TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A ORILLAS DEL BU REGREG», el blog de los integrantes del TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA, un curso especial que realizamos desde hace ocho años en el INSTITUTO CERVANTES de RABAT (MARRUECOS). En este espacio damos a conocer los EJERCICIOS DE ESCRITURA que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

Nuestro canal en YouTube: A ORILLAS DEL BU REGREG https://www.youtube.com/channel/UCOxmhYlix9perGlx2QEioag

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En el taller...

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Aquí estamos, un día de mayo de 2016...

IMÁGENES DEL TALLER

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Comentando un cuento...

miércoles, 19 de mayo de 2010

CÍRCULOS DE NIEVE de FATINE SEBTI



La blancura es infinita y deslumbrante. Arriba, un sol frío, indiferente y tan lejano y, abajo, una alfombra de nieve sin principio ni final. Caminamos, todos juntos, casi codo a codo, como si faltara espacio, como si temiéramos perdernos. Y es que al acercarnos nos sentimos menos vulnerables frente a la augusta inmensidad tan vacía. Y el calor humano, aunque tímido y vacilante, se muestra valiente, o quizás ingenuo, e intenta una lucha injusta contra el frío insostenible.
Caminamos sobre un suelo esponjoso, a cada paso los pies se hunden hasta las rodillas en una nieve que parece llegar hasta los lugares más recónditos de la tierra. Nos cuesta sacar el pie, que a penas liberado, cae otra vez prisionero de la tierra inmaculada. Y otra vez. Y otra y otra. Los jóvenes todavía caminan con un ritmo regular, van a la cabeza del grupo que forma la tribu. No veo a Mandoo ni a Kovú, pero seguramente están en primera línea. Siempre los primeros en todo. Incluso en pelearse.
Caminamos desde hace cinco días, y ya hemos perdido a un niño y a dos viejas. Los hay que no lo soportan. Caminamos en silencio, como tras un duelo por los que se fueron, y por los que no vinieron con nosotros, por todo lo que hemos dejado atrás… En silencio, como con angustia por los que nos abandonarán a medio camino. Sólo se oye el contacto de las botas con la nieve y a veces el ladrillo de los perros que transportan en trineo los equipajes, los viejos y los muy cansados. Llevamos el peso de la catástrofe. Y el tiempo se dilata, o quizás se para. Todo se repite. Que hastío.
De repente Utkart se pone a llorar, y el sonido humano parece como una consolación. Como un permiso para volver a la vida. Y entonces los niños se ponen a gritar, a correr, a reír y se echan bolas de nieve a la cara, las mujeres los riñen sin convencimiento, contentas de oír a su propia voz de nuevo. Las viejas de Chantú se quejan y reclaman sus turnos en los trineos. “Eh, jovencitos, premiaremos con una sopa caliente a quien lleve a su tía Chantú más tiempo” “¡Y con dos porciones…! ¡Venga, niños! ¿No os acordáis de lo mucho que os cargábamos nosotras?”. Los que la oyen van corriendo y se ríen. “¿Empezamos? ¿Te crees capaz? ¿Con esos brazos de señoritas?” Risas, burlas. A mí no se me ocurre intentarlo.
Una voz dulce y fuerte resuena, la reconozco, todo el mundo la reconoce. Canta una canción muy popular y todos empiezan a cantar con ella. A Mitcha le sale una voz de ruiseñores. Y menos mal, porque estos últimos jamás aparecen por aquí. “Montañas, montañas majestuosas salvadnos de vuestra ira, sólo buscamos una tierra y una vida llena de paz….” Ya no siento mis pies. Se han vuelto seguramente palos de nieve. Me vuelvo. Tinga ha agrupado a los niños y les cuenta un cuento de hadas y de duendes con grandes gestos y transforma la voz a cada instante para impresionarles. Muranga y Lan han cogido cacerolas y cucharas, y las usan como si se tratara de baterías y de baquetas, pero provocando más ruido que música.
Cerca de mí, Urga está ocupada en rascarse la nariz, y los Dum, casi borrachos de tanto beber vodka, dicen tonterías y caminan cada vez con más dificultad. Más a la izquierda, un grupo de mujeres hablan de negocios, las oigo hablando de calcetines, de precios, de intercambios. Los ruidos se hacen cada vez más altos y heterogéneos. Un regreso a la vida. Más atrás, los perros ladran ahora incesablemente y con furia. Los encargados de transportar los equipajes les pegan para acelerar el ritmo. El paisaje no cambia, sigue igualito, la misma blancura infinita y el mismo frío congelándonos hasta el alma. Y nosotros caminamos, ahora casi alegres, charlando, cantado, quejumbrosos, cansados, hambrientos. No es de alegría. Más bien es una lucha contra el desánimo que, unido al desierto blanco, acaba matando a cualquiera. El ruido nos rodea, nos protege del abismo del vacío y del silencio.
