TALLER DE ESCRITURA "A ORILLAS DEL BU REGREG" DEL INSTITUTO CERVANTES DE RABAT

Bienvenidos a «A orillas del Bu Regreg», el blog de los integrantes del Taller de lectura y escritura creativa, un curso especial que realizamos desde hace doce años en el Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos).

En este espacio damos a conocer los cuentos, poemas y otros ejercicios de escritura que se proponen en clase y que realizan nuestros alumnos, aunque también publicamos colaboraciones de nuestros lectores.

Muchas gracias por leernos y por compartir vuestras opiniones.
Ester Rabasco Macías (profesora del Taller)

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sábado, 2 de octubre de 2010

“EL DESEO” de MARIBEL ANDRADE


Deseo,
deseo besarte y
rozo tus labios con mis ojos,
que se nublan ardientes, inundados de deseo.

Deseo,
el deseo recorre impaciente
mi nuca, mi espalda, hasta mis dedos
que, febriles, tiemblan al contacto con tus labios
temblorosos y que se entreabren al rozarlos.

Deseo,
el deseo nos atrapa, nos derriba:
siento tu aliento entrecortado,
sonríes rebosante de deseo,
y yo juego con tus dientes deseados.

Siento la humedad de tu saliva
y aumenta mi deseo, tu deseo.

El deseo es una nube que ha bajado y
nos envuelve pegajosa;
se ha instalado persistente entre nosotros y
no nos permite huir de ella.

Deseo, deseas.

Maribel Andrade
Rabat junio-octubre de 2010

“LOS SUEÑOS” de SIHAM HMAMOUCHI


Siempre he pensado que los sueños forman una parte muy importante de nuestras vidas. Reflejan nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestros miedos… más allá de lo que creemos. A lo largo de mi vida siempre he estado convencida de la importancia de ese tiempo de vida inconsciente, pero me acabé de persuadir aún más en cierta etapa de mi vida.
En aquel momento, durante un año o quizá algo más, todas las noches tenía la misma pesadilla. Al principio me hacía sufrir de una manera lógica, ya que era algo que no me gustaba, pero después acabó convirtiéndose en un verdadero sufrimiento. Cada noche, la hora de irme a dormir, empezó a ser una verdadera angustia; temía cerrar mis ojos y que aquello que cada noche me quitaba la respiración volviera a aparecer. Y así sucedía una noche tras otra.
Todo comenzó cuando mis amigos me convencieron para mentir a Fabiana, mi mejor amiga ya desde pequeñas. Yo no estaba convencida de mentirle y, aún así, lo hice. Después, el miedo me impidió decirle la verdad. Ese miedo y sentimiento de culpabilidad se apoderó de mis noches de una manera que nunca llegué a imaginar. Cada noche el mismo ser aparecía una y otra vez, machacándome, dejándome sin respiración, hasta tal punto que llegaba hasta a sentir dolor físico, un horrible dolor que embargaba mi pecho y mi garganta. Estaba en mi cama, en el trabajo o con amigos… Daba igual el sitio, me pasó en muchos contextos diferentes. Estuviera donde estuviera, de repente notaba algo en mi garganta y empezaba a salir algo de ella. Nunca llegué a ver su color, sólo notaba que era viscoso y resbaladizo. Cuando empezaba a notarlo era algo pequeño que sólo molestaba un poco, pues me permitía seguir respirando; después, empezaba a crecer, se abría camino y por mi garganta salía una pata de un ser que nunca llegué a ver, una pata que llegaba a ser tan grande que me cortaba ya toda respiración. La sensación me provocaba dolor, angustia, asfixia, no me dejaba sitio para el aire y hacía que me despertara llena de sudor, con dolor en mi pecho. Abría los ojos, miraba el reloj, aún era pronto, pero no podía dormir más a causa de la desesperación. Durante un año viví así: me daba miedo el simple hecho de cerrar los ojos antes de dormir. No quería sentir esa horrible sensación cada noche.
Así fue hasta que reuní fuerzas para hablar con Fabiana. Le pedí perdón por algo que ni ella entendía, pues yo no podía explicarle la verdad; sin embargo, era algo ya superior a mis fuerzas y necesitaba pedirle perdón. A partir de ese día, como por arte de magia, ese ser que se había instalado en mi garganta desapareció y, por primera vez en muchos meses, conseguí dormir.

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Desde pequeña, mis sueños se mezclaban con la realidad. Recuerdo cuando mi madre nos mandaba que no molestáramos al Sr. Joe. Él era el encargado del edificio en donde vivía una familia amiga. A mí el Sr. Joe me fascinaba, me parecía alguien extraño, alguien digno de mi curiosidad. Entendí cómo era realmente la noche en que secuestró a mi hermano pequeño y yo tuve que superar apasionantes aventuras (como los héroes de mis libros, aunque esta vez el protagonista era yo) en las calles de mi ciudad para salvar a mi pequeño hermano. Corría por las calles en pijama, con una capa sobre los hombros como la de Superman y veía mi gigantesca sombra reflejada en los edificios mientras espiaba al Sr. Joe.

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Es curioso observar como lo que vivimos cada día construye nuestros sueños y de esa forma los sueños nos construyen a nosotros. Estoy convencida de que éstos, de alguna manera, nos moldean como un artista crea su obra de arte.
Muchas noches, más o menos desde que cumplí mis quince años, estoy en el campo frente a un bonito paisaje. Lo siento, oigo sus sonidos, percibo el olor a las flores, noto el sol calentando mi piel, pero mis ojos pesan demasiado para poder abrirlos. Me angustio, quiero abrirlos, deseo ver todo lo que siento, pero no puedo abrir mis ojos. A veces me pregunto qué quiere decirme… ¿Lo sabré algún día?
De momento, sólo me alivia pensar que la pata de ese ser misterioso no me visitará esta noche.

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Siham Hmamouchi
Rabat, junio de 2010.
(Ejercicios basados en “Los sueños” de Reinaldo Arenas)

jueves, 30 de septiembre de 2010

“KIARITO” de RKIA OKMENNI


Mi apariencia es la de una tortuga, pero sin cola y con dos cabezas que me permiten, dada mi extremada lentitud, mirar en dos direcciones opuestas sin necesidad de girar la cabeza con un ángulo de ciento ochenta grados. Mis medidas no cambian con el tiempo, mi caparazón me sirve como protección contra los golpes y caídas, y sobrevivo con poca verdura. Nunca duermo. Y, si lo hago por necesidad crono-biológica, se me quedan los ojos abiertos y la parte de mi cerebro que dirige a éstos permanece en alerta para seguir vigilando.
¿Pero qué vigilo y por qué?
Desde el crepúsculo -inicio de la Noche-, hasta el alba -inicio del Día-, vigilo totalmente preocupado. Mi gran temor es que la luz del Día pueda sorprender a la Noche en su intimidad y destruir la oscuridad nocturna -verdadera tregua para los seres vivos- o que la noche se extienda más de lo que dura exactamente. Lo que me preocupa, en ambos casos, es que no puedan alternarse el Día y la Noche, esos eternos enamorados que jamás se encontrarán.
He tenido muchas vidas y, para medir mi existencia relatándola, me harían falta muchos volúmenes. En cuanto al cálculo exacto de mi edad, resulta imposible llevarlo a cabo.
Mi pasatiempo favorito entre el amanecer y la puesta del sol es hacer malabarismos con los números. Por lo que he llegado a calcular mi edad en minutos, pero el número me salió tan sumamente largo que acabé utilizando la escritura científica. Ahora estoy intentando calcularla en años, como los humanos. A ver si me sale algo más fácil.

Rkia Okmenni
Rabat, 30 de junio de 2009
(Ejercicio inspirado en el “Manual de Zoología Fantástica” de Jorge Luis Borges)

