ojos grandes y almendrados, los labios bien definidos y de mediano grosor. Esos labios rosados temblaban cuando hablaban. Luego, nos sentamos frente a frente, en su mesa, y yo no podía apartar mis ojos de esos labios frágiles e indecisos a la hora de hablar. De repente, empezó con una voz fragmentada a hablar sin parar, como si tuviera miedo de perder todo el guión que había preparado para mí. Y así, su discurso se fue volviendo rápido y fugaz. Yo estaba sorprendido y me había quedado sin palabras.
Volví el rostro hacia mi amigo, que estaba todavía esperándome, y yo pensé que lo que él quería decirme, fuera lo que fuera, no sería tan importante como lo que me había dicho Lucía. En ese instante, él también me interrogaba con sus ojos y yo, para huir de ellos, abrí mi paquete de cigarrillos nerviosamente. Ella me pidió uno y luego cogió su mechero para encender mi cigarrillo, ¿pues yo me sentía incapaz de mover mis propios dedos?
Al oír el ladrido de un perro, volví mi cabeza hasta la televisión. Era una escena en la que un perro furioso ladraba con fuerza a una muñeca. En ese mismo instante sentí que la mirada de Lucía me estaba desgarrando y, cuando la vi así, esperando mi respuesta, pidiendo sus ojos un sí de mis labios, me levanté, me dirigí hasta ella y le murmuré un sí. Ella me sonrió y me ofreció su mano con aire feliz. Yo me di cuenta de que Juan estaba todavía sentado en la mesa, esperándome, así que lo miré sin decir nada mientras Lucía y yo salíamos juntos del café.
Juan, como yo, sabe  muy bien que a una mujer nunca se le dice no.
Samira Moukane
Texto basado en una secuencia de película para la descripción de personajes
Rabat, 29 de marzo de 2012


jueves, 5 de abril de 2012

“REENCUENTRO CON EL PASADO” de NAJATE ZIZI



 Antes de jubilarme  como profesora de Física en la Universidad de Rabat, iba periódicamente a la Universidad de París-Sud (Orsay), al mismo laboratorio en el que tiempo atrás defendí mi tesis y con el cual seguía colaborando y mantenía buenas relaciones. Como es costumbre en la tradición universitaria, yo continuaba realizando investigaciones que derivaban en comunicaciones científicas internacionales en las que también implicaba a estudiantes de Rabat, todo lo cual me procuraba personalmente una plenitud total, independientemente de la que me daban  mi marido y mi familia.
Una vez, cuando paseaba tranquilamente en la muy famosa avenida de los Champs Elysées, me di de narices con Driss, un antiguo vecino y compañero de juegos de mi infancia. Recuerdo su simpática fisonomía tal como si fuera ayer mismo cuando jugábamos juntos a las canicas, ese juego al que mi padre me tenía prohibido jugar con los chicos en la calle. Por ello, en mi memoria, no puedo disociar a Driss de las azotainas que mi padre me administraba cada vez que me encontraba jugando a las canicas con él y otros chicos. Yo no comprendía entonces por qué mis hermanos, en cambio, tenían derecho a jugar a las canicas sin ser castigados. Esta injusticia me empujaba a reincidir en mi juego preferido sin que me importara la rabia paternal, que cada vez se volvía más intensa frente a mi desafío. Mientras mis hermanos podían impunemente hacer lo que querían después de la clase, yo debía, como chica que era, volver directamente de la escuela a casa, donde estaba condenada en primer lugar a ayudar mi madre a las tareas domésticas. Luego, podía hacer mis deberes o jugar a las muñecas, que por aquel entonces no me gustaban.
Mi rebeldía por adaptarme a ese molde fue el primer ingrediente que forjó mi carácter y que me enfrentó a la mentalidad conservadora de la época contra toda decisión arbitraria. Podemos decir, por tanto, que las canicas jugaron un papel muy importante en la estimulación de mi conciencia femenina. Todavía ahora, tocar esa fibra de mi personalidad significa desencadenar reacciones de tempestades imprevisibles.
Pero volviendo al encuentro… Driss andaba también solo con un paso decidido y con una mirada que inspiraba cierta flema británica. Me acerqué a él y le dirigí la palabra y él, tras un instante de vacilación, me reconoció y abrió sus brazos gritando: «¡Najate! ¡No es posible…! ¡Cuánto tiempo sin vernos!»
Nos sentamos en un café y, mientras nos tomamos unos refrescos, cada uno presentó un rápido resumen de su vida. De este modo me enteré de que realizaba misiones especiales en el Ministerio del Interior de Rabat, que tenía tres hijos y una mujer que era ama de casa. Me confirmó, además, que su hijo mayor, médico de profesión, se había casado con una princesa, como ya nadie podía ignorar a aquellas alturas por razones mediáticas. Lo supuse muy rico y preocupado por consideraciones más materiales que intelectuales y mi sistema de valores me pareció muy lejano de su vago mundo. ¿Qué podría yo compartir con él en el futuro si carecía de afinidades con su profesión de pseudoespía, con su mujer sin profesión y con su nivel de relaciones sociales?
Pasada la sorpresa y la evocación de los años de la infancia, una molestia incomoda se instaló entre nosotros. Por mi parte, sentía que era mejor poner fin a aquella entrevista fortuita que me había conmovido mucho personalmente pero que ponía a la luz la divergencia de nuestros caminos en la vida. Pretextando tener una cita para cenar con unos colegas, me despedí de él sin ni siquiera intercambiar nuestros respectivos números de teléfono. En realidad me había quedado un poco defraudada por haber cedido al impulso espontáneo de abordarle.
Así es la vida.

