TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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jueves, 7 de octubre de 2010

“LA OFRENDA” de IMAN TANOUTI


El ruido de los yuyús me sobresalta. Son muchas las voces, muchas las bocas riendo al mismo tiempo; el ruido, el polvo, la excitación…Están cargando el carro con los regalos para la novia: azúcar, bidones de aceite, miel pura, joyas de plata… Y la ofrenda imprescindible: el toro.
Alguien me da una palmadita sobre el hombro y me dice algo, yo no consigo descifrarlo, contesto con una sonrisa forzada asintiendo con la cabeza gacha. Mi madre me arregla las babuchas que yo me había puesto al revés. El toro adornado parece sentir la misma angustia que yo, me está mirando, con esas banderitas sobre sus cuernos se siente igual de ridículo que yo con mi yilaba blanca como la nieve. ¿Quién dijo que el blanco era símbolo de la pureza? Están sacando más cosas… El toro me mira de reojo y muestra una expresión que no entiendo, algo como un desafío o un interrogante, como si buscara un entendimiento entre los dos, una complicidad que sólo el y yo podríamos sentir. Ahora llegan los de la música, mientras mis hermanas siguen cargando el carro. ¡Los chiquillos están armando un alboroto! Las voces se confunden, los perros vienen a curiosear, están intrigados de ver todo ese mundo alrededor de ese cacharro… Todo debe estar perfecto, hasta el último detalle.

“¿Cómo se celebra una boda en tu país?” “Pues con mucho alboroto…” Eso es lo que te había contestado, porque en realidad me acordaba vagamente de esas costumbres, o tal vez no quería acordarme. Las guardaba profundamente en mí o las había borrado de mi memoria después de irme, ya no me pertenecían, ni yo les pertenecía. Quería romper con todo, ser un hombre nuevo, tener una nueva vida, y crear un nuevo pasado. Dicen que los diplomas hacen a los hombres y yo ya había conseguido unos cuantos.

Mis primas se unen a nosotros, van disfrazadas con unos vestidos largos, estampados, de colores chillones. Se han soltado el pelo y se han pintado extravagantemente la cara para la ocasión. A mí me recuerdan las marionetas y los títeres de los espectáculos del teatro Obraztsov que tanto te gustaba. Yo allí te había conocido y amado locamente…

«Se cuenta que una paja, una vejiga y un calzón de líber se pusieron de acuerdo para irse a recorrer el mundo en busca de celebridad y de nuevas amistades. Una vez, caminando, llegaron a la orilla de un arroyo y entonces se quedaron parados, indecisos. No encontrando el modo de atravesarlo, entonces el calzón de líber le dijo a la vejiga: “tú podrías servirnos de barca”, pero la vejiga se negó y se dirigió a la paja: “Mejor será que la paja se tienda de una orilla a otra y así nosotros podemos pasar por encima”… » [1]

- “No te olvides de la henna, Aicha, y apresúrate que vamos a llegar tarde”.
Mi padre está allí parado como un palo, inútil, mirando a todos lados.

«Nuestros tres amigos aceptaron la propuesta de la vejiga y la paja se tendió de una orilla a otra. Pero, una vez el calzón de líber quiso pasar por encima de ella, al llegar al centro del arroyo, con mucha dificultad, la paja, incapaz de resistir el peso, se quebró y el calzón cayó al arroyo y se ahogó».

Salimos de Oulad Ayad. Empezamos nuestra caminata. Los miembros de la familia van en el carro; los otros, de pie o en mula. Me gustaría creer que estoy en un sueño, nada más que un sueño, del que tarde o temprano me despertaré. Por un momento me siento incorpóreo, invisible, inexistente, una cosa más de la naturaleza, un árbol tal vez, inmóvil e impotente, sin defensa; me siento como un condenado camino de recibir su sentencia, como el cordero de la fiesta del Aid que van a sacrificar, como el toro que vamos a ofrecer a la familia de la novia.

«Ante tal espectáculo, a la vejiga le dio un ataque de risa; tanto, que se puso a reír a carcajadas, hasta que reventó. Y así acabo el viaje de los tres amigos.»

Los rayos ardientes del sol me queman la cara. A los demás no parecía molestarles ese maldito sol de agosto. Yo ya había olvidado esa ardiente sensación desde hacía mucho tiempo, casi mil años o tal vez dos mil. No recuerdo cuándo me fui de este lugar seco y arduo, decidido a no volver nunca jamás; ni siquiera la imagen de mi madre sollozando e hipando a lágrima viva había logrado estremecerme.

Te gustaba mucho ese cuento interpretado por las marionetas. Habíamos visto esa pieza miles de veces, pues tú no le encontrabas la moraleja exacta. Me preguntabas una y otra vez, mientras atravesábamos el puente de Zverev, qué sentido tenía para mí ese cuento y yo te contestaba que sólo era un cuento y nada más.

Avanzamos lenta y ruidosamente. El calor fluye por mis venas y los rayos del sol me martillean la cabeza. El sol nos alcanza, ya casi puedo tocarlo. El toro, que había manifestado algunos gestos de rebeldía, ya está abatido, derrotado y rendido. Toda rebeldía por su parte resultaría en vano, pues lo tienen bien atrapado, nos tienen bien atrapados, no tenemos escapatoria. Nos acercamos a nuestro destino, a Ait Tislit, tras haber atravesado otros pueblos, con sus respectivas tribus, que no han dejado de salir a contemplar la comitiva. Las mujeres nos saludaban con yuyús y felicitaciones que se clavaban en mi corazón cual el impacto de disparos. Pero ahora nuestras mujeres, que estaban cantando locuaz y animadamente hace un momento, ya muestran menos entusiasmo, abatidas por el viento del Chergui[2]. Una nube humana multicolor nos está esperando allá. Se oyen ruidos, o tal vez es música… No sé. Ya casi estamos llegando, el camino se hace más largo ahora. Tengo la mera impresión de que, en vez de avanzar, vamos hacia atrás. Me gustaría que la caminata no terminara jamás, me gustaría que la tierra me tragara aquí mismo.

Ni los paseos sobre el puente de Zverev ni en el parque Tsaritsino, ni las marionetas del teatro Obraztsov, ni el café que teníamos por costumbre tomar el domingo por la tarde en el Pushkin te hacían ya gracia. Le habías perdido el gusto a la vida, habías renunciado a luchar, te estabas alejando poco a poco, como una sombra que desaparece lentamente en la penumbra. La enfermedad te había destrozado el cuerpo y el alma. Yo te miraba pero, sin poder tocarte, te me escapabas de entre las manos; mis esfuerzos para recuperarte eran en vano. Fue así que entré en aquella espiral de desesperación, angustia e impotencia. No lograba arrancar de tus labios ni media sonrisa, ni media palabra. Habías elegido el silencio, habías elegido irte lejos, arrastrando contigo tu sufrimiento y tu dolor, en busca del lugar idóneo para tu agonía, como los pájaros que se esconden para morir. Para mí ya no había lugar, todos los lazos que había echado allí, en aquel lugar frío y misterioso, se habían deshecho y roto. Tenía que volver a mis raíces...

Ya casi llegamos a nuestro destino. La tierra no me ha tragado, pero me siento corroído por una amargura íntima e indescifrable, sin saber si se trataba de una amargura del alma o del cuerpo; sin comprender si esa angustia, esa náusea acuciante que sentía, era física o moral; si era el malestar y la vergüenza de haberte abandonado a tu destino, o era aquel absurdo y continuo huir de las viejas costumbres. Hay un contraste enorme entre ese exterior festivo, rebosante de bailes y música, de movimientos y risas, y lo que yo siento en mi interior. Pero ya nuestros anfitriones nos acogen con leche y dátiles, como requiere la costumbre, después de los necesarios besos, abrazos y estrechamientos de manos. Y entramos todos a celebrar el gran día.

Iman Tanouti
Rabat, el 26 de mayo del 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

[1] Basado en un cuento popular ruso.
[2] Viento seco y abrasador proveniente del Sahara que hace aumentar considerablemente las temperaturas, principalmente en el interior del país.

miércoles, 6 de octubre de 2010

“ENCUENTROS” de FATINE SEBTI

Buenos aires, verano de 1943
Tengo ocho años, llevo una falda roja y el pelo suelto. Con mis primas mayores, Gabriela y Laura juego a la rayuela. Pasa por la calle un hombre alto y fuerte, de ojos verdes y de abundante barba, con una decena de canas y el torso desnudo. Lleva un pantalón verde gastado, una mochila sobre los hombros, un bastón en la mano y, en el rostro, una sonrisa que haría feliz a la gente de toda Argentina. Al verlo mis primas se alegran y van a su encuentro, les sigo y el hombre se sienta en el suelo, abre su mochila y saca de ésta unas cartas con unos raros dibujos. Laura dice:
- ¡Que este año soy yo la primera! ¡Acuérdate, Gabri, que el verano pasado empezaste tú!
- La verdad es que no me acuerdo… Pero, bueno, pasa, pasa, eres la mayor. Te sigo yo y luego Pepa.
Yo no comprendo nada de lo que pasa y observo la escena un tanto apartada. El hombre dispone ágilmente sus cartas sobre un pañuelo amarillo y le pide a Laura que elija una. Vuelve a mezclarlas y ella elige otras dos veces. Con mucha impaciencia, dando saltitos, le pregunta algo sobre su futuro. El hombre habla en voz baja y yo no logro escuchar nada. Ella se enfada, le dice que es un brujo, que no sabe nada y se va corriendo. Gabriela se acerca al hombre y coge al azar sus tres cartas. Él le dice algo y ella emite un grito de alegría, se arremolina sobre sí misma y, tomándome la mano, me pone ante el hombre, que me mira intensamente. Miro las cartas y pienso ya en las que voy a elegir, cuando el me dice que lo de las cartas no funcionará conmigo y que para decirme algo de mi porvenir tendría que ver las líneas de mis manos. Se las tiendo. Las suyas están heladas a pesar del calor que hace. Me mira y me pregunta:
- ¿Qué quieres hacer en el futuro?
Y yo, en un arrebato de osadía que me sorprende, le digo:
- ¡Eres tú el vidente, así que dímelo tú!
Imperturbable y sonriente me responde:
- Médico… Quieres llegar a ser médico. Y lo lograrás en el caso de que no te vayas al medio oriente. ¡Ah! ¡Pero no olvides algo: somos inmortales!
Gabriela me toma de la mano al tiempo que me recuerda que se nos está haciendo tarde y que le grita al hombre:
- ¡Hasta el próximo verano, Nahuel!

[La misma escena se repite durante los tres años siguientes. Laura siempre espera sacar cartas que cambien su destino, Gabriela teme sacar otras que puedan estropearle los buenos augurios y yo aprovecho la frescura de las manos de Nahuel sobre las mías y le escucho asegurarme que un día yo llegaré a ser medico si no me voy al medio oriente.]

Buenos aires, verano de 1954
Tengo diecinueve años, llevo un vestido de color malva y un sombrero de paja adornado con una flor roja; exhibo un vistoso maquillaje y me siento más guapa que nunca. Mi recién estrenado ligue de verano me espera cerca del parque y yo voy a su encuentro. Hace años que no estaba en Buenos Aires y me cuesta un poco encontrar el camino, pero me gusta la idea de hacer esperar a mi novio. En la calle Morón, un hombre esta sentado en el suelo, sobre un pañuelo amarillo, y manipula unas cartas con la increíble agilidad de un mago. Aminoro mi paso para acercarme a él. Levanta la cabeza y yo reconozco inmediatamente su mirada y su sonrisa contagiosa. Exclamo:
- ¡Quién lo iba a decir…! ¡Nahuel!
Él menea su cabeza de arriba a abajo para confirmar.
- ¡Pero, hombre! ¡Después de tantos años y sigues siendo el mismo, igual de joven y fuerte! ¿Te acuerdas de mí? Soy Pepa, y tú un lamentable vidente. No voy a ser médico, ni siquiera enfermera… Estudio periodismo!
Y él se ríe con muchas ganas.
- Dame tus manos, niña –me pide él.
Las suyas están heladas, como si el calor del mundo que rodea su cuerpo no lo penetrara, o como si su sangre fuera la de un reptil. Con su índice acaricia mi palma y dibuja las líneas de mi mano. No dice nada y yo le inquiero:
- ¿Qué? ¿Qué te dicen? ¿Te hablan mejor ahora? ¿Llegaré a ser una periodista admirada y famosa? –me burlo y me río.
- Llegarás a ser médico. Las líneas de la mano nunca engañan. Somos inmortales y uno tiene más de un destino. Pero no te olvides: no debes ir al medio oriente.
- ¡Ay, Nahuel! ¡Es que nunca cambiarás! ¿Que iría a hacer yo al medio oriente? ¡Déjame darte un beso, que mi novio me está esperando!
Le beso en la mejilla. Su barba es de seda.