LA BODA de MARIBEL ANDRADE


¡Cuánta gente! Han adornado las calles como si fuera la Feria. “¡Enhorabuena Anita!” Otro apretón de manos, otro abrazo. Más besos. ¡Qué extraño es todo! Claro, nunca había estado en este lado de la barrera. “¡Qué guapa vas! ¡Qué suerte la tuya!” Otro empujón. ¡Dios mío! Si pudiera desaparecer, convertirme en polvo o en la peineta que lleva la María, que se me acerca para felicitarme y que aprovecha para soltarme otro “¡Qué suerte!” (¡Qué sabrá ella!) Otra con lo mismo. Y ese “¡Vivan los novios!”… No puedo verlo, pero la voz resulta inconfundible; además, esa lluvia de arroz que más bien parece una lluvia de dardos… Es Juan. ¡Qué brutito! Siempre igual. Cuando éramos pequeños e íbamos a la escuela juntos, era temible. Yo con mi carácter, un poco blando, no protestaba, me las tragaba todas… ¡Y mira que me hacía perrerías! Todavía recuerdo aquella vez que, huyendo de él, perdí el zapato y me hizo ir tras él a la pata coja hasta su casa. No podía apoyar el pie en el suelo porque había llovido y todo era barro o agua. Así que el camino me pareció larguísimo. Llegué extenuada, pero tenía que recuperar mi zapato. No podía aparecer en mi casa sin él… ¡Pues menudo era mi padre! Me habría dado dos guantazos a mí, por pava, y cuatro a él, por listo. Recogí mi zapato y me fui sin rechistar. El se quedó mirándome. ¡Pobre Juan! Con el tiempo me di cuenta de que le gustaba, que estaba enamorado de mí ¡Qué lástima! Habría sido un buen marido. Pero “Nacimiento y mortaja del Cielo bajan”, tal como se dice aquí, en mi pueblo, y hoy más que nunca creo en la mucha verdad que encierra el dicho. ¡Qué mareo! ¡Más besos! ¡Y lo que me queda! Y si fueran sólo besos, achuchones, piropos… Lo peor es llevar esta máscara, este disfraz. El disfraz me lo quito dentro de unas horas que, aunque me parezcan eternas, son horas. Pero ¿y la máscara? ¿La llevaré siempre? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Por qué no he gritado? ¿Por qué no me he negado? En realidad… “¡Gracias! ¡Qué guapa vas tú también! ¿Qué tal las rosas y los huesillos?”[1] 1 . La calle parece un hormiguero. Y nunca mejor dicho: todos al azúcar… Todo debe estar muy bueno, pero yo no puedo comer nada. “¡Qué bueno está el vino!” Hoy no puedo beber, entre los nervios y la tristeza. Parece mentira que nadie se de cuenta de mi inmensa soledad, de mi enorme tristeza, de mi gran desasosiego. ¡Si pudiera desaparecer, convertirme en polvo! Pero no, soy de carne y hueso. Con lo bien que se me daba jugar al escondite. Me escondía tanto que les costaba encontrarme. Siempre me escondía sola, nunca contaba a nadie dónde me escondía. Ahora también tendré que buscar otro escondite para escaparme de todos, para quitarme la máscara un rato y poder mirarme al espejo, reconocerme, seguir siendo yo por un momento, llorar… ¿Y si dejo de ser yo y me convierto definitivamente en la que he sido durante los últimos tiempos?. La de la sonrisa permanente, la de cara de felicidad. La que siempre se muestra contenta ante todos. Y a mí ¿quién me contenta?
Soñé tanto con este día. Como todas las chicas en la adolescencia, o ya incluso durante mi niñez. Me imaginaba vestida de blanco y con una larguísima cola. Isabel tenía el vestido de su madre. Cada año su madre lo sacaba para ventilarlo y le ponía alcanfor. Claro, su madre era una mujer con dinero. Isabel siempre tuvo mucha suerte. Con una familia como la suya, con tierras, con posibles… ¡Y ahora los músicos! ¡Lo que faltaba! Ahora a pasear y a bailar todo pueblo. Vendrá mi recién estrenado marido, tan tieso él, tan resplandeciente, a darme el brazo. Lo dicho, ahí está. “¡El vestido te queda…uf…muy bien! ¡Estás muy guapa!” ¡Qué horror¡ Me ha desnudado con la mirada. Estos días, entre unas cosas y otras, no he tenido que dedicarle demasiado tiempo; pero hoy, al final de la fiesta, seré como Cenicienta, me convertiré en su criada. “¡Qué guapa¡ ¡El vestido es muy bonito!”. Me tendré que dedicar a él, a organizarle la casa, a parirle los hijos, a cocinar para los amigos… Es lo único que saca de esta alianza. Sí, lo único. Insistió tanto… Para una vez que soy dura… Ahora mi padre: “¡Viva la novia!” Y el coro: “¡Qué viva!” Y mi padre de nuevo: “¡Viva mi hija!” Y los otros: “¡Qué viva!” ¡Qué lejos estás, padre! No sé quién dijo que los padres tienen que ser los padrinos de sus hijas. Siempre has estado tan lejos. Cuántas veces envidié a los huérfanos de padre. Recuerdo el temor que despertabas en mí, siempre gritando, siempre mandando, siempre pensando en ti: la mejor carne o la única carne para ti… No recuerdo un sacrificio, y eso que en casa se han hecho a diario, pero ninguno lo has hecho tú. Míralo, tan ufano, como un pavo real por haber emparentado con alguien con posibles. Desde que llegaron a sus oídos mis tonteos con Bernardo, comenzó a tratarme de otra manera. Y cuando yo dejaba caer comentarios que indicaban que la relación no llegaría a buen fin, rápidamente él saltaba: “¿Pero tú qué esperas? Tus amigas se han casado ya todas… ¿Piensas quedarte con nosotros para vestir santos?” Estas frases me fueron calando. Vestir santos, quedarme con ellos, eran dos posibilidades tan cercanas, tan claras, tan posibles, que me arrojaron a los brazos de éste que tengo aquí, mi recién estrenado marido. Bueno, de estreno tiene poco… Claro que yo tampoco... Esto no lo tiene claro, sospecha, pero nunca se ha atrevido a preguntármelo abiertamente. Hacerlo podría haber supuesto no seguir adelante y él no quiere casarse con lo que queda por aquí. No le gustan -me consta- las otras chicas solteras que quedan en el pueblo. Buscaba, ya talludito, algo más joven que él, que fuera buena gente, nada casquivana… Allí estaba yo. Además, haciéndome la dura. ¡Qué estúpidos son los hombres! Si les amas, se asustan, huyen. Si te resistes, sacan todas sus armas, hasta convencerte. Lo que no sabe es que ser dura con él no era un fingimiento. Sería capaz de matarme si adivinara mis pensamientos. Ahí está bailando con Flora. Con qué ganas de cazarlo se ha quedado la pobre…
Pero la dureza, la reticencia, el rechazo, se acaba con la fiesta. Mañana, como muy tarde, tendrá que ocurrir aquello que temo tanto, que no me ha apetecido nunca con él. Aquello que echo tanto de menos recordando a Miguel, tan dulce, cariñoso, delicado, sensual, ardiente…Y tan cobarde y con tanto malaje… ¡Cuánto amor y cuántas lágrimas! ¡Qué engañada me tenía! De repente, desapareció… Luego supe que para casarse con su novia de toda la vida, una chica de no sé qué pueblo de Segovia... ¡Si mi recién estrenado lo supiera! O mi padre, al que no sé si le habrán llegado rumores. La Lola y la Merche seguro que han dicho sobre mí y mis salidas. Los años que viví en Madrid nos veíamos, conocían esta historia; luego, me distancié de ellas, no teníamos nada en común, ellas entraron en la ciudad, pero la ciudad no entró en ellas. “Esto está bien… esto está mal…” “Si te viera este… si te viera el otro”. Siempre estaban igual, preocupadas de lo que dijeran en el pueblo, de si cogían mala fama… “Que luego no te casas…” “Los hombre no las quieren usadas”. Estas palabras me sacaban de mis casillas. Era lo mismo que había oído a mis padres. Eran estos comentarios y actitudes de mis padres los que me empujaron a irme a la ciudad, a salir fuera… ¡Respirar…! ¡Y es que somos mujeres! En cambio, todo son alabanzas para ellos, para los don juanes… Mira el Cipri, hecho un gallito porque se lleva de calle a las muchas de los pueblos de alrededor y ahora deja a una y luego coge a otra… Don Fermín, el boticario, que se lo monta la mar de bien con la Charo, y su mujer callada como zorra al acecho. ¡Qué asco! ¡Cuánta hipocresía! Yo pensando en ellas y ahí está la Lola: ¡Qué rancia! Creo que ya tiene fecha de boda. “¡Qué vestido tan bonito Ana y qué novio te llevas!” Seguro que esto va con segundas. ¡Menuda alhaja! Pero de ahora en adelante ¿qué puedo decir yo? Al fin y al cabo, soy como ellos, con esta máscara puesta todo el día.
En la ciudad conocí a algunas chicas que habían tenido ya sus relaciones, íntimas se entiende, y sin remordimientos... Al principio, me asombraban; pensaba que todas iban a ir al infierno. ¡Qué tonta! En él vivía yo, ellas ya habían tocado el Cielo... Todavía me acuerdo de una gaditana muy salada que decía: “¿Eso…? ¡Eso es muy bueno pa’er cuerpo! ¡Chiquilla, eso é lo mejó…!” Pero a mí los remordimientos me han perseguido siempre, han obstaculizado mi “ascenso al Cielo” ¡Qué razón tenía Miguel! Y hasta ellos, los remordimientos, fueron los que me hicieron volver al pueblo… Cuando mi madre enfermó, mi hermana mayor se acababa de casar y mis dos hermanos, por ser chicos, quedaban eximidos de ayudarla, de echarle una mano. Total, como la soltera tiene la obligación de sacrificar su futuro, dejar su trabajo, volverse al pueblo… Porque lo creen todos así, hasta mis remordimientos: “¿Qué haces trabajando? Así te vas a casar tú, ja, ja… Las mujeres, con que sepáis cocinar y zurcir….” Porque los inútiles de mis hermanos, siempre loados por mi madre, no saben o no quieren hacer “cosas de mujeres”. ¡Lo que me pesa, además, es no haberme ido a Suiza!. Aunque en mi defensa tengo que admitir que no me lo habrían permitido mis padres y sin su autorización, no hubiera podido pedir el pasaporte… Por tanto, hubiera sido un esfuerzo inútil. Pero es posible que ese esfuerzo tranquilizara ahora mi conciencia. Así, poco a poco, llegó esto… Hoy, vestida de blanco, como siempre soñé. Pero también soñé que éste sería el día más dulce de mi vida y, sin embargo, es el más amargo. Soñé que un día no llevaría cadenas… ¡Uf! ¡Cuánto pesan éstas! Hoy, como nunca, resuena en mi cabeza una famosa canción de no hace tanto: “Blanca y radiante va la novia, todos creerán que es de alegría, dentro su alma está gritando…” Hoy mi corazón y mi cuerpo están en Segovia… Pero, no podía quedarme soltera. Él se casó, pues también yo…

Maribel Andrade
Rabat, 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

[1] Dos tipos de dulces típicos de la zona en la que sitúo la acción (La Vera-Cáceres-) y que se ofrecen en bodas, bautizos, comuniones y fiestas patronales.

TRES HISTORIAS... de SIHAM HMAMOUCHI

Historia 1
Era un día de invierno, frío, lluvioso, se percibía la humedad en el aire. Las casas desprendían humo por sus chimeneas, lo cual hacía intuir un acogedor fuego de hogar en el interior de sus salones. Yo recogía leña el jardín de mi casa para avivar el fuego de la chimenea, cuando levanté mi vista y vi cómo revoloteaban los pájaros formando círculos.
¿Qué ocurría? ¿Qué pasaba en la zona norte del bosque? No podía esperar para saberlo, así que cogí mi caballo y corrí hasta allí. Notaba cómo el viento rozaba mi rostro, el olor a tierra al pasar por los campos. Llegué adonde los pájaros indicaban, su canto era escandaloso, no podían callarse. Cuando miré a mi derecha comprendí todo: el bueno de Tom, un anciano al que todos adoraban por su buen carácter y por su simpatía había olvidado cerrar la puerta de su granero. Los animales habían encontrado y habían disfrutado de un banquete inesperado. Bajé de mi caballo, agarré la puerta enorme y gastada por los años (se notaba áspera y descuidada al contacto de mi mano) y, con firmeza aunque también con cuidado, di por concluido el festín.
Me dirigí a mi caballo y, aprovechando los últimos rayos de sol del día, volví a casa.

Historia 2
Eran días de vacaciones. Toda la familia se había reunido. Desde lejos se oían las canciones que siempre cantábamos al estar todos juntos, mi tío era quien provocaba mayormente las risas.
Antes de la comida, a mi primo se le ocurrió salir a dar un paseo y me propuso acompañarle. Nos dirigimos a por los caballos, su caballo era más joven y dócil, el mío era de raza pura. Mientras paseábamos por el bosque, de repente perdí de vista a mi primo. Me puse nerviosa y empecé a llamarle. Mis gritos debían oírse a varios kilómetros, pero él no respondía y eso me asustó como nunca llegué a imaginar que algo me asustara. Corrí con mi caballo buscándole y buscándole. Aún recuerdo el viento frío rozando mi rostro y el olor a tierra.
Por un momento, perdí la noción del tiempo… Ya no sabía cuántas horas llevaba llamándolo. Decidí que era mejor pedir ayuda y me dirigí a casa lo más rápido que pude, preocupada, nerviosa. Tenía la sensación de que los latidos de mi corazón podían escucharse a varios kilómetros, al igual que mis gritos.
Cuando ya me estaba acercando a casa, pude volver a oírles a todos cantando. Temía que les iba a estropear la fiesta cuando les contara lo ocurrido. Pero, de repente, vi algo en la puerta: ¡era él! No pude esperar, salté de mi caballo y corrí a abrazarle. Su piel me resultaba suave al contacto, tal como el terciopelo, y olía a primavera... Estaba tan contenta de verlo que sólo podía gritarle...
- Nunca más me vuelvas a asustarme así, nunca más.

Historia 3
Mi amigo Nizar había venido unos días para pasar con nosotros las vacaciones de invierno, pues formábamos un buen equipo juntos. Nizar era un amigo leal, siempre tenía una broma preparada y un buen consejo si la situación lo precisaba. Aún recuerdo su voz ronca y varonil y sus zapatos siempre desatados.
Ese día nos levantamos tarde. Habíamos estado durmiendo hasta que, con el ruido de los demás en la casa, no tuvimos más remedio que bajar a desayunar. Recuerdo perfectamente el olor de las tostadas recién hechas y la sensación al quemarme con la leche recién retirada del fuego. Me habían avisado, pero yo no había hecho caso.
Al terminar el desayuno, Nizar propuso que hiciéramos una carrera a caballo. Acepté y salimos para ir a buscar a los animales. Hacía un día crudo de invierno, pero eso no nos detuvo. Cuando llegamos al roble grande, tal y como habíamos acordado, grité que la carrera comenzaba y los dos salimos a la vez galopando. Sentía el frío viento frío rozarme el rostro, pero no podía detenerme: el que ganara se llevaría todas las miniaturas de aviones del otro. Yo no quería perder las mías. Sentía como Nizar venía unos metros detrás de mí, ya quedaba poco tramo de carrera y no podía fallar. Tenía que ganar, unos metros más y lo habría conseguido. El olor a tierra me inundaba.
Cuando vi la sombra de la señal que habíamos puesto, me di cuenta de que había ganado la carrera, paré mi caballo y vi como Nizar llegaba riendo. Él era un buen perdedor, me dio su mano en señal de felicitación, la tenía helada. Y de nuevo corriendo volvimos a casa.

Siham Hmamouchi
Rabat, abril-mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

“EN EL PARQUE” de LOLA VARAS RUÍZ

¡Qué bien! Hoy voy a acompañar a mi hermana mayor a un mandado. Mi hermana mayor es además la única hermana que tengo y, como es mucho más mayor que yo, la verdad es que no me hace mucho caso. Por eso me he puesto tan contenta cuando ha dicho que no le importaba que fuera con ella. A mamá parece que no le ha hecho tanta ilusión porque no ha parado de decirle que tenga cuidado conmigo, que a ver si me caigo, que a ver si me mancho, que a ver si… Y hasta se ha quedado un rato en la puerta viéndonos marchar.
Ya estamos en la calle. Hace mucho calor y no hay casi nadie. Mi hermana me lleva de la mano y por fin llegamos al parque. Aquí por lo menos hay sombra y se está fresquito pero tampoco hay gente. De repente mi hermana me suelta y ya no la veo. No veo nada, sólo plantas más altas que yo. La oigo. Me dice que tenga cuidado con un hombre porque roba niños pero yo no la veo. Tengo mucho miedo pero no quiero llorar, si lloro no volverá a llevarme con ella a ningún sitio. Ahora este parque no es mi parque de los domingos donde me columpio, juego y donde toca la banda de música. Ahora este parque me da miedo y entre las plantas veo a todos los monstruos de mis cuentos. Ahí está el lobo feroz de Caperucita Roja, la bruja mala de Blancanieves, el ogro de Hansel y Gretel, la madrastra de Cenicienta y el calvo, el calvo que roba niños y que viene hacia mí. Oigo a mi hermana, la vuelvo a oír pero no la veo, no la puedo ver. Sólo veo a ese hombre calvo que es sólo un poco más alto que las plantas que me rodean y que viene hacia mí. Ya no me importa que mi hermana no quiera llevarme más con ella. Estoy llorando, tengo miedo. Me he caído, me he manchado y cuando abro los ojos el calvo, en su silla de ruedas, está delante de mí. ¡Qué miedo tengo! No sé qué hacer y espero, espero, no me puedo mover y entonces oigo que el señor calvo me pregunta por su perrito: “¿Has visto a mi perrillo? Es un perrillo blanco”.
Y ahora, ahora aparece mi hermana. Se ríe. Lo ha visto todo y se ríe. Pero yo me he caído, me he manchado. Mamá no me va a dejar volver a salir con ella. ¡Qué pena!