Najate Zizi
Rabat, mayo de 2011
Tarea de escritura basada en el ejercicio: “Reencuentro de un personaje con el pasado”

“ENCUENTRO” de MARIBEL ANDRADE



Aquella tarde había quedado con un amigo para tomar una cerveza, intercambiar impresiones; en fin, relajarse un rato.
Había salido como siempre con barba de tres días; tenía el pelo castaño claro y lo llevaba un tanto largo, un poco greñoso, con aspecto dejado. Sus ojos castaños denotaban tristeza; parecía un hombre con pocas ilusiones. Llevaba tiempo sin tener un rollo, lo echaba de menos, tenía ganas. Por otro lado, le daba miedo enrollarse… ¡Todas querían algo serio! ¡Él no estaba para eso! Precisamente de ello le estaba hablando a Gerardo cuando se quedó sin tabaco. Se fue a la máquina a sacar una cajetilla dejando a su amigo con la palabra en la boca. Al agacharse para coger los cigarrillos, entre el ruido de la cajetilla y las monedas, oyó una voz muy cercana que llamaba a alguien. Aún inclinado, la insistencia de una llamada le hizo girar la cabeza en su dirección, aunque no era su nombre el que oía. Con el corazón acelerándose, pues era a él a quien se dirigía la chica, sin entender nada, cogió el tabaco y se dirigió a la mesa de donde procedía la voz. Era una joven de pelo oscuro ondulado, no muy largo de media melena y de ojos oscuros brillantes “¿Brillarán en la oscuridad?”, se preguntó Pablo. Una boca pequeña, nerviosa, pero decidida, le hablaba. Tardó en reaccionar ante aquel chorro de palabras y por fin se oyó a sí mismo diciendo: “No. Estás confundiéndome con alguien, no te conozco”. Lo asombroso era que le hablaba de él, de cosas suyas, pero él no la conocía, o ¿tal vez sí?. A medida que ella seguía hablando, él sentía la necesidad de aproximarse, de escuchar… Se sentó. Su cara empezó a cobrar vida y de repente estaba absorto en algo y en alguien a quien no acababa de entender. Pero no se podía marchar... Ella le confundía con otro, no había duda, pero lo chocante, lo increíble, era que se identificaba con lo que ella le contaba de ese otro. Cuando se dio por vencida, cuando aceptó (no del todo) que él no era quien ella creía, empezó a contarle: no lo veía desde hacía casi un año, pero lo deseaba como el día en que había desaparecido. Lo echaba de menos en sus noches y en sus días… Ella hablaba y hablaba del deseo que sentía de volver a tenerlo y ese deseo se veía en sus ojos, lo expresaban sus labios cada vez más seguros, cada vez más… atractivos. Él apenas podía contenerse, pero a la vez sentía inquietud; la inseguridad había dado paso al miedo. Su amigo lo esperaba, era hora de regresar a su mesa, pero algo lo atrapaba y lo amarraba a ésta. ¿Quién era ella? Ella era lo que buscaba y temía. Ella, con sus ojos, con su boca, con su cuerpo lo invitaba, no le cabía duda. El miedo y el deseo pujaban con la misma intensidad….
Su amigo lo llamaba.
        –Bueno, me espera…  -dijo mientras se levantaba-. Yo también he esperado mucho. Su voz era sedosa, sus ojos dos chispas que habían prendido una hoguera. Desde el otro lado del bar con el brazo en alto dijo adiós a su amigo y se fue con ella.

Maribel Andrade.
Rabat, 13 de marzo de 2012.
Ejercicio basado en una escena de la película Lucía y el sexo para la descripción de personajes.