Bogotá, Colombia, 1974
Tengo 39 años, llevo un pantalón gris y una camisa rosa. El cielo tiene un color indefinido, un azul soso, unas nubes más grises que blancas y un sol vacilante de rayos más bien tímidos. Llevo un moño y un maquillaje ligero, apenas perceptible. Soy periodista. Una periodista discreta. Intento ser escritora, pero no he logrado escribir más que unos cuentos infantiles sin gran importancia. Estoy casada y tengo un hijo, Emanuel. Mi marido es médico. El día de mi boda pensé en Nahuel. No soy yo el médico sino mi marido. Debió equivocarse de línea. Tal vez. Sonreí con un poco de tristeza.
Admiro a mi marido, pero a veces le envidio ya que todavía siento una cierta amargura por mi sueño roto. El de llegar a ser médico. Por eso, quizás, algunas veces le pido en plena noche que se ponga su bata blanca y me abrace. Extraño Argentina. Extraño la despreocupación de mi juventud, mi belleza y mi estúpida pretensión.

Buenos aires, verano de 1999
Tengo 64 años. Soy viuda y estoy sola. Mi hijo se ha ido a estudiar a Francia. Estoy de vuelta en Buenos Aires, tras treinta años de ausencia. Todo ha cambiado… Incluso yo. Mis huesos se han vuelto frágiles y mi cuerpo débil. Mi corazón va perdiendo progresivamente el aliento, pero el fervor de mi alma se mantiene intacto.
Es domingo y me dirijo hacia la iglesia. Estoy resfriada y tengo la voz ronca. Canturreo: «Dos gardenias para ti…» y disfruto del sonido alterado y agradable de mi propia voz. Estoy delante de la iglesia y una ola de nostalgia y de recuerdos me invade el alma. Entro. El olor es el de siempre, el de la madera y el de mi infancia. Cierro los ojos, respiro con avidez y me olvido del tiempo. No he rezado desde la última vez que estuve en esta misma iglesia, pero hoy siento deseos de hacerlo. Me arrodillo y rezo en silencio. Pasan unos minutos o tal vez unas horas. Siento una presencia a mi lado y entiendo que no estoy sola. Espero un instante y miro a mi vecina discretamente. Bajo la luz tamizada de la iglesia creo que soy víctima de una alucinación: mi vecina de banco es una copia perfecta de mí misma a mis veinte años. Cierro los ojos y vuelvo a mirarla, esta vez de una manera indiscreta y nuestras miradas se cruzan. Algo pasa entre nosotras, veo mi propia sorpresa en sus ojos y los acelerados latidos de mi corazón cansado me avisan ante esta situación inusual. Busco palabras para decirle algo, pero ella desvía su mirada, cierra los ojos, vuelve a abrirlos y me mira. Se mueve, se rasca los ojos con los índices y se agita.
- ¿Qué te pasa?
No me responde y no me mira, intenta levantarse y yo la retengo por el brazo, que tiembla de emoción.
- ¡Quédate…!
- ¡No, no y no! Sé que no existes, eres fruto de mi imaginación, como siempre. Te veo en mis sueños y en el espejo cuando me miro…Pero ¿cómo puedes perseguirme hasta en la iglesia, la casa de Dios…? ¿Cómo? ¡Déjame en paz porque yo no lo aguanto más, por favor!
Veo que está a punto de llorar.
- Soy real. Por lo menos esta vez… ¡Créeme!
- Nunca me hablaste antes, ni me tocaste…
- No era yo.
- Sí. Eras tú. Te veo en mis sueños, desde años, sin comprender. Siempre me sentí como más vieja por dentro… Y a veces sentía que una parte de mí no estaba conmigo… Como si estuviera en dos lugares al mismo tiempo, aunque “el otro lugar” no el otro lugar no lo ubicaba. Con el tiempo comprendí que me veía a mí misma siendo vieja y me creí morir. Pero no lo hice... Todo lo contrario… Debía decidir qué hacer con mi vida. En aquel entonces, empecé primero psicología, pero todo lo que aprendía me confundía más y más. Luego, cedí a los deseos de mi padre y empecé medicina. En aquel momento me parecía lo único que podía hacer: salvar vidas, vivir y comprender el dolor de los demás, darme completamente hasta morir de cansancio y, sobre todo, olvidarme de mí misma… Y ahora, ahora mismo, no entiendo ya nada…
Al hablarme de sus estudios de medicina, mi corazón salta en el pecho hasta dolerme. Estoy delante de quien yo era hace 40 años, de aquella estudiante de medicina. De repente, mis ojos se llenan de lágrimas y una fuerte emoción se apodera de mí. Con una voz temblorosa y apenas audible le digo:
- ¿Es que estás estudiando medicina?
Ella parece haberse tranquilizado un poco y me responde:
- Sí. Pero ¿qué importancia tiene eso? Ahora quiero comprender... Tú eres la mayor… ¡Explícame! Si no eres una ilusión, ¿cómo hemos podido encontrarnos? ¿Soy tu doble? ¿Existimos en la misma época? ¿Eres médico también?
- Soy periodista. O más bien, lo fui. Pero el sueño de mi vida siempre fue ser médico. Técnicamente no sé cómo hemos podido encontrarnos, pero el motivo sí. Un día lejano ya, un hombre me dijo que yo llegaría a hacerme médico, que uno tiene más de un destino y que somos inmortales. Y lo del destino también se confirma dado que no tenemos la misma vida ni la misma historia. Yo nunca lo tomé en serio, puesto que tiempo después empecé mis estudios de periodismo. Pero el insistía y yo me burlaba de él. Pero ahora entiendo, vas a cumplir mi sueño, tú. ¿Cuántos años de estudios te quedan?
Me mira con los ojos enormemente abiertos, redondos y dilatados. Seguro que no le da ninguna importancia a ese hecho dada la situación.
- Me gradúo dentro de un año. Pero creo que antes haré una pausa. Iré con una compañera a Kabul para contribuir a una misión humanitaria. Al volver, proseguiré el año de estudios que me queda.
- ¿Kabul? ¿Está en el medio oriente?!
Una impresión más y mi corazón es capaz de pararse. Ya no edad para tanta emoción…
- No debes ir. No, no vayas…
- Pero ¿por qué no?
- Ahora lo entiendo todo… Nuestro encuentro no es fruto del azar. Tenía que avisarte de un peligro que no sabré describirte con detalle. Aquel hombre llegó a decirme una cosa más: que había una sola condición para que yo consiguiera ser médico y es que no debía ir al medio oriente.
- Pero todo está preparado, mi compañera cuenta conmigo y no puedo abandonarlo todo en el último minuto!
- Tuvo razón en todo lo que me predijo, lo que nos predijo, y ¿debería equivocarse en este único punto?
Le aprieto la mano, le miro a los ojos y le digo:
- Confía en mí, y no vayas allí.
- ¿Crees que volveremos a vernos?
- No creo, pero ¿quién sabe?
- ¿Dónde vives?
- Bahía Blanca 600, entre las calles Felipe Vallese y Morón.
- ¿Te puedo ir a visitar?
Tengo un nudo en la garganta, me enternezco por ella y leo piedad en sus ojos. ¡Qué raros somos los humanos! ¡Nos queremos demasiado a nosotros mismos!

Buenos Aires, verano de 2000
Mis sueños son apacibles, y cuando me miro en el espejo la imagen que veo es la de una cara joven con rasgos dulces y finos. Tengo veintisiete años y llevo una bata de un blanco inmaculado. Antes de salir hago una última ronda de visitas en el servicio pediátrico del hospital en donde trabajo. Cada paso que doy es un regalo de la vida, cada respiración, cada gesto… No paro de pensar en que, si hubiera ido a Afganistán, hubiera ido al cielo con mi pobre compañera. Nunca olvidaré el sentimiento de extraña superviviente que tuve al oír que el hospital en donde trabajaba Olga había sido bombardeado. Ya hoy es un sentimiento mitigado, hecho de miedo, de alegría y de culpabilidad. Inmediatamente aquel día pensé en mi encuentro en la iglesia. Por más científica que sea, sé que siempre algo escapa a la lógica científica y al entendimiento humano…
Salgo a la calle y el aire fresco me hace bien. Mi novio me está esperando en un restaurante cerca, pero tengo ganas de ir a la iglesia. Le llamo para anular la cita. La iglesia es quizás el único lugar en el mundo que no cambia, un lugar en el que se pierde la noción del tiempo y a veces esto lo necesitamos tanto. Rezo un rato y echo una ojeada alrededor. Ella no está. Un poco decepcionada salgo sin saber adónde ir.
Decido vagar un poco en el barrio Floresta. Una dirección trota en mi mente y, al cabo de unos segundos de duda, decido ir en su busca. Bahía blanca…Estoy delante de la casa y tengo la impresión de vivir un déjà-vu. Un sueño. Mi corazón late muy rápido y mis manos tiemblan. Un joven abre la puerta, debe de ser el hijo. Pregunto por la señora Pepa. Con una mirada triste y una voz profunda, me dice que se ha ido ya hace más de cuatro años.
- Pero si yo la vi el año pasado…
Me mira con recelo y me dice
- No puede ser señorita. No puede ser. Pero…usted debe de ser de la familia, se parece mucho a mi madre…
- Sí, de la familia. Una familia muy cercana. ¡Adiós!
Por la calle Morón pasa un hombre que me llama la atención a pesar de su discreción. Es alto y fuerte, de ojos verdes y de abundante barba, con una decena de canas y el torso desnudo. Lleva un pantalón verde gastado, una mochila sobre los hombros, un bastón en la mano y, en el rostro, una sonrisa que reconozco…

Fatine Sebti
Rabat, 27 de junio de 2009
(Ejercicio basado en “El otro” de Jorge Luis Borges)

domingo, 3 de octubre de 2010

“EL REY DE LA SAMBA” de LAMIAE DERFOUFI

Millones de golpeteos llenan el cielo, más fuertes, cada vez más fuertes. El barrio parece tener millones de corazones latiendo al mismo ritmo. Corazones que se mueven al unísono, que han salido desde hace poco de la calle Benedito Hipólito siguiendo los carros enormes que se dirigen hacia la plaza de la Apoteosis.
Detrás, una ola de colores se mueve bailando. Y más allá otros carros vienen con gente de vestuario de lo más variado, desfilando delante de una muchedumbre agitada de espectadores que han venido de todos los rincones del mundo para vernos, a nosotros, los «Reyes de la Samba».
Delante el “abre ala” de la escuela Portela, orgullosa de su glorioso pasado conduce la comitiva; detrás, le sigue el grupo de la escuela Estação Primeira de Mangueira, con sus grandes máscaras; luego viene el de la Imperatriz Leopoldinense, con mujeres que despliegan gigantescas plumas que se agitan en todos los sentidos; después, asoma el grupo de Unidos de Vila Isabel con sus oropeles y lentejuelas centelleantes y, justo detrás, nosotros, los de la gran Beija Flor y, luego, nos siguen otros y otros y otros. Cada grupo cantando en coro el ritmo de su samba de enredo.
Avanzamos con risas y sonrisas a miles, con canto y baile, con mujeres casi desnudas, con diferentes vestidos y muy propios ante cada enredo, con carros gigantes y camiones que conducen las baterías de samba, desfilando juntos en este Sambódromo que no parece tener fin por el supuesto amor a la gloria.
Este vestuario se me pega a la piel, debo todavía soportarlo ochenta minutos, ¡Dios mío, cuatro mil ochocientos segundos, una eternidad! Me pregunto si la alegría general es verdadera o si hay algunos que como yo que deben fingir y hacer teatro.
Debo sonreír a pesar mío, caminar con ellos, bailar con ellos, sacar una alegría que ya ha abandonado mi alma. En este momento siento sólo amargura.
Quién hubiera dicho que el día que debía ser el mejor día de mi vida se convertiría en una pesadilla.


El suelo terroso de la casa me quema los pies y las rodillas. Coso mi traje, el pecho lleno de orgullo y de felicidad. Me creo inmerso en un sueño. Ya puedo ver el sambódromo de Marquês de Sapucaí lleno de gente, puedo oír los gritos y silbidos de la muchedumbre alegre e infinita como si ya estuviera allí.
- ¡Otra vez en las nubes! Hijo, búscate un verdadero trabajo para que nos vayamos de este barrio de chabolas. Tu padre ya no está en este mundo para cuidarnos. Basta de soñar ya con esa tontería de la samba, eso no da pan de veras…
- Pero ¿qué dices mama? Son diez años de sueño y de trabajo y ahora por fin me han aceptado en el Grupo creativo de la escuela Beija flor. ¿Te das cuenta, mamá? Es Beija Flor, la grandiosa Beija Flor. Voy a bailar con ellos la samba de enredo. ¡Voy a desfilar! ¡A caminar por la gloria! ¿Qué es el dinero? Estamos viviendo… Eso es lo que importa nada más.
- Samba, siempre la samba… ¿Cuándo vas a crecer? Tienes ya dieciocho años y no te das cuenta de lo que es la vida. Ya no eres el niño de ocho años que podía permitirse bailar samba día y noche en la calle.
Mi pobre madre no entenderá jamás. Son diez años de trabajo encarnizado, diez años de asiduidad, diez años en los que estoy obsesionado por una única palabra: “samba”.