María Dolores Varas Ruíz.
Rabat, mayo-junio de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

martes, 13 de julio de 2010

ESCENAS DE ALGUNOS SUEÑOS… de ABDERRAOUF SBIHI


Cuando era un niño yo siempre me caía en el pozo de nuestra antigua casa de la Medina। Antes de tocar fondo, me despertaba sudando.

Tras la muerte de mi padre, volví a verlo muchas veces en el patio de la casa familiar, vestido –tal y como era costumbre en él- con su bata de baño, con sus gafas y leyendo un periódico। Yo me acercaba a darle un beso. En ese preciso instante, me despertaba con los ojos humedecidos.

Al día siguiente era el examen. Yo no había preparado nada, así que trataba de hacer lo imposible. Pasé una noche muy agitada, pero me desperté agotado y satisfecho.

... Y DE REFLEXIONES...

Dormitando, puedo fluctuar entre las buenas cosas y las pesadillas.
Algunos detalles inician mi memoria. Desde mis años más jóvenes -sobre todo condicionados por el miedo- por ejemplo, el peso es algo enigmático: un sitio oscuro, la profundidad, el reflejo de su cara, el cubo, la cuerda, la polea… Desde luego, nada de todo ello simboliza la seguridad.

Por otra parte, la necesidad de seguridad y de amor, se refugia en principio sobre los padres. La perdida de uno de ellos rompió ese equilibrio en mí, pero mi imaginación se negaba a aquella verdad y buscaba algo fantasioso. En mi caso, se trató de ese beso que jamás se ha concretizado.

En la misma serie, podríamos añadir que el deseo de llegar a la propia autonomía necesitaba de un esfuerzo propio que persiguiera aprobar los exámenes de la vida. Tal vez éste sea mi sueño más materializado.

Abderraouf Sbihi
Rabat, mayo de 2010
(Ejercicio inspirado en los sueños de “Antes de que anochezca” de Reinaldo Arenas)

sábado, 10 de julio de 2010

“¿QUÉ PASARÍA SI PERDIERA MIS SENTIDOS?” de ANA BORGES



No podría escuchar jazz, ni a Bach, ni a los Beatles. No podría escuchar tu voz.

No podría degustar el vino, ni el chocolate, ni el amargo de los alcauciles, ni saborear la miel de tu boca.

No podría ver el mar, ni la belleza de los colores del otoño. No podría ver tu rostro ni tus ojos.

No podría inundarme del perfume de los jazmines ni del perfume de tu cuerpo.

No podría sentir la suavidad de la piel de los duraznos, ni la de los pétalos de las rosas. No podría sentir ya más tus manos sobre las mías.

Ana Borges.
Pinares, 29 de mayo de 2010.
(Basado en un ejercicio propuesto en un taller de guión cinematográfico, sobre imaginar una situación inesperada, fuera de lo común, conflictiva…)

TRANSPARENTE de ANA BORGES


En el jardín de atrás de la casa de mi abuela, en la playa, había algunos transparentes, unos árboles llamados curiosamente así, pues en realidad no son tan transparentes ya que tienen un follaje medianamente frondoso. Sus troncos suelen ser fuertes, por lo que de dos de ellos colgaba una hamaca paraguaya.
En una rama de esos transparentes me gustaba pasar esas largas horas de la siesta, cuando mi abuela y su hermana dormían y la asistenta ya había finalizado de limpiar la cocina y se tomaba un descanso. Por ese entonces yo tenía siete u ocho años y una agilidad muy grande para subir a lo alto del transparente, a mi rama preferida, la que soportaba bien mi peso de niña delgadita. Desde esa rama yo conducía un coche e iba a pasear y llevaba a mis primos y amigos o, bien, conducía un autobús y transportaba a mucha gente desconocida.
A veces conducía un avión. Esto era lo que más me gustaba, pues me permitía ir más lejos, a lugares de los que había oído hablar a mi familia o a sitios que me habían enseñado en los mapas del colegio.
Algunos días me iba a Perú y a Chile, de los cuales hablaba mucho mi abuela, pues el último viaje que había hecho con mi abuelo había sido a esos países.
Por ahí, bajaba del avión y volvía a la rama que se transformaba en tren cremallera para subir por la cordillera de los Andes.
Un día incluso quise conducir un cohete espacial. Esto ya implicaba más emoción y era más desconocido. ¿Y los platos voladores? ¿Y si me encontraba uno en medio del espacio?
Una tarde pesada, de intenso calor, luego de muchos juegos en el mar esa mañana, decidí que tenía que ir más lejos aún en mi nave espacial. Después de recorrer un largo trayecto, de cruzar la luna y de andar entre las estrellas, otra nave espacial me interceptó. De repente, me da mucho miedo. Más lejos varias naves aparecen muy cerca de la mía y mi miedo crece de una manera incontrolable. Unos seres desconocidos se posan sobre mi nave con una especie de paracaídas. Grito muy fuerte pidiendo socorro…
Al lado de la hamaca paraguaya donde me encontraba aún gritando estaba mi abuela, consolándome y preguntándome qué me pasaba. Yo solo atinaba a señalarle la rama del transparente.


Ana Borges.
Pinares, Uruguay, 16 de mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

lunes, 21 de junio de 2010

“EL SALTO” de SIHAM HMAMOUCHI



Los cantos se deben oír a kilómetros estoy segura. Los mayores van delante con antorchas, como intentando abrir paso no sé ante quién, pues sólo la playa nos espera. La fiesta se siente, se palpa. Los jóvenes siguen cantando y, según me cuenta Arwako, se trata de una canción típica de su tribu que los jóvenes aprenden desde pequeños con los abuelos y ancianos del lugar, los encargados de pasarla de generación en generación. Arwako ha adelantado posiciones en el grupo y se ha puesto a mi lado; su gesto es de total ilusión, imagino que intenta explicarme el significado de los rituales para contagiarme su entusiasmo. Miro hacia atrás, viene más gente de la que pensaba y en todos ellos la expresión del rostro es la misma: una mezcla de alegría y nervios. Tom viene unos pasos más atrás, sigue hablando con unos chicos del lugar. Y tía Minette, una mujer entrada en años, gordita y con el pelo blanco, que siempre es un encanto con nosotros, va unos metros más adelante y de la mano de Urko. Seguimos andando, más que andar casi todos bailan, se nota que disfrutan del acontecimiento, tengo ganas de llegar y de poder ver cómo todo transcurre…

El capitán llegó con retraso, todos en la mesa lo esperábamos. Lo primero que hizo fue saludar a las mujeres, pues su cortesía era impecable. El uniforme parecía sacado de la tienda, recién estrenado. La música de fondo había parado por un momento. Quizá los músicos se habían detenido para comer. Yo tenía un hambre devastadora, pero no quería ser maleducada, quería esperar a que el capitán empezara para por fin hacerlo yo también. Aunque él estaba tan dedicado a saludar y agradar a todos que no se daba cuenta de lo deliciosa que era la comida que nos esperaba en la mesa.
Tom se levantó por un momento, me dijo que enseguida volvía, que si preguntaban por él lo disculpase. Yo tenía tanta hambre que no quise preguntarle adónde iba. Por fin el capitán se sentó a la mesa
- Disculpen la tardanza… ¿Es todo de su gusto?
- No se preocupe, le esperábamos. Se dio prisa en contestar la señora Smith.
Los señores Smith eran de Oklahoma y según les oí contar anoche en cubierta venían a ver a su hijo que vivía en Dreali desde hacía 10 años.
Por fin el capitán empezó a cenar y yo tuve la posibilidad de calmar mi apetito con aquel asado que relucía como si llevase barniz y que olía maravillosamente

Vuelvo a mirar hacia atrás para no perder de vista a Tom. Sigue con esos chicos que son del pueblo, va tan absorto en lo que estamos viviendo que hace rato que también baila o que mueve sus piernas sin ritmo alguno.
- Tom ¿no sabes hacerlo mejor? -Le pregunto mientras me empiezo a reír.
Siempre ha sido un buen amigo, desde la infancia, y esta vez me ha vuelto a demostrar su amistad con su empeño en acompañarme en el viaje. Imagino que temía mi reacción después de todo lo ocurrido y la verdad es que en muchos momentos hasta yo misma la temía. Iván, mi amado Iván, iba a casarse con mi hermana. Pero no quiero pensar en eso ahora, no quiero perderme en la desesperación de no comprender nada, quiero seguir disfrutando de la fiesta.
Arwako, que sigue andando a mi lado, me cuenta que el joven que preside la comitiva, el que va vestido de blanco y azul y que lleva unas flores en su cuello a modo de obsequio, es el que lo va a hacer esta vez. Pero ¿hacer el qué? Nadie termina de explicármelo. Según me dice es una costumbre de siglos que los viejos del lugar han luchado por conservar. Intento no demostrar mi curiosidad exageradamente pero ya estoy ansiosa por llegar y ver lo que va a pasar. Pongo interés en lo que Arwako me dice. Unas jóvenes del lugar vienen corriendo y nos cuelgan un collar flores a todos alrededor del cuello. Dicen algo en su dialecto natal pero no consigo entenderlas.
Seguimos caminando al son de la música, el sol empieza a ocultarse y ahora las antorchas, que horas atrás no tenían sentido para mí, empiezan a dibujar un paisaje tan bonito que es imposible explicarlo con palabras. El aroma de las flores que las chicas me han puesto invade todos mis sentidos. ¿Cómo es posible tanta armonía? La gente parece olvidar por unas horas sus problemas y preocupaciones y se dedica simplemente a ser feliz, a disfrutar de la compañía de los otros, a cultivar eso que llamamos vivir. Aunque, cuando me fijo detenidamente en los que acompañan al chico de la camisa blanca y pantalón azul, percibo que estos están más tensos.
Yo también intento dejar mi angustia en cada paso que doy. Saco mi cámara de fotos para atrapar cada momento, cada mirada, cada suspiro de todos los que nos dirigimos a la playa al ritmo de esta danza. Éste será el material de mi próxima exposición en Nueva York.

Terminamos de cenar, el capitán siguió contando batallitas de sus numerosos viajes, los señores Smith escuchaba sin pestañear. Yo tenía la sensación de que el capitán inventaba muchas cosas en sus relatos, pero no iba a interrumpir la velada, parecía muy cómodo y se notaba en su sonrisa que lo pasaba bien viendo las caras de asombro que provocaban sus historias.
- ¿Y cómo es que tres jóvenes se deciden a venir solos por estos mundos? -preguntó de repente mirando a Wendy. Ella se quedó como sorprendida ante la curiosidad y balbuceó sin articular palabra. Wendy es mi hermana pequeña, miedosa, introvertida y amante de la danza. Desde pequeña siempre ha recorrido los pasillos de nuestra casa ensayando sus pasos de baile. “Mira, mira, este lo he aprendido hoy”, recuerdo que siempre decía llena de ilusión mientras los demás no le hacíamos demasiado caso entregados a nuestras tareas diarias. Pero, para mí, desde siempre ha sido mi hermana favorita. Y quiero creer que yo para ella también lo soy.
Cuando pasó todo aquello, cuando me enteré de que Iván, a pesar de que llevábamos un año amándonos, se casaba con mi hermana, así sin avisar, sin decirme nada, como si yo no fuera más que una colilla tirada en la calle, me sentí morir. Yo no comprendía como Iván podía ser tan falso, tan frío, tan poco hombre. ¡Qué lástima de tiempo perdido a su lado! Pero no podía decirle nada a ella, mi hermana no debía enterarse por mi boca. Iván era un ser despreciable, pero mi hermana debía enterarse por otros medios, no por mí. Ante todo quería mantener la lealtad a mi hermana. Fue entonces también cuando Wendy se enteró de que Tom y yo preparábamos el viaje. Y enseguida se unió a nosotros. Iríamos a visitar a tía Minette. Ella siempre había sido encantadora con nosotros y siempre nos había insistido en que fuéramos a verla.