“UNA BODA EN EL MÁS ALLÁ” de NAJATE ZIZI



         Dicen que dicen en Marruecos que había una vez
, en la época postcolonial, una pareja muy rica, enamorada y casada desde hacía diez años, pero que no había disfrutado la felicidad de tener hijos. La mujer comenzaba a sentirse culpable y comprendió rápidamente que su marido, desesperado por no tener heredero, estaba a punto de buscarse una segunda esposa como lo permitía la religión musulmana y muy a pesar de su recíproco amor. Es evidente que él no le había hablado con franqueza, pero ella siempre lo entendía todo por pura intuición femenina, la cual jamás de los jamases la engañaba.
De repente, cierto mes, como si este paroxismo de miedo le hubiera estimulado su ovulación tras tantos años de matrimonio, la mujer se sorprendió al darse cuenta de que no tenía el periodo. Estaba tan entusiasmada que corrió a anunciarle la noticia a su marido. Éste fue a comprarle inmediatamente un collar de perlas blancas para regalárselo y organizó ante esta ocasión una fiesta memorable con aleña y orquesta.
Y así fue cómo nació Kenza (“tesoro” en árabe), una niña que siempre estaba rodeada de amor y atenciones de todo tipo. El destino quiso que fuera hija única y pronto se transformó en una adolescente muy guapa, resplandeciente de elegancia e inteligencia, aunque demasiado mimada. Era evidente que el nido de ternura que la cobijaba no la armaba suficientemente para afrontar los lobos de la calle.
Una noche, cuando regresaba de la casa de una amiga, un soldado gamberro que pertenecía a las milicias todavía no desmilitarizadas tras la independencia, la atacó y la violó, tras lo cual ella perdió la voz. Kenza se tragó su secreto y no osó confesárselo a sus padres, que en aquella época estaban preparando una fiesta para celebrar sus quince años. Aunque consiguió esconder su sufrimiento como víctima, aquel acto criminal había sido excesivamente terrible para ella y ya no quedaba ni rastro de su alegría natural. Y esto era algo que no comprendían ni sus amigas ni sus padres.
Sin haber llegado a pronunciar ni siquiera una palabra, la muchacha se suicidó a la semana siguiente con un tubo de somníferos y sus padres casi se volvieron locos. Los salvó solamente su fe en Dios, el cual había llamado a su lado a aquella muchacha demasiado amada.
Entonces decidieron vestir a la difunta sobre su lecho de muerte con ropajes blancos de boda y con montones de flores del mismo color. Luego llamaron a un artista pintor para hacerle un retrato antes de que llegara la gente para darles el pésame. Escasa consolación era aquélla tentativa de inmortalizar a su hija como casada el día de su muerte.
Cuando el pintor se fijó en el rostro de Kenza, quedó fuertemente impresionado por su belleza angélica. Pero lo que verdaderamente le sobrecogió fue que, al hacerle una primera fotografía, parecía que la difunta fuera a volver a la vida. Frente al objetivo del aparato, aquella joven Gioconda sonreía sólo para él y le invitaba a bailar. Quién sabe cuánto tiempo duró aquel baile pero no cabe duda de que, instantáneamente, el pintor cayó locamente enamorado. Además sentía una fascinación que jamás había experimentado durante su anterior vida sentimental, la cual había ido de frustración en frustración hasta convertirlo en un solterón empedernido.
Día a día fue perdiendo el apetito y el sueño hasta que el agotamiento no le permitió ni siquiera seguir pintando. Deseaba él entonces plasmar esa impresión fugaz, tan intensa y maravillosa mediante técnicas aprendidas en la escuela impresionista. Sin embargo, fue perdiendo toda esperanza en acabar el retrato para entregárselo a los padres cuando regresaran de la Meca, adonde habían ido a secar sus lágrimas de sangre. Allí, alzaron sus últimas oraciones buscando consuelo frente a la impotencia del ser humano, frente a su existencia efímera y susceptible de ser interrumpida en cualquier instante o edad. Consideraban ellos entonces a su hija como una huriya, una virgen del Paraíso,  es decir, un regalo que Dios les había ofrecido temporalmente.
Incapaz de sentir este tipo de fuerza alimentada por la fe y el más saludable fatalismo, que le hubiera permitido aceptar una fin tan inadmisible, nuestro hombre decidió entonces ir a reunirse con la novia del más allá, ante la cual había sentido un flechazo irresistible, convencido que el paraíso que la acogía era el lugar ideal para casarse con ella y para liberarse de su fantasma.

Najate Zizi.
Rabat, 25 de octubre de 2011.
Cuento inspirado por los juegos del tiempo de Antonio Di Benedetto.