La marea humana es inmensa. Sus colores dan vértigo. Delante de mí avanza un grupo de mujeres que lleva el vestuario tradicional de Bahía y con una sonrisa linda en la boca. Su paso es elegante pero a mí me parece demasiado lento.
Ahora cruzamos la avenida Salvador de Sá y nos queda casi la mitad del camino. Pasamos delante de un grupo de turistas jóvenes que nos miran con los ojos brillantes. La más guapa me hace una señal con la mano y me guiña el ojo…
- ¡Qué cuerpo tan atractivo…! ¡Guapo!
¡La tonta! Si supiera cuánta rabia hay en mi pecho, cuánta amargura. ¿Pero qué saben ellos de nosotros? Pues, nada. Nada de nada. Están aquí sólo para ver este estúpido carnaval de Río y esta estúpida samba.
El baile no para. El canto tampoco. Los camiones de baterías arrastran un ruido incesante de golpeteos. El sonido de las percusiones se confunde con los aplausos y el guirigay de los espectadores. El ruido es ensordecedor.

Un grito desgarrador rompe la noche. Me sobresalto en la cama sin entender lo que pasa. Oigo gemidos y una respiración anhelante. Mi madre está llorando y aprieta su vientre entre sus brazos. Mi corazón da un salto en mi pecho.
- ¿Qué te pasa, mamá?
- Un… dolor... insoportable... Me estoy muriendo, hijo… ¡Haz algo! ¡Por favor!
Aquí en el hostal, todo es frío, todo está vacío. Esta blancura me congela los huesos y el alma. Hace dos días que estoy esperando el resultado de los análisis.
- Lo siento, pero ya estamos seguros de que su madre tiene un cáncer de estómago. Necesita urgentemente una operación quirúrgica…
Se me cae encima el cielo. No. Cáncer, no. Es el color de la muerte y yo no puedo vivir sin ella… Ni siquiera puedo imaginármelo…
¿Dicen que una… operación? Pero ¿con qué dinero? No tenemos ahorros. El dinero que gana mi madre, el de sus trabajos de costura apenas basta para que vivamos día a día.
Un recuerdo me viene de muy lejos, un río, un barco azul y mi padre todavía con salud y buen humor:
- Recuerda, hijo, que un verdadero hombre es el que sabe arreglárselas en cualquier situación y el que sabe ofrecer un sentimiento de seguridad a su familia…
Y está claro que eso no se logra con el baile, ni siquiera con la samba ni con mi gran sueño de desfilar en el Carnaval de Río. Lo más importante que he logrado en mi vida pierde en un segundo toda la importancia, toda la ilusión… La vergüenza me invade el pecho y me comprime el corazón hasta dolerme.

Los carros siguen avanzando. Cada uno tiene un alma propia y diferente según el tema de la samba de enredo de su escuela. Cada uno parece llevar la población de un mundo diferente.
Delante de cada carro, la pareja de la “porta-bandeira” y el “Mestre-sala” abre la marcha bailando y erigiendo la bandera de su escuela. Los fuegos artificiales abrasan el cielo sobre nuestras cabezas echando luces que se mezclan con las luces móviles de abajo, las de los carros.
Hay tantas luces en el sambódromo que en algunos momentos no sabemos si se hace de día o de noche.
Caminamos todos juntos, cantando la samba de enredo. Nos quedan sólo diez minutos para llegar a la plaza de Apoteosis y, con ello, al final del desfile. Mi suplicio por fin se acabará.

No llego a reunir la suma de dinero para la operación de mi madre. Nuestros amigos me han ayudado como han podido, pero son tan pobres como nosotros. Les he pedido también ayuda a los responsables de Beija Flor para que me presten dinero, pero me han dicho que debía desfilar el día del carnaval y esperar a que el jurado nos eligiera campeones. En ese caso, todos los miembros del grupo recibirán una suma de dinero como recompensa por sus esfuerzos.
Hoy es el gran día, estoy desfilando en este sambódromo con las prestigiosas escuelas de samba pero a mí ya no me importa todo esto. Estoy solo caminando y esperando la victoria para salvar a mi madre de la muerte.
Los carros y los camiones de baterías siguen avanzando. Nos dirigimos a la plaza de Apoteosis. El baile no para, el canto tampoco. Los golpeteos suben al cielo y llenan mis oídos y ya no puedo distinguir el latido de mi corazón del ritmo de estos millones de corazones que se mueven al unísono.

Lamiae
Rabat, 25 de mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

sábado, 2 de octubre de 2010

“SUEÑOS Y REALIDADES” de ABDELLAH EL HASSOUNI

Era el jardín de mi infancia, mi campo de juegos, mi rincón de ternura, mi refugio en los momentos difíciles… Eso y mucho más era nuestra casa tradicional, situada entre el mausoleo de nuestro patriarca y la Gran Mezquita. Fue construida con el esmero de mi abuelo hace ya bastante tiempo. Tenía un patio central rodeado por grandes habitaciones espaciosas cuyas paredes habían sido cubiertas de magníficos azulejos y cuyos techos eran de madera labrada. Era una casa en donde no faltaba nada: poseía una claridad excepcional, el olor del mar la inundaba tras cada puesta de sol y la terraza ofrecía una vista excepcional que abarcaba la desembocadura del Bu Regreg, el Palacio de los Oudayas, las murallas que rodean la ciudad e incluso el lejano cementerio. Había también una cocina al estilo antiguo, un pozo y una galería subterránea para recoger el agua de la lluvia.
De día, yo era muy feliz en aquella morada. Eran días largos, días de juegos en el patio central, con comidas abundantes que preparaba nuestra buena cocinera y niñera Dada Jasmine, con unos padres cariñosos, con primos por doquier y siempre disponibles. Sin embargo, por la noche, todo tenía otro aspecto: en primer lugar, todo se volvía solitario en cuanto mis padres se retiraban a su habitación, situada en el primer piso, ya que mis primos tan sólo en raras ocasiones se quedaban en nuestra casa; en segundo lugar, yo tenía miedo, mucho miedo y además no me atrevía a hablar mucho de eso. Un chico no gozaba del derecho a tener miedo, ni siquiera cuando era sólo un crío.
En una de estas habitaciones enormes, donde reinaba una oscuridad en la que no se veía nada a dos palmos, dormíamos nosotros dos: mi vieja abuela y yo. Por lo general, pocos minutos después del toque de silencio, los ronquidos de mi abuela tomaban su ritmo monótono y aburrido, dejándome completamente solo ante aquel con quien debía enfrentarme. A menudo, no pasaba nada, o yo me dormía antes, seguramente por el agotamiento que provocaban aquellos largos días de juegos. Sin embargo, cuando todo sucedía, era horrible, verdaderamente horrible.
Pero, dejadme comenzar por el principio. Primero, debo decir que no me gustan ni los sermones ni los predicadores religiosos, los fukahá…. A decir verdad, no me gustaban, puesto que ahora ya ni los veo ni los escucho. El mío era un hombre muy respetable, de edad avanzada; llevaba una chilaba ancha y blanca, tan blanca como su barba. Todo ello sucedía en una época en que yo andaba por mis ocho o, más bien, nueve años. No me acuerdo bien. A esa edad, como bien entenderá usted, no dependía de mi propia decisión el ir o no a escuchar los sermones, sobre todo cuando todo ello tenía lugar los viernes, sin excepción alguna, antes y después de la cuarta oración del día, la oración del Magreb, la de la puesta de sol.
Mi padre lo había decretado básicamente por dos razones. Por una parte, nuestro respetable fakih daba el sermón en el interior del mausoleo de nuestro patriarca (que era antepasado nuestro) y, por otra parte, al sermón le seguía un curso de gramática. De todos modos, lo que mi padre realmente ignoraba era que existe siempre una diferencia entre la publicidad hecha para un producto y la verdadera calidad de éste. Incluso en aquella época la publicidad dominaba ya todo el mundo y se era consciente de que Eva había dado luz al marketing cuando, utilizando todo su encanto, dio a conocer a Adam las excelencias de la manzana.
El ritual era siempre el mismo: comenzábamos con el sermón que duraba casi una media hora en general y luego efectuamos la oración del Magreb para acabar con el curso de gramática. En este último, todo resultaba aparentemente más simple. Bastaba con aprenderse de memoria el famoso poema de Ibn Malek, poema que contiene todas las reglas gramaticales de la lengua árabe. Sin embargo, tal como indica su nombre -El Alfia-, el poema consta de mil versos y cada uno de ellos supera en dificultad al anterior. Nosotros, sin embargo, habíamos encontrado la solución: los más antiguos del grupo de muchachos nos soplaban en voz baja las respuestas a los nuevos, hecho que pasaba inadvertido a nuestro fakih, cuya edad le había disminuido sustancialmente sus capacidades auditivas.
Pero el sermón era otra cosa: era fastidioso, largo, demasiado lento. La lentitud no se relacionaba con el tiempo, con aquella media hora, sino que más bien dependía de la incomprensión del discurso, de las ideas que el fakih intentaba transmitirnos. De este modo, la media hora se estiraba, se alargaba, se eternizaba a medida que una pequeña necesidad se volvía urgente. No se trataba precisamente de la necesidad de orinar sino de más bien echar gases, cosa que estaba prohibida. Y si el ruido podía ser controlado con una buena práctica, el olor acababa siempre por avisar rápidamente a todos los demás. Cuando esto se producía, había que salir para rehacer las abluciones bajo las miradas burlonas de todos. Lo que multiplicaba esta pequeña necesidad era el hecho de que nos sentábamos casi directamente en el suelo, sobre una estera trenzada de juncos. Nuestros traseros, que casi estaban en contacto con este suelo duro, absorbían el frío como un papel secante absorbería la tinta. Por eso, acabábamos sometidos a cólicos y a unas ganas locas de querer echar gases. Y aquello era un calvario semanal, que acababa justo después de la oración. Allí, éramos libres de oler a los demás, los cuales respondían con sus propios perfumes tan pronto como aspiraban el nuestro. Juntos, conseguíamos darle verdadero asco a nuestro humilde fakih, que se apresuraba a poner fin a la sesión de gramática y a dejarnos en libertad.
Pero esta gimnasia de retención y de lanzamiento no era nada en comparación a la inquietud permanente que el fakih había despertado en mí durante uno de sus sermones relacionado con la creación divina. Nos había explicado que Dios no sólo había creado al Hombre sino también al Yinn, basándose en el siguiente versículo del Corán: “Hemos creado al hombre de barro, de arcilla moldeable. Antes, del fuego ardiente, habíamos creado a los Yinns”. Nos decía también que estos Yinns vivían en un mundo tenebroso, subterráneo, constituido por siete niveles situados bajo nuestra acogedora tierra. Y que, al contrario de los ángeles, los Yinns eran una especie maliciosa y a menudo perversa que, en sus más benignas formas de comportamiento, solían ser bromistas y embaucadores y, en las peores, causantes de ciertos tipos de locura. ¡Figuraos qué divertidas fantasías hubiera podido despertar todo ello en mí…! Pero no, al contrario, con la llegada de cada atardecer me volví yo, desde entonces, más cauteloso y ansioso.
En aquella habitación amplia, mis preocupaciones comenzaban con los crujidos de listones que venían del techo. Me habían dicho a menudo que la madera nos hablaba, pero yo no tenía ni ganas de que me hablara ni ganas de hablarle. Además, me persuadí totalmente de que no se trataba de crujidos de tablas sino de huesos, de sus huesos ¡Y ellos, mis familiares, no sabían nada, nada en absoluto! No sabían que había algunos que debían de haber elegido instalarse allá arriba, entre las tablas del techo. Sin embargo, no aparecían siempre, sino simplemente cuando les apetecía. Se burlaban de mí, me provocaban, me aterrorizaban. Incluso en la oscuridad veía claramente aparecer el rostro de mi primo Rahim y después el de la bella cara de mi amor, de mi prima, la maravillosa Cham’s dha, aunque yo sabía que no eran ellos. El fakih había insistido en el hecho que los Yinns podían ser invisibles o cambiar de aspecto, haciéndose pasar por animales o presentándose con la apariencia de un ser humano, y todo para engañar a los hombres. También nos había contado que podían atravesar sólidas paredes sin dejar de tocar lo material y a los vivos, desplazarse a grandes velocidades, transfigurarse en seres humanos y suplantar a familiares y conocidos. Así, que yo siempre estaba en espera de no sabía qué… Porque luego aparecía un pie, el pie característico que se parecía a la pata de una cabra o más bien de un asno. ¡No me pida demasiados detalles, por favor! Le recuerdo que siempre estaba muy oscuro y que, por lo general, me era difícil distinguir cualquier forma física que hubieran adoptado. Todavía otro crujido y entonces aparecía toda una pierna, muy peluda, que se asomaba y que luego se esfumaba. Yo esperaba, esperaba para ver cómo -tras escuchar un crujido- brotaba una cabeza de entre las tablas. Una cabeza característica, tan peluda como la pierna, y perfectamente idéntica a la descripción que me habían hecho antes: una forma casi circular con las orejas pequeñas y triangulares y con unos cuernos minúsculos curvados hacia el exterior. La sonrisa que se dibujaba sobre la hendidura, que era semejante a una boca sin labios, era una mezcla de estupidez flagrante y de malicia; era una sonrisa que me provocaba sudores fríos en la espalda. Aquellos Yinns debían de ser malos Yinns, Yinns maléficos, de los que apenaban a los humanos y que ejercían solapadamente su papel nefasto cerca de los hombres. Debían de pertenecer al grupo de los que secuestraban y se llevaban a los humanos a su mundo, –situado en uno de los siete niveles subterráneos- para convertirlos en esclavos. Era lo que nos había explicado nuestro predicador, nuestro fakih, en uno de sus sermones y lo que me habían ido detallando luego otras personas. Pero yo no tenía ganas de irme a vivir con aquellos seres viles a uno de sus mundos tristes y subterráneos.
Por eso, entonces, a lo largo de aquellas noches, me cubría la cabeza bajo las mantas, tan pronto como los crujidos se multiplicaban y se volvían más fuertes, más próximos, y yo comenzaba a sentir groseras respiraciones junto a mi cabeza y por todos lados. No, más bien, silbidos, chirridos... Al primer instante de momentánea calma, ponía pies en polvorosa y me iba a refugiar a un lugar en donde no había tejado de madera: la cocina. Pero en la cocina teníamos aquella gruesa marmita negra, abombada y enorme, que colgaba del techo por encima del horno y que estaba lleno de ceniza. ¡Aquel lugar tampoco era seguro! No pudiendo ver lo que se encontraba en su vientre, corría para alcanzar el último lugar sin tejado y que más detestaba: el pozo.
En el cubo frío y húmedo suspendido a media altura, me acurrucaba y cerraba los ojos para no ver nada. Pasaba un pequeño momento de tregua y los sentía arremolinarse alrededor del recipiente, me tiraban pequeñas piedras, que luego caían al fondo provocando un ruido ensordecedor y una enorme salpicadura de agua glacial. Las palabras de nuestro fakih, hablándonos de la vida de los Yinns, resonaban en aquellos instantes en mi mente: "Pueblan los lugares donde hay agua como el hamman o los pozos, los lugares deshabitados, las casas en ruinas y otros lugares desiertos como los cementerios o los bosques. A los Yinns, les gustan los lugares húmedos, los lugares vacíos, pero no les gusta la luz". Entonces me quedaba una sola solución: zambullirme en el agua clara del pozo para agarrarme al bello reflejo blanco y níveo de la luna llena y colocarme en su justo centro. El fakih y sus sermones debían resultarme útiles por lo menos. Y con la ayuda de mis dos manitas, remaba, remaba alejándome de aquellos Yinns malditos.
Siguiendo el riachuelo, me encontraba flotando cerca de la punta del gran espigón, justo frente a mi padre, adormecido y sujetando su gran caña de pescar, vigilando con sus ojos entreabiertos el flotador que se mecía a merced de las olas. Me volvía a sumergir para coger su anzuelo y tirar de él hacia abajo; luego, notaba cómo él rebobinaba su molinillo y yo emergía fuera del agua. Y qué grande era su sorpresa al verme surgir de entre las olas. ¡Y yo por fin estaba a salvo!
Pero luego siempre pensaba: “Esperaré al próximo mes de Ramadán para rogarle a Dios que cumpla mi deseo: transformarme en una cigüeña, un ave migratoria, algo que pueda viajar lejos de los Yinns. O mejor, le pediré que elimine la noche y me transforme en un niño que viva sólo de día…”
En ese preciso instante, sentía el brazo de mi padre alrededor de mis frágiles hombros. Mis ojos estaban clavados en la nada oscura de la puerta que daba a la gran terraza que llegaba hasta las murallas, hasta el cementerio… Y su voz me sacudía siempre con aquella pregunta: “¿De qué tienes miedo…?”