Pero a ti no te veo. Acelero el paso para ver si estas más adelante. Grito tu nombre pero se pierde entre las conversaciones, las risas y el frío. Quiero que me tomes de la mano como Ludra a Mansú. Tendré menos frío y la caminata resultará agradable a tu lado. ¿Pero dónde estás? Me abro camino entre la gente buscándote. Grito otra vez tu nombre, pero el ruido se traga mi voz. Percibo tu cabellera negra entre todas las cabelleras y salta mi corazón en el pecho. Corro hasta ti y te tomo por los hombros. Te vuelves. Perdone, señorita, me equivoqué… “De las equivocaciones se aprende, rubiales, guapooo”. Y con su gran boca me pide permiso para apoyarse en mí puesto que le duele mucho el pie. Y, al hacerlo, con los ojos me hace la promesa de algo que me hace enrojecer. Yo me escapo balbuceando algo ininteligible.
Todo mi cuerpo me duele de tanto caminar, de tanto frío, de tanta nieve.
Extraño las primaveras de mi tierra. Sus soles ardientes, sus jardines tan coloreados, sus ríos anchos, sus pájaros enamorados… Extraño sus inviernos clementes y sus lluvias que nos lavaban hasta el corazón. Daría media vida por aquel vaso de leche tan caliente que me quemaba la boca, aquel mismo vaso que bebía a pesar mío, diciéndole a mi madre que yo ya era un hombre. Y que los hombres beben café. Que tonto era.
Parecen tan lejanos aquellos días… Días en los que solo me importaban las matemáticas, el ajedrez y las competiciones y los concursos de ambos. Me acuerdo de que era muy dotado, que las cifras no tenían ningún secreto para mí y de que la mesa del ajedrez era mi terreno más personal. Me acuerdo del orgullo de mis padres cuando yo ganaba. Y yo haciendo como que si no me emocionara mientras la alegría no me cabía en el pecho. Ellos siempre me animaron, incluso en aquella ocasión en que el premio del concurso de matemáticas consistía en “Participar en una expedición científica al Himalaya” y me acuerdo de que sus caras habían cambiado de color. Se habían vuelto casi blancas.
Ahora odio el color blanco. Mis ojos ya se han cansado. Mi cuerpo también. Caminamos, nos movemos pero a pesar de todo, el frío triunfa. Cansados, congelados, bajamos el ritmo cada vez más. Y las protestas, las quejas empiezan. Ya no se canta. Los niños ya no tienen fuerzas para jugar. Los hay que duermen en los brazos de sus padres. “¡Estamos hartos! ¡Tenemos que descansar un rato y comer! ¿Nos quieren matar?” Los perros ladran desesperadamente. El jefe de la tribu levanta la mano y poco a poco la gente se calla, hasta que se hace un silencio absoluto. Tres horas de caminata para llegar a nuestro destino. Un alto de dos horas para comer y descansar.
Las madres oyen las mismas preguntas por centésima vez. “¿Adónde vamos mamá?” “A un nuevo pueblo cariño” “¿Y está todavía lejos? Y en ese pueblo, ¿no hay avalanchas que lo destruyen todo?” “¡Eh, tía Longa, tengo hambre!” Llantos. Llantos y frío.
Todavía no te veo. ¿Estas escondiéndote? ¿Acaso atrasas el momento del encuentro para que sea más intenso? Pero ya es mucho, no te he visto desde hace días. Basta ya, déjate ver y ven a mi lado. Abrázame fuerte, que te necesito. Ven, para que juntos venzamos al frío, el cansancio y la nieve. Te quiero.
Comemos lo mínimo para poder ponernos de pie. Todo el mundo se apoya contra los equipajes para no sentarse sobre la nieve. Todo el mundo entiende que lo mejor es irnos para llegar y descansar tal y como es debido ya allí, en Tokom. Aún más cansados que antes de pararnos, con los miembros doloridos, el frío desbrozándonos los huesos, volvemos a caminar por la nieve infinita y amenazadora. Me siento entre los míos. Parece irreal que haga tan sólo un año que no conocía a nadie… Y que no entendía ni una palabra de vuestro idioma. Me parece que hace de eso una eternidad.
Imagino a mis padres ya viejos, pues un año aquí debe ser el equivalente de mil años allí, en mi país… El recuerdo de sus caras al despedirse de mí me viene de otro mundo, de otra época. Y un cariño infinito me invade el pecho. Los echo de menos.
Mi madre llora, me abraza con todas sus fuerzas, y me dice que todavía puedo cambiar de opinión. Mi padre pálido pero controlándose me da recomendaciones prácticas. Yo no sé cómo me siento. Me parece irreal que yo viaje tan lejos, para tanto tiempo, y además por un motivo profesional que nunca hubiera soñado. Con mi maleta verde y una impaciencia cándida me voy a ese otro mundo. El vuelo dura toda una vida.