“PODRÍAMOS SER LAS DOS COSAS” de IMMA RABASCO (Invitada del blog)


           - No pienso pedir perdón, simplemente porque no creo que merezca la absolución, la verdad.
Él no se inmutó al escucharla. Seguía examinando embobado, casi enfrascado, su boca. Siempre le pasaba lo mismo... Se quedaba atontado mirando sus labios, el movimiento de éstos, para ser exactos. Y, mientras, ella seguía hablando:
- Yo que sé... Quizás algún día sabrás lo mucho que me obsesionas sin necesidad de todas esas estupideces... ¿Por qué tengo que pedir perdón por algo tan absurdo? Si no quiero jugar, no quiero jugar, ¿tanto te cuesta entenderlo?
Ella decidió callarse. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo, se giró y prefirió mirar la espectacular vista que se veía desde el faro. El viento le rozaba la cara, los labios. Él no dejaba de observarla, de espaldas. Ahora fijaba su atención en el cabello de Marian, que no paraba de revolotear rozando casi las gaviotas.
- ¿Tú qué eres?
Él no entendió la pregunta y le contestó:
-¿Qué quieres decir con eso?
-¿Qué eres: isla o península?
Por primera vez, él dejó de mirarla. Sus ojos iban de lado a lado, confusos. Menuda pregunta le había hecho. Casi le molestaba el interrogatorio. Pero, en un punto, sentía cierto placer, pues creía que aquello se parecía bastante a un pasatiempo. Así que dejó escapar unos segundos tensos y finalmente respondió.
- Península, ¿no?
-Qué pena...
-¿Por qué "qué pena"?
- Podrías ser las dos cosas, podríamos ser las dos cosas ¿Por qué eres tan conformista?
En el mismo instante en el que hizo esa pregunta, ella se dio la vuelta y le miró fijamente. Él no titubeó.
- No soy conformista... Soy una persona feliz, que no es lo mismo. Tú me has preguntado si era isla "o" península... Fuiste tú la que me hizo elegir entre las dos opciones.
- Siempre me echas la culpa de tu mediocridad. Qué aburrido eres...
Ella volvió a girarse y el viento insistió de nuevo en revolver su melena. Pero esta vez él ya no la contemplaba. Se quedó atravesando el horizonte con las pupilas, como ella. Un rato después le respondía:
- No te creas tan original... A lo mejor aquí la mediocre eres tú... ¿Isla o península? ¿Por qué te gusta tanto infravalorarme? ¿Es un juego? Ya sé... Hace tiempo que me vengo dando cuenta de que esa es tu forma de jugar…. Conmigo, claro... Tú te diviertes conmigo. ¿Y tú? ¿Tú qué eres? 
Ella seguía descubriendo el infinito. 
- Me aburres, ya te lo he dicho... ¿Crees que si salto y empiezo a volar hacia adelante llegaré a África? Desde aquí, en línea recta, ¿a qué país llegaría exactamente?
Él seguía centrado en el abismo.
- Marian... Tú nunca podrías arrojarte desde este faro y mucho menos volar... Vamos, dime… ¿Tú qué eres?
El viento seguía soplando con fuerza y ellos dos continuaban plantados en el balcón de la torre, sin curiosearse el uno al otro. Ahora callados ambos. Ella sacó las manos de sus bolsillos y levantó un poco los brazos. 
-Creo que sí que puedo volar... Hoy sí.
Él volvió a mirarla. No entendía qué estaba haciendo, pero le empezaba a poner nervioso. Muy nervioso. Ella le preguntó entonces:
- ¿Te parece que esto es un batir de alas?
Movía los brazos imitando a un pájaro, cada vez con más velocidad y precisión. Él no le quitaba la vista de encima. Ella seguía con el movimiento. Seguía, seguía... Hasta que, en un momento dado, levantó el vuelo. Lo hizo de un modo rápido y elegante, como si lo hubiera estado haciendo toda su vida. Y se alejó, así, sencillamente. 
Él no dejó de vigilarla, hasta que sintió un fuerte y repentino dolor en el costado. Sabía que era su ausencia, la de ella. Corrió escaleras abajo. Intuía que se moría, mientras aplastaba los escalones. Fingía que estaba bien, que llegaría a la calle y la encontraría esperándolo. Todo habría sido un juego. Eso pensó durante el tiempo que duró el descenso... 
Afuera, en la península, el viento persistía con fuerza. El agua de las olas mordía con furia las rocas. Dos gatos se apoyaban en la pared del faro y miraban con curiosidad el vuelo de las gaviotas, para evitar el sueño. No había nadie en la calle. Hacía demasiado frío para tener ganas de andar contemplando el paisaje y mucho menos para subir a curiosear la torre alta de luz. Y así se deslizaba el tiempo, se dilataba, jugaba al tedio...