Abdellah
Rabat, 17 de junio de 2010.
(Ejercicio basado en “Los sueños” de Reinaldo Arenas)

“EL DESEO” de MARIBEL ANDRADE


Deseo,
deseo besarte y
rozo tus labios con mis ojos,
que se nublan ardientes, inundados de deseo.

Deseo,
el deseo recorre impaciente
mi nuca, mi espalda, hasta mis dedos
que, febriles, tiemblan al contacto con tus labios
temblorosos y que se entreabren al rozarlos.

Deseo,
el deseo nos atrapa, nos derriba:
siento tu aliento entrecortado,
sonríes rebosante de deseo,
y yo juego con tus dientes deseados.

Siento la humedad de tu saliva
y aumenta mi deseo, tu deseo.

El deseo es una nube que ha bajado y
nos envuelve pegajosa;
se ha instalado persistente entre nosotros y
no nos permite huir de ella.

Deseo, deseas.

Maribel Andrade
Rabat junio-octubre de 2010

“LOS SUEÑOS” de SIHAM HMAMOUCHI


Siempre he pensado que los sueños forman una parte muy importante de nuestras vidas. Reflejan nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestros miedos… más allá de lo que creemos. A lo largo de mi vida siempre he estado convencida de la importancia de ese tiempo de vida inconsciente, pero me acabé de persuadir aún más en cierta etapa de mi vida.
En aquel momento, durante un año o quizá algo más, todas las noches tenía la misma pesadilla. Al principio me hacía sufrir de una manera lógica, ya que era algo que no me gustaba, pero después acabó convirtiéndose en un verdadero sufrimiento. Cada noche, la hora de irme a dormir, empezó a ser una verdadera angustia; temía cerrar mis ojos y que aquello que cada noche me quitaba la respiración volviera a aparecer. Y así sucedía una noche tras otra.
Todo comenzó cuando mis amigos me convencieron para mentir a Fabiana, mi mejor amiga ya desde pequeñas. Yo no estaba convencida de mentirle y, aún así, lo hice. Después, el miedo me impidió decirle la verdad. Ese miedo y sentimiento de culpabilidad se apoderó de mis noches de una manera que nunca llegué a imaginar. Cada noche el mismo ser aparecía una y otra vez, machacándome, dejándome sin respiración, hasta tal punto que llegaba hasta a sentir dolor físico, un horrible dolor que embargaba mi pecho y mi garganta. Estaba en mi cama, en el trabajo o con amigos… Daba igual el sitio, me pasó en muchos contextos diferentes. Estuviera donde estuviera, de repente notaba algo en mi garganta y empezaba a salir algo de ella. Nunca llegué a ver su color, sólo notaba que era viscoso y resbaladizo. Cuando empezaba a notarlo era algo pequeño que sólo molestaba un poco, pues me permitía seguir respirando; después, empezaba a crecer, se abría camino y por mi garganta salía una pata de un ser que nunca llegué a ver, una pata que llegaba a ser tan grande que me cortaba ya toda respiración. La sensación me provocaba dolor, angustia, asfixia, no me dejaba sitio para el aire y hacía que me despertara llena de sudor, con dolor en mi pecho. Abría los ojos, miraba el reloj, aún era pronto, pero no podía dormir más a causa de la desesperación. Durante un año viví así: me daba miedo el simple hecho de cerrar los ojos antes de dormir. No quería sentir esa horrible sensación cada noche.
Así fue hasta que reuní fuerzas para hablar con Fabiana. Le pedí perdón por algo que ni ella entendía, pues yo no podía explicarle la verdad; sin embargo, era algo ya superior a mis fuerzas y necesitaba pedirle perdón. A partir de ese día, como por arte de magia, ese ser que se había instalado en mi garganta desapareció y, por primera vez en muchos meses, conseguí dormir.

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Desde pequeña, mis sueños se mezclaban con la realidad. Recuerdo cuando mi madre nos mandaba que no molestáramos al Sr. Joe. Él era el encargado del edificio en donde vivía una familia amiga. A mí el Sr. Joe me fascinaba, me parecía alguien extraño, alguien digno de mi curiosidad. Entendí cómo era realmente la noche en que secuestró a mi hermano pequeño y yo tuve que superar apasionantes aventuras (como los héroes de mis libros, aunque esta vez el protagonista era yo) en las calles de mi ciudad para salvar a mi pequeño hermano. Corría por las calles en pijama, con una capa sobre los hombros como la de Superman y veía mi gigantesca sombra reflejada en los edificios mientras espiaba al Sr. Joe.

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Es curioso observar como lo que vivimos cada día construye nuestros sueños y de esa forma los sueños nos construyen a nosotros. Estoy convencida de que éstos, de alguna manera, nos moldean como un artista crea su obra de arte.
Muchas noches, más o menos desde que cumplí mis quince años, estoy en el campo frente a un bonito paisaje. Lo siento, oigo sus sonidos, percibo el olor a las flores, noto el sol calentando mi piel, pero mis ojos pesan demasiado para poder abrirlos. Me angustio, quiero abrirlos, deseo ver todo lo que siento, pero no puedo abrir mis ojos. A veces me pregunto qué quiere decirme… ¿Lo sabré algún día?
De momento, sólo me alivia pensar que la pata de ese ser misterioso no me visitará esta noche.

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Siham Hmamouchi
Rabat, junio de 2010.
(Ejercicios basados en “Los sueños” de Reinaldo Arenas)

jueves, 30 de septiembre de 2010

“KIARITO” de RKIA OKMENNI


Mi apariencia es la de una tortuga, pero sin cola y con dos cabezas que me permiten, dada mi extremada lentitud, mirar en dos direcciones opuestas sin necesidad de girar la cabeza con un ángulo de ciento ochenta grados. Mis medidas no cambian con el tiempo, mi caparazón me sirve como protección contra los golpes y caídas, y sobrevivo con poca verdura. Nunca duermo. Y, si lo hago por necesidad crono-biológica, se me quedan los ojos abiertos y la parte de mi cerebro que dirige a éstos permanece en alerta para seguir vigilando.
¿Pero qué vigilo y por qué?
Desde el crepúsculo -inicio de la Noche-, hasta el alba -inicio del Día-, vigilo totalmente preocupado. Mi gran temor es que la luz del Día pueda sorprender a la Noche en su intimidad y destruir la oscuridad nocturna -verdadera tregua para los seres vivos- o que la noche se extienda más de lo que dura exactamente. Lo que me preocupa, en ambos casos, es que no puedan alternarse el Día y la Noche, esos eternos enamorados que jamás se encontrarán.
He tenido muchas vidas y, para medir mi existencia relatándola, me harían falta muchos volúmenes. En cuanto al cálculo exacto de mi edad, resulta imposible llevarlo a cabo.
Mi pasatiempo favorito entre el amanecer y la puesta del sol es hacer malabarismos con los números. Por lo que he llegado a calcular mi edad en minutos, pero el número me salió tan sumamente largo que acabé utilizando la escritura científica. Ahora estoy intentando calcularla en años, como los humanos. A ver si me sale algo más fácil.