Al llegar, una blancura impresionante me da la bienvenida, y un frío como nunca he sentido me advierte de que el sol de aquí es diferente de los que yo conozco. Tengo dos compañeros mayores y un profesor. El primer problema es la lengua. Nos dicen que es obligatorio tomar clases para poder comunicarnos con la población de ese pueblo perdido entre las entrañas blancas y heladas del Himalaya. Al día siguiente nos presentan al profesor e intérprete que se encargará de la tarea. Allí te veo por primera vez. Tu cara tiene algo tierno y atractivo. Tengo ganas de tocar tu pelo largo y liso. Pero es tu mano lo que me tiendes. Una mano extrañamente caliente. Los cursos los hacemos en grupos de cuatro. Yo cada día me siento más atraído por ti. Bebo tus palabras. Y aprendo la lengua muy rápidamente. Pretexto tener dificultades para quedarme contigo después de las clases. Tú pareces tener mucha simpatía por mí, pero tus comportamiento nunca excede la amabilidad y lo puramente profesional. ¿Serán tus veintiséis años? ¿O más bien mis veinte?
Pasan dos meses. Estoy completamente enamorado de ti. Sólo espero el momento de verte, ya las matemáticas no me importan, tampoco el ajedrez. Me obsesionas. Provoco coincidencias. Te encuentro fuera de clase. Te propongo enseñarte a jugar al ajedrez. Aceptas. Te doy clases.
Un día, ya la nieve se transforma en hierba verde, el cielo se vuelve muy azul, el sol me parece ya caliente y las moscas se convierten mariposas. Y es que me has besado en los labios. Y mis manos por fin han entrado en tu pelo de seda.
Ha pasado una hora. Nos sentimos mejor, quizás porque nos acercamos ya. Es algo extraño, pero reaccionamos todos como una sola persona. Los niños vuelven a jugar y a correr, las charlas de las mujeres empiezan de nuevo, los hombres fuman cigarrillos y hablan de no sé qué asuntos que a mí me importan poco… Las botas hacen más ruido al chocar con la nieve espesa. Ahora las botellas de vodka circulan entre todos, lo más difícil ha pasado. Dos horitas de camino más y llegamos. “¡Mitcha, niña! ¡Que nos cantes una canción alegre con tu voz de ángel! ¡Venga!” Y ella canta, los otros la siguen, aplauden con las manos. Las mujeres bailan, y los niños se mueren de risa y las imitan. Todo el mundo parece haber recuperado fuerzas, físicas o psíquicas no importa, salvo las viejas Chantú que pierden su energía en quejarse más que otra cosa. ¿La memoria humana es realmente tan corta? Todo el mundo parece haber olvidado lo que ha pasado, ha olvidado el motivo de este largo e interminable viaje. Debe ser el instinto de supervivencia. Sí, seguramente. El movimiento general se acelera de nuevo. Los perros se animan. Y ladran casi alegremente. Y el cortejo avanza desafiando el frío, la nieve y la blancura deslumbrante. Me parece haber oído tu dulce voz llamándome. Me vuelvo y Comán me sonríe. Le quedan solo tres dientes.
Pienso en ti. Día y noche. Cuando trabajo, cuando duermo, cuando respiro. Me inicias en el arte del amor. Te quiero. Tú también, pero distintamente. Pasan los meses. El frío es insoportable para un mediterráneo como yo. Pero tu amor me calienta. Pienso ya en vivir el resto de mi vida aquí contigo. Ya me imagino padre de tus hijos. Pero nos vemos a escondidas. Vengo a tu habitación tarde y entro por la ventana. No me expliques por qué. Y yo no pregunto. Me basta estar contigo. Pasan ocho meses de una felicidad constante y casi irreal. El trabajo está casi terminado y yo no quiero volver. Mi país es el tuyo y mi patria eres tú. La última experiencia científica tenemos que hacerla a unos kilómetros del pueblo. Me ausento tres días. Y antes de irme ya te echo de menos.
Pasan como tres siglos. Vuelvo sediento de ti. A la entrada del pueblo comprendemos que algo ha sucedido. Algo malo, catastrófico. Hay nieve por todas partes, muchas casas han desaparecido bajo el polvo blanco. La gente corre por todas partes. Pienso en ti y el miedo me hiela el corazón. Pregunto por ti a todo ser humano que encuentro, corro como un loco. Nadie sabe nada. Hay que esperar el día siguiente para saberlo. Me dejan entrar. La habitación está bastante caliente. Yo transpiro de tanto correr. Estás sola, tendida en una cama. Pareces dormir tranquilamente, me acerco. Mi mano tiembla no sé por qué. Te quito la sabana blanca. Estás desnuda, pero muy fría. Me quito la ropa. Y me tiendo sobre ti para darte el calor de mi cuerpo, te abrazo con todas mis fuerzas. Y no sé por qué me pongo a llorar. Desesperadamente. Mis lágrimas caen sobre tus ojos. Y no sé si son las mías o las tuyas. Quiero transmitirte mi aliento, mi vida… Pero no me dejan el tiempo suficiente. Me apartan de ti y me tratan de loco. Ellos no comprenden nada, no saben nada. Idiotas. Nada más.
No te vuelvo a ver. Y dos días después toda la tribu se pone en marcha. Reúnen lo que les queda de hombres, objetos y de comida y se preparan para dirigirse al pueblo más cercano en donde se pueda retomar contacto con el mundo. Aquí ya no hay medio de comunicación ninguno. Aquí ya no se puede vivir. La avalancha lo ha destruido casi todo.
Caminamos, todos juntos, casi codo a codo. Pero sigo sin verte. Sigo buscándote. Sigo llamándote, pero el ruido y la masa me separan de ti…