Imma Rabasco
Buenos Aires, 4 de abril de 2012.
Inspirado por aquel tiempo en el que la marea transformaba la península de punta del este en una isla a su antojo...

jueves, 22 de marzo de 2012

“HECHIZO” de IMAN TANOUTI

   La necesidad apremiante de nicotina le hizo saltar de su sitio con la energía de un adolescente, aunque ya no lo era. Sus rizos castaños y su cara de pascua le proporcionaban un aspecto a la vez entrañable y jovial. Una vez cerca de la máquina, una voz femenina y sensual interrumpió su gesto, volvió la cabeza y se encontró con dos ojos como brasas que se le clavaron en el cuerpo taladrándole a golpe de pupilas, con una expresión ojerosa y asustada. Confuso, hizo en vano un esfuerzo para reconocerla, pero esos ojos grandes y marrones como almendras estaban allí, nublándole la mente y completando el trabajo de la voz, como si fueran dos operaciones distintas pero complementarias de un mismo proceso. Luego, un olor a jazmín de primavera invadió su nariz y los largos párpados que servían de cobijo a esos ojazos de gata salvaje, empezaron a agitarse nerviosamente. El efecto fue inmediato y él, aunque dudó unos segundos al principio, acabó acercándose con recelo y curiosidad a la desconocida, y se sentó mientras la cabeza le daba vueltas y vueltas.
   Ella empezó a hablarle, así de repente y sin introducciones previas, todo de golpe. Le habló sinceramente, sin censura, sin tabúes, de un tirón, como se habla a un viejo amigo, como para deshacerse de un peso insoportable. Él, atónito, la escuchó con mucho interés, como un niño escucha a su maestra, sin interrumpirla en ningún momento y, cuanto más hablaba ella, más interés mostraba él, aunque luego el interés se transformó en dudas, en inquietudes, en miedo, se contagió del mismo miedo que la aterraba a ella, hasta hacerles temblar a ambos. Aún así, ella consiguió apoderarse de él, se apropió de él igual que un cangrejo ermitaño se mete dentro de una concha vacía. Un doloroso amargor se hinchó en la garganta del joven al evocar tantas cosas juntas, las palabras pronunciadas por ella empezaron a agitarse en su cabeza como en una coctelera y una necesidad urgente de huir lo invadió. La sinceridad y la soltura de ella eran desmesuradas, provocadoras, molestas.
   Se levantó dispuesto a marcharse, pero una fuerza interior lo agarró y, sin ninguna explicación lógica, se acercó a la desconocida, la asió apasionadamente y ambos se alejaron apresuradamente.

Iman Tanouti
Rabat, 15 de marzo de 2012
Ejercicio basado en una escena cinematográfica.