Rkia Okmenni
Rabat, 30 de junio de 2009
(Ejercicio inspirado en el “Manual de Zoología Fantástica” de Jorge Luis Borges)

LA BODA de MARIBEL ANDRADE


¡Cuánta gente! Han adornado las calles como si fuera la Feria. “¡Enhorabuena Anita!” Otro apretón de manos, otro abrazo. Más besos. ¡Qué extraño es todo! Claro, nunca había estado en este lado de la barrera. “¡Qué guapa vas! ¡Qué suerte la tuya!” Otro empujón. ¡Dios mío! Si pudiera desaparecer, convertirme en polvo o en la peineta que lleva la María, que se me acerca para felicitarme y que aprovecha para soltarme otro “¡Qué suerte!” (¡Qué sabrá ella!) Otra con lo mismo. Y ese “¡Vivan los novios!”… No puedo verlo, pero la voz resulta inconfundible; además, esa lluvia de arroz que más bien parece una lluvia de dardos… Es Juan. ¡Qué brutito! Siempre igual. Cuando éramos pequeños e íbamos a la escuela juntos, era temible. Yo con mi carácter, un poco blando, no protestaba, me las tragaba todas… ¡Y mira que me hacía perrerías! Todavía recuerdo aquella vez que, huyendo de él, perdí el zapato y me hizo ir tras él a la pata coja hasta su casa. No podía apoyar el pie en el suelo porque había llovido y todo era barro o agua. Así que el camino me pareció larguísimo. Llegué extenuada, pero tenía que recuperar mi zapato. No podía aparecer en mi casa sin él… ¡Pues menudo era mi padre! Me habría dado dos guantazos a mí, por pava, y cuatro a él, por listo. Recogí mi zapato y me fui sin rechistar. El se quedó mirándome. ¡Pobre Juan! Con el tiempo me di cuenta de que le gustaba, que estaba enamorado de mí ¡Qué lástima! Habría sido un buen marido. Pero “Nacimiento y mortaja del Cielo bajan”, tal como se dice aquí, en mi pueblo, y hoy más que nunca creo en la mucha verdad que encierra el dicho. ¡Qué mareo! ¡Más besos! ¡Y lo que me queda! Y si fueran sólo besos, achuchones, piropos… Lo peor es llevar esta máscara, este disfraz. El disfraz me lo quito dentro de unas horas que, aunque me parezcan eternas, son horas. Pero ¿y la máscara? ¿La llevaré siempre? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Por qué no he gritado? ¿Por qué no me he negado? En realidad… “¡Gracias! ¡Qué guapa vas tú también! ¿Qué tal las rosas y los huesillos?”[1] 1 . La calle parece un hormiguero. Y nunca mejor dicho: todos al azúcar… Todo debe estar muy bueno, pero yo no puedo comer nada. “¡Qué bueno está el vino!” Hoy no puedo beber, entre los nervios y la tristeza. Parece mentira que nadie se de cuenta de mi inmensa soledad, de mi enorme tristeza, de mi gran desasosiego. ¡Si pudiera desaparecer, convertirme en polvo! Pero no, soy de carne y hueso. Con lo bien que se me daba jugar al escondite. Me escondía tanto que les costaba encontrarme. Siempre me escondía sola, nunca contaba a nadie dónde me escondía. Ahora también tendré que buscar otro escondite para escaparme de todos, para quitarme la máscara un rato y poder mirarme al espejo, reconocerme, seguir siendo yo por un momento, llorar… ¿Y si dejo de ser yo y me convierto definitivamente en la que he sido durante los últimos tiempos?. La de la sonrisa permanente, la de cara de felicidad. La que siempre se muestra contenta ante todos. Y a mí ¿quién me contenta?
Soñé tanto con este día. Como todas las chicas en la adolescencia, o ya incluso durante mi niñez. Me imaginaba vestida de blanco y con una larguísima cola. Isabel tenía el vestido de su madre. Cada año su madre lo sacaba para ventilarlo y le ponía alcanfor. Claro, su madre era una mujer con dinero. Isabel siempre tuvo mucha suerte. Con una familia como la suya, con tierras, con posibles… ¡Y ahora los músicos! ¡Lo que faltaba! Ahora a pasear y a bailar todo pueblo. Vendrá mi recién estrenado marido, tan tieso él, tan resplandeciente, a darme el brazo. Lo dicho, ahí está. “¡El vestido te queda…uf…muy bien! ¡Estás muy guapa!” ¡Qué horror¡ Me ha desnudado con la mirada. Estos días, entre unas cosas y otras, no he tenido que dedicarle demasiado tiempo; pero hoy, al final de la fiesta, seré como Cenicienta, me convertiré en su criada. “¡Qué guapa¡ ¡El vestido es muy bonito!”. Me tendré que dedicar a él, a organizarle la casa, a parirle los hijos, a cocinar para los amigos… Es lo único que saca de esta alianza. Sí, lo único. Insistió tanto… Para una vez que soy dura… Ahora mi padre: “¡Viva la novia!” Y el coro: “¡Qué viva!” Y mi padre de nuevo: “¡Viva mi hija!” Y los otros: “¡Qué viva!” ¡Qué lejos estás, padre! No sé quién dijo que los padres tienen que ser los padrinos de sus hijas. Siempre has estado tan lejos. Cuántas veces envidié a los huérfanos de padre. Recuerdo el temor que despertabas en mí, siempre gritando, siempre mandando, siempre pensando en ti: la mejor carne o la única carne para ti… No recuerdo un sacrificio, y eso que en casa se han hecho a diario, pero ninguno lo has hecho tú. Míralo, tan ufano, como un pavo real por haber emparentado con alguien con posibles. Desde que llegaron a sus oídos mis tonteos con Bernardo, comenzó a tratarme de otra manera. Y cuando yo dejaba caer comentarios que indicaban que la relación no llegaría a buen fin, rápidamente él saltaba: “¿Pero tú qué esperas? Tus amigas se han casado ya todas… ¿Piensas quedarte con nosotros para vestir santos?” Estas frases me fueron calando. Vestir santos, quedarme con ellos, eran dos posibilidades tan cercanas, tan claras, tan posibles, que me arrojaron a los brazos de éste que tengo aquí, mi recién estrenado marido. Bueno, de estreno tiene poco… Claro que yo tampoco... Esto no lo tiene claro, sospecha, pero nunca se ha atrevido a preguntármelo abiertamente. Hacerlo podría haber supuesto no seguir adelante y él no quiere casarse con lo que queda por aquí. No le gustan -me consta- las otras chicas solteras que quedan en el pueblo. Buscaba, ya talludito, algo más joven que él, que fuera buena gente, nada casquivana… Allí estaba yo. Además, haciéndome la dura. ¡Qué estúpidos son los hombres! Si les amas, se asustan, huyen. Si te resistes, sacan todas sus armas, hasta convencerte. Lo que no sabe es que ser dura con él no era un fingimiento. Sería capaz de matarme si adivinara mis pensamientos. Ahí está bailando con Flora. Con qué ganas de cazarlo se ha quedado la pobre…
Pero la dureza, la reticencia, el rechazo, se acaba con la fiesta. Mañana, como muy tarde, tendrá que ocurrir aquello que temo tanto, que no me ha apetecido nunca con él. Aquello que echo tanto de menos recordando a Miguel, tan dulce, cariñoso, delicado, sensual, ardiente…Y tan cobarde y con tanto malaje… ¡Cuánto amor y cuántas lágrimas! ¡Qué engañada me tenía! De repente, desapareció… Luego supe que para casarse con su novia de toda la vida, una chica de no sé qué pueblo de Segovia... ¡Si mi recién estrenado lo supiera! O mi padre, al que no sé si le habrán llegado rumores. La Lola y la Merche seguro que han dicho sobre mí y mis salidas. Los años que viví en Madrid nos veíamos, conocían esta historia; luego, me distancié de ellas, no teníamos nada en común, ellas entraron en la ciudad, pero la ciudad no entró en ellas. “Esto está bien… esto está mal…” “Si te viera este… si te viera el otro”. Siempre estaban igual, preocupadas de lo que dijeran en el pueblo, de si cogían mala fama… “Que luego no te casas…” “Los hombre no las quieren usadas”. Estas palabras me sacaban de mis casillas. Era lo mismo que había oído a mis padres. Eran estos comentarios y actitudes de mis padres los que me empujaron a irme a la ciudad, a salir fuera… ¡Respirar…! ¡Y es que somos mujeres! En cambio, todo son alabanzas para ellos, para los don juanes… Mira el Cipri, hecho un gallito porque se lleva de calle a las muchas de los pueblos de alrededor y ahora deja a una y luego coge a otra… Don Fermín, el boticario, que se lo monta la mar de bien con la Charo, y su mujer callada como zorra al acecho. ¡Qué asco! ¡Cuánta hipocresía! Yo pensando en ellas y ahí está la Lola: ¡Qué rancia! Creo que ya tiene fecha de boda. “¡Qué vestido tan bonito Ana y qué novio te llevas!” Seguro que esto va con segundas. ¡Menuda alhaja! Pero de ahora en adelante ¿qué puedo decir yo? Al fin y al cabo, soy como ellos, con esta máscara puesta todo el día.
En la ciudad conocí a algunas chicas que habían tenido ya sus relaciones, íntimas se entiende, y sin remordimientos... Al principio, me asombraban; pensaba que todas iban a ir al infierno. ¡Qué tonta! En él vivía yo, ellas ya habían tocado el Cielo... Todavía me acuerdo de una gaditana muy salada que decía: “¿Eso…? ¡Eso es muy bueno pa’er cuerpo! ¡Chiquilla, eso é lo mejó…!” Pero a mí los remordimientos me han perseguido siempre, han obstaculizado mi “ascenso al Cielo” ¡Qué razón tenía Miguel! Y hasta ellos, los remordimientos, fueron los que me hicieron volver al pueblo… Cuando mi madre enfermó, mi hermana mayor se acababa de casar y mis dos hermanos, por ser chicos, quedaban eximidos de ayudarla, de echarle una mano. Total, como la soltera tiene la obligación de sacrificar su futuro, dejar su trabajo, volverse al pueblo… Porque lo creen todos así, hasta mis remordimientos: “¿Qué haces trabajando? Así te vas a casar tú, ja, ja… Las mujeres, con que sepáis cocinar y zurcir….” Porque los inútiles de mis hermanos, siempre loados por mi madre, no saben o no quieren hacer “cosas de mujeres”. ¡Lo que me pesa, además, es no haberme ido a Suiza!. Aunque en mi defensa tengo que admitir que no me lo habrían permitido mis padres y sin su autorización, no hubiera podido pedir el pasaporte… Por tanto, hubiera sido un esfuerzo inútil. Pero es posible que ese esfuerzo tranquilizara ahora mi conciencia. Así, poco a poco, llegó esto… Hoy, vestida de blanco, como siempre soñé. Pero también soñé que éste sería el día más dulce de mi vida y, sin embargo, es el más amargo. Soñé que un día no llevaría cadenas… ¡Uf! ¡Cuánto pesan éstas! Hoy, como nunca, resuena en mi cabeza una famosa canción de no hace tanto: “Blanca y radiante va la novia, todos creerán que es de alegría, dentro su alma está gritando…” Hoy mi corazón y mi cuerpo están en Segovia… Pero, no podía quedarme soltera. Él se casó, pues también yo…

Maribel Andrade
Rabat, 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

[1] Dos tipos de dulces típicos de la zona en la que sitúo la acción (La Vera-Cáceres-) y que se ofrecen en bodas, bautizos, comuniones y fiestas patronales.

TRES HISTORIAS... de SIHAM HMAMOUCHI

Historia 1
Era un día de invierno, frío, lluvioso, se percibía la humedad en el aire. Las casas desprendían humo por sus chimeneas, lo cual hacía intuir un acogedor fuego de hogar en el interior de sus salones. Yo recogía leña el jardín de mi casa para avivar el fuego de la chimenea, cuando levanté mi vista y vi cómo revoloteaban los pájaros formando círculos.
¿Qué ocurría? ¿Qué pasaba en la zona norte del bosque? No podía esperar para saberlo, así que cogí mi caballo y corrí hasta allí. Notaba cómo el viento rozaba mi rostro, el olor a tierra al pasar por los campos. Llegué adonde los pájaros indicaban, su canto era escandaloso, no podían callarse. Cuando miré a mi derecha comprendí todo: el bueno de Tom, un anciano al que todos adoraban por su buen carácter y por su simpatía había olvidado cerrar la puerta de su granero. Los animales habían encontrado y habían disfrutado de un banquete inesperado. Bajé de mi caballo, agarré la puerta enorme y gastada por los años (se notaba áspera y descuidada al contacto de mi mano) y, con firmeza aunque también con cuidado, di por concluido el festín.
Me dirigí a mi caballo y, aprovechando los últimos rayos de sol del día, volví a casa.

Historia 2
Eran días de vacaciones. Toda la familia se había reunido. Desde lejos se oían las canciones que siempre cantábamos al estar todos juntos, mi tío era quien provocaba mayormente las risas.
Antes de la comida, a mi primo se le ocurrió salir a dar un paseo y me propuso acompañarle. Nos dirigimos a por los caballos, su caballo era más joven y dócil, el mío era de raza pura. Mientras paseábamos por el bosque, de repente perdí de vista a mi primo. Me puse nerviosa y empecé a llamarle. Mis gritos debían oírse a varios kilómetros, pero él no respondía y eso me asustó como nunca llegué a imaginar que algo me asustara. Corrí con mi caballo buscándole y buscándole. Aún recuerdo el viento frío rozando mi rostro y el olor a tierra.
Por un momento, perdí la noción del tiempo… Ya no sabía cuántas horas llevaba llamándolo. Decidí que era mejor pedir ayuda y me dirigí a casa lo más rápido que pude, preocupada, nerviosa. Tenía la sensación de que los latidos de mi corazón podían escucharse a varios kilómetros, al igual que mis gritos.
Cuando ya me estaba acercando a casa, pude volver a oírles a todos cantando. Temía que les iba a estropear la fiesta cuando les contara lo ocurrido. Pero, de repente, vi algo en la puerta: ¡era él! No pude esperar, salté de mi caballo y corrí a abrazarle. Su piel me resultaba suave al contacto, tal como el terciopelo, y olía a primavera... Estaba tan contenta de verlo que sólo podía gritarle...
- Nunca más me vuelvas a asustarme así, nunca más.