Cada vez se nota más que la noche nos hace suyos. El grupo cada vez es más grande o quizás es una sensación mía. Ya se ve a lo lejos la playa. Aunque todavía no se puede distinguir si allí hay o no gente esperando. Un grupo de mujeres se ha parado; yo intento observar y adivinar qué pretenden hacer, pero aún no soy capaz de descifrar el enigma.
- Chicos, chicos. Viene buscándonos tía Minette.
– ¡Shhh! -le digo sin dejarle articular palabra mientras le indico que estoy atenta a lo que hacen esas mujeres. Cojo mi cámara y comienzo a hacer fotos para mi exposición. Miro a mi alrededor, por un momento el tumulto de la gente me agobia, espero que lleguemos pronto adonde quiera que sea y que esto acabe.

Ante el balbuceo de Wendy intento que no se me notara la ansiedad y tomé la palabra para contestar al capitán:
– Venimos a ver a nuestra tía Minette, hace años que no la vemos.
– Muy bien -contestó el capitán como dándonos su bendición.
Un miembro de la tripulación vino hacia la mesa y le dijo algo en el oído a nuestro anfitrión. El capitán se levantó al momento;
– Me van a tener que disculpar, tengo que subir a la sala de máquinas.
– ¿Algún problema? –se apresuró a preguntar la señora Smith.
– Ninguno, no se preocupen. Sólo son unas cuestiones técnicas las que debo resolver. Les deseo que pasen una agradable velada. Mañana a medio día llegaremos a puerto.
Sin más se fue por el lado derecho de la sala, la música hacía rato que había vuelto a sonar y el murmullo de las conversaciones de todas las mesas quedaba difuminado entre las notas de los violines. Nosotros también nos levantamos de la mesa. Al día siguiente debíamos estar descansados y era mejor irse a los camarotes a dormir.
Yo tenía que preparar mi cámara de fotos y dormir sin pensar en nada, no quería que la tristeza me envolviera en sus alas aquella noche otra vez. Me quedé mirando las estrellas por la escotilla de mi camarote. La inmensidad del universo me cautivaba y me venía a la mente el recuerdo de Iván… Se casaba con mi hermana... Sin darme cuenta me quedé dormida.
Sentí el calor en mi espalda de los rayos de sol que entraban atravesando el cristal. Se oyó un ruido afuera. Yo no sabía qué hora era, pero tenía la impresión de que habíamos llegado a puerto. Salté de mi cama, me vi corriendo y me fui voy a buscar a Tom, no había nadie en su camarote. Iba a dejar mis nudillos marcados en su puerta como siguiera llamando.
–Estamos aquí –me dijo entre risas Wendy-. Íbamos a buscarte ahora, hermanita –añadió mientras caminaba con sus maletas–. Coge todas tus cosas, tía Minette ya nos espera.
Bajamos del barco. Tía Minette no había cambiado nada en todos aquellos años. Seguía siendo la mujer gordita con el pelo blanco que me cogía en sus brazos cuando era pequeña. Me acerqué corriendo a ella y la levanté con un abrazo como si fuera a hacer que tocara el sol con sus manos.
– Bájame, no seas descarada – me gritó con alegría mientras se recolocaba su vestido.
Luego, casi no nos dejó hablar. Nos explicó que habíamos llegado justo el día en el que la gente del lugar celebraba el ritual de la juventud. Pero debíamos darnos prisa para llegar a tiempo, así que sin más nos dirigimos adonde empezaba el recorrido…

Tía Minette espera pacientemente a que yo haga las fotos. Seguimos andando mientras me explica lo que va a ocurrir y que está relacionado con lo que los nativos del lugar llaman “el paso de niño a hombre”. Arwako la interrumpe para decir que es una tradición de siglos y siglos.
Hemos llegado a la playa, la gente hace un semicírculo. El chico que iba delante de todos sube por una sencilla escalera hecha con cuerdas, debe haber unos veinte metros hasta arriba. Con tan sólo mirar, siento vértigo. El muchacho sube como pensándose cada uno de sus pasos y la gente del lugar parece repetir mentalmente cada uno de los pasos. Abajo los más jóvenes se preparan para el momento. ¿Pero es que se va a tirar desde allí arriba?
No puedo creer que vaya a hacerlo, pero así es, cuando llega arriba se encomienda a sus espíritus y se tira… Abajo los hombres de la tribu lo esperan. Se han colocado de una manera muy especial para cogerlo. Según me explican, el muchacho deja en ese momento “el niño” arriba y comienza su vida como hombre después de ese salto. Ese es “el paso de niño a hombre” que generación tras generación se encargan de mantener vivo.
Me quedo mirando, pensativa, ese salto que por supuesto he atrapado en mis fotos ha significado para mí más de lo que yo pensaba. Soy consciente de quién soy, de quién he querido ser y yo también voy a dar ese salto aunque sea en mi mente. Nunca más me sentiré mal por Iván. No lo merece.


Siham Hmamouchi
Rabat, mayo-junio de 2010
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

“YAKUT, LA MUJER DE MIS SUEÑOS” DE FATINE SEBTI



Me levanté temprano y muy feliz. Casi no había dormido en toda la noche, ya que tan excitado e impaciente me hallaba. Era miércoles, el día del Gran Mercado… Y yo, después de años de privación y de ahorro, ¡por fin iba a comprar la esclava más tierna y más sumisa del mundo!
Me puse mi traje más elegante, tomé mi mula y me fui más alegre que nunca al Gran Mercado. Brillaba un sol radiante, el cielo estaba de azul primaveral y los ruiseñores compartían mi alegría cantando serenatas de amor.
- ¡Por fin tendré a la mujer de mis sueños! Ya imagino su cuerpo alto, delgado, fuerte y vigoroso. Veo ya sus ojos negros, su boca grande con sus labios carnosos, su piel de seda y hasta noto su olor a desierto del Sahara. La llamaré Yakut. Ya siento sus manos expertas lavándome los pies con agua caliente, dándome masajes y muchas otras cosas… -me decía a mí mismo, cuando una ola de placer hizo que me estremeciera.
Llegué al mercado que, como de costumbre, estaba repleto de gente. Me bajé de la mula, la coloqué tras de mí y empecé a abrirme camino entre la muchedumbre. El comerciante de esclavas estaba exponiendo sus bellas mujeres de color chocolate cerca del cerezo. Yo ya las podía ver desde lejos y mi corazón vibraba de impaciencia. Caminé un rato y, cuando me quedaban tan sólo algunos metros para llegar, mi mula empezó a aminorar el paso hasta que finalmente se detuvo por completo. Me puse muy nervioso, la venta había empezado y yo quería llegar para escoger de entre las primeras mujeres. Tiré con fuerza de la mula, pero ésta no quiso moverse. Le grité, la azoté, sin lograr resultado alguno. Iba a pedir ayuda cuando, de repente, el cielo se tiñó de negro, se hizo de noche y la gente desapareció. Me encontré solo, descalzo y sin mula, en la plaza desierta del mercado, cerca del cerezo con sus sombras amenazadoras. Tenía en la mano una manta y llevaba mi pijama de rayas rojas y azules. Muerto de miedo y de frío me puse a correr hacia mi casa. Al llegar, encontré a mi hija esperándome ansiosamente y con un incesante vaivén.
- ¡Por fin! ¡Gracias a Dios que te has despertado! Mamá había olvidado cerrar la puerta con llave.
Subí a la habitación y encontré a mi mujer roncando estrepitosamente y ocupando casi toda la cama. La miré un rato… Blanca, demasiado blanca. Gorda, demasiado gorda. Fría y oliendo a patatas fritas… Con aquellos pelos desordenados, el pijama muy ancho y sin color alguno… ¡Dios mío, qué castigo! La única mujer que aceptó casarse conmigo… Todo esto por ser sonámbulo…
Me fui al salón con mi manta y me volví a dormir… Quizás esa noche lograra por fin comprar a mi Yakut, la mujer de mis sueños.

Fatine Sebti.
Rabat, 2009.
(Ejercicio basado e inspirado en un sueño)

“ROSTROS” DE IMAN TANOUTI



Desfilaban todo el día ante mis ojos. Unos eran agradables, dulces y hermosos y me hacían mimos y gestos cariñosos. Y otros tan feos que, convencidos y casi avergonzados de su fealdad, agachaban la cabeza con temor y vacilación, como si temieran hacerme llorar. Otros, por el contrario, aunque no eran necesariamente guapos, mostraban autoestima y orgullo y me miraban con toda la seguridad del mundo. Algunos, ridículos y pesados, realizaban ciertos gestos estúpidos y patéticos como para hacerme reír.
Y cuanto más pasaban los días más se multiplicaban. Unos eran blancos, otros amarillos o negros, redondos, cuadrados u ovalados. Rostros y más rostros. Y yo allí, disfrutando caprichosamente y aprovechándome de la situación para satisfacer con una sonrisa a los que me gustaban e intimidar con fuertes y ensordecedores llantos a quienes me caían mal.
Yo, es verdad, aquí en mi cuna bien calentita y estratégicamente situada, como una reina bendiciendo a sus súbditos, viendo desfilar esa variedad de rostros buenos o malos, pero jamás indiferentes ante mi diminuta superioridad.

Iman Tanouti
Rabat, 15 de diciembre de 2009
(Ejercicio basado en “Los Besos” de Juan Carlos Onetti)

jueves, 10 de junio de 2010

LA CIUDAD ENFEBRECIDA de ABDERRAOUF SBIHI



El lunes de la última semana de junio de mil novecientos setenta, la ciudad de los corsarios amaneció con fiebre. Las calles estaban llenas de banderas con los colores rojo y blanco, los mismos colores que abanderaban las camisetas del equipo del balonmano. Durante toda la semana siguiente, tanto viejos como niños conversaron una y otra vez sobre el partido del domingo siguiente: el partido de la Final de la Copa del Trono.
Nosotros, un grupo de amigos, formábamos el equipo del momento. Mi familia, mis padres especialmente, seguidores fervorosos, trataban de relajar el ambiente, pero yo veía la verdad en sus caras relumbrantes de orgullo. Yo y seguramente mis amigos creíamos a pies juntillas en nuestro propio triunfo. Tal vez, sobre todo, por los demás. Yo no quería decepcionar a mis padres, ni a mi barrio ni a las murallas que testimonian nuestra generosa historia.
En aquellos días, cada ida y regreso entre la casa y el colegio se convirtió en una escena de intercambio de miradas. Por otra parte, yo era un héroe virtual (como diríamos ahora) y en mi interior eso aumentaba la adrenalina y la motivación… ¡Dios mío! Además, yo realmente realizaba dos idas y dos regresos para ir al colegio cada día.
Al acercase aquel domingo, el peso de las miradas acababa poniéndome los pelos de punta… Pero yo debía estar a la altura de los acontecimientos. Ante la pregunta “¿Qué vamos a hacer el domingo?”, yo respondía: “No tengo ni idea”. La víspera del domingo me mantuve en la ingravidez pensando en tan sólo una cosa: “¿Cómo podía hacer feliz las miradas que me perseguían?”.
El momento crucial llegó. El estadio estaba lleno, los aficionados vestían también de rojo y blanco. Yo me olvidé de todo y me fije en el trofeo que resplandecía en la mesa oficial.
Hasta ahora me acuerdo de aquel momento increíble y de mí sudando, con el corazón latiendo y llorando de orgullo. Aquel momento inolvidable quedó fijado para siempre cuando levanté el trofeo del Trono con el sonido de fondo de los aficionados, que incrustaron para siempre su eco en las murallas de nuestra Salé.
El desafío acabó en victoria. ¡A Dios gracias!