“EL PASEO DE UNOS PIES” de ABDELLAH EL HASSOUNI

   Pero todavía se atropellaban a la salida de este cine, como si huyeran de esa sala oscura que acababa de darnos a luz. Y esto me molestaba. Yo que detestaba, y que detesto todavía, que me toquen incluso involuntariamente. Decidí entonces refugiarme en los laberintos tamizados y despejados de esta exposición ambulante, donde algunos aficionados perdidos se quedan boquiabiertos, enganchados, colgados de sus obras favoritas mientras pueden. De pie, al lado de Ana María, admiré largamente a través de la ventana ese mar turquesa del turbulento y surrealista Dalí, antes de mirar codiciosamente "El Almuerzo de los Remeros" de Renoir. Y, aunque aseguran que este desprende buen humor, no sentí que nada me contagiara.
   La necesidad de aire puro y de luz todavía me proyectó fuera de ese silencio aterciopelado. La muchedumbre me esperaba allí. Enseguida me rodeó, me envolvió, me empujó y me arrastró a lo lejos, me llevó hacia los callejones estrechos y tortuosos de la medina, su dominio y feudo favorito, su reino. Una marea de carne humana abigarrada con todo un espectro de colores: cuerpos que me rozaban, hombros que me empujaban, manos que me palpaban o casi y olores que me invadían las ventanas nasales hasta la saciedad. Los protagonistas eran parecidos a los de Renoir pero en esta ocasión estaban vivos y eran de carne y hueso. Actores que deambulaban, hablaban, cotorreaban, lo cual aparentaba un teatro permanente con un texto invariable, aunque las frases cambiaran continuamente. Y, por añadidura, me miraban de manera extraña; probablemente, detectaban mi angustia, la inquietud en mis ojos, mi sueño de escrutar ese mundo desde une ventana lejana. Una ventana entregada al silencio, dejando entrar sólo el simulacro de una sinfonía de olas estrellándose contra la arena blanca.
   Todo alrededor mío me inspiraba temor al contacto, una gran aprensión al roce, un gran asco que apenas lograba disimular. Fui apretando el paso hacia el punto más alejado, la punta del espigón, el peñasco extremo, para tener enfrente sólo el azul del océano, el desfile de las olas suicidándose a mis pies y algunos extremos de cañas de pescar cuyos pequeños movimientos de oscilación me devolvieron poco a poco a la calma y a la serenidad. Aproveché este sosiego reconquistado para escudriñar a mí alrededor. Nada especial, a parte del temblor de aquella sombra negra que me respondía repartida sobre la roca. Me imitaba, me imitaba a la perfección, lo que realmente me irritaba:
   - Déjame en paz. Estas aquí otra vez para fastidiarme la vida.
   - No puedo actuar de otro modo, verdaderamente no puedo.
   - ¡Qué harta estoy de ti! Estoy hasta las narices de esto, de verte brotar cada vez que estoy a punto de recobrar la serenidad.
   - Tienes una necesidad vital de mi presencia, por lo menos para dialogar. Además, estoy pegado a ti por mi propia naturaleza.
   - No estás pegado a mí precisamente, sino más bien a mis pies.
   - Para una sombra como yo, esto no puede ser de otro modo. ¡Soy tu sombra!
   - Sólo los más negados se pegan a algo tan estúpido como los pies.
   - En primer lugar, una sombra es sólo el reflejo de un ser y, en segundo lugar, los pies no son estúpidos. Hay que ser tonto, como a menudo el hombre lo es, para sacar proverbios tan idiotas como "Es tonto como sus pies". ¡No, los pies son muy inteligentes! ¿Puedes imaginarte sin ellos? ¿Y quiénes te han traído hasta este pequeño trozo de paraíso? ¿Quiénes te han llevado de un lado a otro? ¿Quiénes te mantienen en pie? Son ellos quienes te llevan muy lejos, cuando quieres ir muy lejos. Y luego cuando no te quieres ir, se quedan allí y te hacen compañía. Incluso puedes jugar con ellos. Además bailan, cuando suena la música. Sabes perfectamente que no puedes bailar sin ellos. ¡No me mires con ese aire de cordero degollado! Sí, los pies son importantes y lo que es estúpido es no comprender su importancia.
   - ¡Me niego a continuar este diálogo de sordos!
   Sin que lo hubiera llegado a percibir, la casi totalidad de los pescadores habían desaparecido y quedaba sólo un viejecito de cuclillas en el otro lado del espigón. Me senté y aquella maldita sombra entonces se me pegó inmediatamente a las nalgas. Escogía siempre las partes más asquerosas de mi cuerpo para adherirse a mí. Le eché una ojeada e intuí una sonrisa burlona en sus labios.
   A medida que el sol hundía su tristeza en las aguas rojizas del horizonte, la maldita sombra se alargaba detrás de mí, se oscurecía, para confundirse con el peñasco gris ceniza. Por fin era libre y estaba sola, sola con mis sueños, proyectos, ilusiones y recuerdos. Me dije a mí misma:
   - La soledad es tan difícil… Y esa dificultad debe ser para nosotros una razón para buscarla, merecerla…
   Pero en el camino de regreso, bajo la luna naciente, la sombra todavía estaba allí, conmigo, justo detrás, una vez más. En el fondo, estoy contenta de que esté aquí. Quizás Renoir tenía razón, por lo menos más que Dalí.

Abdellah El Hassouni
Rabat, 1 de marzo de 2012
Ejercicio basado en los cuadros “Muchacha en la ventana” de Dalí y "El Almuerzo de los Remeros" de Renoir

“TRASTRUECO” de MARYAM BENCHEKROUN

   Ese domingo fuimos a la galería de exposiciones en donde había expuestos cuadros de diferentes retratos de principios del siglo veinte. Me había apasionado el Autorretrato (1907) de Picasso con sus líneas contundentes. No resistí el deseo de comentar este adorable retrato en el que Picasso aplicó a su propia imagen una concepción geométrica, aunque sabía que no se entendiera o, aún más, no se escuchara lo que yo decía.
   - “¡Señor, qué hijo tan culto, tan dotado!
   Tras la visita de la galería, nos echamos a andar en dirección a un café. Apenas lograba sobrellevar su adolescencia. Su estado de continua desconexión, de su existencia aparte, de su automarginalidad me molesta mucho.
   Nos sentamos a una mesilla delante de un paisaje magnífico: un jardín con jazmines, con naranjos en flor y con el césped impregnado de margaritas y de algunas amapolas. Una bonita música soplaba hasta nuestros oídos.
   Cogió su móvil y empezó a visualizar un partito, totalmente absorbido por el juego.
   - ¡Por favor, hijo mío!
   - ¿Hum…?
   - ¿Por qué no aprovechamos este magnifico lugar y…?
   - ¡Ya, ya, ya…! ¡Oh! ¡Qué suerte!
   - La semana pasada vi tu boletín. Tus notas de matemáticas y de física hacen que me sienta muy orgullosa de ti, pero las de lengua y de filosofía y…
   - Sí, sí, sí. Lo sé. Lo sé…
   - Entonces tienes que…
   - De acuerdo, de acuerdo.
   - Estoy dispuesto a…
   - Gracias, papá.
   - …
   Quería acercarme más a él, intentar trastocar nuestra relación de padre e hijo y llegar a crear entre nosotros una amistad firme.
   - ¡Señor, qué hijo tan culto, tan dotado!