Historia 3
Mi amigo Nizar había venido unos días para pasar con nosotros las vacaciones de invierno, pues formábamos un buen equipo juntos. Nizar era un amigo leal, siempre tenía una broma preparada y un buen consejo si la situación lo precisaba. Aún recuerdo su voz ronca y varonil y sus zapatos siempre desatados.
Ese día nos levantamos tarde. Habíamos estado durmiendo hasta que, con el ruido de los demás en la casa, no tuvimos más remedio que bajar a desayunar. Recuerdo perfectamente el olor de las tostadas recién hechas y la sensación al quemarme con la leche recién retirada del fuego. Me habían avisado, pero yo no había hecho caso.
Al terminar el desayuno, Nizar propuso que hiciéramos una carrera a caballo. Acepté y salimos para ir a buscar a los animales. Hacía un día crudo de invierno, pero eso no nos detuvo. Cuando llegamos al roble grande, tal y como habíamos acordado, grité que la carrera comenzaba y los dos salimos a la vez galopando. Sentía el frío viento frío rozarme el rostro, pero no podía detenerme: el que ganara se llevaría todas las miniaturas de aviones del otro. Yo no quería perder las mías. Sentía como Nizar venía unos metros detrás de mí, ya quedaba poco tramo de carrera y no podía fallar. Tenía que ganar, unos metros más y lo habría conseguido. El olor a tierra me inundaba.
Cuando vi la sombra de la señal que habíamos puesto, me di cuenta de que había ganado la carrera, paré mi caballo y vi como Nizar llegaba riendo. Él era un buen perdedor, me dio su mano en señal de felicitación, la tenía helada. Y de nuevo corriendo volvimos a casa.

Siham Hmamouchi
Rabat, abril-mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

“EN EL PARQUE” de LOLA VARAS RUÍZ

¡Qué bien! Hoy voy a acompañar a mi hermana mayor a un mandado. Mi hermana mayor es además la única hermana que tengo y, como es mucho más mayor que yo, la verdad es que no me hace mucho caso. Por eso me he puesto tan contenta cuando ha dicho que no le importaba que fuera con ella. A mamá parece que no le ha hecho tanta ilusión porque no ha parado de decirle que tenga cuidado conmigo, que a ver si me caigo, que a ver si me mancho, que a ver si… Y hasta se ha quedado un rato en la puerta viéndonos marchar.
Ya estamos en la calle. Hace mucho calor y no hay casi nadie. Mi hermana me lleva de la mano y por fin llegamos al parque. Aquí por lo menos hay sombra y se está fresquito pero tampoco hay gente. De repente mi hermana me suelta y ya no la veo. No veo nada, sólo plantas más altas que yo. La oigo. Me dice que tenga cuidado con un hombre porque roba niños pero yo no la veo. Tengo mucho miedo pero no quiero llorar, si lloro no volverá a llevarme con ella a ningún sitio. Ahora este parque no es mi parque de los domingos donde me columpio, juego y donde toca la banda de música. Ahora este parque me da miedo y entre las plantas veo a todos los monstruos de mis cuentos. Ahí está el lobo feroz de Caperucita Roja, la bruja mala de Blancanieves, el ogro de Hansel y Gretel, la madrastra de Cenicienta y el calvo, el calvo que roba niños y que viene hacia mí. Oigo a mi hermana, la vuelvo a oír pero no la veo, no la puedo ver. Sólo veo a ese hombre calvo que es sólo un poco más alto que las plantas que me rodean y que viene hacia mí. Ya no me importa que mi hermana no quiera llevarme más con ella. Estoy llorando, tengo miedo. Me he caído, me he manchado y cuando abro los ojos el calvo, en su silla de ruedas, está delante de mí. ¡Qué miedo tengo! No sé qué hacer y espero, espero, no me puedo mover y entonces oigo que el señor calvo me pregunta por su perrito: “¿Has visto a mi perrillo? Es un perrillo blanco”.
Y ahora, ahora aparece mi hermana. Se ríe. Lo ha visto todo y se ríe. Pero yo me he caído, me he manchado. Mamá no me va a dejar volver a salir con ella. ¡Qué pena!

María Dolores Varas Ruíz.
Rabat, mayo-junio de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

martes, 13 de julio de 2010

ESCENAS DE ALGUNOS SUEÑOS… de ABDERRAOUF SBIHI


Cuando era un niño yo siempre me caía en el pozo de nuestra antigua casa de la Medina। Antes de tocar fondo, me despertaba sudando.

Tras la muerte de mi padre, volví a verlo muchas veces en el patio de la casa familiar, vestido –tal y como era costumbre en él- con su bata de baño, con sus gafas y leyendo un periódico। Yo me acercaba a darle un beso. En ese preciso instante, me despertaba con los ojos humedecidos.

Al día siguiente era el examen. Yo no había preparado nada, así que trataba de hacer lo imposible. Pasé una noche muy agitada, pero me desperté agotado y satisfecho.

... Y DE REFLEXIONES...

Dormitando, puedo fluctuar entre las buenas cosas y las pesadillas.
Algunos detalles inician mi memoria. Desde mis años más jóvenes -sobre todo condicionados por el miedo- por ejemplo, el peso es algo enigmático: un sitio oscuro, la profundidad, el reflejo de su cara, el cubo, la cuerda, la polea… Desde luego, nada de todo ello simboliza la seguridad.

Por otra parte, la necesidad de seguridad y de amor, se refugia en principio sobre los padres. La perdida de uno de ellos rompió ese equilibrio en mí, pero mi imaginación se negaba a aquella verdad y buscaba algo fantasioso. En mi caso, se trató de ese beso que jamás se ha concretizado.

En la misma serie, podríamos añadir que el deseo de llegar a la propia autonomía necesitaba de un esfuerzo propio que persiguiera aprobar los exámenes de la vida. Tal vez éste sea mi sueño más materializado.

Abderraouf Sbihi
Rabat, mayo de 2010
(Ejercicio inspirado en los sueños de “Antes de que anochezca” de Reinaldo Arenas)

sábado, 10 de julio de 2010

“¿QUÉ PASARÍA SI PERDIERA MIS SENTIDOS?” de ANA BORGES



No podría escuchar jazz, ni a Bach, ni a los Beatles. No podría escuchar tu voz.

No podría degustar el vino, ni el chocolate, ni el amargo de los alcauciles, ni saborear la miel de tu boca.

No podría ver el mar, ni la belleza de los colores del otoño. No podría ver tu rostro ni tus ojos.

No podría inundarme del perfume de los jazmines ni del perfume de tu cuerpo.

No podría sentir la suavidad de la piel de los duraznos, ni la de los pétalos de las rosas. No podría sentir ya más tus manos sobre las mías.

Ana Borges.
Pinares, 29 de mayo de 2010.
(Basado en un ejercicio propuesto en un taller de guión cinematográfico, sobre imaginar una situación inesperada, fuera de lo común, conflictiva…)

TRANSPARENTE de ANA BORGES


En el jardín de atrás de la casa de mi abuela, en la playa, había algunos transparentes, unos árboles llamados curiosamente así, pues en realidad no son tan transparentes ya que tienen un follaje medianamente frondoso. Sus troncos suelen ser fuertes, por lo que de dos de ellos colgaba una hamaca paraguaya.
En una rama de esos transparentes me gustaba pasar esas largas horas de la siesta, cuando mi abuela y su hermana dormían y la asistenta ya había finalizado de limpiar la cocina y se tomaba un descanso. Por ese entonces yo tenía siete u ocho años y una agilidad muy grande para subir a lo alto del transparente, a mi rama preferida, la que soportaba bien mi peso de niña delgadita. Desde esa rama yo conducía un coche e iba a pasear y llevaba a mis primos y amigos o, bien, conducía un autobús y transportaba a mucha gente desconocida.
A veces conducía un avión. Esto era lo que más me gustaba, pues me permitía ir más lejos, a lugares de los que había oído hablar a mi familia o a sitios que me habían enseñado en los mapas del colegio.
Algunos días me iba a Perú y a Chile, de los cuales hablaba mucho mi abuela, pues el último viaje que había hecho con mi abuelo había sido a esos países.
Por ahí, bajaba del avión y volvía a la rama que se transformaba en tren cremallera para subir por la cordillera de los Andes.
Un día incluso quise conducir un cohete espacial. Esto ya implicaba más emoción y era más desconocido. ¿Y los platos voladores? ¿Y si me encontraba uno en medio del espacio?
Una tarde pesada, de intenso calor, luego de muchos juegos en el mar esa mañana, decidí que tenía que ir más lejos aún en mi nave espacial. Después de recorrer un largo trayecto, de cruzar la luna y de andar entre las estrellas, otra nave espacial me interceptó. De repente, me da mucho miedo. Más lejos varias naves aparecen muy cerca de la mía y mi miedo crece de una manera incontrolable. Unos seres desconocidos se posan sobre mi nave con una especie de paracaídas. Grito muy fuerte pidiendo socorro…
Al lado de la hamaca paraguaya donde me encontraba aún gritando estaba mi abuela, consolándome y preguntándome qué me pasaba. Yo solo atinaba a señalarle la rama del transparente.


Ana Borges.
Pinares, Uruguay, 16 de mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

lunes, 21 de junio de 2010

“EL SALTO” de SIHAM HMAMOUCHI



Los cantos se deben oír a kilómetros estoy segura. Los mayores van delante con antorchas, como intentando abrir paso no sé ante quién, pues sólo la playa nos espera. La fiesta se siente, se palpa. Los jóvenes siguen cantando y, según me cuenta Arwako, se trata de una canción típica de su tribu que los jóvenes aprenden desde pequeños con los abuelos y ancianos del lugar, los encargados de pasarla de generación en generación. Arwako ha adelantado posiciones en el grupo y se ha puesto a mi lado; su gesto es de total ilusión, imagino que intenta explicarme el significado de los rituales para contagiarme su entusiasmo. Miro hacia atrás, viene más gente de la que pensaba y en todos ellos la expresión del rostro es la misma: una mezcla de alegría y nervios. Tom viene unos pasos más atrás, sigue hablando con unos chicos del lugar. Y tía Minette, una mujer entrada en años, gordita y con el pelo blanco, que siempre es un encanto con nosotros, va unos metros más adelante y de la mano de Urko. Seguimos andando, más que andar casi todos bailan, se nota que disfrutan del acontecimiento, tengo ganas de llegar y de poder ver cómo todo transcurre…

El capitán llegó con retraso, todos en la mesa lo esperábamos. Lo primero que hizo fue saludar a las mujeres, pues su cortesía era impecable. El uniforme parecía sacado de la tienda, recién estrenado. La música de fondo había parado por un momento. Quizá los músicos se habían detenido para comer. Yo tenía un hambre devastadora, pero no quería ser maleducada, quería esperar a que el capitán empezara para por fin hacerlo yo también. Aunque él estaba tan dedicado a saludar y agradar a todos que no se daba cuenta de lo deliciosa que era la comida que nos esperaba en la mesa.
Tom se levantó por un momento, me dijo que enseguida volvía, que si preguntaban por él lo disculpase. Yo tenía tanta hambre que no quise preguntarle adónde iba. Por fin el capitán se sentó a la mesa
- Disculpen la tardanza… ¿Es todo de su gusto?
- No se preocupe, le esperábamos. Se dio prisa en contestar la señora Smith.
Los señores Smith eran de Oklahoma y según les oí contar anoche en cubierta venían a ver a su hijo que vivía en Dreali desde hacía 10 años.
Por fin el capitán empezó a cenar y yo tuve la posibilidad de calmar mi apetito con aquel asado que relucía como si llevase barniz y que olía maravillosamente

Vuelvo a mirar hacia atrás para no perder de vista a Tom. Sigue con esos chicos que son del pueblo, va tan absorto en lo que estamos viviendo que hace rato que también baila o que mueve sus piernas sin ritmo alguno.
- Tom ¿no sabes hacerlo mejor? -Le pregunto mientras me empiezo a reír.
Siempre ha sido un buen amigo, desde la infancia, y esta vez me ha vuelto a demostrar su amistad con su empeño en acompañarme en el viaje. Imagino que temía mi reacción después de todo lo ocurrido y la verdad es que en muchos momentos hasta yo misma la temía. Iván, mi amado Iván, iba a casarse con mi hermana. Pero no quiero pensar en eso ahora, no quiero perderme en la desesperación de no comprender nada, quiero seguir disfrutando de la fiesta.
Arwako, que sigue andando a mi lado, me cuenta que el joven que preside la comitiva, el que va vestido de blanco y azul y que lleva unas flores en su cuello a modo de obsequio, es el que lo va a hacer esta vez. Pero ¿hacer el qué? Nadie termina de explicármelo. Según me dice es una costumbre de siglos que los viejos del lugar han luchado por conservar. Intento no demostrar mi curiosidad exageradamente pero ya estoy ansiosa por llegar y ver lo que va a pasar. Pongo interés en lo que Arwako me dice. Unas jóvenes del lugar vienen corriendo y nos cuelgan un collar flores a todos alrededor del cuello. Dicen algo en su dialecto natal pero no consigo entenderlas.
Seguimos caminando al son de la música, el sol empieza a ocultarse y ahora las antorchas, que horas atrás no tenían sentido para mí, empiezan a dibujar un paisaje tan bonito que es imposible explicarlo con palabras. El aroma de las flores que las chicas me han puesto invade todos mis sentidos. ¿Cómo es posible tanta armonía? La gente parece olvidar por unas horas sus problemas y preocupaciones y se dedica simplemente a ser feliz, a disfrutar de la compañía de los otros, a cultivar eso que llamamos vivir. Aunque, cuando me fijo detenidamente en los que acompañan al chico de la camisa blanca y pantalón azul, percibo que estos están más tensos.
Yo también intento dejar mi angustia en cada paso que doy. Saco mi cámara de fotos para atrapar cada momento, cada mirada, cada suspiro de todos los que nos dirigimos a la playa al ritmo de esta danza. Éste será el material de mi próxima exposición en Nueva York.