Abderraouf Sbihi.
Rabat, mayo de 2010.
(Ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

miércoles, 9 de junio de 2010

EN EL BARRIO DEL “AYUN” de MARYAM BENCHEKROUN



Era pequeña. Vivíamos en la Medina de Fes. Mi hermana mayor estaba casada. De vez en cuando yo iba a visitarla a su casa que se ubicaba en un wadi y que estaba en el barrio del Ayun, un barrio de estilo tradicional. Claro que estaba dotada de fuentes y de un algo parecido a un pozo que en árabe se llama maada.
Para llegar a su casa tenía que atravesar diferentes barrios, unos con muchas tiendas y actividades, otros con cierto movimiento de va y viene y otros casi sin vida, desocupados y peligrosos y en donde se ven sólo una o dos puertas y paredes, semejando el conjunto una muralla.
Ese es el caso del último barrio que da al callejón donde se situaba, al fondo, la casa de mi hermana. Desde su terraza se veía, debajo de su fachada principal, un cementerio. Y, desde la parte de atrás, la pequeña muralla de un riad y, debajo, el wadi. Desde su parte lateral y detrás de unas casas, había un marabú con tumbas.
Un día llegué a este temeroso barrio, pero me detuve frente a la puerta del taller del zapatero en donde había que girar para subir unas grandes y largas escaleras delimitadas por tremendas paredes. Al mirar la parte de arriba de esa puerta, vi una gigantesca ola del mar que se abalanzaba hacia mí. Estuve a punto de perder la respiración, como si realmente ya estuviese ahogada.
Otro día, al llegar al mismo sitio, me vi caer libremente desde esa pared tan alta. Sentí mi corazón caer muy abajo y también en esa ocasión casi perdí la respiración.
Gracias a Dios, volví en mí y me desperté en ese momento crítico con una elevada tasa de adrenalina importante en mi cuerpo, pero sana y acostada en mi cama.

Maryam Benchekroun
Rabat, mayo-junio de 2010
(Ejercicio inspirado en los sueños de “Antes de que anochezca” de Reinaldo Arenas)

martes, 1 de junio de 2010

“ÚLTIMA DESPEDIDA” DE RKIA OKMENI



A mi padre le gustaba, durante mis escasas visitas, sentarse a mi lado en el coche y contemplar al paisaje mientras hablábamos de todo: de la reciente venta de alguna parcela, de la última o próxima boda de vecinos o familiares, de la –imposible olvidarlo- muerte de un amigo suyo o de sus proyectos futuros. Quería que me enterase de todo lo ocurrido en el pueblo durante mi ausencia. Solía bajar el cristal, poner su codo derecho fuera del coche y, de vez en cuando, saludar a algún conocido que pasaba por la calle. Yo sentía su orgullo, el orgullo de ser mi padre, un orgullo casi palpable. Entonces lo veía de otra manera. Estaba atento a sus cualidades y a sus defectos, pero no lo juzgaba como se juzga a un adulto. Lo aceptaba tal como era. Era mi padre.
Al salir de la mezquita, los hombres, mayores y jóvenes, mientras andaban con un movimiento rítmico, cantaban a una sola voz unida por el canto religioso como se solía hacer en todo funeral. Además, durante aquel mes de junio, en nuestro oasis, todos sudaban pero nadie se quejaba del calor. Yo iba poniendo mis pies uno ante otro mecánicamente mientras seguíamos al féretro, que transportaban tres jóvenes y mi hermano mayor.
- Os acompaño en el sentimiento a ti y a toda tu familia -me dijo nuestro vecino de enfrente apretándome la mano.
Luego, la misma frase y el mismo gesto se repitieron a lo largo del funeral.
Yo llevaba mis gafas oscuras para ocultar mis ojos hinchados. Pensaba que mis lágrimas no iban a cesar nunca. Veía a muchos desconocidos, seguramente la mayoría de ellos eran niños de mi ayer que habían crecido durante mis años de ausencia, pues todos al verme se acercaban y, apretándome la mano o abrazándome, según el grado de familiaridad con el difunto, me decían una de esas frases hechas que se suelen decir en parecidas ocasiones. Muchos añadían: “¡Era un buen hombre, qué descanse en paz!”. Yo respondía algo, pero ellos no se paraban a escuchar mi respuesta perdida en medio de los cantos funerarios. Todos seguíamos andando. Tampoco me pasó desapercibido que la gente del pueblo, al ver el cortejo, se detenía al borde del camino por respeto al muerto.
Fue durante un viaje, no muy largo, sólo a unos doscientos kilómetros del pueblo. Habíamos ido para asistir a la boda de una prima mía. Después del almuerzo, nos sentamos juntos sobre un montículo lejos del ruido, de la música y de los cantos que nos llegaban desde la casa de mi tía. Ambos mirábamos hacia el acantilado de color ocre de enfrente y hacia la carretera que pasaba por debajo. Mi padre empezó a hablar. Miraba los coches que pasaban a lo lejos a toda velocidad dirigiéndose hacia las dunas de arena que hay al sur del país y que todas las agencias de viaje aconsejan a sus clientes.
Hablaba y me contaba su primer viaje que había realizado para estudiar, no unos estudios cualesquiera, sino estudios religiosos, en una comarca desértica que lo dificultaba todo: las costumbres, las condiciones climáticas e incluso el habla eran diferentes. Venía con grandes ganas de lograr el aprendizaje y la memorización del libro sagrado. Se había comprado con sus ahorros (días antes del gran viaje de su vida y cuando sólo contaba veintidós años) ropa y zapatos nuevos.
Debíamos atravesar el único puente que separaba el cementerio del pueblo. Dos primos míos, que reconocí con gran dificultad por los turbantes que se habían puesto en la cabeza para protegerse del sol, salieron de la masa para organizar el paso del puente. Ayudaron a parar los vehículos mientras el cortejo continuaba huyendo de aquel calor inaguantable. Al echar una mirada hacia atrás, me sorprendió el número de personas que nos seguía. Había aumentado, quizás incluso doblado o mucho más. El canto continuaba: la mitad de delante lo empezaba y la otra de atrás acababa la segunda parte. Después del puente, se formó una nube de polvo inevitable provocada por las sandalias de cuero de fabricación local que todos llevaban en verano y, sobre todo, por el hecho de que toda aquella muchedumbre arrastraba los pies a causa del calor, de la sed y del cansancio. Vi las primeras lápidas del cementerio. A poca distancia de nosotros, dos hombres esperaban nuestra llegada cerca de la tumba ya cavada y preparada para recibir a mi padre.
Yo lo escuchaba con algo de solemnidad en mi actitud. No podría determinar ahora con precisión qué fue lo que hizo que mi padre se acordara de sucesos ocurridos casi medio siglo antes. Era la primera vez que me confiaba hechos de la vida de aquel joven ambicioso que él había sido y que había decidido no seguir siendo un ignorante pastor durante toda su vida. Disfruté intensamente con aquel momento ubicado fuera del tiempo, un momento de auténtica complicidad, aunque llegara con retraso. Continuó narrándome su historia mientras yo lo interrumpía por curiosidad o para que aclarase algo que no entendía o simplemente para incitarle a seguir. Yo estaba totalmente atento a aquellos detalles de su vida que tanto ignoraba, recién salidos del fondo de su memoria o quizás del olvido. Consciente de aquel privilegio, durante unos instantes se me cerró la garganta por la emoción. Mientras me contaba sus recuerdos, de vez en cuando me decía: “¡Me alegro mucho de que hayas regresado aquí, que estés entre nosotros, hijo!”.
Al ver yo cómo echaban la tierra para tapar el hoyo (aquel último domicilio de mi padre), las lágrimas no paraban de fluir de mis ojos. Sentí un gran vacío dentro de mí y también toda mi impotencia ante la muerte. Apreté otras manos, abracé a familiares y, al regresar a casa, fui a consolar a mi madre y a mis hermanas. Estas últimas no podían ir de visita al cementerio hasta el tercer día.
Han pasado dos años y ahora estoy sentado cerca de su tumba en el cementerio, por primera vez después de su entierro y, por primera vez, acepto que debo llevar a cabo este duelo.

Rkia
Rabat, 22 de mayo de 2010
(Texto basado en “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

DE VISITA
Poema escrito mientras pensaba en mi difunto पद्रे

Estoy aquí.
¿Me sientes, hija?
Voy a sentarme,
cerca de ti.
¿Cómo estás?
Cuéntamelo todo,
todo cuanto te ocurrió
durante mi ausencia.
¿Cómo viviste estos años
sin mi presencia ni mi apoyo?
Aquel día tuve que irme
sin despedirme de nadie,
sin un abrazo
ni un hasta luego.
¿Cómo estás?
Dímelo todo,
¿La vida es dura contigo?
¿Dónde están tus hijos?
Seguro que han crecido,
que te dan mucho cariño,
y que te devuelven aún poco
de tu amor y tu sacrificio
¡Mis disculpas, hija mía!
¡Disculpas por el retraso!
Debía venir de visita antes,
Pero, con el tiempo que ha pasado,
ya ni me acuerdo
de qué me lo impidió.
Aunque ahora que lo digo…
Me parece estar seguro
que fue por culpa
de la lápida, de la sepultura.

Rkia Okmenni
Rabat, mayo de 2010

“CUANDO ERA NIÑA…” DE BOUTAINA BEN ABIDIBA



Cuando era niña y tenía diez años, me encantaba jugar al escondite. Un día, mientras jugaba con mis primos, me escondí encima del armario del dormitorio de mis padres y me dormí sin darme cuenta de nada. La verdad es que ya nunca después pude dormir tan bien como aquél día. Pero, a lo que iba…
De repente, sentí una fuerza extraña que me arrastraba y me hacía caer hacia abajo. Durante aquella caída me salieron en la espalda dos alas y me convertí en un ángel. Nunca después olvidé aquella primera ocasión en la que sentí tal sensación de libertad… Bueno, pues cuando empecé a volar por toda la casa, todos se asustaron de verme así y no podían creer lo que veían sus ojos. Pero no todo acabó ahí: luego entró un dragón por la ventana y empezó a devorar todo lo que encontraba en su camino.
Por fin, me desperté llorando de aquel terrible sueño y gracias a él me encontraron mis padres, que me habían estado buscando durante todo el día. Claro que nunca se les ocurrió pensar que yo me atrevería a esconderme en un lugar como aquel, sobre todo conociendo mi fobia a las alturas…
Lo que nunca se explicaron fue de dónde habían salido aquel par de alas que hasta el día de hoy llevo incrustadas en mi espalda.