Fatine Sebti
Con el alma en Rabat, 14 de mayo de 2010.
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

8 comentarios:

  1. !Estupendo escritora mía!
    Me encanta el suspenso y el hecho de no saber desde el principio lo que paso. Me encanta el estilo, me encanta la historia y como siempre tus palabras me roban el corazón.
    Un texto digno de Reinaldo Arenas si mismo.

    ¡No pares jamás de escribir!

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  2. Este cuento confirma una vez más que Fatine sabe cómo estructurar y tratar la intensidad...

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Fatine,
    De verdad, eres una cuentista. Imagino que al tener el primer extremo de tu cuento, no te detienes hasta el final.
    Me encanta:”Círculos de nieve”, y me gusta como vas personificando al ruido a lo largo del texto cuando dices:
    “Los ruidos se hacen cada vez más altos y heterogéneos. Un regreso a la vida.”
    “El ruido nos rodea, nos protege del abismo, del vacío y del silencio.”
    “Grito otra vez tu nombre, pero el ruido se trago mi voz.”
    Y acabas diciendo:
    “Sigo llamándote, pero el ruido y la masa me separan de ti.”

    ¡Qué sigas escribiendo cuentos!
    Rkia

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  5. Querida Fatine:

    Brillante, me gustó muchísimo.
    No te digo Adelante, pues estoy segura de que tú ya no pararás de escribir.
    Felicitaciones

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  6. Exellente!! me encanta el cuento, muy bien estructurado, mucha imaginacion e profundidad en los sentimientos del protagonista.
    siempre es un placer leerte Fatine,

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  7. Gracias a todos, que vuestros opiniones me dan mucho animo !

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  8. Fatine:

    Esta tarde me acordé mucho de ti.Estuve en un Taller de guión cinematográfico y uno de los profesores, gran admirador de Cortázar nos habló de él y nos hizo escuchar el capítulo 7 de Rayuela de la propia voz del escritor. Muy hermoso. Ese capítulo en especial es muy conmovedor.
    Debería escribirte esto en la parte de Autores favoritos pero ahí no vi lugar para comentarios.
    Me hubiera gustado que hubieras estado presente esta tarde en un colegio de Punta del Este donde tuvo lugar el taller. Sé que te habría encantado escuchar la voz profunda de Cortázar. Pero por lo que leí de lo que escribiste sobre él sé que la has escuchado.
    Un abrazo grande.

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