Terminamos de cenar, el capitán siguió contando batallitas de sus numerosos viajes, los señores Smith escuchaba sin pestañear. Yo tenía la sensación de que el capitán inventaba muchas cosas en sus relatos, pero no iba a interrumpir la velada, parecía muy cómodo y se notaba en su sonrisa que lo pasaba bien viendo las caras de asombro que provocaban sus historias.
- ¿Y cómo es que tres jóvenes se deciden a venir solos por estos mundos? -preguntó de repente mirando a Wendy. Ella se quedó como sorprendida ante la curiosidad y balbuceó sin articular palabra. Wendy es mi hermana pequeña, miedosa, introvertida y amante de la danza. Desde pequeña siempre ha recorrido los pasillos de nuestra casa ensayando sus pasos de baile. “Mira, mira, este lo he aprendido hoy”, recuerdo que siempre decía llena de ilusión mientras los demás no le hacíamos demasiado caso entregados a nuestras tareas diarias. Pero, para mí, desde siempre ha sido mi hermana favorita. Y quiero creer que yo para ella también lo soy.
Cuando pasó todo aquello, cuando me enteré de que Iván, a pesar de que llevábamos un año amándonos, se casaba con mi hermana, así sin avisar, sin decirme nada, como si yo no fuera más que una colilla tirada en la calle, me sentí morir. Yo no comprendía como Iván podía ser tan falso, tan frío, tan poco hombre. ¡Qué lástima de tiempo perdido a su lado! Pero no podía decirle nada a ella, mi hermana no debía enterarse por mi boca. Iván era un ser despreciable, pero mi hermana debía enterarse por otros medios, no por mí. Ante todo quería mantener la lealtad a mi hermana. Fue entonces también cuando Wendy se enteró de que Tom y yo preparábamos el viaje. Y enseguida se unió a nosotros. Iríamos a visitar a tía Minette. Ella siempre había sido encantadora con nosotros y siempre nos había insistido en que fuéramos a verla.

Cada vez se nota más que la noche nos hace suyos. El grupo cada vez es más grande o quizás es una sensación mía. Ya se ve a lo lejos la playa. Aunque todavía no se puede distinguir si allí hay o no gente esperando. Un grupo de mujeres se ha parado; yo intento observar y adivinar qué pretenden hacer, pero aún no soy capaz de descifrar el enigma.
- Chicos, chicos. Viene buscándonos tía Minette.
– ¡Shhh! -le digo sin dejarle articular palabra mientras le indico que estoy atenta a lo que hacen esas mujeres. Cojo mi cámara y comienzo a hacer fotos para mi exposición. Miro a mi alrededor, por un momento el tumulto de la gente me agobia, espero que lleguemos pronto adonde quiera que sea y que esto acabe.

Ante el balbuceo de Wendy intento que no se me notara la ansiedad y tomé la palabra para contestar al capitán:
– Venimos a ver a nuestra tía Minette, hace años que no la vemos.
– Muy bien -contestó el capitán como dándonos su bendición.
Un miembro de la tripulación vino hacia la mesa y le dijo algo en el oído a nuestro anfitrión. El capitán se levantó al momento;
– Me van a tener que disculpar, tengo que subir a la sala de máquinas.
– ¿Algún problema? –se apresuró a preguntar la señora Smith.
– Ninguno, no se preocupen. Sólo son unas cuestiones técnicas las que debo resolver. Les deseo que pasen una agradable velada. Mañana a medio día llegaremos a puerto.
Sin más se fue por el lado derecho de la sala, la música hacía rato que había vuelto a sonar y el murmullo de las conversaciones de todas las mesas quedaba difuminado entre las notas de los violines. Nosotros también nos levantamos de la mesa. Al día siguiente debíamos estar descansados y era mejor irse a los camarotes a dormir.
Yo tenía que preparar mi cámara de fotos y dormir sin pensar en nada, no quería que la tristeza me envolviera en sus alas aquella noche otra vez. Me quedé mirando las estrellas por la escotilla de mi camarote. La inmensidad del universo me cautivaba y me venía a la mente el recuerdo de Iván… Se casaba con mi hermana... Sin darme cuenta me quedé dormida.
Sentí el calor en mi espalda de los rayos de sol que entraban atravesando el cristal. Se oyó un ruido afuera. Yo no sabía qué hora era, pero tenía la impresión de que habíamos llegado a puerto. Salté de mi cama, me vi corriendo y me fui voy a buscar a Tom, no había nadie en su camarote. Iba a dejar mis nudillos marcados en su puerta como siguiera llamando.
–Estamos aquí –me dijo entre risas Wendy-. Íbamos a buscarte ahora, hermanita –añadió mientras caminaba con sus maletas–. Coge todas tus cosas, tía Minette ya nos espera.
Bajamos del barco. Tía Minette no había cambiado nada en todos aquellos años. Seguía siendo la mujer gordita con el pelo blanco que me cogía en sus brazos cuando era pequeña. Me acerqué corriendo a ella y la levanté con un abrazo como si fuera a hacer que tocara el sol con sus manos.
– Bájame, no seas descarada – me gritó con alegría mientras se recolocaba su vestido.
Luego, casi no nos dejó hablar. Nos explicó que habíamos llegado justo el día en el que la gente del lugar celebraba el ritual de la juventud. Pero debíamos darnos prisa para llegar a tiempo, así que sin más nos dirigimos adonde empezaba el recorrido…

Tía Minette espera pacientemente a que yo haga las fotos. Seguimos andando mientras me explica lo que va a ocurrir y que está relacionado con lo que los nativos del lugar llaman “el paso de niño a hombre”. Arwako la interrumpe para decir que es una tradición de siglos y siglos.
Hemos llegado a la playa, la gente hace un semicírculo. El chico que iba delante de todos sube por una sencilla escalera hecha con cuerdas, debe haber unos veinte metros hasta arriba. Con tan sólo mirar, siento vértigo. El muchacho sube como pensándose cada uno de sus pasos y la gente del lugar parece repetir mentalmente cada uno de los pasos. Abajo los más jóvenes se preparan para el momento. ¿Pero es que se va a tirar desde allí arriba?
No puedo creer que vaya a hacerlo, pero así es, cuando llega arriba se encomienda a sus espíritus y se tira… Abajo los hombres de la tribu lo esperan. Se han colocado de una manera muy especial para cogerlo. Según me explican, el muchacho deja en ese momento “el niño” arriba y comienza su vida como hombre después de ese salto. Ese es “el paso de niño a hombre” que generación tras generación se encargan de mantener vivo.
Me quedo mirando, pensativa, ese salto que por supuesto he atrapado en mis fotos ha significado para mí más de lo que yo pensaba. Soy consciente de quién soy, de quién he querido ser y yo también voy a dar ese salto aunque sea en mi mente. Nunca más me sentiré mal por Iván. No lo merece.


Siham Hmamouchi
Rabat, mayo-junio de 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

“YAKUT, LA MUJER DE MIS SUEÑOS” DE FATINE SEBTI



Me levanté temprano y muy feliz. Casi no había dormido en toda la noche, ya que tan excitado e impaciente me hallaba. Era miércoles, el día del Gran Mercado… Y yo, después de años de privación y de ahorro, ¡por fin iba a comprar la esclava más tierna y más sumisa del mundo!
Me puse mi traje más elegante, tomé mi mula y me fui más alegre que nunca al Gran Mercado. Brillaba un sol radiante, el cielo estaba de azul primaveral y los ruiseñores compartían mi alegría cantando serenatas de amor.
- ¡Por fin tendré a la mujer de mis sueños! Ya imagino su cuerpo alto, delgado, fuerte y vigoroso. Veo ya sus ojos negros, su boca grande con sus labios carnosos, su piel de seda y hasta noto su olor a desierto del Sahara. La llamaré Yakut. Ya siento sus manos expertas lavándome los pies con agua caliente, dándome masajes y muchas otras cosas… -me decía a mí mismo, cuando una ola de placer hizo que me estremeciera.
Llegué al mercado que, como de costumbre, estaba repleto de gente. Me bajé de la mula, la coloqué tras de mí y empecé a abrirme camino entre la muchedumbre. El comerciante de esclavas estaba exponiendo sus bellas mujeres de color chocolate cerca del cerezo. Yo ya las podía ver desde lejos y mi corazón vibraba de impaciencia. Caminé un rato y, cuando me quedaban tan sólo algunos metros para llegar, mi mula empezó a aminorar el paso hasta que finalmente se detuvo por completo. Me puse muy nervioso, la venta había empezado y yo quería llegar para escoger de entre las primeras mujeres. Tiré con fuerza de la mula, pero ésta no quiso moverse. Le grité, la azoté, sin lograr resultado alguno. Iba a pedir ayuda cuando, de repente, el cielo se tiñó de negro, se hizo de noche y la gente desapareció. Me encontré solo, descalzo y sin mula, en la plaza desierta del mercado, cerca del cerezo con sus sombras amenazadoras. Tenía en la mano una manta y llevaba mi pijama de rayas rojas y azules. Muerto de miedo y de frío me puse a correr hacia mi casa. Al llegar, encontré a mi hija esperándome ansiosamente y con un incesante vaivén.
- ¡Por fin! ¡Gracias a Dios que te has despertado! Mamá había olvidado cerrar la puerta con llave.
Subí a la habitación y encontré a mi mujer roncando estrepitosamente y ocupando casi toda la cama. La miré un rato… Blanca, demasiado blanca. Gorda, demasiado gorda. Fría y oliendo a patatas fritas… Con aquellos pelos desordenados, el pijama muy ancho y sin color alguno… ¡Dios mío, qué castigo! La única mujer que aceptó casarse conmigo… Todo esto por ser sonámbulo…
Me fui al salón con mi manta y me volví a dormir… Quizás esa noche lograra por fin comprar a mi Yakut, la mujer de mis sueños.

Fatine Sebti.
Rabat, 2009.
(Ejercicio basado e inspirado en un sueño)

“ROSTROS” DE IMAN TANOUTI



Desfilaban todo el día ante mis ojos. Unos eran agradables, dulces y hermosos y me hacían mimos y gestos cariñosos. Y otros tan feos que, convencidos y casi avergonzados de su fealdad, agachaban la cabeza con temor y vacilación, como si temieran hacerme llorar. Otros, por el contrario, aunque no eran necesariamente guapos, mostraban autoestima y orgullo y me miraban con toda la seguridad del mundo. Algunos, ridículos y pesados, realizaban ciertos gestos estúpidos y patéticos como para hacerme reír.
Y cuanto más pasaban los días más se multiplicaban. Unos eran blancos, otros amarillos o negros, redondos, cuadrados u ovalados. Rostros y más rostros. Y yo allí, disfrutando caprichosamente y aprovechándome de la situación para satisfacer con una sonrisa a los que me gustaban e intimidar con fuertes y ensordecedores llantos a quienes me caían mal.
Yo, es verdad, aquí en mi cuna bien calentita y estratégicamente situada, como una reina bendiciendo a sus súbditos, viendo desfilar esa variedad de rostros buenos o malos, pero jamás indiferentes ante mi diminuta superioridad.