Boutaina
Rabat, mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

miércoles, 19 de mayo de 2010

CÍRCULOS DE NIEVE de FATINE SEBTI



La blancura es infinita y deslumbrante. Arriba, un sol frío, indiferente y tan lejano y, abajo, una alfombra de nieve sin principio ni final. Caminamos, todos juntos, casi codo a codo, como si faltara espacio, como si temiéramos perdernos. Y es que al acercarnos nos sentimos menos vulnerables frente a la augusta inmensidad tan vacía. Y el calor humano, aunque tímido y vacilante, se muestra valiente, o quizás ingenuo, e intenta una lucha injusta contra el frío insostenible.
Caminamos sobre un suelo esponjoso, a cada paso los pies se hunden hasta las rodillas en una nieve que parece llegar hasta los lugares más recónditos de la tierra. Nos cuesta sacar el pie, que a penas liberado, cae otra vez prisionero de la tierra inmaculada. Y otra vez. Y otra y otra. Los jóvenes todavía caminan con un ritmo regular, van a la cabeza del grupo que forma la tribu. No veo a Mandoo ni a Kovú, pero seguramente están en primera línea. Siempre los primeros en todo. Incluso en pelearse.
Caminamos desde hace cinco días, y ya hemos perdido a un niño y a dos viejas. Los hay que no lo soportan. Caminamos en silencio, como tras un duelo por los que se fueron, y por los que no vinieron con nosotros, por todo lo que hemos dejado atrás… En silencio, como con angustia por los que nos abandonarán a medio camino. Sólo se oye el contacto de las botas con la nieve y a veces el ladrillo de los perros que transportan en trineo los equipajes, los viejos y los muy cansados. Llevamos el peso de la catástrofe. Y el tiempo se dilata, o quizás se para. Todo se repite. Que hastío.
De repente Utkart se pone a llorar, y el sonido humano parece como una consolación. Como un permiso para volver a la vida. Y entonces los niños se ponen a gritar, a correr, a reír y se echan bolas de nieve a la cara, las mujeres los riñen sin convencimiento, contentas de oír a su propia voz de nuevo. Las viejas de Chantú se quejan y reclaman sus turnos en los trineos. “Eh, jovencitos, premiaremos con una sopa caliente a quien lleve a su tía Chantú más tiempo” “¡Y con dos porciones…! ¡Venga, niños! ¿No os acordáis de lo mucho que os cargábamos nosotras?”. Los que la oyen van corriendo y se ríen. “¿Empezamos? ¿Te crees capaz? ¿Con esos brazos de señoritas?” Risas, burlas. A mí no se me ocurre intentarlo.
Una voz dulce y fuerte resuena, la reconozco, todo el mundo la reconoce. Canta una canción muy popular y todos empiezan a cantar con ella. A Mitcha le sale una voz de ruiseñores. Y menos mal, porque estos últimos jamás aparecen por aquí. “Montañas, montañas majestuosas salvadnos de vuestra ira, sólo buscamos una tierra y una vida llena de paz….” Ya no siento mis pies. Se han vuelto seguramente palos de nieve. Me vuelvo. Tinga ha agrupado a los niños y les cuenta un cuento de hadas y de duendes con grandes gestos y transforma la voz a cada instante para impresionarles. Muranga y Lan han cogido cacerolas y cucharas, y las usan como si se tratara de baterías y de baquetas, pero provocando más ruido que música.
Cerca de mí, Urga está ocupada en rascarse la nariz, y los Dum, casi borrachos de tanto beber vodka, dicen tonterías y caminan cada vez con más dificultad. Más a la izquierda, un grupo de mujeres hablan de negocios, las oigo hablando de calcetines, de precios, de intercambios. Los ruidos se hacen cada vez más altos y heterogéneos. Un regreso a la vida. Más atrás, los perros ladran ahora incesablemente y con furia. Los encargados de transportar los equipajes les pegan para acelerar el ritmo. El paisaje no cambia, sigue igualito, la misma blancura infinita y el mismo frío congelándonos hasta el alma. Y nosotros caminamos, ahora casi alegres, charlando, cantado, quejumbrosos, cansados, hambrientos. No es de alegría. Más bien es una lucha contra el desánimo que, unido al desierto blanco, acaba matando a cualquiera. El ruido nos rodea, nos protege del abismo del vacío y del silencio.
Pero a ti no te veo. Acelero el paso para ver si estas más adelante. Grito tu nombre pero se pierde entre las conversaciones, las risas y el frío. Quiero que me tomes de la mano como Ludra a Mansú. Tendré menos frío y la caminata resultará agradable a tu lado. ¿Pero dónde estás? Me abro camino entre la gente buscándote. Grito otra vez tu nombre, pero el ruido se traga mi voz. Percibo tu cabellera negra entre todas las cabelleras y salta mi corazón en el pecho. Corro hasta ti y te tomo por los hombros. Te vuelves. Perdone, señorita, me equivoqué… “De las equivocaciones se aprende, rubiales, guapooo”. Y con su gran boca me pide permiso para apoyarse en mí puesto que le duele mucho el pie. Y, al hacerlo, con los ojos me hace la promesa de algo que me hace enrojecer. Yo me escapo balbuceando algo ininteligible.
Todo mi cuerpo me duele de tanto caminar, de tanto frío, de tanta nieve.
Extraño las primaveras de mi tierra. Sus soles ardientes, sus jardines tan coloreados, sus ríos anchos, sus pájaros enamorados… Extraño sus inviernos clementes y sus lluvias que nos lavaban hasta el corazón. Daría media vida por aquel vaso de leche tan caliente que me quemaba la boca, aquel mismo vaso que bebía a pesar mío, diciéndole a mi madre que yo ya era un hombre. Y que los hombres beben café. Que tonto era.
Parecen tan lejanos aquellos días… Días en los que solo me importaban las matemáticas, el ajedrez y las competiciones y los concursos de ambos. Me acuerdo de que era muy dotado, que las cifras no tenían ningún secreto para mí y de que la mesa del ajedrez era mi terreno más personal. Me acuerdo del orgullo de mis padres cuando yo ganaba. Y yo haciendo como que si no me emocionara mientras la alegría no me cabía en el pecho. Ellos siempre me animaron, incluso en aquella ocasión en que el premio del concurso de matemáticas consistía en “Participar en una expedición científica al Himalaya” y me acuerdo de que sus caras habían cambiado de color. Se habían vuelto casi blancas.
Ahora odio el color blanco. Mis ojos ya se han cansado. Mi cuerpo también. Caminamos, nos movemos pero a pesar de todo, el frío triunfa. Cansados, congelados, bajamos el ritmo cada vez más. Y las protestas, las quejas empiezan. Ya no se canta. Los niños ya no tienen fuerzas para jugar. Los hay que duermen en los brazos de sus padres. “¡Estamos hartos! ¡Tenemos que descansar un rato y comer! ¿Nos quieren matar?” Los perros ladran desesperadamente. El jefe de la tribu levanta la mano y poco a poco la gente se calla, hasta que se hace un silencio absoluto. Tres horas de caminata para llegar a nuestro destino. Un alto de dos horas para comer y descansar.
Las madres oyen las mismas preguntas por centésima vez. “¿Adónde vamos mamá?” “A un nuevo pueblo cariño” “¿Y está todavía lejos? Y en ese pueblo, ¿no hay avalanchas que lo destruyen todo?” “¡Eh, tía Longa, tengo hambre!” Llantos. Llantos y frío.
Todavía no te veo. ¿Estas escondiéndote? ¿Acaso atrasas el momento del encuentro para que sea más intenso? Pero ya es mucho, no te he visto desde hace días. Basta ya, déjate ver y ven a mi lado. Abrázame fuerte, que te necesito. Ven, para que juntos venzamos al frío, el cansancio y la nieve. Te quiero.
Comemos lo mínimo para poder ponernos de pie. Todo el mundo se apoya contra los equipajes para no sentarse sobre la nieve. Todo el mundo entiende que lo mejor es irnos para llegar y descansar tal y como es debido ya allí, en Tokom. Aún más cansados que antes de pararnos, con los miembros doloridos, el frío desbrozándonos los huesos, volvemos a caminar por la nieve infinita y amenazadora. Me siento entre los míos. Parece irreal que haga tan sólo un año que no conocía a nadie… Y que no entendía ni una palabra de vuestro idioma. Me parece que hace de eso una eternidad.
Imagino a mis padres ya viejos, pues un año aquí debe ser el equivalente de mil años allí, en mi país… El recuerdo de sus caras al despedirse de mí me viene de otro mundo, de otra época. Y un cariño infinito me invade el pecho. Los echo de menos.
Mi madre llora, me abraza con todas sus fuerzas, y me dice que todavía puedo cambiar de opinión. Mi padre pálido pero controlándose me da recomendaciones prácticas. Yo no sé cómo me siento. Me parece irreal que yo viaje tan lejos, para tanto tiempo, y además por un motivo profesional que nunca hubiera soñado. Con mi maleta verde y una impaciencia cándida me voy a ese otro mundo. El vuelo dura toda una vida.
Al llegar, una blancura impresionante me da la bienvenida, y un frío como nunca he sentido me advierte de que el sol de aquí es diferente de los que yo conozco. Tengo dos compañeros mayores y un profesor. El primer problema es la lengua. Nos dicen que es obligatorio tomar clases para poder comunicarnos con la población de ese pueblo perdido entre las entrañas blancas y heladas del Himalaya. Al día siguiente nos presentan al profesor e intérprete que se encargará de la tarea. Allí te veo por primera vez. Tu cara tiene algo tierno y atractivo. Tengo ganas de tocar tu pelo largo y liso. Pero es tu mano lo que me tiendes. Una mano extrañamente caliente. Los cursos los hacemos en grupos de cuatro. Yo cada día me siento más atraído por ti. Bebo tus palabras. Y aprendo la lengua muy rápidamente. Pretexto tener dificultades para quedarme contigo después de las clases. Tú pareces tener mucha simpatía por mí, pero tus comportamiento nunca excede la amabilidad y lo puramente profesional. ¿Serán tus veintiséis años? ¿O más bien mis veinte?
Pasan dos meses. Estoy completamente enamorado de ti. Sólo espero el momento de verte, ya las matemáticas no me importan, tampoco el ajedrez. Me obsesionas. Provoco coincidencias. Te encuentro fuera de clase. Te propongo enseñarte a jugar al ajedrez. Aceptas. Te doy clases.
Un día, ya la nieve se transforma en hierba verde, el cielo se vuelve muy azul, el sol me parece ya caliente y las moscas se convierten mariposas. Y es que me has besado en los labios. Y mis manos por fin han entrado en tu pelo de seda.
Ha pasado una hora. Nos sentimos mejor, quizás porque nos acercamos ya. Es algo extraño, pero reaccionamos todos como una sola persona. Los niños vuelven a jugar y a correr, las charlas de las mujeres empiezan de nuevo, los hombres fuman cigarrillos y hablan de no sé qué asuntos que a mí me importan poco… Las botas hacen más ruido al chocar con la nieve espesa. Ahora las botellas de vodka circulan entre todos, lo más difícil ha pasado. Dos horitas de camino más y llegamos. “¡Mitcha, niña! ¡Que nos cantes una canción alegre con tu voz de ángel! ¡Venga!” Y ella canta, los otros la siguen, aplauden con las manos. Las mujeres bailan, y los niños se mueren de risa y las imitan. Todo el mundo parece haber recuperado fuerzas, físicas o psíquicas no importa, salvo las viejas Chantú que pierden su energía en quejarse más que otra cosa. ¿La memoria humana es realmente tan corta? Todo el mundo parece haber olvidado lo que ha pasado, ha olvidado el motivo de este largo e interminable viaje. Debe ser el instinto de supervivencia. Sí, seguramente. El movimiento general se acelera de nuevo. Los perros se animan. Y ladran casi alegremente. Y el cortejo avanza desafiando el frío, la nieve y la blancura deslumbrante. Me parece haber oído tu dulce voz llamándome. Me vuelvo y Comán me sonríe. Le quedan solo tres dientes.
Pienso en ti. Día y noche. Cuando trabajo, cuando duermo, cuando respiro. Me inicias en el arte del amor. Te quiero. Tú también, pero distintamente. Pasan los meses. El frío es insoportable para un mediterráneo como yo. Pero tu amor me calienta. Pienso ya en vivir el resto de mi vida aquí contigo. Ya me imagino padre de tus hijos. Pero nos vemos a escondidas. Vengo a tu habitación tarde y entro por la ventana. No me expliques por qué. Y yo no pregunto. Me basta estar contigo. Pasan ocho meses de una felicidad constante y casi irreal. El trabajo está casi terminado y yo no quiero volver. Mi país es el tuyo y mi patria eres tú. La última experiencia científica tenemos que hacerla a unos kilómetros del pueblo. Me ausento tres días. Y antes de irme ya te echo de menos.
Pasan como tres siglos. Vuelvo sediento de ti. A la entrada del pueblo comprendemos que algo ha sucedido. Algo malo, catastrófico. Hay nieve por todas partes, muchas casas han desaparecido bajo el polvo blanco. La gente corre por todas partes. Pienso en ti y el miedo me hiela el corazón. Pregunto por ti a todo ser humano que encuentro, corro como un loco. Nadie sabe nada. Hay que esperar el día siguiente para saberlo. Me dejan entrar. La habitación está bastante caliente. Yo transpiro de tanto correr. Estás sola, tendida en una cama. Pareces dormir tranquilamente, me acerco. Mi mano tiembla no sé por qué. Te quito la sabana blanca. Estás desnuda, pero muy fría. Me quito la ropa. Y me tiendo sobre ti para darte el calor de mi cuerpo, te abrazo con todas mis fuerzas. Y no sé por qué me pongo a llorar. Desesperadamente. Mis lágrimas caen sobre tus ojos. Y no sé si son las mías o las tuyas. Quiero transmitirte mi aliento, mi vida… Pero no me dejan el tiempo suficiente. Me apartan de ti y me tratan de loco. Ellos no comprenden nada, no saben nada. Idiotas. Nada más.
No te vuelvo a ver. Y dos días después toda la tribu se pone en marcha. Reúnen lo que les queda de hombres, objetos y de comida y se preparan para dirigirse al pueblo más cercano en donde se pueda retomar contacto con el mundo. Aquí ya no hay medio de comunicación ninguno. Aquí ya no se puede vivir. La avalancha lo ha destruido casi todo.
Caminamos, todos juntos, casi codo a codo. Pero sigo sin verte. Sigo buscándote. Sigo llamándote, pero el ruido y la masa me separan de ti…

Fatine Sebti
Con el alma en Rabat, 14 de mayo de 2010.
(Basado en el ejercicio realizado a partir de “Comienza el desfile” de Reinaldo Arenas)

REFLEJO DE LA NIÑEZ de RKIA OKMENNI



Nos veremos, niña,
en cualquier lugar.
Nos veremos, niña,
y veré en ti otra niña,
con sus trenzas largas,
cargando su pesada mochila,
bromeando o callada.
A veces recitando de memoria
diversos textos o recitaciones,
o, tal vez, multiplicaciones.
Nos veremos, niña,
yo con mucha nostalgia,
tú con indeferencia.
Yo con mis arrugas,
mi cabello teñido
y el peso de los años.
Tú con tu niñez,
tu frescura, tu inocencia,
corriendo, saltando,
cantando, riéndote
y esperando…
Nos veremos, niña,
reflejo de mi niñez,
niña, nos veremos
en cualquier lugar.