Maryam Benchekroun
Rabat, 5 de marzo de 2012
Ejercicio inspirado en el cuento “Postrimerías” de Francisco Ayala y en “Autorretrato” (1907) de Picasso.



"DOS TOMATES" de MARIBEL ANDRADE


   Tenía quince años, estaba recién operada de apendicitis y me estaba “absolutamente prohibido”, so riesgo de muerte, comer o beber nada hasta el tercer día del postoperatorio. Llevaba ya dos días de suplicio, pues me encantaba y me encanta comer… Y ¿qué vieron mis ojos en la mesita de noche al despertar de la siesta? ¡Dos tomates como dos soles de verano a punto de ponerse. Pensé que seguía dormida. ¡Tanta era mi hambre! Mi boca empezó a segregar saliva, mis tripas a dar palmas y se entabló una feroz lucha en mi interior. Mi estómago me empujaba diciéndome: “¡Salta de la cama y saborea esas dos maravillas!”, al tiempo que mi cabeza me sujetaba diciéndome: “¡Cuidado, que te mueres!”. Pero ¿qué hacían allí aquellas dos tentaciones? En esa lucha estaba, cuando oí que se abría la puerta del baño y, de repente, salió una mujer vestida de oscuro, cuchillo en mano, dispuesta a embestir aquellas dos maravillas. Yo me hice la dormida. Ella a continuación se sentó delante de los dos tomates y, ¡por Dios!, puedo decir que jamás había yo visto tanta ceremonia... Extendió un paño bajo el plato, puso en este los tomates y con la precisión de un cirujano, ¡zas¡, los dividió por la mitad. Allí estaban partidos, sangrando y, seguramente, fresquitos. ¡Dios Santo! Nunca había deseado con tantas ganas unos tomates. Sería lo primero que comería de vuelta a casa. ¡Me comería un platazo! Mis tripas lanzaban gritos; tragaba y tragaba saliva. ¡Cómo le ponía el aceite! ¡Con qué cuidado añadía la sal! Y para terminar (¡no faltaba más!), una pizca de pimentón verato. Aquello era un insulto, una venganza. Yo no aguantaba más. Me debatía entre empujarla y zamparme los tomates, insultarla por “glotona” o tirarle de los pelos. En esas, la voz de mi compañera de habitación, también recién operada, sonó queda pero enfadada:
   - Pero, mamá ¿qué haces?
   - Tomándome estos tomatitos tan sabrosos, hija- dijo con voz de inocente pillada en un pecadillo.
   Me di la media vuelta y, muerta de rabia y de hambre, continué haciéndome la dormida.

Maribel Andrade
Rabat, 8 de noviembre de 2011
Cuento a partir de la lectura de “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel.

"REENCUENTROS" de ANASTASIO GARCÍA

   Sentado estaba en una mesa cualquiera de ese oscuro bar, hablando con su amigo de no importa qué, cuando sintió la imperiosa necesidad de fumar.
   Se levantó y se dirigió hacia la máquina expendedora con paso decidido. Al llegar allí, una mujer parecía que lo estaba esperando, pues casi de inmediato se había dirigido hacia él y le había invitado a sentarse junto a ella. Él, dubitativo, miró a su amigo, como pidiéndole autorización.
   La mujer, con una sonrisa en los labios empezó a hablar. ¿De qué? No sé, el murmullo de los demás parroquianos impedía distinguir la conversación. Por la cara de ella y de él, por sus rostros y gestos, intuí de qué podría tratar… ¿Quizás reproches de un antiguo amor?
   A medida que iba pasando el tiempo, aunque tal vez lo que pasaban eran los reproches y las excusas, los ánimos también parecían ir cambiando. La cara de ella reflejaba tristeza, desánimo y amargura. Él, a su vez, se mostraba cada vez más nervioso e inseguro de sí mismo. Por ello, de vez en cuando miraba a su amigo, como para tener un punto de apoyo, un bastón sobre el que sostenerse.
   Fue transcurriendo el tiempo y afloraban nuevas emociones. Como para calmarlas, él abrió el paquete de tabaco de un brusco tirón. Le ofreció un cigarrillo a ella y él también fumó. Fumaron y vieron extinguirse el cigarro, al igual que, quizás, se había extinguido su relación. Y tal como el agua apaga un fuego, de sus ojos estuvieron a punto de salir unas lágrimas. ¿Serían estas lágrimas, lágrimas para apagar un fuego? ¿O serían lágrimas para regar una nueva semilla?
   Como para romper ese momento de dolor, o quizás para disimular, miraron hacia el televisor donde aparecía un perro mordiendo un muñeco. La rabia, la impotencia ante esta situación quizás brotaron en él, pues casi sin despedirse, se dio la vuelta y caminó unos pasos, solo, aturdido y confuso.
   Sin embargo, en cuestión de unos segundos, se dio la vuelta y corrió hacia la mesa, como un perro furioso hacia su presa, cogió a la chica del brazo y de un fuerte tirón la arrancó de la silla y se la llevó.