Iman Tanouti
Rabat, 15 de diciembre de 2009
(Ejercicio basado en “Los Besos” de Juan Carlos Onetti)

jueves, 10 de junio de 2010

LA CIUDAD ENFEBRECIDA de ABDERRAOUF SBIHI



El lunes de la última semana de junio de mil novecientos setenta, la ciudad de los corsarios amaneció con fiebre. Las calles estaban llenas de banderas con los colores rojo y blanco, los mismos colores que abanderaban las camisetas del equipo del balonmano. Durante toda la semana siguiente, tanto viejos como niños conversaron una y otra vez sobre el partido del domingo siguiente: el partido de la Final de la Copa del Trono.
Nosotros, un grupo de amigos, formábamos el equipo del momento. Mi familia, mis padres especialmente, seguidores fervorosos, trataban de relajar el ambiente, pero yo veía la verdad en sus caras relumbrantes de orgullo. Yo y seguramente mis amigos creíamos a pies juntillas en nuestro propio triunfo. Tal vez, sobre todo, por los demás. Yo no quería decepcionar a mis padres, ni a mi barrio ni a las murallas que testimonian nuestra generosa historia.
En aquellos días, cada ida y regreso entre la casa y el colegio se convirtió en una escena de intercambio de miradas. Por otra parte, yo era un héroe virtual (como diríamos ahora) y en mi interior eso aumentaba la adrenalina y la motivación… ¡Dios mío! Además, yo realmente realizaba dos idas y dos regresos para ir al colegio cada día.
Al acercase aquel domingo, el peso de las miradas acababa poniéndome los pelos de punta… Pero yo debía estar a la altura de los acontecimientos. Ante la pregunta “¿Qué vamos a hacer el domingo?”, yo respondía: “No tengo ni idea”. La víspera del domingo me mantuve en la ingravidez pensando en tan sólo una cosa: “¿Cómo podía hacer feliz las miradas que me perseguían?”.
El momento crucial llegó. El estadio estaba lleno, los aficionados vestían también de rojo y blanco. Yo me olvidé de todo y me fije en el trofeo que resplandecía en la mesa oficial.
Hasta ahora me acuerdo de aquel momento increíble y de mí sudando, con el corazón latiendo y llorando de orgullo. Aquel momento inolvidable quedó fijado para siempre cuando levanté el trofeo del Trono con el sonido de fondo de los aficionados, que incrustaron para siempre su eco en las murallas de nuestra Salé.
El desafío acabó en victoria. ¡A Dios gracias!

Abderraouf Sbihi.
Rabat, mayo de 2010.
(Ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

miércoles, 9 de junio de 2010

EN EL BARRIO DEL “AYUN” de MARYAM BENCHEKROUN



Era pequeña. Vivíamos en la Medina de Fes. Mi hermana mayor estaba casada. De vez en cuando yo iba a visitarla a su casa que se ubicaba en un wadi y que estaba en el barrio del Ayun, un barrio de estilo tradicional. Claro que estaba dotada de fuentes y de un algo parecido a un pozo que en árabe se llama maada.
Para llegar a su casa tenía que atravesar diferentes barrios, unos con muchas tiendas y actividades, otros con cierto movimiento de va y viene y otros casi sin vida, desocupados y peligrosos y en donde se ven sólo una o dos puertas y paredes, semejando el conjunto una muralla.
Ese es el caso del último barrio que da al callejón donde se situaba, al fondo, la casa de mi hermana. Desde su terraza se veía, debajo de su fachada principal, un cementerio. Y, desde la parte de atrás, la pequeña muralla de un riad y, debajo, el wadi. Desde su parte lateral y detrás de unas casas, había un marabú con tumbas.
Un día llegué a este temeroso barrio, pero me detuve frente a la puerta del taller del zapatero en donde había que girar para subir unas grandes y largas escaleras delimitadas por tremendas paredes. Al mirar la parte de arriba de esa puerta, vi una gigantesca ola del mar que se abalanzaba hacia mí. Estuve a punto de perder la respiración, como si realmente ya estuviese ahogada.
Otro día, al llegar al mismo sitio, me vi caer libremente desde esa pared tan alta. Sentí mi corazón caer muy abajo y también en esa ocasión casi perdí la respiración.
Gracias a Dios, volví en mí y me desperté en ese momento crítico con una elevada tasa de adrenalina importante en mi cuerpo, pero sana y acostada en mi cama.

Maryam Benchekroun
Rabat, mayo-junio de 2010
(Ejercicio inspirado en los sueños de “Antes de que anochezca” de Reinaldo Arenas)

martes, 1 de junio de 2010

“ÚLTIMA DESPEDIDA” DE RKIA OKMENI



A mi padre le gustaba, durante mis escasas visitas, sentarse a mi lado en el coche y contemplar al paisaje mientras hablábamos de todo: de la reciente venta de alguna parcela, de la última o próxima boda de vecinos o familiares, de la –imposible olvidarlo- muerte de un amigo suyo o de sus proyectos futuros. Quería que me enterase de todo lo ocurrido en el pueblo durante mi ausencia. Solía bajar el cristal, poner su codo derecho fuera del coche y, de vez en cuando, saludar a algún conocido que pasaba por la calle. Yo sentía su orgullo, el orgullo de ser mi padre, un orgullo casi palpable. Entonces lo veía de otra manera. Estaba atento a sus cualidades y a sus defectos, pero no lo juzgaba como se juzga a un adulto. Lo aceptaba tal como era. Era mi padre.
Al salir de la mezquita, los hombres, mayores y jóvenes, mientras andaban con un movimiento rítmico, cantaban a una sola voz unida por el canto religioso como se solía hacer en todo funeral. Además, durante aquel mes de junio, en nuestro oasis, todos sudaban pero nadie se quejaba del calor. Yo iba poniendo mis pies uno ante otro mecánicamente mientras seguíamos al féretro, que transportaban tres jóvenes y mi hermano mayor.
- Os acompaño en el sentimiento a ti y a toda tu familia -me dijo nuestro vecino de enfrente apretándome la mano.
Luego, la misma frase y el mismo gesto se repitieron a lo largo del funeral.
Yo llevaba mis gafas oscuras para ocultar mis ojos hinchados. Pensaba que mis lágrimas no iban a cesar nunca. Veía a muchos desconocidos, seguramente la mayoría de ellos eran niños de mi ayer que habían crecido durante mis años de ausencia, pues todos al verme se acercaban y, apretándome la mano o abrazándome, según el grado de familiaridad con el difunto, me decían una de esas frases hechas que se suelen decir en parecidas ocasiones. Muchos añadían: “¡Era un buen hombre, qué descanse en paz!”. Yo respondía algo, pero ellos no se paraban a escuchar mi respuesta perdida en medio de los cantos funerarios. Todos seguíamos andando. Tampoco me pasó desapercibido que la gente del pueblo, al ver el cortejo, se detenía al borde del camino por respeto al muerto.
Fue durante un viaje, no muy largo, sólo a unos doscientos kilómetros del pueblo. Habíamos ido para asistir a la boda de una prima mía. Después del almuerzo, nos sentamos juntos sobre un montículo lejos del ruido, de la música y de los cantos que nos llegaban desde la casa de mi tía. Ambos mirábamos hacia el acantilado de color ocre de enfrente y hacia la carretera que pasaba por debajo. Mi padre empezó a hablar. Miraba los coches que pasaban a lo lejos a toda velocidad dirigiéndose hacia las dunas de arena que hay al sur del país y que todas las agencias de viaje aconsejan a sus clientes.
Hablaba y me contaba su primer viaje que había realizado para estudiar, no unos estudios cualesquiera, sino estudios religiosos, en una comarca desértica que lo dificultaba todo: las costumbres, las condiciones climáticas e incluso el habla eran diferentes. Venía con grandes ganas de lograr el aprendizaje y la memorización del libro sagrado. Se había comprado con sus ahorros (días antes del gran viaje de su vida y cuando sólo contaba veintidós años) ropa y zapatos nuevos.
Debíamos atravesar el único puente que separaba el cementerio del pueblo. Dos primos míos, que reconocí con gran dificultad por los turbantes que se habían puesto en la cabeza para protegerse del sol, salieron de la masa para organizar el paso del puente. Ayudaron a parar los vehículos mientras el cortejo continuaba huyendo de aquel calor inaguantable. Al echar una mirada hacia atrás, me sorprendió el número de personas que nos seguía. Había aumentado, quizás incluso doblado o mucho más. El canto continuaba: la mitad de delante lo empezaba y la otra de atrás acababa la segunda parte. Después del puente, se formó una nube de polvo inevitable provocada por las sandalias de cuero de fabricación local que todos llevaban en verano y, sobre todo, por el hecho de que toda aquella muchedumbre arrastraba los pies a causa del calor, de la sed y del cansancio. Vi las primeras lápidas del cementerio. A poca distancia de nosotros, dos hombres esperaban nuestra llegada cerca de la tumba ya cavada y preparada para recibir a mi padre.
Yo lo escuchaba con algo de solemnidad en mi actitud. No podría determinar ahora con precisión qué fue lo que hizo que mi padre se acordara de sucesos ocurridos casi medio siglo antes. Era la primera vez que me confiaba hechos de la vida de aquel joven ambicioso que él había sido y que había decidido no seguir siendo un ignorante pastor durante toda su vida. Disfruté intensamente con aquel momento ubicado fuera del tiempo, un momento de auténtica complicidad, aunque llegara con retraso. Continuó narrándome su historia mientras yo lo interrumpía por curiosidad o para que aclarase algo que no entendía o simplemente para incitarle a seguir. Yo estaba totalmente atento a aquellos detalles de su vida que tanto ignoraba, recién salidos del fondo de su memoria o quizás del olvido. Consciente de aquel privilegio, durante unos instantes se me cerró la garganta por la emoción. Mientras me contaba sus recuerdos, de vez en cuando me decía: “¡Me alegro mucho de que hayas regresado aquí, que estés entre nosotros, hijo!”.
Al ver yo cómo echaban la tierra para tapar el hoyo (aquel último domicilio de mi padre), las lágrimas no paraban de fluir de mis ojos. Sentí un gran vacío dentro de mí y también toda mi impotencia ante la muerte. Apreté otras manos, abracé a familiares y, al regresar a casa, fui a consolar a mi madre y a mis hermanas. Estas últimas no podían ir de visita al cementerio hasta el tercer día.
Han pasado dos años y ahora estoy sentado cerca de su tumba en el cementerio, por primera vez después de su entierro y, por primera vez, acepto que debo llevar a cabo este duelo.

Rkia
Rabat, 22 de mayo de 2010
(Texto basado en “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

DE VISITA
Poema escrito mientras pensaba en mi difunto पद्रे

Estoy aquí.
¿Me sientes, hija?
Voy a sentarme,
cerca de ti.
¿Cómo estás?
Cuéntamelo todo,
todo cuanto te ocurrió
durante mi ausencia.
¿Cómo viviste estos años
sin mi presencia ni mi apoyo?
Aquel día tuve que irme
sin despedirme de nadie,
sin un abrazo
ni un hasta luego.
¿Cómo estás?
Dímelo todo,
¿La vida es dura contigo?
¿Dónde están tus hijos?
Seguro que han crecido,
que te dan mucho cariño,
y que te devuelven aún poco
de tu amor y tu sacrificio
¡Mis disculpas, hija mía!
¡Disculpas por el retraso!
Debía venir de visita antes,
Pero, con el tiempo que ha pasado,
ya ni me acuerdo
de qué me lo impidió.
Aunque ahora que lo digo…
Me parece estar seguro
que fue por culpa
de la lápida, de la sepultura.

Rkia Okmenni
Rabat, mayo de 2010

“CUANDO ERA NIÑA…” DE BOUTAINA BEN ABIDIBA



Cuando era niña y tenía diez años, me encantaba jugar al escondite. Un día, mientras jugaba con mis primos, me escondí encima del armario del dormitorio de mis padres y me dormí sin darme cuenta de nada. La verdad es que ya nunca después pude dormir tan bien como aquél día. Pero, a lo que iba…
De repente, sentí una fuerza extraña que me arrastraba y me hacía caer hacia abajo. Durante aquella caída me salieron en la espalda dos alas y me convertí en un ángel. Nunca después olvidé aquella primera ocasión en la que sentí tal sensación de libertad… Bueno, pues cuando empecé a volar por toda la casa, todos se asustaron de verme así y no podían creer lo que veían sus ojos. Pero no todo acabó ahí: luego entró un dragón por la ventana y empezó a devorar todo lo que encontraba en su camino.
Por fin, me desperté llorando de aquel terrible sueño y gracias a él me encontraron mis padres, que me habían estado buscando durante todo el día. Claro que nunca se les ocurrió pensar que yo me atrevería a esconderme en un lugar como aquel, sobre todo conociendo mi fobia a las alturas…
Lo que nunca se explicaron fue de dónde habían salido aquel par de alas que hasta el día de hoy llevo incrustadas en mi espalda.

Boutaina
Rabat, mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"