Rkia Okmenni
Rabat, mayo de 2010.
(Escrito mientras pensaba en mi niñez…)

EL CÓLICO de RKIA OKMENNI



Quedan casi veinte minutos para salir de clase. Salimos a las cinco. Yo no puedo ni concentrarme ni seguir las explicaciones del maestro; tampoco puedo aguantar ese dolor tan peculiar que provoca el hambre en el estómago. Nos llega el sonido de la campanilla y el ruido de los pies y de los libros que se cierran y de las sillas que se mueven. El maestro recobra la voz y nos indica que salgamos despacio y en orden. De camino a casa y con mi amiga Zahra, siento todavía la necesidad insistente, urgente, de comer algo, cualquier alimento que pueda ponerse entre los dientes para masticarlo y luego tragarlo. Veo a grupos de niños y niñas gritando y riendo como de costumbre. Están saltando para arrancar los albaricoques verdes de los árboles cuyas ramas sobrepasan los muros de las huertas del camino. Sin decirme nada, Zahra me deja en medio de la acera y corre a sacudir ella también las ramas de un árbol, como los demás. No me atrevo a acercarme y, a pesar de que algunos frutos caen rodando hasta mis pies, yo insisto en volver la cabeza y en mirar hacia otra dirección.
-“¡Vámonos Zahra! Por favor, date prisa. Sabes que mi madre me castigará si llego tarde a casa. ¡Por favor!”
Finalmente mi amiga decide venir conmigo. Los bolsillos de su guardapolvo rosa están casi llenos de albaricoques. Ambas empezamos a andar. De vez en cuando, oigo el ruido seco que hace con sus dientes cuando come un nuevo fruto. Aquel ruido se va intensificando en mi oído y dentro de mi cabeza. Y sé que, otra vez, voy a compartir con ella el contenido de sus bolsillos. Sé que, por culpa del hambre, voy a comer dos, tres o quizás muchos más y que esa noche tendré cólico y diarrea. Dormiré poco. Mi madre me obligará a tragar la infusión de orégano y esta me provocará vómitos…
-“Ten, cómete unos cuantos. Tienen muy buen gusto y tengo muchos. ¡Mira en mis bolsillos! Seguro que hoy no se te va a repetir lo de ayer. He cambiado de árbol. En clase dicen que cuando están maduros se pueden comer incluso sus huesos. Ten, pruébalos, están muy buenos.”
Sin hablar, extiendo mi mano hacia Zahra. Se me pone la piel de gallina al sentir el contacto rugoso del fruto verde sobre mi lengua. Mi boca segrega una gran cantidad de saliva. Cierro mis ojos al sentir la acidez. Al morder, mis dientes hacen el mismo ruido que había oído un momento antes…
De repente, todos los frutos se recomponen dentro de mi barriga. Se infiltran por todas las partes de mi cuerpo y me transforman en un árbol de albaricoques. Una muchedumbre de niños empieza a sacudirme para hacer caer los frutos. Se me suben encima, tiran de mis ramas, me zarandean. Y, mientras grito para impedir que se me acerquen porque me hacen daño, abro mis ojos y descubro a mi madre. Intenta despertarme y me repite que debo desayunar e ir a la escuela. Salgo de casa, con mi mochila en la espalda y totalmente convencida de mi decisión: esta tarde cambiaré de camino y, como Zahra es mi mejor amiga, estoy segura de que me seguirá.

Rkia Okmenni
Rabat, 10 de mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

viernes, 14 de mayo de 2010

EL ALCARAVÁN Y YO de MARIBEL ANDRADE



En la cama, junto a mi abuela, le escuchaba por quinta vez el cuento del Alcaraván (pájaro astuto, de ojos amarillos y a mi entender de entonces, enorme):
- “Alcaraván comí y no me morí, alcaraván comí y no me morí”- cantaba un pájaro que se creía más listo que el alcaraván.
-“A otro, pero no a mí. jJa, ja ja!” - respondía éste, elevando el vuelo henchido de orgullo al ver que había engañado a otro pájaro, pues se dedicaba a engañar a otros pájaros ya que era lo que más le gustaba.
En aquel preciso momento apareció allí, en mi habitación, en mi cama. Yo aterrorizada comencé a preguntarle a mi abuela qué hacía allí el alcaraván, pero mi abuela se limitaba a mirar. Yo quería saltar de la cama, pero mi abuela no me dejaba. Quería gritar, pero el terror impedía que mi voz saliera. Yo no entendía nada. Mi abuela dejó su sitio al alcaraván y al instante estábamos solos en la cama el alcaraván y yo. Sus alas extendidas me tapaban en lugar de la manta. Se giró hacia mí. Y, sintiéndome bocado exquisito de aquellos ojos amarillos, comencé a transpirar, volví a intentar saltar de la cama, pero sentí que me agarraba con su pico por la espalda. De repente, mi voz salió como si rompiera la barrera del sonido, atronando en la habitación… Mi abuela me preguntaba qué me pasaba y yo no entendía que mi abuela me preguntara aquello… ¿Es que no estaba claro? ¡Había un monstruo en mi cama¡ Y ella comenzó a reírse…

Maribel Andrade.
Rabat, 12 de mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

RECUERDO de MARYAM BENCHEKROUN



Ese día de verano fuimos a la playa más o menos pronto, pero permanecimos hasta el anochecer. Y allí el orgullo, la soberbia…
Me cautivaba el panorama de la puesta del sol. Me encantaba el espectáculo al sentir el aire yodado mezclado con el olor a algas. Me fascinaba la unificación del cielo y del mar, el hundimiento y la asfixia del sol en el mar.
Mi entusiasmo fue ya muy grande durante la bajamar. Escribí, dibujé y anduve sobre la arena empapada. Me alejé y vigilé las olas, una tras otra, ya que borraban gradualmente y con cierta vacilación mis huellas.
Fue un momento espléndido, gocé de un paisaje majestuoso.
Para comprobarlo usted mismo, vaya a la playa cualquier tarde de este verano y convénzase directamente de lo que le digo.

Maryam.
Rabat, mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

jueves, 13 de mayo de 2010

EL CABALLO ÁRABE de MARYAM BENCHEKROUN

Gris, moreno, blanco o negro.
Brillante, alto y bello.
Valiente, suave y grato.
Soberbio y magnífico.
Pelo frondoso y largo.
Cola larga y orgullosa.
Cuerpo musculoso.
Patas altas y flexibles.
En los campos, manso.
En las guerras, bravo.
Enérgico y fogoso.
Caballo árabe, caballo…

Maryam Benchekroun
Rabat, abril de 2010-04-12
(Ejercicio basado en “Ejercitar versos y versificación”)

LA ÚLTIMA NOCHE de ABDERRAOUF SBIHI



El siete de septiembre de mil novecientos setenta fue un día memorable desde el punto de vista negativo. Me iba al extranjero a cursar mis estudios y dejaba tras de mí una vida animada y llena que de buenos recuerdos.
La noche del seis al siete no pude cerrar mis ojos pasando la película de mi vida anterior. No sabía dónde dormiría la noche siguiente y dejé mi ventana abierta desde siempre frente al mar. Mi caña de pescar colgaba al lado de mi antiguo escritorio y yo fui perdiendo el ruido de las olas que acompañan mis sueños y que atenuaban mis ansias.
Por eso la mente empezó a oscilar entre las emociones del deporte, del ambiente del barrio, de la familia numerosa y sobre todo del intenso amor que sentía por mi novia, mientras fluía el deseo de querer asegurarme algo y de querer agarrarlo para siempre. Cada recuerdo me sacudía un poco la garganta. Todo eso debía olvidarlo por una soledad que jamás antes podría haber imaginado, por un cielo más cercano que nunca había visto el sol, por ventanas encajadas unas frente a otras, por caras plagadas de anillos de arrugas.
A lo largo de aquella noche interminable, sufrí un dilema: ¿Cómo escapar de aquella situación? Era imposible… Me dije a mí mismo: No hay atajos en la vida... Para consolarme, me añadí que debía seguir consultándolo con mi almohada, pero no encontré situaciones irreductibles. Me era imposible imaginar que en los días venideros me sería imposible ver la sonrisa de mi madre o sentir el fuerte abrazo de mi novia. Eso era lo que yo iba a echar de menos.
Llegó el amanecer: ya no había salida alguna. Me levanté y miré con responsabilidad las fotos colgadas en frente del escritorio y me dije a mí mismo: Tal vez no sea tan malo lo que el futuro me reserva… De repente, el despertador rompió el silencio. Yo evité las miradas emocionales murmurando un mínimo de palabras porque los ojos y la voz falseaban el contexto. Y me fui -sin catar el último desayuno de mi madre- solo al puerto, tal y como había decidido.

Abderraouf
Rabat, mayo de 2010.
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

martes, 11 de mayo de 2010

SAID de MARYAM BENCHEKROUN



Cada noche y después de un duro día, Said iba a la plaza Navona y a la fuente de Neptuno. Comía un sándwich y contemplaba la fuente, a la gente, a los enamorados, a los niños contentos que jugaban y rodeaban a sus padres. Así se acordaba enseguida de su ángel “Sanae”, de su ropa heredada de su prima, de su biberón de plástico vacío o con mucha agua y poca leche... Arrojaba un suspiro y afirmaba fuertemente y con mucha convicción que seguiría siendo fiel a su nombre (en árabe, “said” significa feliz).
Said era marroquí, de estatura normal, de pelo y ojos negros, o sea, se hallaba dotado de un físico perfectamente marroquí. Estaba casado y tenía una hija de un año.
Había llegado a Italia clandestinamente. Cada mañana buscaba un trabajo de cualquier índole para arrancar su comida del día esperando que fuera el definitivo y que le permitiera realizar sus sueños. Por eso, cada mañana antes de salir, solía rezar y le pedía ayuda a Dios: “Dios mío, ayúdame a mejorar mi vida, a ahorrar para regresar con mi hija, mi mujer, mi madre; a regresar con mi fortuna y a echar adelante mi propio proyecto. Dios mío así podría comprar leche y vestidos nuevos a esa inocente Sanae, y comida y ropa a su madre y a la mía”.
Pasaron unos meses en esta situación. Una mañana, se despertó entre rumores, empujones, prisas de gente y golpes de la policía. Se trataba de una acción policial contra los inmigrantes sin papeles. Le cogió por sorpresa. Temor y miedo, no sabía qué hacer ni adónde ir. Una persona alta, robusta y de apariencia firme estaba allí, observando aquella escena. Ésta se acercó a Said, lo tranquilizó y le dijo: “No te preocupes, voy a salvarte. Cálmate y ven conmigo”. Said, con los latidos del corazón más que acelerados, la boca seca y la lengua áspera le siguió sin mover los labios.
Entraron en un piso simple y modesto; le enseñó a Said el frigorífico lleno de comida, frutas y bebidas; le mostró su cama y le aconsejó bañarse y descansar. Volvería por la tarde y hablarían de su nuevo trabajo.
Efectivamente, Said se dedicó todo el día a relajarse y a prepararse: se bañó, comió, durmió, esperando que el tiempo pasara rápidamente para poder empezar en su trabajo cuanto antes. Cuando el hombre robusto llegó, le pidió su pasaporte bajo el pretexto de arreglarle su situación y su residencia. El inmigrante, aunque tuvo un momento de duda y titubeó, finalmente se lo dio. Después, el hombre le enseñó a Said una maleta y le explicó el objetivo de la misión que tenía que cumplir.
Pasaron tres meses durante los cuales Said obedecía las órdenes del hombre y le pedía de vez en cuando sus papeles. Vivía en un piso tranquilo, comía, se vestía y dormía bien. Además, ganaba bastante dinero para poder ahorrar. Sin embargo, no sentía seguridad ni tranquilidad, sobre todo cuando la respuesta del robusto era: “No es necesario tener papeles, ya que estás trabajando conmigo, olvídate de eso…”.
Aquella noche, mientras llevaba la maleta, vio a un antiguo compatriota, Murad. Se abrazaron fuertemente, charlaron un momento y Said se excusó diciendo que tenía que ser puntual. Así que quedaron al día siguiente por la mañana. Murad enseguida sospechó acerca de la naturaleza del trabajo de Said. Por eso lo siguió. Al ver a la persona a la que Said le daba la maleta, entendió de quién se trataba, pero no se atrevió hacer nada. Esperó su cita con impaciencia. Una vez que se vieron, Murad le sonsacó a Said más detalles acerca de su trabajo y, al final, le hizo comprender que las personas con quienes trabajaba eran mafiosos y que tenía que abandonar inmediatamente aquel trabajo. “Oye, no te preocupes, voy a ayudarte. Ahora vete y quédate tranquilo. Cuando tenga algo nuevo, me cruzaré en tu camino y tiraré un papelito sucio. Cógelo y haz ver que lo tiras a la basura, pero sobre todo no lo leas hasta que estés en el cuarto de baño”. Al cabo de cinco días, que para el pobre Said fueron como cinco meses o más (cada hora la había vivido como una pesadilla increíble: al oír la sirena de la policía sentía pánico y su corazón le amenazaba siempre con detenerse) vio en su camino a Murad y siguió el plan acordado.
Una vez en su piso se fue directamente al cuarto de baño y leyó el papel: “Una ONG propone un billete de ida al país de todo inmigrante que lo desee, más una cantidad de dinero al llegar a su destino. Si eso te interesa, no cojas nada aparte de tu dinero ahorrado y escóndetelo lo mejor posible. Trata de ir perfectamente normal, no lleves nada en las manos, ve a tus lugares de siempre y luego a esta dirección (…) Una vez que entres allí, luego ya ni intentes volver a tu piso ni salgas de la oficina de la ONG. Allí les contarás todo lo que te ha ocurrido y ellos se encargarán de todo.”
No pasaron más de dos días cuando Said se encontró, de repente, entre sus seres queridos. No con la gran fortuna que él había soñado, pero sí salvo y sano y con una cierta suma entre sus manos que le permitió montar un muy pequeño negocio.