Anastasio García
Rabat, 18 de marzo de 2012
Texto basado en una secuencia de la película “Lucía y el sexo”: descripción de personajes.




miércoles, 14 de marzo de 2012

“VAN GOGH Y YO” DE NAJATE ZIZI

   Como de costumbre, cada año académico prolongaba yo mi estancia científica en París con mis vacaciones. Cuando terminaba mi mes de trabajo de investigación en un laboratorio de colaboración entre las universidades de Rabat y París, mi marido confiaba nuestro hijo a una azafata y me lo enviaba en avión. Yo iba a recuperarlo literalmente al aeropuerto de Orly y, tras una semana de feliz reencuentro, volvíamos juntos a casa. Era mi manera de mantener calmada mi conciencia y de intentar compensar la pena infligida por la separación que un niño podía interpretar como un abandono.
   Una vez, la semana de ocio coincidió con una exposición excepcional en el Gran Palacio de los Campos Elíseos con las más famosas obras de la pintura holandesa prestadas por el Museo Rijks de Ámsterdam. No podía faltar la oportunidad de admirar a Vincent Van Gogh mi pintor preferido de esta escuela. Claro que un niño de cinco años no iba a apreciar semejante visita, pero decidí llevarle, no sin comprar su previa tranquilidad con la promesa de un paseo ulterior en barco, en un ˝bateau-mouche˝, que recorría el río Sena.
   Entre todos aquellos magníficos cuadros, mis ojos quedaron cautivados por los realizados con la técnica del puntillismo propia de Van Gogh, por la que usaba para pintar una caña cortada en lugar del pincel. No pude saltarme el autorretrato con la oreja vendada que reflejaba aquel episodio de demencia en que el pintor maldito se automutiló cortándose el lóbulo de su oreja izquierda. La obsesión por poner fin a su vida empezó a embargarle ya que había sobrevivido a otra crisis de desamparo que le empujó a engullir sus colores para envenenarse.
   Me detuve ante los floreros con todo tipo de flores tan hermosas como los girasoles, los gladiolos, los claveles, los geranios, las amapolas, las anémonas, las margaritas, los crisantemos… Todas esas flores con las que Van Gogh celebraba la belleza de la naturaleza sin ninguna abstracción. ¿Cómo conseguía crear tanto esplendor desde su total desesperación?
   Superando esta perplejidad, continué mi visita y quedé encantada ante los paisajes con campos adornados de molinos de viento. Y fijé mi mirada en el cuadro que Van Gogh dejó encima de su caballete el día en que se suicidó con una bala en el pecho a los treinta y siete años de edad. Muy sugestivo en relación a su final trágico, este cuadro representa un campo de trigo amarillo dorado con un camino verde que no va a ninguna parte, bajo un cielo de tormenta y con una nube de cuervos negros que parecen realmente graznar tétricamente a coro gracias a la peculiar técnica de Van Gogh. Estas aves, conocidas como aves de la desgracia, auguran su muerte, la cual da fin a una vida llena de miseria, de insatisfacción en el amor y de varios sufrimientos tales como el insomnio, las alucinaciones y las crisis de epilepsia hasta la demencia. Me imaginé al llamado “Loco pelirrojo” pintando tras la ventana enrejada de un hospital psiquiátrico donde fue encerrado varias veces. En esos instantes me dio pena recordar que durante su vida no gozó jamás del éxito y que su inmenso talento en pleno siglo del romanticismo no fuera reconocido más que póstumamente.
   De repente, el niño al que casi había olvidado, a pesar de que lo llevara de la mano, me preguntó acerca de aquellas aves negras y cuando le respondí que eran cuervos, él recordó la fábula de Jean de la Fontaine que yo solía recitarle. Inocentemente y como una cajita de música, se puso a recitar:

En la rama de un árbol,
Bien ufano y contento,
Con un queso en el pico,
Estaba el señor Cuervo.

Del olor atraído
Un Zorro muy maestro,
Le dijo estas palabras…

   Sonreí entonces y me di cuenta de que había abusado de la paciencia de mi retoño. Salí con heroísmo de la exposición y fui a cumplir mi palabra para bogar con él en el Sena.

Najate Zizi
Rabat, 14 de marzo de 2012
Ejercicio basado en varios cuadros de Van Gogh.
/Cito poema-daptación de “El cuervo y el zorro” de Félix María Samaniego/



«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

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Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

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Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

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Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

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Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

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Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

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21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"