Maryam Benchekroun
Rabat, marzo-abril de 2010
(Ejercicio inspirado en el cuento “Una equivocación” de Juan Madrid)

“UNA PUNTA DE MENOS” DE ABDELLAH EL HASSOUNI



Empezar un salchichón seco cortándole la punta inaugura un festín para todos, salvo para mí ¡Esto siempre me recuerda el día de mi circuncisión! Lo habían organizado todo: acudir a los servicios del mejor barbero de la ciudad, disponer de todas los dulces y las azucareras necesarias, invitar a los familiares con una total discreción y sobre todo raptarme, tal y como reza la tradición, es decir, sin despertar sospechas en mis padres. ¡La tradición mandaba además que el mayor fuera el futuro portador del nombre familiar y de todos los secretos ancestrales, por lo que debía esperar su séptimo año para verse honrado de este modo! Me hubiera gustado sufrir esta ablación a una edad mucho más temprana para no haber padecido aquel martirio ni haberlo grabado tan fielmente en mi memoria, pero no podemos decidirlo todo.

Y aunque el gesto de nuestro barbero-cirujano había sido preciso y el corte rápido, la burla era demasiado pesada, más fuerte que el dolor físico. Por entre los barrotes de la ventana de la habitación en donde me habían acostado con las piernas abiertas, los otros niños, primos y primas, me interpelaban: "te han cortado una parte muy gruesa", "tendrás un pajarito muy pequeño", "no mearás más", "yo ya no te amo; no podrás servirme de marido" " déjame ver y te……".

Yo también habría deseado verlo, asegurarme de que simplemente me estaban engañando, pero aquella endiablada venda blanca ya manchada de sangre me impedía evaluar por mí mismo los daños. Así que pretexté una necesidad urgente. Pero no hallé ningún indicio ni nada concreto. Ante la vigilancia de los adultos, ningún contacto visual era posible. ¡Qué frustración! ¡Qué angustia!

Jamás había tenido tantas ganas de llorar. Pero un chico no tenía el derecho de llorar, al contrario de las chicas. Pensé “No sólo no les cortan nada a ellas, sino que pueden llorar tanto como quieren. ¡Qué injusticia! A pesar de todo eso, jamás seré una chica, aunque me lo hayan cortado bastante. Un chico siempre es un futuro hombre”.

Hoy continúo vengándome. Compro bastantes salchichones y les corto vigorosamente la punta.

Abdellah
Rabat, 1 de mayo de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

jueves, 6 de mayo de 2010

EL SECRETO DE LAS FLORES de LAMIAE DERFOUFI



No sé por qué, pero nadie quiso creerme, ni siquiera mi prima Wafae que estaba conmigo, pero lo que digo es una verdadera verdad. ¡Lo juro! Quizás los otros no me crean sólo porque están celosos, porque soy la única en este mundo que sabe el secreto oculto de las flores...
Todos mis amigos y primos hacen lo mismo: juegan al fútbol, a las muñecas, al escondite, a la rayuela… Pero a mi prima Wafae y a mí no nos gusta nada todo eso, por lo que siempre buscamos algo diferente. Pasamos todas las vacaciones juntas en la casa de mi abuelo que tiene un jardín muy muy grande, donde hay muchos árboles y flores. Wafae y yo tenemos miedo de los árboles porque son enormes y porque a mí me parece que se mueven de vez en cuando. Además, tía Nora dice que, si salimos al jardín por la noche, las ramas de los árboles nos agarrarán y nos llevarán con una bruja mala. Pero con las flores es diferente: estamos totalmente enamoradas porque son un encanto.
¡Hay tantas flores en el jardín del abuelo, que cada vez que las vemos pensamos en un arco iris! Hay bellas rosas de muchos colores, están las de color rosa, las rojas, las blancas y hasta las amarillas, que me encantan porque a mí me gusta muchísimo el amarillo. Hay también claveles, que siempre nos hacen pensar en Cásper, el fantasma. Hay magnolias, cuya forma es muy rara –no sé por qué, pero me parece que las magnolias son extrañas-. Hay gerberas con sus muchos pétalos lisos, también tulipanes, orquídeas -que parecen tener una gran boca abierta esperando alguna víctima- y tantas otras flores de diferentes colores y olores. Pero mi flor preferida es el jazmín porque es tan blanca como las nubes y tiene un olor que me hechiza. En verdad, el mundo de las flores nos fascina tanto que pasamos la mayoría del tiempo en el jardín mirándolas, jugando a sentirnos nosotras mismas dos rosas entre otras, pero las más bonitas claro… Y así fue precisamente como se nos ocurrió la genial idea de fabricar perfumes.
Para empezar, siempre nos escondemos en un rincón del jardín situado detrás de la casa del abuelo, lejos de los árboles, y allí nos llevamos un gran frasco de champú o cualquier botella de agua vacíos. Recogemos muchas flores y nuestro ingrediente secreto… Bueno, voy a decirlo para contarlo todo bien; pero, por favor, que quede entre nosotros, ni una palabra a nadie, pues Wafae se enfadaría si se enterara de que lo he contado. El ingrediente principal de nuestras composiciones florales es una hoja del limonero. Sí, ya lo sé: es un árbol y nosotras tenemos miedo de los árboles. Pero el limonero es diferente, tiene algo especial, el olor de sus hojas es maravilloso, siempre nos provoca cosquillas en la nariz y un árbol que tiene un olor tan peculiar no puede ser malo ni llevarnos con la bruja. De todos modos, para sentirnos más seguras, nunca nos acercamos demasiado e intentamos tomar la hoja que quede más lejana del tronco del árbol, o bien, le pedimos a una persona mayor que lo haga por nosotras y sin decirle para qué la necesitamos. Y así, con los pétalos de las flores, la hoja del limonero que cortamos en pequeños pedazos, un poco de agua, un poco de azúcar que robamos en la cocina de la abuela -no os extrañéis- hacemos luego una mezcla en el frasco o la botella y la agitamos hasta obtener un perfume. Pero, desgraciadamente, aunque mezclemos todas esas flores tan bonitas, nuestros perfumes no llegan a ser tan perfectos como los soñábamos. Wafae dice siempre que nos falta algo...
El otro día, mientras estábamos jugando en el jardín, sin darnos cuenta de que el tiempo pasaba y que se hacía tarde, en tan sólo un instante el sol desapareció y se nos hizo de noche. Muerta de miedo le dije a Wafae: vámonos antes de que la bruja venga a buscarnos. Ella me dijo que no debía tener miedo, que sólo debíamos correr hasta la casa y que ya no habría peligro. Al echar a correr, mi camiseta se enganchó en una rama del limonero y de repente quedé prisionera del árbol. Le pedí a Wafae que me ayudara, pero ella tenía mucho miedo y se quedó inmóvil. No podía socorrerme, ni siquiera gritar para que alguien viniera a desembarazarme del maldito árbol.
Empecé a sentir que las ramas se movían y que, poco a poco, me atraían hacia el tronco. Estaba perdida, el árbol me estaba arrastrando y me iba a entregar a la bruja, y entonces ésta me comería o me transformaría en un ratón y nunca volvería a ver a mi mamá y ¡tampoco me casaría nunca con Amine! En aquel momento me di cuenta de que estaba en el vientre del árbol. Y lo que vi allí me maravilló. Había una criatura conmigo, pero no se parecía en nada a las brujas que veo en los dibujos animados. Era pequeña, no tenía verruga en la nariz, tampoco tenía escoba, no era ni siquiera fea: más bien era guapísima y tenía el pelo tan amarillo como los rayos del sol y los ojos tan azules como el cielo del verano. Creo que era un hada como aquellas de la Bella Durmiente. Estaba allí y alrededor de ella había muchas flores. Los aromas de éstas eran tan intensos que estuve a punto de desmayarme. Estaban allí todas las flores del jardín y aún más. Y todas flotaban y se oía como una melodía dulce en el aire. La bella hada se me acercó y me dijo:
- No tengas miedo, no voy a hacerte daño, soy la Reina de las Flores y te voy a mostrar cómo fabricar un verdadero perfume. Pero no debes revelárselo a nadie porque es un secreto de las flores.
Yo me había quedado completamente muda y sólo fui capaz de menear la cabeza. El hada me dijo que todas las flores tenían un alma y que para fabricar un verdadero perfume debemos siempre extraer el alma de cada flor, gota a gota, con una aguja mágica que ella me dio ese día. Estaba tan feliz que salté de alegría y me caí.
Pero, al caer, me encontré de golpe en mi cama: estaba hinchada y con mucha fiebre. Mi abuela me dijo que me había picado un insecto mientras jugaba con las flores y que eso me había provocado una gran alergia. Incluso había estado inconsciente durante una parte de la noche. Yo le conté lo que me había ocurrido con el hada, pero ella no quiso creerme, ni tampoco Wafae. Estoy segura de que están celosas, mis otros primos también y es por eso que no me creen. Pero puedo mostrarles a todos que es verdad… Sólo tengo que encontrar la aguja mágica que perdí seguramente al caerme cerca del limonero.

Lamiae
Rabat, 3 de abril de 2010
(Ejercicio basado en el tema de “Con los ojos cerrados” de Reinaldo Arenas)

«VEINTE AÑOS, HIJO», BAHIA OMARI

    Lloro sin cortar cebollas, pero oigo la fluidez de las lágrimas, lágrimas por el dolor que alcanza siempre mi corazón, mi alma; un...

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Cantando los versos de José Martí.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Iman y Anastasio recitando a Mario Benedetti. Mohammed a la guitarra.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Manal, Ahlam y Assia recitando a Oliverio Girondo.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Rkia recitando a Delmira Agustini

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Bahia recitando a Alfonsina Storni.

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017

RECITAL 9 DE JUNIO DE 2017
Laura & Mohamed y Mohamed & Laura cantando a Alfonsina Storni.

Ensayando para el Día E junio 2015

Ensayando para el Día E junio 2015
Grupo del Taller de Lectura y escritura 2015

Recital 18 de junio de 2016

Recital 18 de junio de 2016
21.00 Instituto Cervantes de Rabat

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Bahia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015, 19.00 -INSTITUTO CERVANTES DE RABAT -

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Rkia. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Iman.PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Abdellah. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Viernes, 24 de abril de 2015

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Fatima. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Rabat, 24 de abril de 2015.

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA

Aïcha. PUESTA EN ESCENA DE POESÍA ESPAÑOLA
Recital del 24 de abril de 2015

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014

RECITAL 11 DE JUNIO DE 2014
Recital "A orillas del Bu Regreg 2014"